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Full text of "Lecciones sobre la historia de la filosofía I"

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G.W.F. 


HEGEL 


LECCIONES 


SOBRE LA 


DE 


LA FILOSOFIA I 


HISTORIA 
















Seíxión de Obras de Filosofía 


I 

LECCIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 




Traducción de 

Wenceslao Roces 



G. W. F. HEGEL 


Lecciones sobre la 
historia de la filosofía 




FONDO DE CULTURA ECONÓMICA 

MÉXICO 



Primera edición en alemán, 18S3 
Segunda edición en alemán, 1842 
Primera edición en español, 1955 
Quinta reimpresión, 1995 


Edición preparada por 
Elsa Cecilia Frost 


Título original: 

Voríesungen über die Geschichte der Philosophie 
© 1833, KarI Ludwig Michelet 


D. R. © 1955, Fondo de Cultura Económica 
D. R. © 1985, Fondo de Cultura Económica, S. A. de C. V. 
D. R. © 1995, Fondo de Cultura Económica 
Carretera Picacho-^usco 227; 14200 México, D. F. 

ISBN 968-16-0304-4 (edición completa) 

ISBN 968-16-0305-2 (volumen I) 


Impreso en México 



PRESENTACIÓN 


Las publicaciones filosóficas hechas en. lengua española du¬ 
rante los últimos lustros son sumamente numerosas y variadas. 
Con todo, sigue sin llenar el hueco más importante en materia 
de publicaciones filosóficas no origmcdes en lengiui española 
desde hace, no lustros, sino siglos: en la actualidad faltan tror 
ducciones españolas íntegras, directas y correctas de algunas de 
las obras absolutamente capitales de la historia universal de la 
filosofía: sea totalmente, por no haberse hecho nunca, sea prác¬ 
ticamente, por no ser las hechas asetjuibles ya en el comercio, 
ni suiuiera en todas las bibliotecas donde debieran serlo. 

El Fondo de Cultura Eccmómica ha resuelto añadir a sus em¬ 
presas editoriales, ya tan diversas y tan unánimemente recono¬ 
cidas como valiosas, la de llenar el hueco señalado, publicando 
como primera serie de una nueva colección de textos filosóficos 
traducciones de obras maestras de la filosofía universal de las 
que faltan, por una u otra de las razones dadas, traducciones que 
reúnan las características enumeradas. 

La serie se inicia con la presente traducción de las Lecciones 
sobre la historia de la filosofía de Hegel, a la que seguirán la del 
Ensayo sobre el entendimiento humano de Loche, hecha por el 
Dr. Edmundo O’Gorman, y la de la Ética de Spinoza, hecha 
por el Dr. Oscar Cohan, ambas ya en poder de la editorial. 
Las obras no necesitan, evidentemente, ser presentadas. Prenda 
de la valía que la editorial quiere garantizar a las traduccio¬ 
nes de la serie son los nombres de los autores de las tres pri¬ 
meras: el Dr. Weruxslao Roces es bien conocülo por el público 
culto en todo el mundo de habla española como especialista en 
la traducción de abras alemanas, habiendo merecido su labor el 
público elogio agradecido del propio e ilustre autor de la obra 
original en un caso como el de la Paideia de Wemer laeger; él 
Dr. O’Gorman, que por razones de patria y famüia domina por 
igual las lenguas española e inglesa, tiene una reputación in¬ 
ternacional como historiador de las ideas y teórico de la ciencia 
histórica; el Dr. Cohan es muy distinguido especialista, de na¬ 
cionalidad argentina, en Spinozxí. Lo que sí puede requerir 
presentación son las traducciones mismas: será obra, en cada 
cuso, de un prólogo a la traducción exponer al público los da¬ 
tos y las consideraciones pertinentes aaeroa de los textos utili¬ 
zados, de los problemas planteados por la traducción y de la 
forma en que se los haya resuelto y en genercd se haya llevado 
a cdbo la tarea. 


vn 



VIII PRESENTACION 

Aquí, al fresnte de la serie, bastará, sin duda, añadir, para 
redondear la presentación de ella, que no deja de poseer un 
cierto simbolismo el iniciarla oom la presente traducción: la de 
la obra máxima hasta hoy de la Historia de la Filosofía dentro 
de la historia de la filosofía universal, que resulta singularmente 
llamada a encabezar una serie de publicaciones destinada a ha¬ 
cer a obras, en nada menores, de la misma historia una justicia 
que la cultura de lengua española les debía y se debía a sí mis¬ 
ma, si es verdad tan. cierta como sin duda lo es, la de que en la 
historia universal de la cultura han rejnesentado las traduccio¬ 
nes de obras maestras de la misma, desde unas lenguas a otras, 
aportaciones a la compenetración entre las distintas culturas 
integrantes de la universal que han sido y serán siempre esen¬ 
ciales a la marcha histórica del hombre hacia una cultura 
ecuménica lograda, no por supresión, ni siquiera uniformación, 
de las variedades que la mrújuieoen, sino Jwr armónica sínte¬ 
sis de éstas. 


José Gaos 



ADVERTENCIA SOBRE LA PRESENTE EDICIÓN 

Esta versión castellana de las Lecciones sobre la historia de la fi¬ 
losofía está basada en la edición que Karl Ludwig Michelet 
preparó por encargo de un “grupo de discípulos y amigos de 
Hegel”, unos cuantos años después de su muerte. Cuando, 
en 1954, tomé bajo mi cuidado su edición española, mi tra¬ 
bajo no parecía consistir en otra cosa que en uniformar la ter¬ 
minología filosófica, pues la perfecta traducción del Dr. Roces 
hace superfina toda otra revisión. Sin embargo, por tratarse de 
una obra que no fue escrita por el propio Hegel, sino redac¬ 
tada por Michelet a partir de algunos papeles manuscritos y 
de los apuntes de clase de sus alumnos, fueron surgiendo, al 
avanzar el trabajo, diversos problemas. 

Ya Kuno Fischer hacía notar que la edición de Michelet lle¬ 
vaba escasas notas —lo que hace muy difícil encontrar el texto 
citado —, que las traducciones de filósofos extranjeros eran poco 
precisas y que, en general, contenía muchas inexactitudes y 
errores. Pero, a pesar de todo esto, la forma que Michelet dió 
a la Historia de la filosofía de Hegel es, hasta ahora, la única y 
de ella se han servido los alemanes por más de un siglo. 

Es verdad, por otra parte, que la editorial de Félix Meiner 
empezó a publicar una edición crítica de las obras de Hegel, 
pero la guerra interrumpió este proyecto y de la Historia de 
la filosofía en especial no llegó a publicarse sino un primer 
tomo (1940, reeditado en 1944) que contiene la introducción 
únicamente. Es indiscutible, desde luego, la superioridad de la 
edición crírica de Johannes Hoffmeister sobre la de Michelet, 
pero por desgracia esta edición quedó incompleta, pues según la 
propia casa editorial presenta dificultades tan especiales que no 
puede precisarse en qué fecha aparecerán los otros volúmenes. 

Por otra parte, el espíritu que anima las dos ediciones es 
muy distinto. Michelet, partiendo de la base de que sería 
demasiado cansado leer todas y cada una de las exposiciones, 
aspiraba a entregar un texto que pareciera haber sido escrito 
de una sola tirada por el autor; en tanto que Hoffmeister, com¬ 
prendiendo que las libertades de un discípulo directo —como 
lo fué Michelet— no pueden justificarse en nadie más y consi¬ 
derando que las diferencias entre las distintas versiones (Hoff¬ 
meister dispuso de un nuevo material que le permitió obtener 
ün texto completo de cuatro cursos) es tan grande que no per¬ 
mite la unión, intenta dar todo el texto hegeliano en el orden 
en que fué expuesto, sin que se pierda una sola línea. 

DC 



X ADVERTENCIA 

Hemos de reconocer también que la mayor parte de los 
errores que Hoffmeister señala a la edición de Michelet son 
reales. Así, aun cuando no dispongamos de la edición crítica 
de esta parte para compararla, es posible ver claramente que 
hay capítulos muy poco preparados en los que pueden apreciar¬ 
se grandes lagunas, por ejemplo, en la parte dedicada a la 
filosofía medieval. Si éste es o no un defecto de la exposición 
hegeliana o si se debe a una mala reelaboración de Michelet, es 
cosa difícil de decidir, y más difícil aún de remediar sin contar 
con los originales necesarios. Sin embargo, por lo que hace a 
la continua crítica a la imprecisión de las citas de filósofos no 
alemanes —puedo agregar por mi parte que la imprecisión 
no está limitada a éstos, pues en la cita de textos kantianos en¬ 
contré varios errores— sí creo haber podido evitarla. 

Ya que no es posible saber si las traducciones,* en especial 
las de los filósofos presocráticos, fueron hechas o no por el pro¬ 
pio Hegel, ni si Michelet se atuvo al darlas a las más o menos 
exactas versiones de los alumnos, consideré conveniente interca¬ 
lar, en todos los casos en que fué posible, una versión directa del 
filósofo citado, en vez de traducir la muy imprecisa traducción 
alemana. En aquellos casos en que aparece en la versión del tex¬ 
to hegeliano algún término peculiar, la diferencia entre la ver¬ 
sión castellana y la alemana está explicada en una nota al pie. 
El lector podrá además verificar fácilmente las traducciones, ya 
que todas están tomadas de libros asequibles y las notas que 
las acompañan permiten localizarlas sin gran trabajo. 

Para este primer tomo, las versiones utilizadas fueron la del 
Dr. José Gaos en el caso de Tales (Aristóteles, Metafísica I, 
3), Anaxímenes y Heráclito, y la del Dr. Juan David García 
Bacca en el de los eléatas y Empédocles. Sin embargo, como 
es bien sabido, la mayor fuente de información sobre la filo¬ 
sofía griega es Aristóteles y esto presentó un nuevo problema. 
En primer lugar, más que citas textuales, Hegel presenta pa¬ 
ráfrasis, intercalando los términos peculiares del filósofo en 
cuestión —por ejemplo, en todos los pasajes que se refieren a 
Anaxágoras aparece el término homeomeríos —, aun cuando 
Aristóteles no lo haga. En segundo lugar, no tenemos una buena 
traducción completa de sus obras (fué una feliz casualidad que 
el texto sobre Tales formara parte de la Antología filosófica del 
Dr. Gaos). Así, pensé que lo mejor sería cotejar la versión 
alemana con el texto editado por W. D. Ross y dar una tra¬ 
ducción española que, sin traicionar a Aristóteles, se acercara 

• Véase, en la p. xvn, lo poco que dice Michelet a este respecto. 



ADVERTENCIA XI 

lo más posible a la singular manera hegeliana. Por lo que res¬ 
pecta a Platón, la traducción usada como base —pues Hegel 
lo parafrasea también— fué la de García Bacca y en aquellos 
casos en que el diálogo citado no estuviera traducido por él, la 
versión castellana es el resultado de un cotejo entre el texto 
griego, la versión alemana y las españolas que hubiera disponi¬ 
bles. Por lo demás, el lector encontrará siempre que se haya 
intercalado una traducción directa una nota de referencia mar¬ 
cada con una E (editor). 

El lector advertirá, además, que a veces aparece en el 
cuerpo de una cita una explicación encerrada entre corchetes; 
esta explicación es, desde luego, de Hegel y le di esta forma a 
fin de facilitar la lectura. Casi es innecesario añadir que he 
respetado siempre el modo hegeliano de citar; si hay paráfra¬ 
sis, ésta se conserva en castellano, y lo mismo ocurre cuando la 
cita es textual, y Las traducciones directas sólo se intercalan en 
este último oaso. 

De las notas restantes, las que no llevan indicación alguna 
son del propio Hegel, según lo explica Michelet en sus prólogos; 
las que llevan la letra M son de éste y, por último, las se¬ 
ñaladas con una T (traducción) dan la explicación de por qué 
se ha elegido un determinado término para traducir algún pe¬ 
culiar concepto hegeliano. 

He tenido en cuenta, también, que ciertas personas u obras 
muy conocidas en la época de Hegel pueden no serlo en la 
nuestra y, en consecuencia, he dado una pequeña explicación 
al pie de página. 

Una última indicación: me permití suprimir un título que 
aparece en la 2» edición de Michelet en la p. 7 (Vorlesungen 
iiher die Geschichte der Philosophie — Lecciones sobre histo¬ 
ria de la filosofía) y que debería estar en nuestra p. 5, por 
parecerme que es del todo superfino, ya que interrumpe el Dis¬ 
curso inaugural, tomado del manuscrito de Heidelberg, que 
llega hasta la quinta línea de la p. 11 (“hacer de ella una no¬ 
ción provisional”). Michelet intercala, además del título, una 
anotación (p. 4: “La nación alemana ha logrado”... “Estado 
prusiano basado en la inteligencia”), que se encuentra, según 
explica Hoffmeister, al margen del manuscrito y que fué hecha 
evidentemente en la época de Berlín, pero esto ha quedado 
tal cual. 

También he puesto, en las partes que tratan de Heráclito y 
Anaxágoras, los títulos de los parágrafos —tomados del índice 
de la edición alemana— a fin de dar una mayor unidad for- 



XII ADVERTENCIA 

mal a la obra, cuya división original en tres volúmenes he 
respetado. 

Esta advertencia no tiene, desde luego, otra intención que 
la de justificar la forma en que aparece la edición castellana; 
pues es evidente que la obra como tal no necesita ni justifica¬ 
ción ni presentación. La Histeria de la filosofía de Hegel, a 
pesar de las imperfecciones y de todas las críticas, justificadas 
o injustificadas, que puedan hacérsele al editor original, no 
deja de ser una de las grandes hazañas del pensamiento ale¬ 
mán y, hasta ahora, la obra máxima sobre historia de la filosofía; 
la primera que hizo justicia a las filosofías precedentes al con¬ 
siderarlas como momentos necesarios en una y la misma evolu¬ 
ción: la del Espíritu. 


Elsa Cecilia Frost 



PRÓLOGO DEL EDITOR A LA PRIMERA 
EDICIÓN 

Al editor sólo le toca, en este lugar, dar cuenta del procedi¬ 
miento seguido al ordenar estas lecciones de Hegel sobre la 
Historia de la filosofía. 

Hegel dió en total nueve cursos sobre esta materia en las 
distintas universidades en las que trabajó. La primera vez du¬ 
rante el invierno de 1805-1806 en Jena; las dos ocasiones si¬ 
guientes en Heidelberg durante los semestres de- invierno de 
1816-1817 y 1817-1818; las seis restantes en esta universidad 
[Berlín] en el verano de 1819 y en los semestres de invierno de 
1820-1821, 1823-1824, 1825-1826, 1827-1828 y 1829-1830. Había 
empezado sus cursos de invierno (entre ellos el décimo de his¬ 
toria de la filosofía) el diez de noviembre de 1831, habiendo 
dado ya dos clases sobre historia de la filosofía con gran fluidez 
y amenidad, cuando fué alcanzado por la muerte. 

De todos estos años sólo poseemos el cuaderno de Jena, en 
cuarto, escrito de su puño y letra y revisado casi totalmente 
por lo que se refiere al estilo; en aquella época no se atrevía 
aún a confiar sus lecciones a la memoria. A este cuaderno se 
añade un pequeño resumen de historia de la filosofía, también 
en cuarto, que escribió en Heidelberg y destinado a ser desarro¬ 
llado en clase. Contiene, en pocas y cuidadas palabras, los 
momentos principales de cada filósofo. Todas las adiciones he¬ 
chas en los cursos posteriores están, en parte, escritas o esboza¬ 
das al margen del cuaderno de Jena o del resumen, y en parte 
en una serie de hojas sueltas que añadió a éstos. Lo escrito en 
estas hojas carece de estilo, se trata más bien de pensamientos 
anotados rápidamente sobre el papel, pero tiene un valor in¬ 
menso, pues certifica, de su puño y letra, las fecundas adiciones 
hechas por Hegel en los cursos posteriores; gracias a ellas puede 
verse claramente lo que la exposición libre, tal como se en¬ 
cuentra en los apuntes de sus alumnos, hacía de estos esque¬ 
mas y dónde y cómo debió ser rectificada esta exposición, o 
mejor dicho su copia escrita, por ellos. 

Por lo que se refiere a los apuntes de clase,, debo destacar 
como fuentes —algunos trozos de ellos han entrado a formar 
parte de la presente redacción de la Historia de la filosofía hs' 
geliana— los siguientes: 1 J un cuaderno del año 1829-1830 del 
Dr. J. F. C. Kampe; 2J los apuntes tomados por el Sr. von 
Griesheim durante el semestre de invierno de 1825-1826; 3J mis 
propios apuntes del semestre de invierno de 1823-1824, dú- 

xm 



XIV PROLOGO DEL EDITOR 

rante el cual asistí al curso de Hegel. No pude obtener apuntes 
del curso de Heidelberg y los del curso de Jena quedan, desde 
luego, satisfactoriamente suplidos por el cuaderno del propio 
Hegel. El valor de este último aumenta si tenemos en cuenta 
que los cursos posteriores en Berlín, como puede notarse fá-r 
cilmente, se basan en él en una medida cada vez mayor hasta 
usarlo literalmente, como ocurrió muchas veces durante el ter¬ 
cer y cuarto cursos; es indudable, por otra parte, que Hegel lo 
llevaba siempre consigo a clase, lo mismo que el resumen. 

La.s fuentes para la Introducción, en particular, además de 
los apuntes de clase, son una parte muy lograda del manus¬ 
crito de Hegel, parte en cuarto y parte en folio, escrita casi toda 
en Berlín, salvo una pequeña parte escrita en Heidelberg. La 
introducción al cuaderno de Jena no fué utilizada nunca poste¬ 
riormente por él y, de hecho, con excepción de unos cuantos 
pasajes, no prestó ningún servicio al editor, pues las introduc¬ 
ciones posteriores ganan en claridad, vigor y fuerza convin¬ 
cente (Hegel reelaboraba siempre más las introducciones de sus 
cursos que estos mismos). Más o menos la tercera parte de esta 
introducción, lo mismo que el discurso inaugural, es ya pala¬ 
bra escrita y no simplemente hablada, y en el resto, lo mismo 
que en la introducción a la filosofía griega, los esbozos de Hegel 
están desarrollados en tal forma que sólo necesitan unos cuan¬ 
tos retoques. Muchas de las hojas —a saber, las que se en¬ 
cuentran entre el discurso inaugural y la introducción, y aun 
las cuatro primeras páginas de ésta— están redactadas de modo 
que parecen destinadas no a la exposición oral, sino a la im¬ 
prenta; cuando menos el carácter de conferencia es poco no¬ 
table en ellas. 

La exposición de la filosofía oriental, tomada de los apun¬ 
tes de clase, se complementa con una rica serie de colecciones 
y recopilaciones de obras francesas e inglesas sobre el Oriente en 
general. Hegel solía llevar las obras correspondientes, anota¬ 
das brevemente al margén, a su cátedra, para basar su exposi¬ 
ción en ellas, traduciendo directamente en parte y, en parte, 
intercalando sus observaciones y juicios. 

Así, pues, estas fuentes me proporcionaron un triple mate¬ 
rial para lá redacción: IJ períodos profundamente reflexiona¬ 
dos, completamente escritos por él mismo, a veces algo largos, 
en su usual lenguaje vigoroso; 2J los pensamientos producidos 
repentinamente en la cátedra por la fuerza misma de la expo¬ 
sición, de acuerdo con su forma y su contenido, que son con 
frecuencia lo más profundo y genial; como casi nunca se en- 



PROLOGO DEL EDITOR XV 

cuentran rastros de ellos en los esquemas, su autenticidad sólo 
puede ser probada —aparte del testimonio del oyente— por 
su contenido interno que es, después de todo, la mayor auto¬ 
ridad; el material que se encuentra a medio camino entre 
los dos extremos —los pensamientos esbozados cuya forma de¬ 
finitiva se dejaba a la exposición oral. Su forma escrita sólo 
rara vez es difícil y a menudo bella. En general, podemos decir 
que estas lecciones sorprenden con frecuencia por la pureza de 
su forma, en la que podemos ver la certeza y claridad con 
que se presentaba el pensamiento en el espíritu del autor; sin 
duda alguna porque no dedicó a ningún otro curso un estudio 
tan amplio —abarca toda su vida académica— y porque en 
él, al reflexionar una y otra vez sobre los pensamientos de esta 
serie de nobles espíritus, logró alcanzar su propio punto de 
vista, dándonos en estas Lecciones la clave para la compren¬ 
sión de toda su filosofía. 

El lector podrá distinguir con facilidad los tres elementos 
de estas Lecciones, cuando menos el segundo de ellos. Esta di¬ 
ferencia de lenguaje es, desde luego, un defecto, pero un 
defecto inevitable; no tuve nunca el deseo, por la ya mencio¬ 
nada naturaleza de la forma, ni creo tener el derecho de re¬ 
componer totalmente las frases a fin de unificar lo oral con lo 
escrito. Aun en la palabra escrita pueden distinguirse diferen¬ 
tes matices. Pues al mostrarse en ella el conocimiento filosófico 
de Hegel de cada una de las épocas, se encuentra también (en 
el cuaderno de Jena) la que yo he llamado en otro lugar^ la 
primera terminolc^ía de Hegel, comprendiendo bajo este título 
tanto esta terminología propiamente dicha como la transición 
a la de la Fenommoíogíd, frente a la terminología más lograda 
de los años posteriores. Por lo que r^pecta a la exposición 
oral, sólo ine permití una licencia, que fué, según lo advertido 
por la junta editora,* “escoger una redacción que se acercara 
lo más posible al sentido y espíritu de Hegel”, en aquellos casos 
en que las incesantes repeticiones o las frases muy sueltas po¬ 
dían remediarse por sintetizaciones o ligeras modificaciones de 
las frases, ya fueran del mismo cuaderno o de distintos semes¬ 
tres, sin sacrificar la expresión original. Por lo demás no quise 
borrar las pequeñas imperfecciones del estilo, las conocidas ano¬ 
malías y anacolutos de la forma hegeliana. ¿Acaso ignora al¬ 
guien que las más pequeñas partículas, colocadas en un lugar 

t Eínieitutig in Hegds philosophische Abhandlungen (pp. XLIV — L). 

* Figuraban en esta junta, además de Michelet, Marheineke, Schulze, 
Gans, Henning, Hotho, y Fórster [E.]. 



XVI PRÓLOGO DEL EDITOR 

poco usual, pueden matizar con frecuencia el sentido? Y si a 
un escritor antiguo no está permitido suprimirle, en forma des¬ 
cuidada, sus peculiares anomalías, creo que Hegel merece por 
lo menos igual respeto. 

Al unir los elementos ya citados de todos los apuntes no 
tomé como base indisputada uno u otro curso, de modo que 
sólo fuera intercalando en el lugar correspondiente lo que fal¬ 
tara, tomándolo de otros apuntes. Pues el cuidadoso cotejo 
dió como resultado —además de que los diversos cursos conte¬ 
nían mucho que sólo aparecía en uno o en otro— que en todo 
aquello que tenían de común no sólo cambiaba el orden de los 
distintos temas, sino que aun la forma de tratarlos (lo que 
concuerda desde luego con el cambio de lugar) era nueva y 
diferente. Por lo tanto, tuve que escoger una entre las distintas 
versiones, al no poder yuxtalinear los diversos cursos, a fin de 
evitar las continuas repeticiones. Así, di a veces la preferencia 
a una versión y a veces a otra; en otras ocasiones, cuando era 
posible evitar la repetición, utilicé pasajes de varias. La ta¬ 
rea del editor consistió, pues, en el arte de intercalar no sólo 
partes de las distintas versiones, sino aun, cuando era necesario, 
frases aisladas. El hilo conductor en este problema fué el unir 
sólo aquellas partes que pudieran serlo sin un cambio forzado; 
de tal modo que el lector no advirtiera esta unión externa sino 
que le pareciera, por el contrario, que todo había sido escrito 
de una sola tirada por el autor. La clave de la que me serví 
a menudo fué en especial, además de la semejanza interna de 
los pensamientos, su forma abstracta o concreta, el mayor o 
menor desarrollo. Pues las versiones modificadas de un mismo 
tema en los distintos cursos se revelan frecuentemente sólo como 
amplificaciones, desarrollos o fundamentaciones más rigurosas. 
Un pasaje semejante podía ser puesto a continuación del pa¬ 
saje correspondiente de otro curso, sin miedo a caer en repeti¬ 
ciones, pues éste era aclarado justo por aquél. Al hacerlo 
deduje la observación general de que muy a menudo los pri¬ 
meros cursos -—es decir, el cuaderno de Jena, además del re¬ 
sumen-— presentan el concepto simple y abstracto de la cosa, 
en tanto que las versiones posteriores contienen su desarrollo. 
Así, la colocación de los pasajes sobre uno y el mismo tema 
pudo hacerse cronológicamente; al cuaderno de Jena siguen, 
pues, uno o varios de los otros cursos como complemento. En 
este sentido puedo decir que el mencionado cuaderno fué la 
base —pero únicamente eso— o el esqueleto que después re¬ 
cubriría la carne de los pensamientos posteriores. 



PRÓLOGO DEL EDITOR XVII 

De esta manera, estas Lecciones no son idénticas a ningún 
curso determinado, pero sí son la expresión correspondiente y 
completa del espíritu hegeliano. Y como no dió ningún otro 
curso tan a menudo, o cuando menos, no trabajó y amplió 
ninguna materia tanto (de lo que dan fe las notas al margen 
y las hojas añadidas), debía tener, al ser el más madurado, la 
mayor amplitud. Hegel dió siempre cinco horas semanales so¬ 
bre historia de la filosofía, número de horas que aumentaba 
siempre al final del curso —lo que hacía también, pero en me¬ 
nor medida, en las otras materias—, como se desprende, entre 
otras cosas, de sus observaciones manuscritas al final del cua¬ 
derno. 

Las citas al pie de página son siempre del propio Hegel. 
con excepción de las que aparecen en cursiva, citas que fue¬ 
ron, por otra parte, difíciles de encontrar, pues no aparecen en 
los muchos compendios e historias de la filosofía. Como no ad¬ 
mití ni una sola afirmación de un filósofo, ni un solo hecho 
relatado por Hegel sin remitirme a las fuentes utilizadas por 
él, me pareció justo no negarlas al lector (aun en aquellos 
casos en que Hegel no las registró), a fin de que éste pudiera 
verificarlas. Pero, para evitar la sobreabundancia de citas, sólo 
quise poner aquellas que me pareció que habían estado a la 
vista de Hegel al escribir sus notas. 

En aquellos casos en que Hegel sí da la cita, he creído ne¬ 
cesario sustituir su referencia a la edición bipontina de Platón 
por la más usual de Decker, aun cuando he antepuesto siempre 
el número de página de Stephanus. He preferido, en general, 
ediciones más amplias y mejores. En el caso de Aristóteles, he 
empleado la forma usual de citar, por libros y capítulos, en 
tanto que Hegel daba la página de la edición en folio de Da- 
silea. Hegel acostumbraba decir que a los demás se les había 
facilitado el estudio de Aristóteles, en tanto que para él fué 
muy difícil, pues había tenido que usar la ilegible edición de 
Basilea, sin traducción latina, y extraer así el significado pro¬ 
fundo de Aristóteles. Sin embargo, fué precisamente él quien 
volvió a llamar la atención sobre esta profundidad y quien des¬ 
cubrió y corrigió la ignorancia y las malas interpretaciones de 
quienes deseaban pasar por sutiles eruditos. 

Por lo que se refiere a las citas literales, la traducción del 
cuaderno de Jena revela la frescura de la primera impresión, 
lo que no pasará desapercibido al lector; como en general el 
estilo de esta parte demuestra un verdadero conocimiento, se¬ 
mejante al de Aristóteles, y muy alejado del oropel de ciertas 



xvm PRÓLOGO DEL EDITOR 

interpretaciones críticas modernas, que Hegel conoció, pero sin 
aceptar sus resultados. Entre éstas, se encuentra el absurdo in¬ 
tento de destacar en tal forma a Anaximandro que se le ha lle¬ 
gado a colocar después de Heráclito, como si su pensamiento 
fuese más maduro que el de éste. Tal exquisita distinción no se 
encuentra aquí. Así, cuando Hegel no considera a Heráclito en¬ 
tre los primeros jonios, sino que lo coloca después de los pitagó¬ 
ricos y los eléatas, no se encuentra en la cúspide de la erudición 
de nuestros días que ha decidido qué lugar le corresponde a He¬ 
ráclito de acuerdo con relaciones puramente superficiales. Hegel, 
por el contrario, ha derramado nueva luz sobre diversos siste¬ 
mas filosóficos al aducir pasajes no citados en los textos co¬ 
rrientes, y no sólo ha puesto en relación filosofemas que hasta 
entonces permanecían aislados, sino que ha podido demostrar 
que eran necesarios en el camino del desarrollo histórico del 
espíritu filosófico. 

De todo lo dicho se deduce que estas Lecciones están a mi¬ 
tad de camino entre el libro y la conferencia; esto justifica al 
editor cuando coloca al pie de página, como cita, algunas ob¬ 
servaciones marginales de Hegel, que diferían lo suficiente del 
texto como para poder ser encerradas en paréntesis y que, sin 
embargo, merecían ser salvadas del olvido. Pero ¿acaso no es 
este carácter intermedio lo peculiar de todas las, conferencias 
impresas, aun cuando sean publicadas por el propio autor? 
¿Acaso no tenía Hegel mismo la intención de convertir estas 
Lecciones en un libro, habiendo escrito incluso el principio? 
Esta intención puede advertirse fácilmente a lo largo de todo 
el cuaderno de Jena, en el que muy frecuentemente se nota el 
cuidado que Hegel puso en el estilo. Solamente en manos de 
su autor podían haberse convertido estas Lecciones en un ver¬ 
dadero libro, como la Filosofw. del derecho. El lector debe 
conformarse con la forma presente de este curso ya que el des¬ 
tino impidió que el autor pusiese manos a la obra. El genuino 
espíritu hegeliano y su peculiar forma de pensar no será echado 
de menos en ellas por la generación actual y las futuras y estas 
Lecciones podrán colocarse al lado de las obras editadas por el 
propio Hegel. ¿Acaso no se formó así una gran parte de la obra 
del viejo Aristóteles, sin que a nadie se le haya ocurrido dispu¬ 
tar la veracidad del contenido? ¿Acaso no es más que probable 
que la Metafísica se haya formado de varios pequeños ensayos 
y partes, de diversas redacciones, ediciones y cursos,^ pero que 

t En mi posterior escrito premiado, Examen critique de l'ouvrage d’ 
Aristote intitulé Metaphysique, lo he demostrado suficientemente. 



PROLOGO DEL EDITOR XIX 

fueron fundidos con espíritu filosófico en un todo sistemático 
por Aristóteles mismo o por alguno de los peripatéticos poste¬ 
riores? ZAcaso no tenemos varias versiones suyas de la Ética? 
Bien pudiera ser que Nicómaco y Eudemo fueran los nombres 
de quienes copiaron e hicieron públicas dos de estas versiones. 

Entre otras causas, esta Historia de la filosofía de Hegel 
conservó el carácter de conferencia por la falta de tiempo del 
autor, que tuvo que ser mucho más breve al final del curso 
que al principio. Así, a partir de Aristóteles, cuya exposición, 
a juzgar por las anotaciones del cuaderno, entraba en la se¬ 
gunda mitad del semestre (lo que no es tan desproporcionado 
como parece a primera vista), no se extendía ya tanto. En es¬ 
pecial el último período, a partir de Kant, se encuentra expuesto 
con mucha brevedad, sobre todo en los cursos posteriores en 
los que una introducción muy desarrollada y la exposición 
de la filosofía oriental se llevaban la mayor parte del tiempo. 

Esto me dió ocasión de preparar, inmediatamente después 
de la edición completa de estas Lecciones, una historia de los 
últimos sistemas filosóficos en Alemania, de Kant a Hegel, que 
debe añadirse a ellas. 

Berlín, 28 de abril de 1833. 

Karl Ludwig Michelet 


PROLOGO DEL EDITOR A LA SEGUNDA EDICION 

Al dar por segunda vez estas Lecciones de Hegel al público, 
debo advertir que, con excepción de aquellas partes de la In¬ 
troducción que Hegel mismo había preparado para su publi¬ 
cación, he revisado todas las fuentes utilizadas para la primera 
edición. Llevé a cabo una refundición más completa de las 
frases que en la primera, en la que sólo entregué, por así de¬ 
cirlo, la materia prima, cuya forma aforística y fragmentaria 
entorpecía su comprensión. Procuré, desde luego, utilizar una 
terminología que, sin sacrificar la expresión original, corres¬ 
pondiera lo más adecuadamente posible al sentido y espíritu de 
Hegel. Con frecuencia cambié algunas frases o pasajes de lu¬ 
gar y di otro orden a los temas, suprimí algunos períodos largos 
y algunas repeticiones o, cuando menos, traté de acortarlos. Y, 
por último, metí las notas al pie de página dentro del texto 
mismo —como parece más correcto—, ya fueran ulteriores re¬ 
flexiones aforísticas o citas de los filósofos tratados; de este 



XX PROLOGO DEL EDITOR 

modo sólo se conservaron como notas las anotaciones impres¬ 
cindibles del editor, que se refieren a la redacción, y las citas 
o referencias muy largas que entorpecerían la lectura del texto. 

No me pareció necesario distinguir qué corresponde en las 
notas al autor y qué al editor. Espero que estas Lecciones ha¬ 
gan honor a Hegel en ésta su nueva forma, más semejante a la 
de sus otros escritos, y ejerzan una influencia feliz, de modo 
que propaguen el espíritu verdaderamente científico, y éste se 
enraice más profundamente. 

Berlín, 8 de septiembre de 1840. 

Karl Ludwig Michelet 



Lecciones sobre la 
HISTORIA DE LA FILOSOFIA 




DISCURSO INAUGURAL 


PRONUNCIADO EN LA UNIVERSIDAD DE HEIDELBERG, 

EL 28 DE OCTUBRE DE 1816 

Señores: 

Al inaugurar este curso de historia de la filosofía, con el 
que inicio, además, mis tareas docentes en vuestra Universi¬ 
dad, quiero pronunciar algunas palabras preliminares, expre¬ 
sando sobre todo la gran satisfacción que me produce reanudar 
mi carrera filosófica desde la cátedra universitaria precisamente 
en el momento actual. 

Parece haber llegado, en efecto, la hora de que la filosofía 
pueda confiar en encontrar de nuevo la atención y el amor 
a que es acreedora, en que esta ciencia, que había llegado 
casi a enmudecer, recobre su voz y sienta revivir la confianza 
de que el mundo, que parecía haberse vuelto sordo para ella, 
la escuche de nuevo. La miseria de la época daba una impor¬ 
tancia tan grande a los pequeños y mezquinos intereses de la 
vida cotidiana, los elevados intereses de la realidad y las lu¬ 
chas sostenidas en torno a ellos embargaban de tal modo toda 
la capacidad y todo el vigor del espíritu, absorbían a tal punto 
los recursos materiales, que las cabezas de los hombres no dis¬ 
frutaban de la libertad necesaria para consagrarse a la vida 
interior, más alta, y a la pura espiritualidad, lo que hacía que 
las mejores capacidades se vieran absorbidas por aquellas pre¬ 
ocupaciones y, en parte, sacrificadas a ellas. 

El Espíritu del Mundo, ocupado en demasía con esa reali¬ 
dad, no podía replegarse hacia adentro y concentrarse en sí 
mismo. Pero ahora que esta corriente de la realidad ha en¬ 
contrado un dique, que la nación alemana ha sabido irse mo¬ 
delando sobre la tosca materia, que ha salvado su nacionalidad, 
raíz y fundamento de toda vida viva, tenemos razones para 
confiar en que, al lado del Estado, en que se concentraba hasta 
hace poco todo el interés, se levante también la Iglesia; que, al 
lado del reino de la tierra, hacia el que se encauzaban hasta 
ahora todos los pensamientos y todos los esfuerzos, vuelva a pen¬ 
sarse también en el reino de Dios; dicho en otros términos, 
que, al lado del interés político y de otros intereses vincu¬ 
lados a la mezquina realidad, florezca de nuevo la ciencia, el 
mundo racional y libre del espíritu. 

La historia de la filosofía nos revelará cómo en los otros 
países de Europa en los que con tanto celo y prestigio se culti- 

3 



4 DISCURSO INAUGURAL 

van las ciencias y la formación del entendimiento, la filosofía, 
excepción hecha del nombre, decae y desaparece para quedar 
convertida tan sólo en un recuerdo, en una vaga idea, y única¬ 
mente se conserva como una peculiaridad característica de la 
nación alemana. La naturaleza nos ha asignado la alta misión 
de ser los guardianes de este fuego sagrado, como el linaje de 
los Eumólpidas era, en Atenas, el custodio de los Misterios 
eleusinos y los vecinos de la isla de Samotracia tenían a su 
cargo la conservación y el cuidado de uno de los más altos 
cultos tributados a los dioses; como el Espíritu del Mundo cul¬ 
tivó y salvaguardó en la nación judaica una conciencia superior 
a la de otros pueblos, para que pudiera surgir de ella, conver¬ 
tido en un nuevo Espíritu. 

, La nación alemana ha logrado llegar hoy, en general, a un 
grado tal de seriedad y de elevación de conciencia, que ante 
nosotros sólo pueden valer ya las ideas y lo que demuestre sus 
títulos de legitimidad ante el foro de la razón; y va acercándose 
más y más la hora del Estado prusiano basado en la inteligen¬ 
cia. No obstante, también entre nosotros han venido la miseria 
de los tiempos y el interés de los grandes acontecimientos mun¬ 
diales a relegar a segundo plano la seria y profunda dedica¬ 
ción a la filosofía, haciendo que se apartase de ella la atención 
general. Y así, ha ocurrido que, mientras las sólidas cabezas 
se dedicaban a los problemas prácticos, la gran empresa de la 
filosofía caía en manos de la superficialidad y el adocenamiento 
que se instalaban en ella a sus anchas. 

Bien puede afirmarse que, desde que la filosofía comenzó a 
cobrar relieve en Alemanui, nunca había llegado esta ciencia 
a verse tan mal parada como en los momentos actuales, nun¬ 
ca habían navegado por su superficie con tal arrogancia la 
vacuidad y la presuntuosidad, dándose aires de tener el cetro 
en sus manos. Pues bien, es necesario que nos convenzamos de 
que el profundo espíritu de la época nos encomienda la misión 
de luchar contra esta superficialidad, laborando con una se¬ 
riedad y una honradez auténticamente alemanas para sacar a 
la filosofía de la soledad en que ha ido a refugiarse. Salude¬ 
mos todos juntos la aurora de un tiempo mejor, eiv que el 
espíritu, hasta ahora arrastrado hacia el exterior, pueda reple¬ 
garse hacia sus adentros y volver en sí, ganar el espacio y el 
suelo necesarios para su rejno propio, ten donde los ánimos se 
eleven sobre los intereses cotidianos y se dejen ganar por lo ver¬ 
dadero, lo eterno y lo divino, elevándose hacia la contempla¬ 
ción y la asimilación de lo más alto. 



DISCURSO INAUGURAL 5 

Nosotros, los hombres de la generación que se ha desarro¬ 
llado bajo el embate de los tiempos, podemos considerar dicho¬ 
sos a quienes, como a vosotros, ha tocado vivir su juventud en 
estos días en que podéis consagraros por entero a la ciencia y 
a la verdad. Para mí, que he ofrendado mi vida a la ciencia, es 
una gran satisfacción encontrarme ahora en un lugar desde el 
que puedo contribuir en mayor medida y dentro de un radio 
de acción más extenso a difundir y fomentar un interés cien¬ 
tífico superior y, en primer lugar, a encaminaros hacia él. Con¬ 
fío en que me será dado merecer vuestra confianza y ganarla. 
Pero lo único que, por ahora, tengo derecho a pediros es que, 
por encima de todo, sólo depositéis vuestra confianza en la 
ciencia y en vosotros mismos. El valor de la verdad, la fe en 
el poder del espíritu, es la primera condición de la filosofía. 
El hombre, que es espíritu, puede y debe considerarse digno de 
lo más alto, jamás podrá pensar demasiado bien en cuanto a la 
grandeza y el poder de su espíritu; y, si está dotado de esta fe, 
no habrá nada, por arisco y por duro que sea, que no se abra 
ante él. La esencia del universo, al principio cerrada y oculta, 
no encierra fuerza capaz de resistir al valor de un espíritu dis¬ 
puesto a conocerla: no tiene más remedio que ponerse de ma¬ 
nifiesto ante él y desplegar ante sus ojos, para satisfacción y 
disfrute suyo, sus profundidades y sus riquezas. 

La historia de la filosofía ofrece la curiosa particularidad, 
pronto advertida, de que si bien es cierto que encierra un gran 
interés cuando el tema se aborda desde el punto de vista que 
merece, sigue siendo interesante aunque su fin se enfoque al 
revés de como se debiera. Y hasta podría afirmarse que este 
interés gana en importancia, por lo menos aparentemente, a 
medida en que se parte de una idea errónea de la filosofía y de 
aquello que su historia aporta en este sentido; en efecto, de la 
historia de la filosofía se extrae, ante todo, una prueba muy 
clara dé la nulidad de esta ciencia. 

Es justo exigir que toda historia, cualquiera que sea su ob¬ 
jeto, exponga los hechos imparcialmente, sin que en ella se 
pretenda imponer ningún interés especial, ningún fin especial. 
Sin embargo, el lugar común que este postulado envuelve no 
nos llevará muy lejos, ya que la historia de algo, sea lo que 
fuere, guarda la más estrecha e indestructible relación con la 
idea que de ese algo se tenga. A tono con ello se determina, 
naturalmente, lo que para ese algo se considera importante y 
conveniente; y la relación entre lo ya acaecido y el fin pro- 



6 DISCURSO INAUGURAL 

puesto impone, quiérase o no, una selección de los aconteci¬ 
mientos que se narran, el modo de concebirlos y los puntos de 
vista bajo los cuales se colocan. Y así, según la idea que se 
tenga de lo que es el Estado, puede muy bien ocurrir que un lec¬ 
tor no descubra en la historia política de un país absolutamente 
nada de lo que busca en ella. Este mismo caso puede darse, con 
mayor razón aún, en la historia de la filosofía y no sería nada 
difícil señalar exposiciones de esta historia en las que encon¬ 
traríamos o creeríamos encontrar cualquier cosa menos lo que 
reputamos por filosofía. 

En otra clase de historias no es tan fluctuante, por lo me¬ 
nos en cuanto a sus criterios fundamentales, la idea que se 
tiene de su objeto, ya se trate de un determinado país, de un 
determinado pueblo o del género humano en general, de la 
ciencia matemática, de la física, etc., o del arte, de la pintura 
y así sucesivamente. Sin embargo, la ciencia de la filosofía se 
distingue de las otras ciencias, desventajosamente si se quiere, 
en que surgen inmediatamente las más diversas opiniones en 
cuanto a su concepto, en cuanto a lo que puede y debe aportar. 
Y si esta primera premisa, la idea que se tenga acerca del ob¬ 
jeto de la historia que se trata de exponer, no es algo firme, 
sólidamente establecido, por fuerza tendrá que ser también algo 
vacilante la historia misma, que sólo puede tener consistencia 
cuando arranca de una idea clara y concreta, aun exponiéndose 
fácilmente con ello al reproche de parcialidad, si se la compara 
con otras ideas divergentes acerca del mismo tema. 

Sin embargo, aquella desventaja sólo se refiere a una apre¬ 
ciación externa de la historia de la filosofía, si bien lleva apa¬ 
rejado, hay que decirlo, otro inconveniente más profundo. Es 
evidente que si existen diversos conceptos de la filosofía, sola¬ 
mente el concepto verdadero nos pondrá en condiciones de 
comprender las obras de los filósofos que han sabido mante¬ 
nerse, en su labor, fieles a su sentido. En efecto, cuando se tra¬ 
ta de pensamientos, sobre todo de pensamientos especulativos, 
el comprender es algo muy distinto del captar simplemente el 
sentido gramatical de las palabras, asimilándolo indudablemen¬ 
te, pero sin pasar de la región de las representaciones. Cabe, 
por tanto, llegar a conocer las afirmaciones, las tesis o, si se 
quiere, las opiniones de lew filósofos y dedicar mucho tiempo 
a penetrar en los fundamentos y en el desarrollo de tales opi¬ 
niones, sin que, a pesar de todos estos esfuerzos, se logre llegar 
a lo fundamental, que es el comprenderlas. Por eso abundan 
las historias de la filosofía, compuestas de numerosos volóme- 




DISCURSO INAUGURAL 7 

nes y hasta, si se quiere, llenas de erudición y en las que, sin 
embargo, brilla por su ausencia el conocimiento de la materia 
misma sobre la que versan. Los autores de tales historias po¬ 
drían compararse a animales, por cuyos oídos entran todos los 
sonidos de la música, pero sin ser capaces, naturalmente, de 
captar una cosa: la armonía de esos sonidos. 

Esta circunstancia hace que en ninguna otra ciencia sea tan 
necesaria como en la historia de la filosofía una Introducción 
en que se establezca con toda claridad el objeto cuya historia se 
trata de exponer. En efecto, ¿cómo sería posible ponerse a tra¬ 
tar un tema cuyo nombre, por muy familiarizados que estemos 
con él, no sabemos qué significa en realidad? Si así procediéra¬ 
mos, no tendríamos más hilo conductor para guiarnos en la 
historia de la filosofía que el del concepto asociado al nombre 
de filosofía en un momento concreto y determinado. Pero si 
el concepto de filosofía ha de ser establecido, no de un modo 
arbitrario, sino de un modo científico, llegaremos, necesaria¬ 
mente, a la conclusión de que este modo de enfq(?ar el pro¬ 
blema no es otro que la ciencia filosófica misma. Pues lo propio 
y característico de esta ciencia es que su concepto sólo sirve 
aparentemente de punto de partida, siendo el estudio de la 
ciencia en su conjunto el que tiene que suministrar la prueba 
y hasta podríamos decir que el concepto mismo de ella, el que 
no es, en esencia, sino el resultado de dicho estudio. 

Por eso, en esta Introducción habrá de darse por supuesto, 
igualmente, el concepto de filosofía, o sea el del objeto sobre 
el que versa su historia. Pero al mismo tiempo ocurre, en su 
conjunto, con esta Introducción —que habrá de circunscribirse a 
la historia de la filosofía— lo que ocurre con la filosofía misma 
según acabamos de decir. Lo que en esta Introducción pue¬ 
da decirse, más que algo que podamos sentar de antemano, será 
algo que sólo el estudio de la historia misma pueda probar y 
justificar. Sólo así escaparán las explicaciones provisionales que 
aquí demos a la categoría de premisas puramente arbitrarias. 
El echar por delante, como premisas, afirmaciones cuya justi¬ 
ficación reside, esencialmente, en ser resultados no tiene ni 
puede tener otro interés que el que corresponde siempre a la 
acotación previa del contenido general de una ciencia. Nos 
servirá, además, para rechazar una larga serie de problemas y 
postulados que podrían formularse ante la historia de la filo¬ 
sofía partiendo de los prejuicios usuales. 



INTRODUCCION 
A LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 

La historia de la filosofía ofrece interés desde muchos pun- 
tos de vista. Pero, si queremos enfocarla en el centro mismo 
de este interés, debemos abordarla desde el primer momento 
por el lado del entronque esencial entre el aparente pasado y 
la fase actual a que ha llegado la filosofía. Aquí nos propone¬ 
mos demostrar y explicar que este entronque a que nos refe¬ 
rimos no se refiere precisamente a las circunstancias de orden 
externo que la historia de esta ciencia pueda tomar en con¬ 
sideración, sino que expresa, por el contrario, la naturaleza 
interior de su propio destino y que, si bien es cierto que los 
acontecimientos de esta historia se traducen, como todos 
los acontecimientos, en resultados a través de los cuales se 
desarrollan, encierran una fuerza creadora propia y peculiar. 

La historia de la filosofía despliega ante nosotros la suce¬ 
sión de los nobles espíritus, la galería de los héroes de la razón 
pensante, que, sostenidos por la fuerza de esta razón, han sa¬ 
bido penetrar en la esencia de las cosas, de la naturaleza y del 
espíritu, en la esencia de Dios, y que han ido acumulando con 
su esfuerzo, para nosotros, el más grande de los tesoros, que es 
el del conocimiento racional. Por eso, los acontecimientos y 
los actos de esta historia no son de aquellos en los que impri¬ 
men su sello y dejan su contenido, fundamentalmente, la per¬ 
sonalidad y el carácter individual (como ocurre en la historia 
política, en la que el individuo ocupa el puesto que corresponde 
a su modo especial de ser, a su genio, a sus pasiones, a la 
energía o a la debilidad de su carácter y, en general, a lo que 
este individuo es en cuanto sujeto de los actos y acontecimien¬ 
tos que la historia registra); lejos de ello, aquí las creaciones 
son tanto mejores cuanto menos imputables son, por sus mé¬ 
ritos o su responsabilidad, al individuo, cuanto más corres¬ 
ponden al pensamiento libre, al carácter general del hombre 
como tal hombre, cuanto más se ve tras ellas, como sujeto 
creador, al pensamiento mismo, que no es patrimonio exclusivo 
de nadie. 

A primera vista, estas hazañas del pensamiento, en cuanto 
históricas, parecen pertenecer al pasado y hallarse más allá de 
nuestra realidad presente. Pero, bien mirada la cosa, se ve que 
lo que nosotros somop hoy lo somos, al mismo tiempo, como un 
producto de la historia. O, dicho en términos más exactos, que 
lo pasado —en lo que cae dentro de esta región, dentro de la 

8 



INTRODUCCION 9 

historia del pensamiento— no es más que uno de los aspectos 
de la cosa. Por eso —en lo que nosotros somos —, lo común e 
imperecedero se halla inseparablemente unido a lo que somos 
históricamente. La razón consciente de sí misma que hoy con¬ 
sideramos como patrimonio nuestro y que forma parte del mun¬ 
do actual no ha surgido de improviso, directamente, como si 
brotase por sí sola del suelo del presente, sino que es tam¬ 
bién, sustancialmente, una herencia y, más concretamente, el 
resultado del trabajo de todas las anteriores generaciones del 
linaje humano. Del mismo modo que las artes de la vida ex¬ 
terna, la gran masa de recursos y aptitudes, de instituciones y 
hábitos de la convivencia social y la vida política son el resul¬ 
tado de las reflexiones, la inventiva, las necesidades, la pena 
y la dicha, el ingenio, la voluntad y la creación de la historia 
anterior a nuestro tiempo, lo que hoy somos en la ciencia y, es¬ 
pecialmente, en la filosofía lo debemos también a la tradición, la 
cual se desliza a través de todo lo que es ^recedero y, por tanto, 
pasado, como una cadena sagrada, según la frase de Herder,^ 
que conserva y hace llegar a nosotros lo que las anteriores ge¬ 
neraciones han creado. 

Pero esta tradición no es solamente una buena ama de casa 
que se dedique a guardar fielmente lo recibido para transmi¬ 
tirlo íntegramente a los herederos, como el curso de la natura¬ 
leza, en el que, a través de los infinitos cambios de sus formas 
y manifestaciones, las leyes originales siguen siendo las mis¬ 
mas y no acusan el menor progreso; no es una estatua inmóvil, 
sino una corriente viva, fluye como un poderoso río, cuyo cau¬ 
dal va creciendo a medida que se aleja de su punto de origen. 

El contenido de esta tradición es lo que ha creado el mun¬ 
do espiritual. El espíritu universal no se está quieto; y es este 
espíritu universal lo que nos interesa examinar aquí. Puede 
ocurrir que en una nación cualquiera permanezcan estaciona¬ 
rios la cultura, el arte, la ciencia, el patrimonio espiritual en 
su conjunto; tal parece ser, por ejemplo, el caso de los chinos, 
quienes probablemente se hallen hoy, en todo, como hace dos 
mil años. Pero el Espíritu del Mundo no se hunde nunca en 
esta quietud y en esta indiferencia; por la sencilla razón de 
que, por su concepto mismo, su vida es acción. 

Y la acción tiene como premisa una materia existente sobre 

1 Zttr Philosophíe u.nd Geschichte [“Sobre la filosofía y la historia”], 
t. V, pp. 184-186 (ed. de 1828). [La cita no es correcta, el titulo de la 
obra de Herder es: Ideen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit 
(“Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad”). E.] 



10 INTRODUCCIÓN 

la que se proyecta y que no se limita a incrementar, a ensan¬ 
char con los nuevos materiales que le añade, sino que, esen¬ 
cialmente, elabora y transforma. Por donde lo que cada gene¬ 
ración crea en el campo de la ciencia y de la producción 
espiritual es una herencia acumulada por los esfuerzos de todo 
el mundo anterior, un santuario en el que todas las generacio¬ 
nes humanas han ido colgando, con alegría y gratitud, cuanto 
les ha sido útil en la vida, lo que han ido arrancando a las 
profundidades de la naturaleza y del espíritu. Este heredar 
consiste a la vez en recibir la herencia y en trabajarla. Esta 
herencia constituye el alma de cada nueva generación, su sus¬ 
tancia espiritual como algo adquirido, sus principios, sus pre¬ 
juicios, su riqueza. Pero, al mismo tiempo, este patrimonio 
recibido de las generaciones anteriores queda reducido al nivel 
de una materia prima que el espíritu se encarga de metamor- 
fosear. Lo recibido se transforma de est^mpdo y la materia, al 
elaborarse, se enriquece a la par que se transforma; 

En esto consiste la actitud y la actividad de nuestra época 
y de cualquiera otra: en asimilarse la ciencia existente y for¬ 
marse a la luz de ella, desarrollando con ello esa misma ciencia 
y elevándola a un plano superior.* Al apropiárnosla, hacemos 
de ella algo nuestro, que no es. ya jo que antes era.^ En ésta 
peculiar acción creadora, que consiste eri, tomar como premisa 
un mundo espiritual existente para transformarlo al asimilarlo, 
va implícito aquello que decíamos de que nuestra filosofía sólo 
puede cobrar existencia, esencialmente, en relación con la que 
la precede y como un resultado necesario de ésta. Lo que vale 
tanto como decir que el curso de la historia no nos revela pre¬ 
cisamente el devenir de cosas extrañas a nosotros, sino nuestro 
propio devenir, el devenir de nuestra propia ciencia. 

La naturaleza de la relación que acabamos de señalar de¬ 
termina las ideas y los problemas relativos al destino de la 
historia de la filosofía. La conciencia de ella nos suministra, 
al mismo tiempo, la clave del fin subjetivo, que consiste en 
hacer del estudio de la historia de la filosofía una introduc¬ 
ción al conocimiento de la filosofía rnismai Y también los cri¬ 
terios que deben presidir el tratamiento de esta historia van 
implícitos en la relación señalada, cuya explicación debe cons¬ 
tituir, por tanto, la finalidad fundamental de la presente Intro¬ 
ducción. Claro está que para ello no tendremos más remedio 
que tomar también en consideración o, mejor dicho, como base, 
el concepto de lo que la filosofía se propone ser. Y como, se¬ 
gún queda dicho, el examen científico de este concepto no es 




INTRODUCCIÓN 11 

propio de este lugar, es evidente que el esclarecimiento que, a 
este propósito, hayamos de hacer no puede tener como finali¬ 
dad el demostrar, comprendiéndola, la naturaleza del devenir 
de la filosofía, sino solamente el hacer de ella una noción 
provisional. 

Ahora bien, este devenir no es, simplemente, un aparecer 
inactivo, algo así como la aparición del sol o de la luna, por 
lo menos tal y como nosotros nos la representamos; no se trata 
de un simple movimiento, sustraído a toda resistencia en el 
medio del espacio y del tiempo. Lo que tiene que desfilar ante 
nosotros, en nuestra mente, son los hechos del pensamiento 
libre; se trata de exponer la historia del mundo del pensa¬ 
miento, tal como ha nacido y se ha manifestado. / Es un viejo 
prejuicio el de que lo que distingue al hombre del animal es el 
pensamiento; pero nos atendremos a esto. Lo que el hombre 
tiene de noble, lo que hace de él algo más que un simple ani¬ 
mal, es, según eso, el pensamientcy, todo lo humano, cualquiera 
que sea la forma que presente, sólo lo es porque el pensa¬ 
miento obra y ha obrado en ello. Pero el pensamiento, aun 
siendo lo esencial, lo sustancial, lo eficaz, guarda relación con 
muchas cosas. Hay que considerar, por ello, como lo más exce¬ 
lente aquello en que el pensamiento no se dedica a otra cosa 
ni se ocupa de nada que no sea el pensamiento mismo —lo 
más noble de todo, según acabamos de ver—, en que sólo se 
busca y se encuentra a sí mismo. Por tanto, la historia que 
tenemos ante' nosotros es la historia de la búsqueda del pensa¬ 
miento por el pensamiento mismo. Y lo característico del" 
pensamiento es que sólo se encuentra al crearse; más aún, que 
sólo existe y tiene realidad en cuanto que se encuentra. Estas 
manifestaciones del pensamiento,' en las que éste se encuentra 
a sí mismo, son las filosofías; y la cadena de estos descubri¬ 
mientos, de los que parte el pensamiento a descubrirse a sí 
mismo, es la obra de tres mil quinientos años. . 

Ahora bien, si el pensamiento, que es esencialmente eso, 
pensamiento, es en y para sí y eterno y lo verdadero sólo se 
contiene en él pensamiento, ¿cómo explicarse que este mundo 
intelectual tenga una historia? 

La historia expone lo mudable, lo que se ha hundido en la 
noche del pasado, lo que ya no existe; y el pensamiento, cuando 
es verdadero y necesario —el que no lo sea no nos interesa 
aquí —, no es susceptible de cambio. El problema implícito en 
la pregunta anterior figura entre lo primero que es necesario 
examinar. 



12 INTRODUCCION 

En segundo lugar, existen necesariamente, además de la fi¬ 
losofía, una serie de manifestaciones importantísimas que son 
también obra del pensamiento y que, sin embargo, excluimos 
de nuestra investigación. Tal ocurre con la religión, con la 
historia política, con las constituciones de los Estados, con las 
artes y las ciencias. Pues bien, ¿cómo distinguir estas mani¬ 
festaciones de las que son objeto de nuestra historia? ¿Y cómo 
se comportan, en la historiri, las unas con respecto a las otras? 
Es necesario que digamos, en torno a estos dos puntos de vista, 
lo que pueda servir para orientanros en cuanto al sentido en 
que hayamos de exponer la historia de la filosofía. 

Además, en tercer lugar, hay que empezar por tener una 
visión general de conjunto antes de poder entrar en el detalle; 
de otro modo, los detalles nos impedirán ver el todo, los árbo¬ 
les no nos dejarán ver el bosque, las filosofías nos impedirán 
ver la filosofía. El espíritu necesita adquirir una idea general 
acejrca del fin y la determinación del todo, para poder saber 
qué es lo que tiene que esperar. Del mismo modo que abar¬ 
camos con la mirada, en una ojeada general, el paisaje, que 
luego perdemos de vista al internarnos en las diversas partes 
que lo forman, el espíritu quiere abarcar, ante todo, la relación 
existente entre las distintas filosofías y la filosofía en general, 
pues las diversas partes sólo cobran, en realidad, sentido y va¬ 
lor esencial por su relación con el todo. 

En ningún campo se confirma más esto que decimos que 
en el de la filosofía y en su historia. Es cierto que este escla¬ 
recimiento de lo general, tratándose de una historia, no parece 
tan necesario como con respecto a una ciencia en sentido es¬ 
tricto. La historia sólo es, a primera vista, una sucesión de 
acaecimientos fortuitos en la que cada hecho ocupa un lugar 
aislado y para sí, sin que haya entre ellos otro nexo de unión 
que el tiempo. Pero esta concepción no puede satisfacernos ni 
siquiera en lo que se refiere a la historia política; ya en ella 
reconocemos, o intuimos por lo menos, un entronque necesario 
entre los diversos acaecimientos, que hace que éstos ocupen un 
lugar especial, en relación con una meta o con un fin, adqui¬ 
riendo con ello su verdadera significación. Los hechos históri¬ 
cos sólo tienen un relieve, una significación, cuando se los 
pone en relación con un algo general y a través de su entron¬ 
que con ello; tener ante los ojos este algo general es, por tanto, 
comprender la significación de los hechos en la historia. 

En esta Introducción nos limitaremos por tanto, con arre¬ 
glo a lo que precede, a tratar los siguientes puntos: 



INTRODUCCIÓN 13 

Lo primero será determinar qué es la historia de la filosofía: 
su significación, su concepto y su fin; de ahí se obtendrán luego 
las consecuencias respecto al modo de tratarla. El .punto más 
interesante que habrá de ser tocado, a este propósito, es el 
que se refiere a la relación entre la historia de la filosofía y 
la ciencia filosófica misma, según la cual aquélla no se redu¬ 
ce a exponer el aspecto externo, lo ocurrido, los acaecimientos 
que se refieren al contenido, sino en hacer ver cómo el con¬ 
tenido —en cuanto se manifiesta históricamente— forma parte 
de la misma ciencia de la filosofía, cómo la historia de la 
filosofía tiene por sí misnta un carácter científico y se true¬ 
ca, incluso, en cuanto a lo fundamental, en la ciencia filo¬ 
sófica misma. 

En segundo lugar, será necesario aclarar el concepto de la 
filosofía y determinar, partiendo de él, qué es lo que ha de 
eliminarse de la infinita materia y de los múltiples aspectos 
de la cultura espiritual de los pueblos como ajeno a la histo¬ 
ria de la filosofía. Desde luego, la religión y los pensamientos 
contenicjos en ella o que giran en torno a ella, principalmente, 
el que adopta la forma de mitología, se hallan ya por su ma¬ 
teria —como por su forma los demás desenvolvimientos de las 
ciencias, sus pensamientos acerca del Estado, los deberes, las le¬ 
yes, etc.—, tan cerca de la filosofía, que tal parece como si 
fuesen una prolongación más o menos vaga de la historia de 
la ciencia filosófica, como si la historia de la filosofía estuvie¬ 
se obligada a tomar en consideración todos estos pensamientos. 
¿Qué tantas cosas no han sido llamadas “filosofía” y “filosofar”? 
Por una parte, habrá que examinar de cerca la estrecha relación 
que existe entre la filosofía y los campos afines a ella, como el 
de la religión, el del arte y el de las demás ciencias, y también, 
la historia política. Por otra parte, después de circunscribir 
debidamente el campo de la filosofía, después de haber deter¬ 
minado claramente lo que es filosofía y lo que cae dentro de 
sus fronteras, sentaremos al mismo tiempo el punto de partida 
de su historia, que hay que distinguir de los comienzos de las 
concepciones religiosas y las intuiciones preñadas de pensa¬ 
miento. 

Partiendo del concepto del objeto mismo, tal como se en¬ 
cuentra en los dos puntos de vista anteriores, nos abriremos 
paso hacia el tercero, hacia la visión de conjunto y la división 
del curso de esta historia en sus períodos necesarios; división en 
la que la historia de la filosofía deberá revelarse como un todo 
orgánicamente progresivo, como una cohesión racional, ya que 



14 INTRODUCCION 

de otro modo no presentaría esta historia misma el rango pro¬ 
pio de una tienda. 

No nos entretendremos, después de exponer todo lo ante¬ 
rior, en mayores reflexiones acerca de la utilidad de la historia 
de la filosofía ni acerca de otras formas en que podría ser tra¬ 
tada; la utilidad se desprende por sí misma; no es necesario 
detenerse a demostrarla. Por último, diremos algo acerca de 
las fuentes de la historia de la filosofía, ya que es usual ha¬ 
cerlo así. 

A) CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 

El primer pensamiento que nos sale al paso cuando de una 
historia de la filosofía se trata es que este tema encierra, por 
sí m'smo, una contradicción interna. En efecto, la filosofía se 
propone conocer lo que es inmutable, eterno, lo que existe en 
y para sí; su mira es la verdad. La historia, en cambio, narra 
•lo que ha existido en una época para desaparecer en otra, des¬ 
plazado por algo distinto. Y si partimos de la premisa de que 
la verdad es eterna, ¿cómo incluirla en la órbita de lo pasajero, 
cómo relatar su historia? Y, por el contrario, si tiene una his¬ 
toria y la historia consiste en exponer ante nosotros una serie 
de formas pasadas de conocim-ento,- ¿cómo encontrar en ella la 
verdad, es decir, algo que no es nunca pasado, pues no pasa? 

Cabría argumentar que “este razonamiento general podría 
apbcarse con la misma razón, no sólo a las demás c'encias, sino 
tamb'én a la prop-a relig'ón cristiana”, viendo una contradic- 
c'ón en el hecho de “que exista una historia de esta religión 
y de las otras c'enc'as; pero estaría de más seguir analizando 
este razonamiento por sí m'smo, ya que se encarga de refu- 
tarló directamente la reahdad de la existencia de tales historias”. 

S'n embargo, para ahondar en el sentido de aquella con¬ 
tradicción es necesario disringuir entre la historia de las vicisi¬ 
tudes exteriores de una relig ón o de una ciencia y la historia 
de su objeto mismo, es decY, de la relig'ón o 'a ciencia misma. 
Vemos entonces como la h'storia de la f'losofía es, por la natu¬ 
raleza especial del objeto sobre que versa, algo muy distinto de 
las historias de aquellos otros campos del conocimiento. Así 
planteado el problema, se ve en seguida que la contradicc'ón 
a que nos referimos no podría afectar a aquella historia externa, 
sino solamente a la interna,' a la del contenido mismo. El cris- 
tian'smo tiene una historia que se refiere a su difusión, a las 
vicisitudes por que pasaron sus creyentes, etc.; al convertir su 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 15 

existencia en una Iglesia, ésta es, a su vez, una existencia exte¬ 
rior del cristianismo, la cual, al verse enclavada en los más 
diversos contactos con el tiempo, presenta múltiples vicisitudes 
y tiene, esencialmente, su historia propia. Tampoco la doctri¬ 
na cristiana, por sí misma, carece, naturalmente, de historia; 
pero ésta alcanza pronto y de un modo necesario su desarrollo y 
se plasma en la forma determinada que le corresponde. Y esta 
antigua profesión de fe ha reg'do en todo tiempo, y debe seguir 
rigiendo todavía hoy, sin cambio alguno, como la verdad, aun¬ 
que su vigencia no fuese ya más que una apariencia sin sus¬ 
tancia y las palabras hubiesen quedado reducidas a una fórmula 
vacua pronunciada por nuestros labios. Ahora bien, el conte¬ 
nido ulterior de la historia de esta doctrina lleva consigo dos 
cosas: de. una parte, las múltiples adiciones y aberraciones de 
aquella verdad fija; de otra, la lucha contra estas aberraciones 
y la purificación del fundamento perenne, eliminando de él las 
adic'ones superpuestas y volviendo a su original simplicidad. 

' Una historia externa como la de la religión la tienen tam¬ 
bién las otras ciencias, incluyendo la filosofía. Ésta tiene una 
historia de su nacimiento, de su difusión, de su florecimiento, 
de su decadencia, de su muerte y de su resurrección: una his¬ 
toria de sus maestros, de sus protectores y de sus enem'gos, y 
también la de una relación exterior con la religión ^—ésta muy 
frecuente— y —ya menos frecuente— con el Estado. Este as¬ 
pecto de la historia de la filosofía da pie, asimismo, a ciertos 
problemas interesantes,, éste entre otros: ¿cómo explicarse que, 
siendo la filosofía la doctrina de la verdad absoluta, se cir¬ 
cunscriba a un número tan reducido de individuos, a determi¬ 
nados pueblos, ,a ciertas épocas; del mismo modo que, con 
respecto al cristianismo —o sea, a la verdad bajo una forma 
mucho más general—, se ha planteado la dificultad de si no 
será una contradicc'on en sí que esta relig on haya aparecido 
tan tarde en el tiempo y haya permaneció durante tantos si¬ 
glos, y todavía permanezca en la actualidad, limitada a deter¬ 
minados pueblos? Pero este problema y otros por el estilo son 
ya demasido especiales como para depender solamente de la 
contradic’ón general a que veníamos refiriéndonos; sólo cuan¬ 
do hayamos entrado más de lleno en la naturaleza peculiar del 
conocimiento filosófico, podremos referirnos más a fondo a los 
aspectos que guardan mayor relación con la' existencia exte¬ 
rior y la historia externa de la filosofía. 

Por lo que se refiere a la comparación entre la historia de 
la religión y la historia de la filosofía desde el punto de vista 



16 INTRODÚCCIÓN 

del contenido interno, hay que tener en cuenta que a la filoso¬ 
fía no se le reconoce por contenido, como a la religión, una 
verdad fija y determinada de antemano, contenido que hu¬ 
biera sido tomado, como algo inmutable, de la historia. El 
contenido del .cristianismo, que es la verdad, ha permane¬ 
cido, como tal, sustraído a toda mudanza, razón por la cual 
carece de historia, o poco menos.® Por tanto, tratándose de la 
religión desaparece aquella contradicción a que nos refería¬ 
mos, con arreglo al criterio fundamental por virtud del cual 
esa religión es el cristianismo. Las aberraciones y los adita¬ 
mentos no plantean dificultad alguna; son, desde luego, algo 
mudable y, por tanto, completamente histórico por su natura¬ 
leza misma. 

También las demás ciencias tienen, en cuanto al contenido, 
una historia: en ella hay una parte que revela los cambios 
producidos, el abandono de tesis que antes tuvieron vigencia. 
Pero una gran parte, tal vez la mayor, de su contenido ha sa¬ 
lido indemne de los cambios y mudanzas de los tiempos; y lo 
nuevo, lo que ha surgido con posterioridad, no envuelve, en 
realidad, un cambio del contenido anterior, sino más bien 
un aditamento, un incremento de él. Estas ciencias progresan 
por vía de yuxtaposición. No cabe duda de que, a medida que 
progresan la mineralogía, la botánica, etc., lo posterior va co¬ 
rrigiendo, muchas veces, lo anterior; pero la parte indiscuti¬ 
blemente mayor se mantiene en pie y se enriquece sin que los 
nuevos conocimientos que a ella vienen a sumarse la hagan 
cambiar. En una ciencia como la matemática, la historia, por 
lo que al contenido se refiere, se limita, preferentemente, a la 
grata tarea de registrar una serie de ampliaciones; y la geome¬ 
tría elemental, por ejemplo, puede.xonsiderarse como una reali¬ 
dad ahistórica en la extensión que Euclides supo darle. 

La historia de la filosofía, en cambio, no revela ni la per¬ 
sistencia de un contenido simple, exento de adiciones, ni el 
simple proceso de una pacífica acumulación de nuevos tesoros 
a los ya adquiridos con anterioridad, sino que parece ofrecer, 
más bien, el espectáculo de cambios incesantemente renovados 
del todo, sin que entre ellos subsista, a la postre, ni el nexo de 
unión de una meta común; lejos de ello, vemos desaparecer 
de sus ámbitos el objeto abstracto mismo, el conocimiento ra¬ 
cional, y así vemos como el edificio de la ciencia se ve obligado, 

2 Cf. Marheineke, Lehrbuch des chrístlichen Glaubens und Lebens, 
[“Manual de fe y vida cristianas”]. Berlín, 1823, §§ 133-134. 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA HLOSOFIA 17 

por último, a compartir la pretensión y el nombre ya vano de 
, filosófía con lo que no es más que un solar vacío. 

1. Nociones corrientes acerca de la historia de la filosofía 

Inmediatamente nos salen aquí al paso las nociones corrien¬ 
tes y superficiales acerca de esta historia, nociones que es ne¬ 
cesario mencionar y corregir. Diré, en pocas palabras, lo que 
considero menester señalar acerca de estas concepciones, muy 
extendidas y que todo el mundo conoce (pues son, en realidad, 
las primeras reflexiones que sugiere, apenas despunta, el sim¬ 
ple pensamiento de una historia de la filosofía); la explicación 
acerca de la diversidad de las filosofías nos ayudará luego a 
adentrarnos más en la cosa misma. 

a) La historia de la filosofía como un acervo de opiniones. La 
historia parece consistir, a primera vista, en una narración 
en torno a los acontecimientos fortuitos de los tiempos, los 
pueblos y los individuos, fortuitos, por una parte, en cuan¬ 
to a -su sucesión en el tiempo y, por la otra, en cuanto a su 
contenido. De lo que a la sucesión en el tiempo se refiere, ha¬ 
blaremos más adelante; El concepto que aquí queremos exa¬ 
minar guarda relación con el carácter fortuito del contenido: 
es el concepto de los actos fortuitos. Ahora bien, el contenido 
de la filosofía no son precisamente los actos externos, ni los 
hechos de las pasiones y de la dicha, sino que son pensamientos. 
Los pensamientos fortuitos son, sencillamente, opiniones; y las 
opiniones filosóficas son opiniones que recaen sobre el conte¬ 
nido más o menos claramente determinado y los objetos pecu¬ 
liares de la filosofía, sobre Dios, la naturaleza y el espíritu. 

Tropezamos así, en seguida, con la idea muy corriente de 
la historia de la filosofía que ve en ella, simplemente, un acer¬ 
vo de opiniones filosóficas, que van desfilando por esa historia 
tal y como surgieron y fueron expuestas a lo largo del tiempo. 
Cuando se habla indulgentemente, se da a esta materia el nom¬ 
bre de opiniones; quienes creen poder exteriorizar un juicio 
más a fondo, llaman a esta historia una galería de las neceda¬ 
des o, por lo menos, de los extravíos del hombre que se aden¬ 
tra en el pensamiento y en los conceptos puros. Este punto de 
vista no sólo lo expresan quienes confiesan su ignorancia en 
materia de filosofía (la confiesan, puesto que esta ignorancia 
no es, según la concepción corriente, obstáculo para emitir un 
juicio acerca de lo que es la filosofía; por el contrario, todo el 



18 INTRODUCCION 

mundo se cree autorizado a dar su juicio acerca del valor y 
la esencia de ella, sin saber absolutamente nada de lo que es), 
sino también algunos de los que escriben o han escrito acerca 
de la historia de la filosofía. Esta historia, convertida así en un 
relato de diversas opiniones, no pasa de ser, concebida de este 
modoj materia de ociosa curiosidad o, si se quiere, de erudi¬ 
ción. Al fin y al cabo, la erudición consiste, principalmente, en 
saber una serie de cosas inútiles, es decir, de cosas que, por lo 
demás, no tienen en sí mismas otro contenido ni otro interés 
que el de ser conocidas. 

Se considera, sin embargo, útil conocer diversos pensamien¬ 
tos y opiniones, por entender que ello estimula la capacidad 
de pensar y conduce, a veces, a ciertos pensamientos buenos, 
es decir, permite formarse, a su vez, opiniones, como si la 
ciencia consistiera, en efecto, en ir devanando unas opiniones 
de la madeja de otras. 

Si la historia de la filosofía no fuese nada más que una 
galería de opiniones —aunque éstas versen sobre Dios, sobre 
la esencia de las cosas de la naturaleza y del espíritu— sería, 
en verdad, una ciencia harto superflua y aburrida, por mu¬ 
cha utilidad que se sacase o se creyese sacar de todo ese trasie¬ 
go de pensamientos y de esa erudic'ón. ¿Puede haber algo más 
inútil que conocer una sqrie de simples opiniones? Semejante 
conocimiento es de todo punto indiferente. Basta con echar 
un vistazo a esas historias de la filosofía en que las ideas de los 
filósofos se exponen y tratan a la manera de opiniones, para 
darse cuenta de que son obras secas y carentes de todo interés. 

Una opinión es una representación subjetiva, un pensa¬ 
miento cualquiera, una figuración, que en mí puede ser así y 
en otro puede ser otra o de otro modo: una opinión es un pen¬ 
samiento mío, no un pensamiento general, que es en y para sí. 
Pues bien, la filosofía no contiene nunca opiniones; no existen 
opiniones filosóficas. Cuando alguien habla de opiniones filo¬ 
sóficas, se ve en seguida que ese alguien, aunque sea un histo¬ 
riador de la filosofía, carece de una cultura elemental. La fi¬ 
losofía es la ciencia objetiva de la verdad, la ciencia de su 
necesidad, de su conocer reducido a conceptos, y no un sim¬ 
ple opinar o devanar de opiniones. 

La concepción que estamos examinando tiene, en rigor, otro 
significado: el de que lo que nosotros podemos conocer son 
soí’arTijen.te opiniones, al decir lo cual se hace hincapié precisa¬ 
mente en lo de opinión. Ahora b’en, lo opuesto a la opinión 
es la verdad; ante la verdad, palidecen y se esfuman las opi- 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 19 

niones. Pero la palabra verdad hace que vuelvan la cabeza 
para otro lado quienes sólo buscan en la historia de la filosofía 
opinionés o creen que esto es lo único que es posible encontrar 
en ella. 

La filosofía se enfrenta, así, con un doble antagonismo. Por 
una parte, la devoción, como es sabido, declaraba a la razón 
o al pensamiento incapaces de llegar a conocer lo verdadero: 
por el contrario, según ella, la razón sólo conducía al abismo 
de la duda, siendo necesario, para arribar a la verdad, renun¬ 
ciar a la quimera de pensar por cuenta propia y colocar a la 
razón bajo la férula de la fe ciega en la autoridad. De la rela¬ 
ción que existe entre la religión y la filosofía y su historia habla¬ 
remos más adelante. 

No menos sabido es también, por otra parte, que la llama¬ 
da razón logró imponerse, rechazando la fe nacida de la auto¬ 
ridad y pretendiendo infundir un sentido racional al cristianis¬ 
mo. Se llegaba, de este modo, a la conclusión de que lo único 
que se nos podía obligar a reconocer era nuestra propia ma¬ 
nera de ver las cosas, nuestra propia convicción. Pero, por 
admirable designio, también esta afirmación del derecho de la 
razón se trocó en lo contrario de lo que perseguía, dando como 
resultado que la rázón no pudiera llegar a conocer nada ver¬ 
dadero. Esta llamada razón, de una parte, combatía la fe reli¬ 
giosa en nombre y en virtud de la razón pensante, pero, al 
mismo tiempo, se volvió en contra de la razón misma y se con¬ 
virtió en enemiga de la verdadera razón; afirma en contra de 
ésta los derechos de la intuición interior, del sentim’ento, con¬ 
virtiendo con ello lo subjetivo en pauta de lo válido e impo¬ 
niendo, de este modo, la fuerza de la propia convicción, tal y 
como cada cual se la puede llegar a formar, en sí y a partir 
de sí, en su propia subjetividad. Pues b’en, estas convicciones 
propias no son otra cosa que las opiniones, convertidas asi en 
el supremo criterio del hombre. 

Si queremos partir de aquello con que tropezamos en las 
nociones que se nos ofrecen más al alcance de la mano, no te¬ 
nemos más remedio que señalar inmediatamente esta manera 
de concebir la historia de la filosofía; trátase de un resultado 
que se ha abierto paso en la cultura general y que es algo así 
como el prejuicio y, a la par, un verdadero signo de nuestro 
tiempo: el principio a la luz del cual las gentes se conocen y 
comprenden unas a otras, una premisa que se da por estable¬ 
cida y que sirve de base a cualquier otro quehacer científico. 
En teología, no es precisamente, en puridad, la profesión de fe 



20 INTRODUCCION 

de la Iglesia la que rige como la doctrina del cristianismo, sino 
que cada cual, en mayor o menor medida, se forma una doc¬ 
trina cristiana propia, arreglada a la medida de sus propias 
convicciones, que varían, naturalmente, con cada persona. Es 
frecuente también ver que la teología se cultiva históricamente, 
atribuyendo a la ciencia teológica el interés de conocer las dis¬ 
tintas opiniones, y uno de los primeros frutos de este conoci¬ 
miento consiste en honrar y respetar todas las opiniones, consi¬ 
derándolas como algo de lo que no se tiene por qué dar 
cuentas a nadie, sino solamente a sí mismo. También aquí se 
pierde de vista la meta: el conocimiento de la verdad. La pro¬ 
pia convicción es, desde luego, lo último y lo absolutamente 
esencial, lo que, por el lado de la subjetividad, empuja al cono¬ 
cimiento a la razón y a su filosofía. Hay, sin embargo, una 
gran diferencia entre que la convicción descanse simplemente 
en sentimientos, puntos de vista, intuiciones, etc., en funda¬ 
mentos subjetivos, es decir, en factores puramente personales 
del sujeto mismo, o nazca del pensamiento, de la penetración 
en el concepto y en la naturaleza de la cosa. La convicción na¬ 
cida y formada del primero de estos dos modos es, sencilla¬ 
mente, la opinión. 

La antítesis entre la opinión y la verdad, que de un modo 
tan nítido se destaca ahora, se trasluce ya en las nociones de la 
época socrático-platónica, época de desintegración de la vida 
griega, en la antítesis platónica entre la opinión (6ó|a) y la 
ciencia (emarfinTi). Es la misma contraposición con la que 
nos encontramos en el período de decadencia de la vida pública 
y política de Roma bajo Augusto y en los tiempos siguientes, 
en que hacen estragos el epicureismo y la indiferencia ante la 
filosofía. Es el sentido en que Pilato replica a Cristo, cuando 
Este le dice que ha venido al mundo para proclamar la verdad: 
“¿Qué es la verdad?” Lo que vale tanto como decir: “Este 
concepto de la verdad es un concepto convencional acerca del 
cual estamos al cabo de la calle; hoy, sabemos ya más, sabemos 
que ya no hay para qué hablar de conocer la verdad; eso se ha 
quedado atrás.” Para quien así se expresa, no cabe duda de que 
eso se ha quedado atrás. Y para quien, en la historia de la 
filosofía, parta de este punto de vista, la significación de tal 
historia se limitará, evidentemente, a conocer las particulari¬ 
dades de otros, cada uno de los cuales tiene la suya propia: 
peculiaridades que son para mí, por tanto, algo extraño y a 
las cuales es ajena y no libre mi razón pensante, que no son 
para mí más que una materia externa, muerta, puramente his- 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 21. 
tórica, una masa de contenido vano e inútil de suyo; y quien 
así se complace en lo vano y se da por satisfecho con ello, es 
que obra movido, a su vez, por una simple vanidad subjetiva. 

Para el hombre imparcial, la verdad será siempre una gran 
palabra que hará latir su corazón. En cuanto a la afirmación 
de que no es posible, conocer la verdad, nos encontraremos 
con ella en la historia misma de la filosofía, donde tendremos 
ocasión de examinarla con cierto cuidado. Aquí, sólo diremos 
que quienes, por ejemplo Tennemann, parten de esta premisa, 
harían mucho mejor, evidentemente, en no ocuparse para nada 
de filosofía, pues toda opinión afirma y pretende, aunque sea 
sin razón, poseer la verdad. Nos atendremos aquí, provisional¬ 
mente, al viejo prejuicio de que en todo saber se contiene una 
verdad, pero que para llegar a conocerla es necesario meditar 
acerca de ella, y no es lo mismo que andar o estar a pie; es 
decir, que la verdad no se conoce por la vía de la percepción 
o la intuición directa, ni por medio de la intuición externa 
de nuestros sentidos, ni por -medio de la intuición intelectual 
(toda intuición es, en rigor, como tal, sensible), sino solamente 
mediante el esfuerzo del pensamiento. 

b) Pmsba de la vanidad del conocimiento filosófico a través 
de la misma historia de la filosofía. Enfocada desde otro pun¬ 
to de vista, esa manera de concebir la historia de la filosofía se 
traduce en otra consecuencia, que puede considerarse como 
dañina o beneficiosa, según se quiera. En efecto, ante el es¬ 
pectáculo de tan múltiples opiniones, de tan numerosos y diver¬ 
sos sistemas filosóficos, se siente uno arrastrado por la con¬ 
fusión, sin encontrar un punto firme de apoyo para sustraerse 
a ella. Vemos cómo, en torno a las grandes materias por las 
que se ve solicitado el hombre y cuyo conocimiento trata de 
suministrar la filosofía, los más grandes espíritus yerran, puesto 
que han sido refutados o contradichos por otros. “¿Y si esto 
ocurre a tan insignes espíritus, cómo puedo, ego homuncio, 
tener la pretensión de decidir tales problemas?” 

Esta conclusión, que se extrae de la gran diversidad de los 
sistemas filosóficos, es considerada como dañina, pero represen¬ 
ta, al mismo tiempo, una ventaja subjetiva. En efecto, esta gran 
diversidad es —para quienes, con aires de conocedores, tratan 
de presentarse como gentes interesadas por la filosofía— el gran 
recurso para justificar el por qué, pese a toda su supuesta 
buena voluntad y pese, incluso, a la reconocida necesidad de 
esforzarse por dominar esta ciencia, no tienen, en la práctica. 



22 INTOODUCCION 

más remedio que abandonarla por completo. Sin embargo, 
esta disparidad entre los diversos sistemas filosóficos dista mu¬ 
cho de tomarse por una simple evasiva. Se ve en ella, por el 
contrario, una razón seria y verdadera contra la seriedad con 
que el filósofo toma la filosofía, una justificación de la actitud 
de quienes nada quieren tener que ver con ella, una prueba 
incluso irrefutable de que es vano todo intento de llegar al 
conocim’ento filosófico de la verdad, Pero, aunque se conceda 
que “la filosofía debe ser una verdadera ciencia y que tiene que 
haber, necesariamente, una filosofía que sea la verdadera, surge 
la pregunta: ¿cuál es, y cómo reconocerla? Todas aseguran 
que son las verdaderas, todas indican signos y criterios distin¬ 
tos por medio de los cuales se ha de reconocer la verdad; por 
eso, el pensamiento sobrio y sereno tiene que sentir, por fuerza, 
grandes escrúpulos antes de decidirse por una”. 

Éste es el interés mayor a que debe servir la historia de la 
filosofía. Cicerón (De naturii detcnum, I, 8 ss.) nos ofrece una 
historia, extraordinariamente superficial, de los pensamientos 
filosóficos acerca de Dios, inspirada precisamente en esa inten¬ 
ción. Es c-erto que la pone en labios de un epicúreo, pero sin 
que él mismo sepa decirnos nada mejor, lo que indica que las 
nociones expuestas por su personaje son las suyas propias. El 
epicúreo dice que no ha sido posible llegar a un concepto deter¬ 
minado. La prueba de que son vanos los esfuerzos de la filoso¬ 
fía se desarrolla en següida a base de una concepción genérica 
superficial de la historia de la filosofía misma: el resultado de 
esta historia no es otro que la aparición de los más diversos y 
dispares pensamientos de las múltiples filosofías, contrapuestas 
las unas a las otras y que se contradxen y refutan entre sí. Y 
este hecho, que no cabe negar, justifica e incluso obliga, al pa¬ 
recer, a aplicar las palabras de Cristo a las filosofías, diciendo: 
“Deja que los muertos entierren a sus muertos, y sígueme.” 
Según esto, la historia de la filosofía no sería otra cosa que un 
campo de batalla cubierto de cadáveres, un reino no ya sola¬ 
mente de individuos muertos, físicamente caducos, sino también 
de sistemas refutados, espiritualmente liquidados, cada uno de 
los cuales mata y entierra al que le precede. Por eso, en vez 
de “Sígueme”, sería más exacto decir, cuando así se piensa: 
“Síguete a ti mismo”, es decir, atente a tu propia convicción, 
afórrate a tus propias y personales opiniones. ¿Por qué a las 
ajenas? 

Se da, es verdad, el caso de que aparezca, a veces, una 
nueva filosofía afirmando que las demás no valen nada; y, en 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 23 
el fondo, toda filosofía surge con la pretensión, no sólo de refu¬ 
tar a las que la preceden, sino también de corregir sus faltas 
y de haber descubierto, por fin, la verdad. Pero la experiencia 
anterior indica más bien que a estas filosofías les son aplicables 
otras palabras del Evangelio, las que el apóstol Pedro dice a 
Safira, mujer de 'Ananías: * “Los pies de quienes han de sacar¬ 
te de aquí están ya a la puerta.” La filosofía que ha de refutar 
y desplazar a la tuya no tardará en presentarse, lo mismo que | 
les ha ocurrido a las otras. 

c) Explicaciones sobre la diversidad de las filosofías. Es, evi¬ 
dentemente; un hecho harto comprobado que existen y han 
existido diversas filosofías; pero la verdad es una y este sen¬ 
timiento o fe insuperable se halla animado por el instinto 
de la razón. “Por tanto, sólo una filosofía puede ser la ver¬ 
dadera y, siendo como son tan distintas, las demás —tal es la 
conclusión a que se llega— no pueden ser más que errores; pero 
cada una de ellas afirma, asegura, razona y prueba ser Aquélla 
y no otra.” Es éste un razonamiento corriente y una considera¬ 
ción en apariencia exacta del pensamiento sobrio y sereno. Por 
lo que se refiere a este tópico de la sobriedad del pensamiento, 
sabemos por la sobriedad de la experiencia diaria que, cuando 
estamos en ayunas, nos sentimos al mismo tiempo, o poco des¬ 
pués, hambrientos. Sin embargo, ese pensamiento sobrio tiene 
el talento y la habilidad de no sentirse impulsado al hambre, 
a la apetencia, sino, por el contrario, saciado y satisfecho. Con 
esto se traiciona este pensamiento y muestra, si dice lo ante¬ 
rior, que es una razón muerta, pues sólo lo muerto es sobrio 
y está y permanece satisfecho. Pero la vida física, como la vida 
del espíritu, no se da por satisfecha con la sobriedad, sino que 
es, esencialmente, impulso, acicate, siente hambre y sed de ver¬ 
dad, de conocimiento de la verdad, pugna‘por aplacarlas y no 
se da por satisfecha, por alimentada, con reflexiones del gé¬ 
nero de ésta a que nos estamos refiriendo. 

A propósito de esta reflexión habría que decir, en primer 
lugar, que, por muy distintas cue sean las filosofías, todas ellas 
tienen algo en común: el ser filosofía. Por tanto, quien estudie 
o profese una filosofía, siempre y cuando lo sea verdadera¬ 
mente, profesará la Filosofía. En otro lugar ® hemos comparado 

t 

* Hegel equivoca la cita evangélica, que hemos rectificado, y dice que 
el Apóstol se dirige a Ananias y no a su mujer como ocurre en realidad. 
Hechos 5. 140. lE.I. 

® Cf. Hegel, Werke [Obras], t. VI, § 13,' pp. 21 s. (ed. de 1840. Berlín). 



24 INTRODUCCION 

aquella evasiva y aquel razonamiento que se aferran a la sirn- 
ple diversidad y, por asco o temor a lo particular en lo que 
lo general cobra realidad, no quieren captar o reconocer este 
algo general, al enfermo a quien el médico recomendara comer 
fruta y que, al serle servidas cerezas, ciruelas o uvas, no se 
atreviese, por una pedantería intelectual, a ingerir ninguno de 
esos frutos, con el pretexto de que el médico le había prescrito 
“fruta” y no precisamente ciruelas, uvas o cerezas. 

Pero lo que esencialmente interesa es llegar a ver con ma¬ 
yor claridad y de un modo más profundo qué es lo que real¬ 
mente significa esta diversidad de los sistemas filosóficos. El 
conocimiento filosófico de lo que es la verdad y la filosofía 
nos ayuda a enfocar esta diversidad, en cuanto tal, en un sen¬ 
tido completamente distinto que el que entraña la antítesis 
abstracta entre la verdad y el error. El esclarecimiento de esto 
nos dará la clave para comprender el significado de toda la 
historia de la filosofía. ‘Es menester que comprendamos que 
esta variedad entre las muchas filosofías no sólo no perjudica 
a la filosofía misma —a la posibilidad de la filosofía—, sino 
que, por el contrario, es y ha sido siempre algo sencillamente 
necesario para la existencia de la propia ciencia filosófica, algo 
esencial a ella. 

Claro está que, al pensar así, partimos de la consideración 
de que la meta de la filosofía es llegar a la verdad por el 
camino del pensamiento y de la comprensión y no reconocer 
que no hay nada que conocer o, por lo menos, que no es po¬ 
sible llegar a conocer la verdad verdadera, sino solamente una 
verdad temporal y finita (es decir, una verdad que es, al mismo 
tiempo, algo no verdadero); y además, que la historia de la 
filosofía versa sobre la filosofía misma. Las hazañas de que 
nos habla la historia de la filosofía no tienen nada de aventuras, 
del mismo modo que la historia universal no es algo pura¬ 
mente romántico. No son solamente una colección de acaeci¬ 
mientos fortuitos, de empresas de caballeros andantes, que se 
baten cada uno por sí y por lo suyo, sin mira ni meta alguna, 
y cuyos hechos pasan sin dejar huella. La historia de la filo¬ 
sofía no es tampoco un desfile de pensadores dedicados a ca¬ 
vilar cada cual por su parte y de un modo arbitrario, sino que 
en el movimiento del espíritu pensante hay, sustancialmente, 
una trayectoria, una cohesión, un hilo racional. Con esta fe 
en el Espíritu del Mundo debemos abordar la historia en gene¬ 
ral y en particular la historia de la filosofía. 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA HLOSOFIA 


25 


2. Criterios para ayudar a esclarecer el concepto 

DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA 

La afirmación que más arriba hacíamos de que la verdad 
es una, presenta todavía un carácter abstracto y formal. Puede 
servir, entendida en un sentido profundo, de punto de partida; 
pero la meta de la filosofía consiste en descubrir en esta verdad 
una, al mismo tiempo, la fuente de la que fluyen todas las 
demás cosas, todas las leyes de la naturaleza, todos los fenó¬ 
menos de la vida y de la conciencia, la luz de la que éstos no 
son más que reflejos, o bien, siguiendo un camino aparente¬ 
mente inverso, en reducir todos estos fenómenos y leyes a aque¬ 
lla fuente única, pero para comprenderlos a base de ella, es 
decir, para llegar a conocerlos como derivados de aquella fuen¬ 
te. Por tanto, lo más esencial de todo es conocer que ia verdad 
única no es solamente un pensamiento simple, vacuo, sino un 
pensamiento determinado de suyo. 

Para llegar a este conocimiento, no tenemos más remedio 
que entrar en algunos conceptos abstractos que son, como tales, 
conceptos perfectamente generales y secos. Nos referimos espe¬ 
cialmente a los dos criterios de la evolución y lo concreto. Más 
aún, podríamos, incluso, resumir lo que aquí interesa en el solo 
criterio de la evolución, pues si acertamos a ver claro en él, 
todo lo demás se desprenderá y deducirá por sí mismo. El 
producto del pensamiento es lo pensado en general; pero el pen¬ 
samiento es todavía algo formal, el concepto es ya el pensa¬ 
miento más determinado y la idea, finalmente, el pensamiento 
en su totalidad y determinado como el ser en y para sí. Por 
consiguiente, la idea es lo verdadero y solamente lo verdadero; 
la naturaleza de la idea consiste, esencialmente, en desenvol¬ 
verle y en llegar a comprenderse solamentp por obra de la 
evolución, en llegar a ser lo que es. El que la idea tiene que 
empezar por hacerse lo que es parece, a primera vista, una con¬ 
tradicción; es lo que es, podría afirmarse. 

a) El concepto de la evolución. ’ La evolución es una noción 
conocida; pero lo característico y peculiar de la filosofía con¬ 
siste precisamente en investigar lo que suele darse por conocido. 
Lo que se maneja y emplea sin darse cuenta de ello, aquello 
que se utiliza al buen tuntún en la vida, es precisamente lo que 
no se conoce cuando no se tiene una formación filosófica. La 
ciencia de la lógica es la encargada de explicar ampliamente 
estos conceptos. 



26 INTRODUCCION 

Para comprender qué es la evolución, es necesario distinguir 
—por decirlo así— dos estados: uno es el que se conoce como 
posibilidad, como capacidad, lo que yo llamo el ser en sí, la 
potentía, la Súvapi?; el otro es el ser para sí, la realidad factus, 
évsgyeia). Cuando decimos, por ejemplo, que el hombre es un 
ser racional por naturaleza, la razón vive en él solamente en po¬ 
tencia, como una posibilidad, en embrión; en este sentido, el 
hombre se halla dotado de razón, de inteligencia, de fantasía, 
de voluntad, ya en el momento de nacer y hasta en la misma 
entraña materna. Pero, en cuanto que el niño sólo posee la 
capacidad o la posibilidad real de la razón, es lo mismo que 
si no tuviese razón alguna; ésta no existe aún en él, puesto 
que no puede hacer aún nada racional ni posee una conciencia 
racional. Sólo a partir del momento en que lo que el hombre 
es en sí deviene para él, en que, por tanto, la razón pasa a ser 
una razón para sí; sólo a partir de entonces puede decirse que 
el hombre cobra realidad en una dirección cualquiera, que es 
un ser realmente racional, que vive para la razón. 

¿Qué quiere decir esto, más precisamente? Lo que es en sí 
necesariamente tiene que convertirse en objeto para el hombre, 
que cobrar conciencia en él; de este modo, deviene para el 
hombre. Lo que se convierte en objeto para él es lo mismo 
que lo que él es en sí; mediante la objetivac'ón de este ser 
en sí, el hombre se convierte en ser para sí, se duplica, se con¬ 
serva, no se convierte en otro. El hombre es, por ejemplo, un 
ser pensante, y piensa luego el pensamiento; de este modo, en 
el pensamiento sólo el pensamiento es objeto, la racionalidad 
produce lo raconal y su objeto propio es la razón. Que el pen¬ 
samiento puede degenerar también en lo irracional es una 
consecuencia ulterior, en la que no tenemos por qué entrar 
aquí. Ahora bien, si el hombre, que es en sí un ser racional, 
no parece poder ir más allá después de convertirse efn un, ser 
rac'onal para sí, ya que el ser en sí sólo se ha conservado, la 
diferenc'a es, sin embargo, inmensa; no se desprende de aquí 
ningún contenido nuevo, pero esta forma del ser para sí impli¬ 
ca una diferencia muy grande. ¡ 

Sobre esta diferencia descansa toda la que se aprecia en los 
desarrollos de la historia universal. Sólo así puede explicarse 
por qué, siendo todos los hombres racionales por naturaleza y 
estribando lo que hay de formal en esta racionalidad precisa¬ 
mente en el hecho de ser libres, ha existido en muchos pueblos, 
y en parte todavía sigue existiendo, la esclavitud, sin que los 
pueblos considerasen esto como algo intolerable. La única dife- 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 27 

rencia que se aprecia entre los pueblos del África y el Asia, de 
una parte, y de otra los griegos, los romanos y el mundo mo¬ 
derno, consiste en que éstos saben por qué son libres, mientras 
que aquéllos lo son sin saber que lo son y, por tanto, sin existir 
como pueblós libres. Y esto representa un cambio inmenso en 
cuanto a la condición. El conocer y el aprender, la ciencia e 
incluso la acción no persiguen, en su conjunto, otra cosa que 
extraer de sí mismo lo que es interno o en sí, convirtiéndolo 
de este modo en algo objetivo. 

Al cobrar existencia el ser en sí sufre un cambio, pero, al 
mismo tiempo, sigue siendo uno y lo mismo, pues gobierna 
todo el proceso. La planta, por ejemplo, no se pierde en un 
simple cambio sustraído a toda medida. De su embrión, en el 
que por el momento no se ve nada, brotan una serie de cosas, 
todas las cuales, sin embargo, se hallan ya contenidas en él, 
aunque no desarrolladas todavía, sino de un modo encubierto 
e ideal. La razón de este brotar a la existencia es que el em¬ 
brión no puede resistirse a dejar de ser un ser en si, pue^ siente 
el impulso de desarrollarse, por ser la viviente contradicción 
de lo que solamente es en sí y no debe serlo. Pero este salir 
fuera de sí se traza una meta y la más alta culminación de ella, 
el final predeterminado, es el fruto; es decir, la producción de la 
semilla, el retorno al estado primero. El embrión sólo aspira 
a producirse a sí mismo, a desdoblar lo que vive en él, para 
luego retornar a sí mismo y a la unidad de que partió. Claro 
está que en las cosas de la naturaleza se da el caso de que el 
sujeto, por donde se comienza, y lo existente, lo que pone punto 
final —allí la simiente, aquí el fruto— son dos individuos dis¬ 
tintos; la duplicación se traduce en el resultado aparente de 
desdoblarse en dos individuos, que son, sin embargo, en cuan¬ 
to al contenido se refiere, uno y lo mismo. Lo mismo ocurre, 
en la vida animal, con los padres y los hijos: son individuos 
dist'ntos, aunque de igual naturaleza. 

Otra cosa acontece en el mundo del espíritu. El espíritu 
es conciencia y, por tanto, libre de que en él coincidan el prin¬ 
cipio y el fin. Como el embrión ert la naturaleza, también el 
espíritu, después de haberse hecho otro, retorna.a su unidad; 
pero lo que es en sí deviene para el espíritu y deviene, por 
consiguiente, para sí mismo. En cambio, el fruto y la nueva 
simiente contenida en él, no devienen para- el primer embrión, 
sino solamente para nosotros; en el espíritu ambas cosas son 
la misma naturaleza y no solamente eso, sino que son la una 
para la otra, y es ello cabalmente lo qüe hace que sean las dos 



28 INTRODUCCION 

un ser para sí. Aquello para lo que lo otro es, es lo mismo 
que lo otro; sólo así puede ocurrir que el espíritu viva consigo 
mismo al vivir en el otro. \La evolución del espíritu consiste, 
por tanto, en que, en él, el salir fuera y el desdoblarse sean, 
al mismo tiempo, un volver a sí. 

Este ser consigo mismo del espíritu, este volver a sí de él, 
puede considerarse como su meta suprema y absoluta; a esto, 
simplemente, es a lo que el espíritu aspira y no a otra cosa. Todo 
lo que acaece en el cielo y en la tierra —lo que acaece eterna^ 
mente—, la vida de Dios y todo lo que sucede en el tiempo, 
tiende solamente hacia un fin: que el espíritu se conozca a si 
mismo, que se haga objeto para sí mismo, que se encuentre, 
devenga para sí mismo, que confluya consigo mismo; empieza 
siendo duplicación, enajenación, pero sólo para encontrarse a 
sí mismo, para poder retornar a sí. Sólo de este modo alcan¬ 
za el espíritu su libertad; pues sólo es libre lo que no se refiere 
a otra cosa ni depende de ella. Sólo así surge la verdadera 
propiedad, la convicción verdaderamente propia; en todo lo 
que no sea el pensamiento no ¿onquista el espíritu esta libertad. 
Así, por ejemplo, cuando intuimos, cuando sentimos, estamos 
determinados, no somos libres; sólo lo somos cuando adquiri¬ 
mos la conciencia de estas sensaciones. Incluso la voluntad 
persigue determinados fines, se mueve por un determinado 
interés; somos libres, evidentemente, cuando este interés es el 
nuestro; pero estos fines entrañan siempre, además, algo dis¬ 
tinto, algo que es para nosotros otra cosa que lo nuestro, ins¬ 
tintos, inclinaciones, etc. Sólo en el plano del pensamiento 
desaparece, se evapora todo lo extraño, el espíritu, aquí, es ab¬ 
solutamente libre. Con lo cual qyeda proclamado, al mismo 
tiempo, el interés de la idea, de la filosofía. 

b) El concepto de lo concreto. Cuando se trata de la evolu¬ 
ción, cabe preguntarse: 2qué evoluciona?, ¿qué es el conte¬ 
nido absoluto?, Nos representamos la evolución como una 
actividad formal sin contenido. Pues bien, la acción no tiene 
otra determinación que la actividad y ésta determina ya la 
naturaleza general del contenido. El ser en sí y el ser para 
sí son los momentos de la actividad; en la acción se encie¬ 
rran, por consiguiente, estos dos momentos distintos. La ac¬ 
ción es, así, una unidad esencial; y esta unidad de lo dis¬ 
tinto es precisamente lo concreto. No sólo se concreta la 
acción; también lo es el ser en sí, el sujeto de la actividad 
de la que ésta arranca. Finalmente, el producto es algo tan 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 29 
concreto como la actividad misma y lo que comienza. La 
trayectoria de la evolución es {ambién el contenido, la ¡dea 
misma, la cual consiste precisamente en que tengamos lo mismo 
y lo otro y e;ir que ambas cosas sean una sola, que es la tercera, 
en cuanto que lo uno es en lo otro consigo mismo y no fuera de 
sí. De este modo, la idea es, de suyo, algo concreto en cuan¬ 
to a su contenido, tanto en sí como porque está interesada en 
que lo que ella misn^a es'en sí se manifieste y desprenda como 
algo para ella. 

Es un prejuicio corriente creer que la ciencia filosófica sólo 
maneja abstracciones, vacuas generalidades; que, por el con¬ 
trario, la intuición, la conciencia empírica de nosotros mismos, 
el sentimiento de nosotros mismos y el sentimiento de la 
vida, es lo concreto de suyo, el reino determinado de suyo. 
Es cierto que la filosofía se mueve en el campo del pensamiento 
y que versa, por tanto, sobre generalidades: su contenido es 
algo abstracto, pero sólo en cuanto a la forma, en cuanto al 
elemento. Pero, de suyo, la idea es algo esencialmente concreto, 
puesto que es la unidad de distintas determinaciones. En esto 
es en lo que el conocimiento racional se distingue del conoci¬ 
miento puramente intelectivo; y la tarea del filosofar, a dife¬ 
rencia del entendimiento, consiste precisamente en demostrar 
que la verdad, la idea, no se cifra en vacuas generalidades, sino 
en un algo general que es, de suyo, lo particular, lo determi¬ 
nado. Cuando la verdad es abstracta, no es tal verdad. La 
sana razón_ humana tiende a lo concreto; sólo la reflexión del 
entendimiento es teoría abstracta, no verdadera, exacta sola¬ 
mente en la cabeza y, entre otras cosas, no práctica; la filosofía 
huye de lo abstracto como de su gran enemigo y nos hace 
retornar a lo concreto. 

Si combinamos el concepto de lo' concreto con el de la 
evolución, obtenemos el movimiento de lo concretb. Como 
el ser en sí es ya concreto de suyo y nosotros no establecemos 
más que lo que ya existe en sí, resulta que sólo se añade la 
nueva forma de que aparezca ahora como algo distinto lo que 
ya antes estaba contenido en lo urio originario. Lo concreto ha 
de devenir para sí; pero como ser en sí o posibilidad, sólo es 
distinto de suyo, no se le establece todavía como algo distinto, 
sino aún en la unidad. Lo concreto es, por tanto, simple y, al 
mismo tiempo, a pesar de ello, distinto. Esta contradicción 
interna de lo concreto, que es precisamente la que sirve de aci¬ 
cate a la evolución, da origen a las diferencias. Por este ca¬ 
mino, se Ies hace también justicia; ésta consiste en que se 



30 INTRODUCCIÓN 

vuelva a ellas y sean levantadas,* pues su verdad reside sola¬ 
mente en la unidad. Se establece de este modo la vida, tanto 
la natural como la de la idea, la del espíritu dentro de sí. Si la 
idea fuese abstracta no sería otra cosa que la suprema Esencia, 
de la que ninguna otra cosa cabe decir; pero semejante Dios no 
es sino un producto del entendimiento del mundo moderno. 
La verdad es, por el contrario, movimiento, proceso y, den¬ 
tro de él, quietud; la diferencia, allí donde existe, tiende siempre 
a desaparecer, produciendo así la unidad total y concreta. 

Para ilustrar este concepto de lo concreto podemos poner, 
ante todo, ejemplos tomados de cosas que afectan a nuestros 
sentidos. Aunque la flor tiene múltiples cualidades, el olor, el 
sabor, el color, lá forma, etc., constituye, sin embargo, una 
unidad: en este pétalo de esta flor no puede faltar ninguna 
de sus cualidades propias; y cada una de las partes del pétalo 
reúne, al mismo tiempo, todas las cualidades propias del péta¬ 
lo en su conjünto. La mismo ocurre con el oro, que encierra en 
todos y cada de uno de sus puntos, inseparadas e indivisas, todas 
las cualidades propias de este-metal. 

En las cosas sensibles se admite, con frecuencia, que lo 
distinto aparezca junto; en cambio, tratándose de las cosas del 
espíritu, lo distinto se concibe, preferentemente, como contra¬ 
puesto. 'No encontramos contradictorio, ni vemos en ello nin¬ 
guna anomalía, el hecho de que el sabor y el perfume de una 
flor, aun siendo cosas distintas la una con respecto a la otra, 
aparezcan simplemente unidas, formen una unidad, y no las 
contraponemos entre sí. En cambio, el entendimiento y el pen¬ 
samiento intelectivo consideran incompatibles entre sí otras 
cosas. La materia, por ejemplo, es un todo complejo y cohe¬ 
rente, el espacio es un todo continuo e ininterrumpido; no 
obstante, podemos admitir la existencia de puntos dentro del 
espacio y desintegrar la materia, dividiéndola hasta el infinito; 
entonces, decimos que la materia está formada por átomos y 
por partículas, lo que vale tanto como decir que no es algo 
continuo. Por donde aparecen unidos, formando una unidad, 
los dos criterios de continuidad y de división, que el entendi¬ 
miento considera como criterios que se excluyen entre sí. “La 
materia tiene i^ue ser una de dos cosas: o un todo continuo 

* Hemos traducido el famoso aufheben hegeliano por “levantar”, pues 
este término, también espacial, implica, como el alemán, no sólo la con¬ 
servación de algo sino también su anulación, que es el sentido que tiene 
su empleo en derecho [T.]. 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 31 

O formada por puntos”, se dice; y, sin embargo, vemos cómo 
obedece a los dos criterios. 

Otro. ejemplo. Hablando del espíritu del hombre, decimos 
que está dotado de libertad, con lo que el entendimiento con¬ 
trapone a este criterio, implícitamente, el de necesidad. “Si el 
espíritu es libre no se halla sujeto a la ley de la necesidad; 
por el contrario, si su voluntad y su pensamiento obedecen a 
la ley de la necesidad no es libre; lo lino —^se dice— excluye lo 
otro.” Las diferencias se presentan, aquí, como términos que se 
excluyen entre sí y que no forman un algo concreto; sin embar¬ 
go, lo verdadero, el espíritu es algo concreto y sus determinacio¬ 
nes son la libertad y la necesidad. Vista la cosa en un plano su¬ 
perior, comprendemos que el espíritu es libre dentro de su 
necesidad y sólo en ella encuentra su libertad, del mismo modo 
que su necesidad descansa en su libertad. Lo que ocurre es que, 
aquí, se nos hace más difícil que en las cosas de la naturaleza 
establecer la unidad. Puede también ocurrir que la libertad sea 
una libertad abstracta, al margen de la necesidad; esta libertad 
falsa es la arbitrariedad y, por tanto,' cabalmente lo contrario 
de sí misma, una sujeción inconsciente, una vacua figuración de 
libertad, la libertad puramente formal. 

El tercer término, el fruto de la evolución, es un resultado 
del movimiento; pero, en cuanto resultado de una fase, es, como 
punto final de esta -fase, al mismo tiempo, el punto inicial y 
primero de otra fase, de la evolución. Por eso Goethe dice, 
con razón (Zur Morphologie, 1817, t. I, p, X): “Lo formado 
toma siempre, inmediatamente, una nueva forma; la materia 
que, al formarse, adquiere una forma, pasa a ser, de nuevo, 
materia para una forma nueva.” El concepto en que el espíri¬ 
tu, al penetrar dentro de sí, se capta y que es él mismo, esta 
formación suya, este su ser, al separarse de nuevo de él, vuelve 
a ser un objeto sobre el que se proyecta de nuevo su activi¬ 
dad; y la proyección de su pensamiento sobre él le da la forma 
y la determinación del pensamiento. Por donde esta acción 
sigue formando lo previamente formado, lo determina con 
nuevos y nuevos criterios, lo convierte en algo más determina¬ 
do de suyo, más desarrollado y más profundo. Este movimien¬ 
to encierra, por ser concreto, una serie de evoluciones que 
debemos representarnos, no como una línea recta que se re¬ 
monta hacia el infinito abstracto, sino como una circunferencia 
que tiende, como tal, a volver sobre sí misma y que tiene como 
periferia una multitud de circunferencias que forman, en con- 



32 INTRODUCCION 

junto, una gran sucesión de evoluciones que vuelven hacia sí 
mismas. 

c) La filosofía como cotnocímicTito de la evolución de lo concro- 
tx>. Después de explicar, en general, la naturaleza de lo concreto 
del modo que queda expuesto, añadiremos ahora, por lo que 
a su significación se refiere, que lo verdadero, determinado 
de suyo como acabamos de ver, siente el impulso de desarro¬ 
llarse; sólo lo vivo, lo espiritual, se agita dentro de sí, se des¬ 
arrolla. De este modo, la idea, como algo concreto en sí y que 
se desarrolla, es un sistema orgánico, una totalidad que encie¬ 
rra una riqueza de fases y de momentos. Pues bien, la filosofía 
es, por sí misma, el conocimiento de esta evolución y, en cuan¬ 
to pensamiento comprensivo, esta misma evolución pensante; 
cuanto más lejos llegue esta evolución, más perfecta será la 
filosofía. 

Además, esta evolución no tiende hacia afuera, hacia lo ex¬ 
terior, sino que el desdoblamiento de la evolución tiende tam¬ 
bién hacia dentro, hacia lo interior, es decir, la idea general 
permanece como base, como algo omnicomprensivo e inconmo¬ 
vible. En cuanto que el trascender de la idea filosófica, en su 
evolución, no representa un cambio, la transición a otra cosa, 
sino también un adentrarse en sí, un profundizar dentro de sí, 
el proceso evolutivo, a medida que avanza, hace que vaya deter¬ 
minándose la idea, antes general e indeterminada; por tanto, la 
evolución ulterior de la idea y su mayor determinación son uno 
y lo mismo. Profundidad parece significar intensidad, pero lo 
más extensivo es, aquí, al mismo tiempo, lo más intensivo; 
cuanto más intensivo es el espíritu, más extensivo es, más se 
ensancha y expande. La extensión en cuanto evolución no 
es dispersión ni disgregación; es también cohesión, tanto más 
vigorosa e intensiva cuanto más rica y amplia sea la extensión 
de lo coherente. La magnitud mayor es, aquí, la fuerza del 
antagonismo y la separación; y la mayor fuerza supera a la 
mayor separación. 

Tales son los criterios abstractos acerca de la naturaleza de 
la idea y dé su evolución; tal es, de suyo, la estructura de la fi¬ 
losofía, una vez formada: una idea, vista en su conjunto y 
en todos y cada uno de sus miembros, es como un ser Viviente, 
dotado de una vida única y de un pulso único que late en 
todos sus miembros. Todas las partes que en ella se manifies¬ 
tan y la sistematización de estas partes brotan de una idea 
única; todas estas manifestaciones particulares son, simplemen- 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 33 

te, reflejos e imágenes de esta vida única, tienen realidad sola¬ 
mente en esta unidad; y sus diferencias, sus distintas determina- 
bilidades, tomadas en conjunto, no son, a su vez, más que la 
expresión de la idea y de la forma que en ella se contiene. Por 
donde la idea es el centro, un centro que es, a la vez, periferia, 
un foco luminoso que, en todas sus expansiones, no sale fuera 
de sí; es, en suma, el sistema de la necesidad y de su propia 
necesidad, que es, al mismo tiempo, por ello mismo, su li¬ 
bertad. 

3. Resultados para el concepto de la historia 

DE LA filosofía 

De este modo, la filosofía es un sistema en evolución y 
lo es también, por tanto, la historia de la filosofía; hemos lle¬ 
gado, con ello, al punto central, al concepto fundamental que 
nos proponemos exponer en el estudio de esta historia. Para 
explicar esto es necesario señalar, ante todo, la diferencia que 
aquí puede presentarse en lo que pl modo de la aparición se 
refiere. 

En efecto, la aparición de las diversas fases en el progreso 
del pensamiento puede presentarse con la conciencia de la ne¬ 
cesidad con arreglo a la cual se deriva cada fase siguiente y 
según la cual sólo puede producirse esta determinación y for¬ 
ma, o puede concebirse al margen de esta conciencia, a la 
manera de un producirse natural y, al parecer, fortuito, de tal 
modo que el concepto, aun actuando interiormente de un modo 
consecuente, no deje traslucir esta consecuencia; bien como ocu¬ 
rre en la naturaleza, en que, al llegar la fase de desarrollo de 
las ramas, las hojas, las flores y los frutos, brota cada uno 
de estos elementos por sí mismo, pero en que la idea interior es 
el criterio guía y determinante de esta sucesión; bien como ocu¬ 
rre en el desarrollo del niño, en que las capacidades físicas y, 
sobre, todo, las actividades espirituales van manifestándose de 
un modo simple y espontáneo, de tal modo que los padres que 
pasan por primera vez por esta- experiencia tienen la sensación 
de estar asistiendo a un milagro en el que sale al exterior, poco 
a poco, todo lo que existía interiormente desde un principio y 
en que la sucesión de estos fenómenos, vista en su conjunto, 
representa, simplemente, la forma de un proceso que-se des¬ 
arrolla en el tiempo. 

El exponer uno de los modos de este manifestarse, el que 
consiste en la derivación de las formas, en la necesidad pen- 



34 INTRODUCCIÓN 

sada y conocida de las determinaciones, es misión y tarea de la 
propia filosofía; y como lo que aquí importa es la idea pura 
y no, por el momento, la ulterior plasmación particular de 
esta idea como naturaleza y como espíritu, la exposición a que 
nos referimos incumbe, preferentemente, a la lógica. La otra 
modalidad, la que presenta las distintas fases y momentos de la 
evolución vistos en el tiempo, en el plano del acaecer, en estos 
o los otros lugares particulares, en este o en aquel pueblo, en 
tales o cuales circunstancias políticas y dentro de tales o cuales 
complejidades, en una palabra, bajo una determinada forma 
empírica, es, precisamente, el espectáculo que nos ofrece la 
historia de la filosofía. Es ésta la única concepción digna de 
esta ciepcia; es, de suyo, la concepción verdadera, por el con¬ 
cepto de la cosa misma, y el estudio de esta propia historia 
demostrará que es, además, la que corresponde a la realidad 
y se corrobora a la luz de ella. ’ 

Ateniéndonos a esta idea, podemos afirmar que la sucesión 
de los sistemas de la filosofía en la historia es la misma que la 
sucesión de las diversas fases en la derivación lógica de las 
determinaciones conceptuales de la idea. Podemos afirmar que, 
si despojamos los conceptos fundamentales de los sistemas 
que desfilan por la historia de la filosofía simplemente de 
, aquello que afecta a su forma externa, a su aplicación a lo par¬ 
ticular y otras cosas por el estilo, obtendremos las diferentes 
fases de determinación de la idea misma, en su concepto ló¬ 
gico. Y, a la inversa, si nos fijamos en el proceso lógico por 
sí mismo, enfocaremos el proceso de desarrollo de los fenó¬ 
menos históricos en sus momentos fundamentales; lo que ocu¬ 
rre es que hay que saber reconocer, identificar, estos conceptos 
puros por debajo de las formas históricas. Podría pensarse que 
la filosofía tiene que seguir en las fases de la idea otro orden 
que aquel en que estos conceptos se manifiestan en el tiempo; 
pero, visto en su conjunto, el orden es el mismo. Es cierto, sin 
embargo, que, en un aspecto, la sucesión histórica en el tiempo 
se distingue de la sucesión en la ordenación de los conceptos; 
pero no nos detendremos a examinar aquí, de cerca, qué as¬ 
pecto es ése, pues ello nos desviaría demasiado de nuestro fin. 

Señalaremos simplemente una cosa: de lo dicho se despren¬ 
de que el estudio de la historia de la filosofía es el estudio de la 
filosofía misma y no podía ser de otro modo. Quien estudia 
la historia de la física, de la matemática, etc., traba al mismo 
tiempo conocimiento con la física y la matemática mismas. 
Claro está que, para poder descubrir, a través de la forma y 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 35 

la manifestación empíricas bajo las que aparece históricamen¬ 
te la filosofía, sus avances como evolución de la idea, es necesa¬ 
rio poseer de antemano el conocimiento de la idea misma; del 
mismo naodo que, para poder enjuiciar los actos humanos, nece¬ 
sitamos poseer de antemano los conceptos de lo bueno y lo 
justo. De otro modo, como vemos en tantas historias de la filo¬ 
sofía, sólo se ofrecerá a nuestra mirada, desnuda de la idea, un 
montón informe de opiniones. 

El exponer esta idea y explicar a la luz de ella los fenó¬ 
menos es misión de quien trata de exponer, fundadamente, la 
historia de la filosofía y no es otra la razón que nos mueve a 
nosotros a dar un curso sobre este tema. El observador debe, 
pues, estar ya pertrechado con el concepto de la cosa para ver 
cómo se manifiesta y, así, poder interpretar verdaderamente 
el objeto; por eso no debe extrañarnos que haya tantas vacuas 
historias de la filosofía en las que la serie de los sistemas filo¬ 
sóficos aparece expuesta como una serie de simples opiniones, 
errores y juegos del pensamiento; juegos del pensamiento, mu¬ 
chos de ellos, en los que Jarilla, indudablemente, un gran 
derroche de agudeza, de esfuerzos del espíritu y todo lo que 
se quiera decir de agradable en cuanto al lado formal de los 
misrrios. Pero, dada la ausencia de espíritu filosófico de que 
tales historiadores dan pruebas, ¿cómo habría de serles dado 
concebir y exponer, en su contenido, lo que es el pensamiento 
racional? 

De lo que queda dicho acerca de la naturaleza formal de 
la idea se desprende que sólo merece el nombre de ciencia 
una historia de la filosofía concebida como un sistema de evo¬ 
lución de la idea; una colección de conocimientos no es una 
ciencia. Si queremos que esta historia sea, de suyo, algo racio¬ 
nal, tenemos que verla como una sucesión de fenómenos basada 
en la razón, fenómenos que tienen por contenido y descubren 
lo que la razón es; sólo así presentarán los sucesos de esa histo¬ 
ria un carácter racional. ¿Cómo podría todo lo que acaece en 
materia de razón no ser, de suyo, algo racional? Ya el hecho 
de pensar que no es la casualidad la que gobierna las cosas 
humanas supone una fe racional; y es, precisamente, misión de 
la filosofía el llegar a conocer que, por más que sus propias 
manifestaciones tengan un carácter histórico, sólo se hallan de¬ 
terminadas por la idea. 

Estos conceptos generales establecidos, de antemano deter¬ 
minan las categorías cuya aplicación a la historia de la filosofía 
tenemos que examinar; esta aplicación se encargará de ofrecer 



36 INTRODUCCION 

a nuestra mirada los más importantes puntos de vista de esta 
historia. 

a) Evolución de las múltiples filosofías en el tiempo. El pro- 
blema más inmediato que cabe plantear acerca de la histo¬ 
ria de la filosofía Se refiere a aquella diferencia en cuanto 
a las manifestaciones de la idea misma, que más arriba estable¬ 
cíamos: el problema de saber cómo puede explicarse que la 
filosofía aparezca como una evolución en el tiempo y tenga 
una historia. La solución que a este problema se dé guarda 
cierta relación con la metafísica del tiempo, y nos desviaríamos 
demasiado de la finalidad aquí perseguida si tratáramos de se¬ 
ñalar algo más que los momentos de los que depende la solu¬ 
ción del problema planteado. 

Decíamos más arriba, al hablar de la esencia del espír^u, 
que su ser es su acción. La naturaleza, en cambio, es como es; 
sus cambios sólo son, por tanto, repeticiones, su movimiento 
un movimiento cíclico. La acción del espíritu consiste, más 
precisamente, en conocerse a sí qjismo. Cuando digo que existo, 
de un modo inmediato, existo solamente como organismo vivo; 
en cuanto espíritu, sólo existo en la medida en que me conozco. 
Tvco^i aeavTÓv, conócete: la inscripción grabada en el templo 
del dios sapiente, en Delfos, es el mandamiento absoluto que 
expresa la naturaleza del espíritu. Pues bien, la conciencia en¬ 
traña, esencialmente, el que yo sea objeto para mí, mi propio 
objeto. Con este juicio absoluto, con la distinción entre mí y 
yo mismo, cobra existencia el espíritu, se establece como algo 
exterior a sí mismo; se coloca en el plano de ló exterior, que es 
precisamente la modalidad general y característica de la exis¬ 
tencia de la naturaleza. Ahora bien, una de las modalidades 
de la exterioridad es el tiempo, forma que ha de ser expli¬ 
cada de cerca tanto en la filosofía de la naturaleza como en la 
del espíritu finito. 

Esta existencia y, con ella, este ser en el tiempo, es un mo¬ 
mento no sólo de la conciencia individual, que es, como tal, 
esencialmente finita, sino también del desarrollo de la idea 
filosófica en el elemento del pensamiento; La idea, pensada 
estáticamente, es, evidentemente, atemporal; pensarla estática¬ 
mente, retenerla bajo la forma de lo inmediato, equivale a la 
intuición interior de la idea. Pero, como idea concreta, como 
unidad de términos distintos, tal como exponíamos más arriba, 
la idea no es, esencialmente, estática, ni su existencia es, esen¬ 
cialmente, intuición, sino que, siendo de suyo distinción y, 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 37 

por tanto, evolución, cobra dentro de sí misma existencia y 
exterioridad en el elemento del pensamiento; de este modo, la 
filosofía pura aparece en el pensamiento como una existencia 
que progresa en el tiempo. 

Ahora bien, este elemento del pensamiento es un elemento 
abstracto, es la actividad de una conciencia individual. El es¬ 
píritu, en cambio, no actúa solamente como conciencia indivi¬ 
dual, finita, sino como espíritu en sí universal, concreto; pero 
esta universalidad concreta abarca todos los lados y modalida¬ 
des desarrollados en los que, con arreglo a la idea, es y deviene 
su objeto. De este modo, su pensante captarse a sí mismo es, 
al propio tiempo, un progresar henchido de la realidad total, 
desarrollada; un progresar que no recorre el pensamiento de 
un individuo y se representa en una conciencia individual, sino 
que aparece como el espíritu universal que se manifiesta en la 
historia universal en toda la rique 2 a de sus formas. En esta 
evolución se da, por tanto, el caso de que una forma, una fase 
de la idea cobre conciencia en un pueblo, de tal modo que este 
pueblo y esta época sólo | expresen esta forma, dentro de la 
cual se desarrolla su universo y se elabora y plasma su estado, 
y que, en cambio, la fase superior tarde a veces siglos en apa¬ 
recer en otro pueblo. 

Si sabemos retener estas determinaciortes de lo concreto y 
de la evolución, vemos que la naturaleza de lo múltiple ad¬ 
quiere un sentido completamente distinto y que la palabrería 
acerca de la variedad de las filosofías, como si lo vario fuese 
un algo permanente y fijo, algo que las diferencias exterior- 
mente a las unas de las otras, pierde importancia y se ve colo¬ 
cada en el lugar que le corresponde; palabrería en que la ac¬ 
titud de altiva displicencia ante la filosofía cree tener un arma 
invencible contra ella y que, llevada del orgullo —verdadero 
orgullo de mendigo— con que contempla tan míseras determi¬ 
naciones, ignora totalmente lo que posee y debe saber, en 
este caso, la variedad y la diversidad. 

Es ésta una categoría que, sin embargo, todo el mundo 
comprende, que a nadie choca, que cualquiera conoce y cree 
poder manejar y emplear como si la comprendiera íntegra¬ 
mente y se da por supuesto que todo el mundo sabe lo que 
realmente es. No obstante, quienes consideran la variedad 
como una determinación absolutamente fija no conocen su na¬ 
turaleza ni la dialéctica de la misma; la variedad es algo que 
fluye, hay que captarla, esencialmente, en el movimiento de 
la evolución, como un. momento pasajero. La idea concreta 



38 INTRODUCCION 

de la filosofía es la actividad de la evolución, a lo largo de la 
cual va eliminando las diferencias que en ella se contienen; y 
estas diferencias son todas ellas pensamientos, pues es de la 
evolución del pensamiento de lo que aqüí hablamos. El' saber 
que las diferencias que las ideas llevan consigo se establecen 
como pensamientos, es lo primero. Lo segundo es que estas 
diferencias deben llegar a existir, la una aquí, la otra allí; y 
para poder hacerlo, necesitan ser cada una de ellas un todo, es 
decir, contener en ellas la totalidad de la idea. Sólo lo con¬ 
creto es lo real, aquello sobre que descansan las diferencias; y 
sólo así son las diferencias formas totales. 

Pues bien, esta plasmación completa del pensamiento en sus 
formas es una filosofía. Pero las diferencias encierran la idea 
en una forma peculiar. Podría decirse que la forma es indife¬ 
rente y lo fundamental el contenido, la idea; y se creej hacer 
una concesión muy equitativa cuando se dice que las distintas 
filosofías contienen todas ellas la idea, aunque bajo diversas 
formas, dando a entender que estas formas son algo puramente 
fortuito. Sin embargo, tienen importancia, pues estas formas no 
scin otra cosa que las diferencias originarias de la idea misma, 
que sólo en ellas es lo que es; son, pues, esenciales a ella y 
constituyen, en realidad, el contenido mismo de la idea, el cual, 
al desdoblarse, se convierte en forma. 

Ahora bien, la variedad de los criterios determinantes con 
que aquí nos encontramos no es algo indeterminado, vago, sino 
algo necesario; las formas parciales se integran en la forma total. 
Son las determinaciones de la idea originaria las que forman, 
en su conjunto, la imagen del todo; y cómo existen las unas 
fuera de las otras, la suma de todas no se halla en ellas, sino en 
nosotros, en quienes las consideramos. Cada sistema está con¬ 
tenido en una determinación; sin embargo, la cosa no termina, 
ni mucho menos, en que las diferencias se hallen las unas fue¬ 
ra de las otras. Necesariamente tiene que producirse el des¬ 
tino de estas determinaciones, el cual consiste, precisamente, en 
que se enlacen y sumen todas ellas, descendiendo así al nivel 
de simples momentos. La modalidad en que cada momento se 
establecía como algo propio e independiente se ve, a su vez, 
levantada; tras la expansión viene la contracción —la unidad 
de que todos aquellos momentos partieron. Y este tercer tér¬ 
mino sólo puede ser, a su vez, el comienzo de una nueva evolu¬ 
ción. Podría pensarse que este proceso se desarrolla hasta el 
infinito; pero no es así; pues también él tiene una meta absoluta, 
que más tarde sabremos cuál es; tienen que producirse, sin 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 39 

embargo, muchos virajes antes de que el espíritu cobre su li¬ 
bertad, al adquirir la conciencia de sí mismo. 

A la luz de esta concepción de la historia de la filosofía, la 
única digna, es como debe contemplarse el templo de la ra¬ 
zón consciente de sí misma; es un templo racionalmente cons¬ 
truido, por un arquitecto interior, y no al modo de los canteros 
del templo salomónico. La gran premisa, la de que también 
en el mundo han seguido las cosas un curso racional, lo que da 
verdadero interés a la historia de la filosofía, no es otra cosa 
que la fe en la Providencia, sólo que en otra forma. Si lo mejor 
del mundo es lo que crea el pensamiento, no están en lo cierto 
quienes creen que sólo impera la razón en la naturaleza, no en 
lo espiritual. Quien en los acontecimientos que se producen 
en el campo del espíritu, las filosofías, sólo vea contingen¬ 
cias, no toma en serio la fe en un gobierno divino del universo 
y cuanto diga de ello no pasará de ser simple palabrería. 

Es cierto que el espíritu necesita largo tiempo para llegar 
a elaborar la filosofía; y no cabe duda de que para quien me¬ 
dite a primera vista acerca del problema puede resultar sor¬ 
prendente la duración' del tiempo, al igual que la magnitud de 
los espacios de que nos habla la astronomía. Pero, por lo que 
a la lentitud del Espíritu del Mundo se refiere, hay que tener 
en cuenta que no necesita apresurarse —^“mil años son para Ti 
tanto como un día”—; tiene tiempo de sobra, precisamente por¬ 
que vive al margen del tiempo, porque es eterno. Los efímeros 
seres que viven de la noche a la mañana no disponen de tiem¬ 
po bastante para realizar tantos de sus fines. ¿Quién no muere 
antes de haber podido cumplir lo que se proponía? El Espí¬ 
ritu del Mundo no sólo dispone de bastante tiempo: no es sola¬ 
mente tiempo lo que ha de invertirse en la adquisición de un 
concepto; cUesta, además, muchas otras cosas. Tampoco le 
preocupa el que tenga que emplear tantas y tantas generacio¬ 
nes humanas hasta llegar a cobrar conciencia de si mismo, el 
que haya de recorrer un camino extraordinariamente largo de 
nacimientos y muertes; es lo bastante rico para poder permi¬ 
tirse estos derroches, acomete su obra en grande y dispone de 
naciones e individuos en abundancia para emplearlos en sus 
fines. Se dice, y es una afirmación exacta, aunque trivial, que 
la naturaleza llega a su meta por el camino más corto. En 
cambio, el camino del espíritu es el camino de la mediación y 
el rodeo; el tiempo, el esfuerzo, la dilapidación, son criterios 
de la vida finita que para nada interesan aquí. Y no debemos 
sentirnos tampoco impacientes al ver que tales o cuales desig- 



40 INTRODUCCION 

nios concretos no se realizan desde ahora mismo, que tal o 
cual cosa no es ya una realidad; en la historia universal, los 
progresos se realizan lentamente. 

b) Aplicación al modo de tratar la historia de la filosofía. La 
primera consecuencia que se desprende de lo anterior es la de 
que la historia de la filosofía, considerada en su conjunto, es 
un proceso necesario y consecuente, racional de suyo y de¬ 
terminado a priori por su idea: es éste un ejemplo del que la 
historia de la filosofía puede sentirse orgullosa. Lo contingente 
debe ser abandonado a la puerta misma de la filosofía. La mis¬ 
ma necesidad que preside la evolución de los conceptos en la 
filosofía informa su desarrollo en la historia; lo que impulsa 
hacia adelante es siempre la dialéctica interna de las formas. 
Lo finito no es nunca verdadero ni lo que debe ser^ para que 
exista, necesita una determinabilidad. Pero la idea interior se 
encarga de destruir estas formas finitas; una filosofía que no 
presente una forma absoluta, idéntica a su contenido, tiene 
necesariamente que pasar, no puede permanecer, porque su 
forma no es la verdadera. 

El segundo criterio que se desprende de lo anterior es el 
de que toda filosofía ha sido necesaria y lo sigue siendo, por 
tanto; ninguna desaparece por completo, sino que todas se con¬ 
servan afirmativamente en la filosofía como momentos de un 
gran todo. Pero es necesario que sepamos distinguir entre el 
principio especial de esta filosofía, como tal principio especial, 
y la aplicación de este principio a través de toda la concep¬ 
ción del mundo. Los principios se mantienen; la novísima 
filosofía no es sino el resultado de todos los principios prece¬ 
dentes; en este sentido, puede decirse que ninguna filosofía 
ha sido refutada. Lo refutado no es el principio de esta filo¬ 
sofía, sino solamente la pretensión de que este principio sea 
la determinación última y absoluta. 

La filosofía atomística, por ejemplo, llegaba a la conclusión 
de que el átomo es lo absoluto: la unidad indivisible, que es, 
más profundamente, lo subjetivo, lo individual; y como la simple 
unidad es, si se sigue ahondando en ella,- el ser para sí abs¬ 
tracto, lo absoluto se concebía, así, como una pluralidad infi¬ 
nita de unidades. Este principio atomístico ha sido refutado; 
hoy ya no somos atomistas. Es cierto que también el espíritu 
es una unidad que es para sí, un átomo; sin embargo, esta de¬ 
terminación es demasiado pobre para que por ella podamos 
medir la profundidad del espíritu. Pero este principio, aun 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 41 

refutado, se ha mantenido; lo que ocurre es que no podemos 
ver en él la determinación íntegra de lo absoluto. La refuta¬ 
ción del principio atómico se revela en todos los procesos de 
desarrollo: el desarrollo del árbol es la refutación de la simiente 
de la que nace el árbol; la flor, la refutación de las hojas, la 
demostración de que éstas no son la suprema y verdadera exis¬ 
tencia del árbol; finalmente, la flor es refutada, a su vez, por 
el fruto. Sin embargo, éste no puede llegar a producirse sin 
haber pasado por todas las fases anteriores. 

Por consiguiente, la actitud que se adopte ante una filoso¬ 
fía deberá tener un lado afirmativo y otro negativo; sólo te¬ 
niendo en cuenta ambos aspectos conjuntamente haremos jus¬ 
ticia a la filosofía de que se trate. El lado afirmativo tarda 
siempre más en revelarse, lo mismo en la vida que en la cien¬ 
cia; por eso el refutar es siempre más fácil que el justificar. 

En tercer lugar, nos limitaremos, especialmente, a la con¬ 
sideración de los principios. Todo principio se impone durante 
cierto tiempo; cuando se desarrolla bajo esta forma la totalidad 
de una concepción del mundo, surge un sistema filosófico. En 
este caso, es necesario conocer el desarrollo en su conjunto; pero 
cuando el principio es todavía abstracto, no basta con compren¬ 
der las formas pertenecientes a nuestra concepción del uni¬ 
verso. Así, por ejemplo, las determinaciones de Descartes son 
de tal género que bastan para explicar el mecanismo, pero nada 
más; la exposición de las otras concepciones del universo, por 
ejemplo las de la naturaleza vegetal y animal, es, en este filó¬ 
sofo, insuficiente y, por tanto, carece de interés. Nos limita¬ 
mos,' pues, a tomar en consideración los principios de estas 
filosofías; pero, tratándose de filosofías más concretas, debemos 
atender también a los desarrollos fundamentales y a las aplica¬ 
ciones. Las filosofías que parten de un principio subordinado 
no son nunca consecuentes; encontramos en ellas atisbos pene¬ 
trantes, pero estos atisbos quedan al margen de sus principios. 
Así, por ejemplo, en el Timeo de Platón se contiene una filo¬ 
sofía de la naturaleza cuyo desarrollo es muy pobre, incluso en 
lo empírico, puesto que su principio no da para llegar a más; 
y los penetrantes atisbos, que no faltan en la obra, no se deben 
al principio precisamente. 

En cuarto lugar, se desprende de lo dicho, en cuanto a la 
historia de la filosofía, el punto de vista de que, aunque se 
trate de historia, ésta, aquí, no se refiere a lo pasado. El conte¬ 
nido de esta historia son los productos científicos de la razón, 
que no son perecederos ni, se incorporan al pasado. En este 



42 INTRODUCCIÓN 

campo se cultiva lo verdadero, y lo verdadero es eterno, no 
existe en una época para dejar de existir en otra; no es verda¬ 
dero solamente para hoy o para mañana, sino fuera de todo 
tiempo y, en la medida en que se halla dentro del tiempo, es 
verdadero en todo tiempo y siempre. Los cuerpos en que en¬ 
carnan los espíritus, que son los héroes de esta historia, la vida 
temporal y las vicisitudes externas de los filósofos, todo eso 
pasa, sin duda; pero sus obras, los pensamientos, quedan, pues 
el contenido racional de su obra no es un fruto de sus figu¬ 
raciones, de sus sueños. La filosofía no tiene nada de sonambu¬ 
lismo, sino que es, por el contrario, la más despierta de las 
conciencias; y la hazaña de aquellos héroes consiste, simple¬ 
mente, en sacar a la luz del día, en hacer que cobre conciencia 
de sí mismo, en elevar al plano del saber lo que en sí es ra¬ 
cional, sacándolo de las profundidades del espíritu «n las que, 
por el momento, no es más que sustancia, esencia interior, pro¬ 
ceso que no es sino un continuo despertar. 

Por tanto, estos hechos no quedan, simplemente, encerra¬ 
dos en el templo del recuerdo tomo imágenes del pasado, sino 
que siguen siendo, hoy, tan presentes, tan vivos, tan actuales 
como en el momento mismo en que surgieron. Son resultados 
y obras no destruidos y superados por otros posteriores, sino 
en los que debemos vernos presentes todavía nosotros mismos. 
No se conservan en lienzos ni en mármoles, en el papel, en la 
representación o en la memoria; el elemento en que se perpe¬ 
túan no es ninguno de éstos (es decir, no es ningún elemento 
perecedero de suyo o que pertenezca al mundo de lo pere¬ 
cedero), sino que es el pensamiento, el concepto, la esencia 
imperecedera del espíritu, a la que no llegan ni las polillas ni 
los rateros. Las adquisiciones del pensamiento, en cuanto le 
han surgido al espíritu, forman el ser del espíritu mismo. Estos 
conocimientos son, por ello mismo, algo más que pura erudi¬ 
ción, algo más que el conocimiento de lo muerto, lo enterrado, 
lo descompuesto; la historia de la filosofía ha de ocuparse de lo 
que no envejece, de lo presente vivo. 

c) P<msLelo más preciso entre la, historia de la filosofía y la filo^ 
sofía misma. Podemos apropiarnos toda la riqueza distribuida a lo 
largo del tiempo; en la serie de las filosofías debemos ver la sis¬ 
tematización de la ciencia filosófica misma. Hay que señalar, sin 
embargo, a este propósito, una distinción: el principio se halla 
en lo que es en sí, en lo inmediato, lo abstracto, lo general, en 
lo que aún no se ha desarrollado; lo más concreto y más rico 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 43 
viene después, lo primero en el tiempo es lo más pobre en de¬ 
terminaciones. 

A. primera vista, podría parecer que es al revés; sin embar¬ 
go, las representaciones filosóficas son, con mucha frecuencia, 
precisamente lo contrario de la representación común; lo que 
también se cree, pero que no se quiere descubrir. Podría pen¬ 
sarse que lo primero es lo concreto, que el niño, por ejemplo, 
concebido todavía en la totalidad originaria de su naturaleza, 
es más concreto que el hombre, de quien nos imaginamos que es 
más limitado, que no vive ya esta totalidad, sino una vida más 
abstracta. Es cierto que el hombre obra con arreglo a deter¬ 
minados fines, no con toda su alma y todo su ánimo, sino dis¬ 
persándose en multitud de detalles abstractos, mientras que el 
niño o el joven ponen en sus actos toda el alma. El senti¬ 
miento y la intuición son lo primero, el pensamiento lo último; 
de aquí que el sentimiento nos parezca más concreto que el 
pensamiento, el cual es una actividad de la abstracción, de 
lo general. Pero, en realidad, sucede al revés. La conciencia 
sensible es siempre, evidentemente, más concreta y, aunque 
sea la más pobre en pensamientos, es, en cambio, la más rica 
en contenido. 

Debemos, por tanto, distinguir lo natural concreto de lo con¬ 
creto del pensamiento, lo que, a su vez, es pobre en sensibilidad. 
El niño es lo más abstracto, lo más pobre en pensamientos; 
comparado con lo natural, el hombre es abstracto, pero como 
pensaiñiento es más concreto que el niño. Los fines persegui¬ 
dos por el hombre son, indudablemente, abstractos, por ser de 
un carácter general, por ejemplo el de alimentar y sostener a su 
familia o el de atender a los asuntos de su cargo; pero el hom¬ 
bre aporta sü parte a un gran todo orgánico objetivo, lo im¬ 
pulsa, lo tiene siempre ante sí, mientras que en los actos del 
niño sólo prevalece un yo pueril y, además, momentáneo, y 
los actos del joven tienen como fin principal su formación sub¬ 
jetiva o el dar golpes en el aire. De este modo, la ciencia es 
más concreta que la intuición.. 

Aplicando esto a las distintas formas de la filosofía, se des¬ 
prende de aquí, en primer lugar, que las primeras filosofías 
son las más pobres y las más abstractas de todas; en ellas apa¬ 
rece la idea menos determinada que en las posteriores; se mue¬ 
ven aún en un plano de generalidades carentes todavía de 
contenido. Es necesario saber esto, para no buscar en las anti¬ 
guas filosofías más dé lo que tenemos derecho a encontrar en 



44 INTRODUCCION 

ellas; no debemos, por tanto, pedirles determinaciones que 
corresponden a una conciencia más profunda. 

Asi, se ha preguntado, por ejemplo, si la filosofía de Tales 
de Mileto debe ser considerada, en rigor, como teísmo o ateís¬ 
mo,^ si este filósofo de la antigüedad afirmaba la existencia de 
un Dios personal o simplemente una esencia general e imper¬ 
sonal. Se trata aquí de la determinación de la subjetividad de 
la idea suprema, del concepto de la personalidad de Dios. Aho¬ 
ra bien, esta subjetividad, tal y como nosotros la concebimos, 
es un concepto mucho más rico, mucho más intensivo y, por 
tanto, muy posterior, que no hay por qué buscar en aquellos 
tiempos antiguos. No cabe duda de que en la fantasía y en la 
imaginación de los hombres los dioses griegos tenían su perso¬ 
nalidad, como el Dios uno de la religión judaica; pero una 
cosa son las representaciones de la fantasialy otra cosa muy 
distinta la comprensión del pensamiento puro y del concepto. 
Tomando como base nuestras propias nociones, no cabe duda 
de que, a la luz de estas nociones mucho más profundas, po¬ 
dría darse, incluso con (razón, el nombre de ateísmo a una 
filosofía antigua. No por ello dejaría de ser falsa esta caracte¬ 
rización, ya que los pensamientos de aquella filosofía, como 
pensamientos iniciales que eran, no podían haber alcanzado 
aún el desarrollo a que han llegado los nuestros. 

De esta consecuencia se desprende, directamente, que —por 
cuanto que el proceso de la evolución entraña ulteriores de¬ 
terminaciones, que son, a su vez, nuevas profundizaciones y 
captaciones de la idea en sí misma— la filosofía posterior, más 
reciente, más moderna es, por ello, la más desarrollada, la 
más rica, la más profunda. En ella se contiene y conserva, 
necesariamente, todo lo que a primera vista se considera sim¬ 
plemente como pasado; esta filosofía es de suyo, necesariamen¬ 
te, un espejo de toda la historia anterior. Lo inicial es lo más 
abstracto, simplemente por ser lo inicial, por no haberse des¬ 
arrollado aún; la última forma que brota de este movimiento 
progresivo, como de una determinación progresiva, es la más 
concreta. No se trata, como a primera vista podría pensarse, 
de una actitud de soberbia de la filosofía de nuestro tiempo; 
el espíritu que inspira toda nuestra exposición no es, en efec¬ 
to, otro que el pensamiento de que la filosofía más desarrollada 
de una época posterior es, sustancialmente, el resultado de los 
trabajos anteriores del espíritu pensante, un fruto que nace 
impulsado y acicateado por estos puntos de vista anteriores y 
Flatt, De cheismo Thaleti Mílesio abjudicando, Tubinga, 1785. 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 45 
no aislado de ellos, como si brotase por sí mismo de la tierra. 

Asimismo debemos recordar aquí algo que no hay por qué 
guardar en silencio, puesto que va implícito en la naturaleza 
misma de la cosa, y es que la idea, tal como aparece concebida 
y expresada en la novísima filosofía, es la más desarrollada, 
la más rica, la más profunda. Recordamos esto, porque el 
nombre de filosofía nueva, moderna, novísima, se ha conver¬ 
tido en una especie de nombre de guerra, que se escucha a 
todas horas. Quienes creen decir algo al pronunciar este nom¬ 
bre son, casi siempre, los que más se inclinan a santiguarse y 
echar bendiciones ante la muchedumbre de las filosofías, tanto 
más cuanto más propenden, bien a ver un sol en cada estre¬ 
lla y hasta en cada vela, bien a considerar toda ocurrencia 
como un filosofía y a aducirla, por lo menos, en prueba de que 
existen muchísimas filosofías y de que todos los días aparece 
una que desplaza a las anteriores. Han inventado, al mismo 
tiempo, la categoría en que pueden colocar toda filosofía que 
parece adquirir cierta significación y con la que, al mismo tiem¬ 
po, pueden l deshacerse de ella; la llaman, simplemente, una 
filosofía a la moda. 

Es ridículo que te empeñes en llamar moda a cada nuevo 

[esfuerzo 

Del espíritu humano por llegar a formarse de veras* 

La segunda consecuencia que conviene destacar aquí es la 
que se refiere al modo como deben tratarse las antiguas filo¬ 
sofías. Aquel punto de vista nos ayuda, asimismo, a no con¬ 
siderarlas culpables cuando echamos de menos en ellas criterios 
determinantes que para ellas aún no existían; y también a no 
recargarlas de consecuencias y afirmaciones que aún no po¬ 
dían admitir ni hacer, aunque se deriven certeramente del pen¬ 
samiento contenido en ellas. Es necesario abordar el problema 
históricamente; es decir, atribuir a las filosofías solamente lo 
que sabemos que encerraban y no lo que a nosotros nos parezca 
obligado que contuvieran. 

La mayoría de las historias de la filosofía están llenas dé 
anomalías de éstas, en las que vemos como se le atribuyen a 
un filósofo una serie de tesis metafísicas que él no sentó y que 

* Lacherlicher, du nenriit dies Mqde, wenn immer von Neuem 

Sich der menschliche Ceist emstUch nach Bildung hestrebt. 

Principio de uno de los Xenien de Goethe y Schiller, titulado Kíodephíloso- 
phie. [E.] 



46 INTRODUCCION 

se le imputan más o menos caprichosamente; nos encontramos 
a cada paso con la supuesta indicación histórica de afirmacio¬ 
nes que ese filósofo jamás, hizo, que pudo haber hecho, tal 
vez, pero en las que ni siquiera pensó, de las que no dijo ni 
una palabra, de las que no se encuentra en su obra la más leve 
huella. 

Así, en la gran Historia de la filosofía de Brucker (parte I, 
pp. 465-478 ss.; cf. infra, p. 106) se citan una serie de treinta, 
cuarenta y hasta cien filosofemas puestos en boca de Tales y 
de otros filósofos y de los cuales ni un solo pensamiento ha 
podido encontrarse históricamente en ellos: tesis, acompañadas, 
incluso, de citas y de razonamientos del mismo cariz, entre los 
que en vano nos esforzarernos por descubrir nada verdadera¬ 
mente histórico. El procedimiento seguido por Brucker consis¬ 
te, en efecto, en adornar el simple filosoíema de un pensador 
antiguo con todas las consecuencias y premisas que, según las 
concepciones de la metafísica wolffiana, debieran ser las pre¬ 
misas y consecuencias de aquel filosofema, citando lo que no 
es más que una pura invención con el mismo desembarazo 
que si se tratara de un verdadero hecho histórico. Por ejem¬ 
plo, Brucker atribuye a Tales el apotegma de Ex nihilo fit nihil, 
basándose para ello, simplemente, en que el pensador de Mileto 
dice que el agua es eterrta. Esto nos autorizaría a incluir a 
Tales entre los filósofos que niegan la creación a base de la 
nada; sin embargo. Tales, por lo menos históricamente, no lle¬ 
gó a pensar para nada en esto. 

También el señor profesor Ritter,* cuya Historia de la filo¬ 
sofía jónioa es obra de un paciente estudio y que, en general, 
procura no atribuir a los pensadores pensamientos extraños a 
ellos, imputa tal vez a Tales más de lo que históricamente pue¬ 
de imputársele. Dice (pp. 12-13): “De aquí que debamos con¬ 
siderar, en un todo, como dinámica la concepción de la natu¬ 
raleza que encontramos en Tales. Este pensador concebía el 
universo a modo de un animal viviente que Lo abarcaba todo 
y el cual se había desarrollado dé un embrión, como todos los 
animales, y, como todos ellos también, era algo húmedo o he¬ 
cho de agua. La concepción fundamental del universo, en 
Tales, es, por tanto, la de un todo vivo que se ha desarrollado 
de un embrión y que, al modo de los animales, se sostiene por 
medio de una alimentación adecuada a su naturaleza” (cfr. 

* Heinrich Ritter (1791-1869), autor de urja Historia de la filosofía en 12 
vols. que empezó a publicarse en Hamburgo en 1829; Hegel no conoció, 
JJOT lo tanto, sino el primer tomo [E.]. 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 47 

p. 16). Es algo muy distinto de lo que nos dice Aristóteles; 
nada de esto aparece en lo que los antiguos cuentan de Tales. 
Es una consecuencia fácil de sacar; pero, históricamente, nada 
hay que la justifique. No tenemos derecho a sacar de una filo¬ 
sofía antigua consecuencias por el estilo de éstas, que hacen de 
ella algo totalmente distinto de lo que originalmente fue. 

Es fácil sentir la tentación de acoplar los pensamientos de 
los filósofos antiguos a nuestra propia manera de pensar. Pero 
esto es, precisamente, lo que constituye el proceso de la evo¬ 
lución; la diferencia de los tiempos, de la cultura y de las 
filosofías consiste, cabalmente, en saber si estas reflexiones, es¬ 
tos criterios del pensamiento y estas condiciones propias del 
concepto se habían revelado ya, en realidad, a la conciencia, o 
no, si la conciencia había adquirido ya, o no, semejante grado 
de desarrollo. 

La historia de la filosofía versa solamente sobre esta evolu¬ 
ción y esta manifestación de los pensamientos. Los criterios 
determinantes se derivan ciertamente de una tesis; pero es muy 
diferente si'realmente llegaron a desprenderse de ella, o no; 
de lo que se trata es precisamente de saber si lo implícito lle¬ 
gó, o no, a deducirse en la época de que se trata. 

Esto nos obliga a no emplear más que las palabras adecua¬ 
das; la evolución entraña determinaciones ulteriores del pensa¬ 
miento que no se hallan aún en la conciencia de aquel filósofo. 
Así, dice Aristóteles que Tales dijo que el principio 
de todas las cosas era el agua. Sin embargo, parece que el pri¬ 
mer pensador que empleó la palabra fué Anaximandro; 
por tanto, de ser cierto esto, no es posible que Tales exprese 
la determinación del pensamiento que en ella se contiene; co¬ 
nocería la apX'H como comienzo en el tiempo, pero no como 
principio, como fundamento. Tales no enuncia, en su filoso¬ 
fía, ni siquiera el concepto de causa; mal podía, pues, enunciar 
el de causa primera, que implica una determinación aun más 
profunda. Existen, todavía hoy, pueblos enteros que aún no 
conocen este concepto, pues para llegar a él es necesario un gra¬ 
do muy alto de evolución. Y si' ya en general las diferencias de 
cultura estriban en las diferencias entre los criterios determi¬ 
nantes del pensamiento que se han ido destacando, con mayor 
razón aún ocurrirá esto tratándose de las filosofías. 

Ahora bien, como dentro de un sistema lógico de pensa¬ 
miento toda forma de éste tiene su lugar, el único en que goza 
de validez, de tal modo que, al ir progresando la evolución, 
desciende al nivel de un momento subordinado, nos encontra- 



48 INTOODUCCIÓN 

mos, en tercer lugar, con que toda filosofía representa una fase 
especial de evolución dentro de la totalidad de la trayectoria 
y ocupa en ella un determinado lugar, en el qup esa filosofía 
tiene un valor verdadero y una significación propia. A través 
de esta determinación es como debe enfocarse, esencialmente, 
su particularidad y en ese lugar hay que reconocerla para po¬ 
der hacerle justicia. Por tanto, no debe exigirse ni esperarse de 
ella, tampoco, más de lo que ella misma ofrece; no hay que em¬ 
peñarse en buscar en ella la satisfacción que sólo puede darnos 
el conocimiento en una fase de evolución ulterior. No debemos 
creer que los problemas de nuestra conciencia, los intereses 
que mueven al mundo actual puedan encontrar una solución 
en la filosofía de los antiguos; estos piiojílemas presuponen ya un 
cierto nivel de formación del pensamiento. 

Toda filosofía, precisamente por ser la exposición de una 
fase especial de evolución, forma parte de su tiempo y se halla 
prisionera de las limitaciones propias de éste. El individuo eS 
hijo de su pueblo, de su mundo, y se limita a manifestar en 
su forma la sustancia contenida en él: por mucho que el indi¬ 
viduo quiera estirarse, jamás podrá salirse verdaderamente de 
su tiempo, como no puede salirse de su piel; se halla encua¬ 
drado necesariamente dentro del espíritu universal, que es su 
sustancia y su propia esencia. ¿Cómo podría salirse de ella? 
La filosofía capta, con el pensamiento, este mismo espíritu uni¬ 
versal; la filosofía es, para él, el pensamiento de sí mismo y, 
por tanto, su contenido sustancial determinado. Toda filosofía 
es la filosofía de su tiempo, un eslabón en la gran cadena de la 
evolución espiritual; de donde se desprende que sólo puede 
dar satisfacción a los intereses propios de su tiempo. 

Por esta razón, una filosofía procedente de una época ante¬ 
rior no puede nunca satisfacer al espíritu en el que vive ya un 
concepto determinado de un modo más profundo. Lo que el 
espíritu pugna por encontrar en ella es este concepto suyo, que 
es ya su propia determinación interior y la raíz de su existencia 
captada como objeto del pensamiento; lo que quiere es cono¬ 
cerse a sí mismo. La idea no aparece aún, en la filosofía ante¬ 
rior, con esta determinabilidad que de ella se exige. 

De aquí que la filosofía platónica, la aristotélica, etc., todas 
las filosofías en general, sigan viviendo todavía hoy, permanez¬ 
can presentes en cuanto a sus principios; pero la filosofía no 
está ya bajo la forma y en la fase propias de la filosofía plató¬ 
nica y aristotélica. No podemos detenernos en ellas, es inútil 
que nos empeñemos en resucitarlas: por eso, hoy ya no puede 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 49 

haber platónicos, aristotélicos, estoicos o epicúreos; querer re¬ 
sucitar estas filosofías equivaldría a tratar de hacer volver hacia 
atrás,^ a una etapa anterior, al espíritu más desarrollado, más 
adentrado en sí. Y, aunque se intentara, el espíritu no se pres¬ 
taría a ello; pretender eso sería pretender un imposible, sería 
algo tan necio como si el hombre maduro se obstinara en retor¬ 
nar a la fase de su juventud o el joven se empeñara en volver 
a sus tiempos de muchacho o de niño, a pesar de que el hom¬ 
bre maduro, el joven y el niño son uno y el mismo individuo. 

La época del renacimiento de las ciencias, la nueva época 
del saber que comienza en los siglos xv y xvi, tiene como pun¬ 
to de arranque no sólo el renacimiento de los estudios, sino 
también la reanimación de las antiguas filosofías. Marsilio Fi- 
cino era platónico; Cosme de Médicis llegó, incluso, a fundar 
una Academia de filosofía platónica, dotada de profesores, a 
cuyo frente se encontraba Ficino. Había también aristotélicos 
puros, como Pomponazzi; Gassendi revivió más tarde la filosofía 
epicúrea, al filosofar como un epicúreo en torno a los proble¬ 
mas de ía física; Lipsio trataba de ser un estoico, y así sucesi¬ 
vamente. La creencia en un antagonismo irreductible entre el 
cristianismo y la filosofía antigua —aún no se había desarrollado 
ninguna filosofía peculiar dentro del cristianismo y a base de 
él— hacía que se pensara en que era imposible que el cristia¬ 
nismo llegase a desarrollar una filosofía propia y, así, se abri¬ 
gaba la convicción de que la filosofía que, dentro del crístia- 
nismP o frente a él, podía existir era, simplemente, la de 
aquellos antiguos filósofos, asimilada por los pensadores de la 
época en este sentido. Pero las momias no pueden aclimatarse 
entre lo vivo. Hacía ya mucho tiempo que el espíritu vivía 
una vida;más sustancial, que albergaba un concepto más pro¬ 
fundo de sí mismo, y esto hacía que sintiera una necesidad 
más alta para su pensamiento que la que aquellas filosofías po¬ 
dían satisfacer. Por eso no es posible ver en esta reanimación 
más que un punto de transición en el proceso del conocerse a 
sí mismo por debajo de las formas condicionantes propias de 
una época anterior, más que .un paso ya superado a través 
de fases necesarias de formación. Esta tendencia a imitar y re¬ 
petir lo que corresponde a una época remota, los principios que 
ya son ajenos al espíritu, sólo se presenta en la historia como 
un fenómeno transitorio, albergado, además, en una lengua 
muerta. Esos intentos son simples traducciones, no creaciones 
originales; y el espíritu sólo encuentra satisfacción en el cono¬ 
cimiento de su propia y genuina originalidad. 



50 INTRODUCCION 

Cuando se invita a la época moderna a retornar a una filo¬ 
sofía antigua, en especial a la filosofía platónica —como medio 
de salvación para evadirse de todas las complicaciones de los 
tiempos posteriores—, este intentado retorno no es nunca el 
fenómeno espontáneo del primer esfuerzo por aprender de nue¬ 
vo lo que se ha olvidado. Este consejo de la modestia procede 
de la misma fuente que los consejos que suelen darse a las 
gentes cultas de nuestra sociedad para que vuelvan a las cos¬ 
tumbres y al modo de pensar de los salvajes de los bosques de 
Norteamérica, o la recomendación que Fichte® hace de la reli¬ 
gión de Melquisedec como la más pura y más sencilla de las 
religiones, a la que, por tanto, deberían volver los hombres 
de hoy. 4 

No puede negarse que, en estas marchas hacia atrás, se per¬ 
cibe la nostalgia de volver a los comienzos, de empezar de 
nuevo, para arrancar de un sólido punto de partida; pero este 
punto de partida debe buscarse en el mismo pensamiento, en 
la misma idea, y no en una forma consagrada por una autoridad. 
Por otra parte, esta actitud de repulsa del espíritu ya desarro¬ 
llado y enriquecido, para volver a una supuesta sencillez —es 
decir, a una abstracción, a un estado o un pensamiento abstrac¬ 
to—, puede considerarse también como un refugio en que quiere 
esconderse la impotencia, cuando se siente incapaz de hacer 
frente al rico material de la evolución que tiene ante sí y que 
invita apremiantemente a ser dominado por el pensamiento, a 
ser sintetizado y unificado en profundidad, y busca su salvación 
en la huida y en la pobreza. 

Por lo expuesto, se explica por qué hay tantos que —entre¬ 
gándose a esa filosofía con el afán de sacar la propia de las 
fuentes mismas (movidos a ello por aquellos consejos o atraídos 
por la fama de un Platón o de la filosofía antigua en general)— 
no aciertan a calmar sus apetencias en su estudio y se desvían, 
injustificadamente, de él. Hay que comprender que sólo hasta 
cierto punto es posible encontrar satisfacción en el estudio de 
esa filosofía. Hay que saber lo que debe buscarse en los filó¬ 
sofos antiguos o en la filosofía de cualquiera otra época deter¬ 
minada; o saber, al menos, que en esa filosofía tenemos ante 
nosotros una determinada fase de la evolución del pensamien¬ 
to, en la que cobran conciencia solamente aquellas formas y 

® Grundzüge des gegenivdrtigen Zeitalters [“Las características de la edad 
contemporánea”], pp. 211 s. (Cfr. Anweisung zum seligen Lebens [“Adver¬ 
tencia para la vida beata”], pp. 178, 348). 



CONCEPTO DE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 51 

necesidades del espíritu que caen dentro de los límites de la 
fase de que se trata. 

En el espíritu de los tiempos modernos laten ideas más pro¬ 
fundas, que, para sentirse despiertas, para alumbrarse, necesi¬ 
tan de otro medio, de otro presente que aquellos pensamientos 
abstractos, vagos y grises de los tiempos antiguos. En Platón, 
por ejemplo, no encuentran una solución filosófica definitiva 
los problemas referentes a la naturaleza de la libertad, al ori¬ 
gen del mal y de lo malo, a la Providencia, etc. Acerca de 
estos temas podemos sacar de sus bellas narraciones, en parte, 
nociones populares y piadosas y, en parte, la decisión de de¬ 
jar completamente a un lado, filosóficamente, tales problemas, 
o bien de considerar lo malo y la libertad como algo pura¬ 
mente negativo. Pero ni una cosa ni la otra pueden satisfacer 
al espíritu que se ve enfrentado a tales problemas, cuando el 
antagonismo de la conciencia de sí mismo ha adquirido en 
él el grado de fuerza necesario para profundizar en tales in¬ 
tereses. 

Y otj-o tanto acontece con los problemas referentes a la 
capacidad de conocimiento y a la contraposición entre subjeti¬ 
vidad y objetividad, inexistente aún en tiempo de Platón. La 
sustantividad del yo, su ser para sí, era algo ajeno a este filó¬ 
sofo; aún no había llegado el hombre a replegarse tanto sobre 
sí mismo, no se había establecido aún por sí mismo. El sujeto 
era, indudablemente, un individuo libre, pero sólo se conocía en 
la unidad con su esencia; el ateniense se sabía libre en cuanto 
tal, y también el ciudadano romano en cuanto ingenuus. Pero 
ni Platón ni Aristóteles, ni Cicerón ni los juristas romanos, a 
pesar de ser este concepto la fuente única del Derecho, sabían 
que el hqmbre es libre en sí y para sí, conforme a su sustan¬ 
cia, que nace como un ser libre. Tenemos que llegar al princi¬ 
pio cristiano para ver al espíritu personal, individual, reconocido 
en su valor infinito, absoluto; Dios ordena que se ayude y 
respete a todo hombre. En la religión cristiana se impone la 
doctrina según la cual todos los hombres son iguales ante Dios, 
ya que Cristo los ha red’mido,, conquistando para todos la li¬ 
bertad cristiana. Estas determinaciones hacen que la libertad 
sea independiente del nacimiento, del estado social, de la cul¬ 
tura, etc. Es mucho, enorme, lo que con ello se ha avanzado; 
sin embargo, esas determinac’ones difieren todavía de lo que 
representa el concepto del hombre como equivalente a ser libre. 
El sentimiento de esta determinación ha impulsado a la hu¬ 
manidad durante siglos y milenios: este impulso ha determinado 



52 INTRODUCCIÓN 

las más poderosas transformaciones; pero el concepto, el cono* 
cimiento de que el hombre es libre por naturaleza, este saberse 
a sí mismo, no tiene nada de antiguo. 

B) RELACIÓN ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 

La historia de la filosofía tiene que exponer esta ciencia en 
la forma del tiempo y de las individualidades de las que arran¬ 
ca una forma de ella. Pero esta exposición debe eliminar de 
su seno todo lo que sea historia externa de la época, para recor¬ 
dar solamente el carácter general del pueblo y del tiempo y 
el estado general de cosas. En realidad, la historia dejla filo¬ 
sofía revela ya, de suyo, este carácter y, además, en su grado 
supremo; guarda la más íntima relación con él, y la forma de¬ 
terminada de la filosofía correspondiente a una época no es más 
que un lado, un momento de él. 

Por razón de este íntimo contacto, es necesario examinar de 
cerca, de una parte, qué relación guarda una filosofía con su 
mundo histórico circundante y, de otra parte y principalmente, 
qué es lo peculiar de ella, aquello sobre lo que debe concen¬ 
trarse la mirada, dejando a un lado cuanto no sea eso, por muy 
estrecha relación que con ello pueda guardar. Esta conexión, 
no puramente externa, sino esencial, presenta, por tanto, dos,, 
lados, que debemos examinar. El primero es el lado propia¬ 
mente histórico de la conexión; el segundo, el que se refiere 
a la conexión de la cosa misma, a las relaciones entre la filo¬ 
sofía y la religión, etc., lo que nos ayudará, al mismo tiempo, 
a determinar con mayor precisión lo que la filosofía es. 


1. El lado histórico de esta conexión 

Suele decirse que, en la historia de la filosofía, deben ser 
tomadas en cuenta las circunstancias políticas, la religión, etc., 
porque ejercen gran influencia sobre la filosofía de cada época, 
como ésta sobre ellas. Pero, cuando se parte de categorías como 
las de “gran influencia”, contentándose con esto, lo que se 
hace es enfocar ambos factores en una conexión externa y si¬ 
tuarse en el punto de vista de que cada uno de estos dos lados 
tiene existencia propia y sustantiva. Aquí nos proponemos, sin 
embargo, enfocar esta relación con arreglo a otra categoría, no 
según la de la influencia que cada uno de los dos factores ejer¬ 
ce sobre el otro. La categoría esencial es la de la unidad de 
todas estas diversas formas, ya que es un espíritu y solamente 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 53 
uno el que se manifiesta y se plasma a través de estos diversos 
momentos. 

a) . Condición externa, histórica, d^l filosofar. En primer lugar, 
hay que advertir que, para poder filosofar, es necesario que la 
formación espiritual de un pueblo haya alcanzado un cierto 
grado de desarrollo. “Sólo después de haber cubierto las ne¬ 
cesidades elementales de la vida, se ha empezado a filosofar”, 
dice Aristóteles (Metafísica, I, 2); pues, como la filosofía es 
una actividad libre y no egoísta, es necesario empezar por aca¬ 
llar, ante todo, la voz angustiosa de los apetitos, por fortalecer, 
elevar y consolidar el espíritu dentro de sí, por frenar las pa¬ 
siones y desarrollar la conciencia, para poder pensar en proble¬ 
mas generales. En este sentido, podríamos decir que la filosofía 
es una especie de lujo, precisamente en cuanto que el lujo de¬ 
signa aquellos goces y ocupaciones que no se cuentan entre las 
necesidades materiales, externas, como tales. Desde este punto 
de vista, parece que la filosofía debiera considerarse, en rea- 
lidai^, como algo superfino; sin embargo, todo depende de lo 
que se llame necesario; desde el punto de vista del espíritu, 
podríamos decir que la filosofía es, cabalmente, lo más nece¬ 
sario de todo. 

b) Aparición histórica de la necesidad espiritual de filosofar. 
Aunque la filosofía, como el pensamiento y la comprensión del 
espíritu de una época, es necesariamente algo apriorístico, es 
también, al mismo tiempo y no menos esencialmente, un re¬ 
sultado, puesto que el pensamiento se produce, más aún, es la 
vida y la actividad que consisten en producirse. Esta actividad 
encierra el momento esencial de una negación, en cuanto que 
producir es, al mismo tiempo, aniquilar, pues la filosofía, para 
poder producirse, tiene como punto de partida lo natural, de 
lo que arranca para superarlo. 

Por tanto, la filosofía aparece en una época en que el es¬ 
píritu de un pueblo se ha remontado ya sobre la roma indi¬ 
ferencia de la primera vida natural y también sobre el punto 
de vista del interés pasional, en que esta orientación hacia lo 
particular ha perdido ya su vigor. Pero el espíritu, al mismo 
tiempo que se remonta sobre su forma natural, pasa también 
de su iporalidad real y de la fuerza de la vida a la reflexión y 
a la comprensión. Consecuencia de ello es que ataque y haga 
vacilar a esta modalidad sustancial de la existencia, a esta mo¬ 
ralidad, a esta fe; comienza, así, el período de la corrupción. 



54 INTRODUCCIÓN 

Otra fase del proceso es aquella en que el pensamiento se 
concentra en sí mismo. Casi podríamos decir que sólo se em¬ 
pieza a filosofar allí donde un pueblo sale, en general, de su 
vida concreta, allí donde aparece la separación y la diferencia 
entre los estados sociales y el pueblo se acerca a su ocaso, don¬ 
de se produce una ruptura entre las aspiraciones interiores y la 
realidad exterior, donde la forma anterior de la religión, etc., 
no basta ya, donde el espíritu manifiesta su indiferencia ante 
su existencia viva o reside insatisfecho en ella, y se desprende 
y cobra existencia propia una vida moral. Entonces, el espíritu 
huye a los dominios del pensamiento y se crea un reino del 
pensamiento frente al mundo de la realidad: la filosofía ís la 
compensación de la corrupción de aquel mundo real, que el pen¬ 
samiento ha iniciado. Cuando la filosofía, con sus abstracciones, 
lo pinta todo de gris sobre un fondo gris, es que se han esfu¬ 
mado ya la lozanía y la vitalidad de la juventud; y su compen¬ 
sación no es una compensación en la realidad, sino en el mundo 
ideal. Los filósofos griegos manteníanse al margen de los ne¬ 
gocios del estado y el pueblo los tildaba de ociosos, por haberse 
retirado de la realidad al mundo del pensamiento. 

Este mismo fenómeno se mantiene a lo largo de toda la his¬ 
toria de la filosofía. La filosofía jonia surge al sobrevenir la 
decadencia de los estados jónicos en el Asia Menor. Sócrates 
y Platón no se sentían ya atraídos por la vida del estado ate¬ 
niense, ya en plena decadencia: Platón intentó poner en pie 
otro mejor bajo la égida de Dionisio; así, pues, con la corrup¬ 
ción del pueblo ateniense empieza en Atenas la época en que 
aparece la filosofía de este pueblo. 

En Roma, la filosofía no empieza a difundirse hasta que no 
se hunde la auténtica vida romana, la de la República, bajo 
el despotismo de los emperadores: en esta época de desventu¬ 
ras para el mundo y de decadencia de la vida política, en que 
vacila la vida religiosa anterior y todo se desintegra y hace cri¬ 
sis, arrastrado por la aspiración hacia algo nuevo. A la desapa¬ 
rición del Imperio romano, tan grande, tan rico y tan esplen¬ 
doroso, pero ya muerto por dentro, se une el alto y supremo 
desarrollo de la filosofía antigua a que llegaron los filósofos 
neoplatónicos de Alejandría. 

Y otro tanto ocurre en los siglos xv y xvi, en el momento 
en que la vida germánica de la Edad Media cobra una nueva 
forma y en que se produce la ruptura entre el Estado y la Igle¬ 
sia (pues, hasta entonces, la vida política había marchado uni¬ 
da a la vida religiosa y, en los casos en que el Estado luchaba 



RELACIÓN ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 55 
contra la Iglesia, ésta se mantenía a pesar de ello como el poder 
imperante): es cierto que, en un principio, no se hizo otra cosa 
que reaprender, revivir, la filosofía antigua, pero más tarde, al 
llegar la época moderna, la filosofía cobvra existencia propia e 
independiente. Vemos, pues, que la filosofía sólo aparece al 
llegar una determinada época en la formación del todo. 

c) La filosofía como pensamiento de su tiempo. Pero llega un 
momento en que no sólo se filosofa, así, en general, sino en que 
es una determinada filosofía la que se manifiesta en un pue¬ 
blo; y esta determinabilidad del punto de vista del pensamiento 
es la misma determinabilidad que informa todos los demás 
aspectos históricos del espíritu del pueblo, que guarda la más 
íntima relación con ellos y constituye su base. Así, pues, la 
forma determinada de una filosofía se da simultáneamente con 
una determinada forma de los pueblos, bajo la cual surge, 
con su organización y su forma de gobierno, con su moral y su 
vida social, sus aptitudes, sus hábitos y costumbres, con sus in- 
tentps y sus trabajos en el arte y en la ciencia, con sus religio¬ 
nes, sus vicisitudes guerreras y sus condiciones externas en 
general, con la desaparición de los Estados en los que este de¬ 
terminado principio se había hecho valer y con el nacimiento 
y el auge de otros nuevos, en los que se alumbra y desarrolla 
otro principio superior. 

El espíritu elabora y ensancha, cada vez, en toda la rique- 
za^ de su multiplicidad, el principio de aquella determinada 
fase de la conciencia de sí mismo que ha alcanzado. Este rico 
espíritu de un pueblo es una organización, una catedral, con 
sus bóvedas, sus naves, sus columnatas, sus pórticos, sus múl¬ 
tiples divisiones, todo ello nacido de una totalidad, de un fin. 
La filosofía no es sino una forma de estos múltiples aspectos. 
¿Cuál? Es la suprema floración, el concepto de la forma total 
del espíritu, la conciencia y la esencia espiritual del estado 
todo; el espíritu de la época, como espíritu que se piensa a sí 
mismo. El todo multiforme se refleja en ella como en el foco 
simple, como en su propio concepto que se sabe a si mismo. 

La filosofía que es necesaria en el seno del cristianismo no 
podía haber surgido en Roma, pues todos los aspectos que for¬ 
man el todo no son otra cosa que la expresión de una y la 
misma determinabilidad. Por consiguiente, la relación existente 
entre la historia política, las constituciones de los Estados, el 
arte y la religión, de una parte, y de otra la filosofía no con¬ 
siste, ni mucho menos, en que aquellos factores sean otras tan- 



56 INTRODUCCIÓN 

tas causas de la filosofía o ésta, por el contrario, el fundamento 
de ellos, sino que todos tienen una y la misma raíz común, que 
es el espíritu de la época en que se producen. Es una deter¬ 
minada esencia, un determinado carácter el que informa todos 
estos aspectos, manifestándose en lo político y en lo demás 
como en diferentes elementos; es un estado cuyas partes se 
mantienen todas ellas en cohesión y cuyos diferentes aspectos, 
por muy diversos y fortuitos que parezcan ser, por mucho que 
parezcan contradecirse, no encierran nada heterogéneo con res¬ 
pecto a la base sobre la que todos ellos descansan. Esta determi¬ 
nada fase brota de otra que la precede. No podríamos, sin 
embargo, entrar a examinar aquí cómo el espíritu de una* época 
informa toda su realidad y su destino con arreglo a su princi¬ 
pio, exponer comprensivamente todo este edificio; ello sería el 
tema de una historia universal filosófica. Aquí, sólo nos inte¬ 
resan las formas que informan el principio del espíritu en un 
elemento espiritual afín a la filosofía. 

Es ésta la posición que la filosofía ocupa entre las formas; 
lo que trae como consecuencia el que la filosofía sea total¬ 
mente idéntica a su tiempo. Pero si la filosofía no está por 
encima de su tiempo en lo que al contenido se refiere, sí lo 
está en lo tocante a la forma, en cuanto que la filosofía, como 
el pensamiento y el conocimiento de lo que es el espíritu sus¬ 
tancial de su tiempo, hace de éste su objeto. En la medida en 
que se inspira en el espíritu de su tiempo, es éste su contenido 
universal determinado: pero, al mismo tiempo, trasciende de 
ello, en cuanto saber, al contraponerse a aquel espíritu; pero 
esto es solamente en lo formal, pues no encierra, verdadera¬ 
mente, ningún otro contenido. Claro está que este saber mismo 
es la realidad del espíritu, el saberse a sí mismo del espíritu, 
que hasta ahora no existía; por donde la diferencia formal es 
también una diferencia real. Mediante el saber, el espíritu esta¬ 
blece una diferencia entre el saber y lo que es; y es este saber 
el que produce, así, una nueva forma de la evolución. Las nue¬ 
vas formas no son, por el momento, más que otras tantas mo¬ 
dalidades del saber, y así surge una nueva filosofía. Sin em¬ 
bargo, como ésta acusa ya un carácter ulterior del espíritu, es 
la cuna interior del espíritu, que más tarde se manifestará en 
una plasmación real. Lo concreto de esto se nos aparecerá más 
adelante; veremos, entonces, que lo que fué la filosofía griega 
«obra realidad al llegar el mundo cristiano. 



RELACION ENTRE LA FILOSOHA Y LOS DEMAS CAMPOS 57 


2. Deslinde de la filosofía de los campos afines a ella 

- Afín a la historia de la filosofía, en parte por su elemento 
y en parte por los peculiares objetos sobre que versa, es la his¬ 
toria de las demás ciencias y de la cultura y, principalmente, la 
historia del arte y de la religión. Es principalmente esta afini¬ 
dad lo que dificulta el estudio de la historia de la filosofía. Si 
esta historia penetra en los dominios de la cultura en general 
y, en particular, en los de la cultura científica, y más aún en 
los mitos de los pueblos, en los filosofemas que en ellos se con¬ 
tienen, y en los mismos pensamientos religiosos, en cuanto tie¬ 
nen de pensamientos, y en lo especulativo que en ellos se 
manifiesta, resultará que no tiene fronteras, de un lado por 
la muchedumbre misma de la materia y de los esfuerzos enca¬ 
minados a elaborarla y modelarla y, de otra parte, porque esto 
guarda una relación directa con otras muchas cosas. Y, sin em¬ 
bargo, es necesario establecer un deslinde, no arbitrariamente 
y al buen tuntún, de un modo más o menos aproximado, sino 
basáfidolo en determinaciones fundamentales. Si nos atenemos 
exclusivamente al nombre de filosofía, toda esta materia for¬ 
mará, necesariamente, parte de su historia. 

Nos proponemos hablar de esta materia desde tres puntos 
de vista, ya que son tres los aspectos afines que es necesario 
destacar con cuidado y deslindar del campo de la filosofía. El 
primero de estos aspectos es el que se incluye, en general, en 
la ^cultura científica y abarca los comienzos del pensamiento 
comprensivo. El segundo campo es el de la mitología y la 
religión; la relación entre este campo y la filosofía revela, no 
pocas veces, rasgos hostiles, tanto en la época griega como en la 
cristiana. El tercer campo es el del filosofar comprensivo, 
el de la metafísica del entendimiento. Y, a la par que deslin¬ 
damos lo que es afín a la filosofía, debemos llamar la atención 
hacia los momentos que, dentro de esta afinidad, pertenecen 
al concepto de la filosofía, pero se presentan, en parte, sepa¬ 
rados de él; de este modo, podremos penetrar en el conoci¬ 
miento del concepto de la filosofía. 

a) Relación entre la filosofía y la cultura científica. Por lo que 
se refiere a las ciencias especiales, tienen por elemento el co¬ 
nocer y el pensar, que son también el elemento propio de la 
filosofía; pero los objetos sobre que versan estas ciencias son, 
ante todo, los objetos finitos y los fenómenos. Una colección 
de conocimientos sobre este contenido quedará, de suyo, elimi- 



58 INTRODUCCIÓN 

nada del campo de la filosofía; a ésta no le interesan ni este 
contenido ni la forma que reviste. Aunque sean ciencias siste¬ 
máticas y encierren principios y leyes generales y partan de 
ellos, se refieren siempre a un círculo limitado de objetos. Los 
últimos fundamentos se dan por supuestos, como los objetos 
mismos, ya se los extraiga de la experiencia exterior, de los 
sentimientos del corazón, del sentido natural o del sentido 
cultivado del derecho y del deber. En su método, presupo¬ 
nen ya la lógica, los criterios determinantes y los principios 
del pensamiento en general. 

Las formas de pensamiento, asi como los punteas de vista 
y los principios que rigen en las ciencias y constituyen el fun¬ 
damento último de su restante materia no son, sin embargo, 
propias y peculiares de ellas, sino formas comunes a la cultura 
de una época y de un pueblo. La cultura consiste siempre en 
las nociones y fines generales, en la extensión de los poderes 
espirituales determinados que gobiernan la conciencia y la 
vida. Nuestra conciencia encierra estas nociones, las ataca 
como criterios últimos determinantes, se atiene a ellas como a 
los enlaces que la guían; pero no las sabe, no las convierte en 
objetos e intereses de estudio. 

Un ejemplo abstracto: toda conciencia encierra y emplea la 
determinación de pensamiento completamente abstracta del ser. 
Así, se dice: “El sol es en el cielo; las uvas son dulces”, etc., 
etc., hasta el infinito. En un plano superior de cultura, se 
maneja constantemente la relación de causa a efecto, la de fuer¬ 
za y manifestación, etc. Todo su saber, todas sus nociones se 
hallan informadas y gobernadas por esta metafísica, que es como 
la red en que aparece envuelta toda la materia concreta en que 
se ocupan los actos y la vida de los hombres. Pero esta trama 
y sus nudos se hunden, en nuestra conciencia corriente, en la 
complejidad de la materia: ésta contiene nuestros intereses y 
objetos conscientes, los que tenemos ante nosotros; aquellos 
hilos generales no se destacan ni se convierten por sí mismos 
en objetos de nuestra reflexión. 

Nosotros, los alemanes, rara vez incluimos la cultura cien¬ 
tífica general en el campo de la filosofía. Sin embargo, en¬ 
contramos algunas huellas de esto, y así, por ejemplo, vemos 
que la Facultad de Filosofía incluye todas las ciencias que 
no guardan una relación directa con los fines del Estado y de 
la Iglesia. Y también presenta alguna relación con esto la acep¬ 
ción del nombre de filosofía, tal como todavía hoy siguen 
empleándolo, preferentemente, los ingleses. Las ciencias na- 



RELACION ENTOE LA HLOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 59 
turales reciben en Inglaterra el nombre de filosofía. Y hay una 
Revista filosófica inglesa, dirigida por Thomson, en que se pu¬ 
blican estudios sobre química, agricultura, abonos, economía e 
industria, como en la revista de Hermbstádt, y se da cuenta 
de los descubrimientos realizados en todos estos campos del 
conocimiento. Los ingleses dan el nombre de “instrumentos fi¬ 
losóficos” a los que son, en realidad, instrumentos puramente 
físicos, como el barómetro y el termómetro. Y llaman, asimis¬ 
mo, filosofía a teorías como, principalmente, la moral y las cien¬ 
cias morales, derivadas de los sentimientos del corazón humano 
o de la experiencia; y también, finalmente, a las teorías y los 
principios relacionados con la economía política. Así es enten¬ 
dido y venerado el nombre de filosofía, por lo menos en Ingla¬ 
terra. Bajo la presidencia de lord Liverpool, se celebró hace 
algún tiempo un banquete, al que asistía también el ministro 
Canning; en sus palabras de gracias, este ministro felicita a In¬ 
glaterra por practicar los principios filosóficos del gobierno y la 
administración del estado. Por lo menos en esta acepción, la fi- 
losofíla no es un simple apiodo. 

Esta mescolanza de filosofía y cultura general se presenta 
con cierta frecuencia en el período inicial de la cultura. Apa¬ 
rece en la trayectoria de los pueblos una época en que el es¬ 
píritu se interesa por los problemas generales, esforzándose, por 
ejemplo, en enfocar las cosas de la naturaleza desde puntos 
de vista intelectivos generales, en conocer sus causas, etc. En 
estos casos, suele decirse que el pueblo comienza a filosofar, 
pues este contenido tiene de común con la filosofía, desde lue¬ 
go, la actividad del pensamiento. Y lo mismo que, en tales 
épocas, nos encontramos con sentencias en torno al acaecer 
general de la naturaleza, tropezamos también con otras que se 
refieren, desde el punto de vista del espíritu, a la moral, con 
sentencias y apotegmas morales, con principios generales acerca 
de la moralidad, la voluntad, los deberes, etc.; y quienes las 
pronuncian son conocidos con el nombre de sabios o de filó¬ 
sofos. 

Así, ya en los comienzos mismos de la filosofía griega apa¬ 
recen los Siete Sabios y los filósofos jonios. De. ellos se citan 
multitud de nociones y descubrimientos que aparecen al lado 
de las tesis filosóficas: de Tales de Mileto, por ejemplo —aun¬ 
que según algunos no fué él, sino otro —, se dice que explicó 
los eclipses de sol y de luna por la interposición de la luna o 
de la tierra. A esto se le llamaba también un filosofema. Pitá- 
goras descubrió el principio de la armonía de los sonidos. Otros 



60 INTRODUCCIÓN 

se formaron sus nociones propias acerca de los astros: según 
ellos, el firmamento era una bóveda metálica agujereada a tra¬ 
vés de la cual veía el empíreo, el fuego eterno que circunda 
al mundo. 

Pues bien, estas tesis no pertenecen, como producto que son 
del entendimiento, a la historia de la filosofía, aunque repre¬ 
senten ya una fase superior a la de la simple contemplación 
embobada e incluso a la que hace pasar esos objetos a través 
de la fantasía. De este modo, se despueblan de dioses el cielo 
y la tierra, y el entendimiento enfrenta al espíritu abiertamente 
con las cosas, buscando la determinabilidad exterior, natural, 
de ellas. 

En una época posterior, es igualmente notable, en este sen¬ 
tido, el período del renacimiento de las ciencias. En este perío¬ 
do se formulan una serie de principios generales acerca del 
Estado, etc., y no puede negarse que se contiene en ellos un 
cierto aspecto filosófico. Este carácter tienen las filosofías de 
Hobbes y Descartes; las obras del segundo contienen una serie 
de principios filosóficos, pero su filosofía de la naturaleza es 
igualmente empírica. Hugo Grocio escribió un derecho de gen¬ 
tes, en que se toma como criterio fundamental lo que histórica¬ 
mente se consideraba como derecho entre los pueblos, el con- 
sensus gentium. Y si antes la medicina era una colección de 
pormenores y una mescolanza teosófica combinada con cosas 
de astrología, etc. (también se curaba por la virtud de las reli¬ 
quias, lo que no distaba mucho de aquello), aparece ahora 
una manera de enfocar la naturaleza encaminada al descubri¬ 
miento de las leyes y las fuerzas naturales. Se abandona el 
razonar apriorístico sobre las cosas de la naturaleza, partiendo 
de la metafísica de la filosofía escolástica o de la religión. La 
filosofía de Newton no contiene otra cosa que la ciencia natu¬ 
ral, es decir, el conocimiento de las leyes, las fuerzas y las cuali¬ 
dades generales de la naturaleza, sacado de la percepción, de la 
experiencia. Y, aunque esto parezca algo opuesto al principio 
de la filosofía, tiene de común con la filosofía el que los prin¬ 
cipios de que parte son generales y también el que estos des- 
cubrinúentos han sido hechos por mí a través de la experien¬ 
cia, siendo, por tanto, conocidos por mí y teniendo, por ello 
mismo, vigencia para mí. 

Esta forma es, en general, contrapuesta a lo positivo y sur¬ 
ge, principalmente, por oposición a la religión y a lo positivo. 
El hombre, guiado ahora por el testimonio de su “propio pen¬ 
samiento”, de su sentimiento y de sus nociones, se deja llevar 



RELACION ENTRÉ LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 61 
por la desconfianza hacia los dogmas que la Iglesia, en la época 
de la Edad Media, proclamaba como verdades generales; y, a 
este propósito, únicamente debo observarse que eso de “mi pro¬ 
pio pensamiento” es, en realidad, un pleonasmo, ya que cada 
cual tiene que pensar por sí mismo, sin que nadie pueda ha¬ 
cerlo por otro. 

Este principio reacciona también contra las constituciones 
del Estado vigentes y se lanza a la búsqueda de otros principios 
con arreglo a los cuales puedan ser corregidas aquéllas. Se pro¬ 
claman principios generales del Estado, en contraste con la 
etapa anterior, cuando la religión era positiva, en que regían 
también, en este terreno, los criterios de la obediencia de los 
súbditos a los príncipes y a la autoridad. Los monarcas, consi¬ 
derados como los ungidos del Señor, en el sentido de los reyes 
de Judea, recibían su poder de Dios y, coitio la autoridad ema¬ 
naba de lo alto, sólo a Dios tenían que dar cuenta de sus actos. 
La teología y la jurisprudencia eran, por tarito, ciencias firmes, 
positivas, cualquiera que fuese la fuente de que esta base po¬ 
sitiva femanara. 

Pues bien, contra esta autoridad externa se vuelve, al llegar 
esta época, la reflexión; así, en Inglaterra sobre todo, la fuente 
del derecho del Estado y del derecho civil no era ya la auto¬ 
ridad divina, como la de la Ley mosaica. Buscáronse otros 
títulos de legitimidad para justificar la autoridad de los reyes, 
por ejemplo, el fin inmanente del Estado o el bienestar de los 
pueblos. Es una fuente totalmente distinta de la verdad, que 
se opone ahora a la verdad revelada, establecida y positiva. Y 
a este deslizar otro fundamento por debajo de la autoridad, se 
lo llamaba también filosofar. 

Esta ciencia habíase convertido, así, en la ciencia de lo 
finito; su contenido era el universo. Y como este contenido 
brota de la razón humana por la propia visión de los hombres, 
éstos se convierten, con ello, en seres autónomos. La autono¬ 
mía del espíritu es uno de los momentos esenciales de la filoso¬ 
fía, así concebida, aunque el concepto de la filosofía no pueda 
reducirse a esta determinaciótr formal, circunscrita a los objetos 
finitos. Este pensar por cuenta propia es ensalzado y recibe el 
nombre de sabiduría humana o sabiduría universal, por cuanto 
que versa sobre lo terrenal y brota, además, dentro del mundo, 
del universo. 

Tal era la significación de la filosofía y, en este sentido, 
estaban en lo justo quienes le daban el nombre de sabiduría 
universal. Federico Schlegel dió nueva vida a este apodo de la 



62 INTRODUCCIÓN 

filosofía, queriendo significar con ello que su misión no con¬ 
sistía en tratar de problemas superiores a los del mundo, por 
ejemplo los de la religión; y encontró muchos que lo siguie¬ 
ran por este camino. Y es cierto que la filosofía se ocupa de 
las cosas terrenas, pero, según Spinoza, sin apartarse nunca de la 
idea divina; persigue, pues, el mismo fin que la religión. En 
cuanto a las ciencias finitas, que ahora empiezan a separarse 
del camino de la filosofía, ya la Iglesia las acusa de volver las 
espaldas a Dios, precisamente por ocuparse solamente de lo fi¬ 
nito. Este defecto suyo, visto por el lado del contenido, nos 
lleva de la mano al segundo de los campos afines a la filosofía: 
el de la religión. 

b) Relación entre la filosofía y la religión. Así como el campo 
que acabamos de examinar es afín a la filosofía por el conoci¬ 
miento sustantivo, formal, la religión es, en cuanto al contenido, 
lo contrario de esta primera modalidad y órbita de conocimien¬ 
to, pero ese contenido es precisamente el que hace de ella un 
campo afín al de la filosofía. El objeto sobre el que la religión 
versa no es lo terrenal, lo temporal, sino lo infinito. Lo que la 
filosofía tiene de común con el arte y, principalmente, con 
la religión son los problemas absolutamente generales que cons¬ 
tituyen su contenido; son las modalidades en que la suprema 
idea existe para la ciencia no filosófica, para la conciencia sen¬ 
sible, intuitiva, imaginativa. Si nos fijamos en la trayectoria de 
la cultura en el tiempo, vemos que la aparición de la religión 
es anterior a la aparición de la filosofía; este dato debe con¬ 
siderarse como esencial; sin embargo, en lo que a la historia 
de la filosofía se refiere, veremos que, al estudiar los comien¬ 
zos, deberá prescindirse de lo religioso, que no deberá partirse 
de ello en esta historia. 

Es cierto que los pueblos expresan en las religiones el modo 
como se representan la esencia del universo, la sustancia de la 
naturaleza y del espíritu y la relación entre el hombre y ella. 
La esencia absoluta es, en las religiones, el objeto sobre que 
se proyecta la conciencia y, en cuanto tal, primordialmente, 
para ella, un más allá próximo o remoto, gozoso o temible y 
hostil. En la devoción y en el culto supera el hombre este 
antagonismo y se eleva a la conciencia de la unidad con su 
esencia, adquiere el sentimiento o la confianza de disfrutar 
de la gracia de Dios, de que Dios se digna aceptar la recon¬ 
ciliación del hombre con la divinidad. Esta esencia es ya en la 
representación, por ejemplo entre los griegos, algo gozoso de 



RELACION ENTRE LA HLOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 63 
suyo para el hombre, y el culto tiene por misión, más bien, el 
disfrute de esta unidad. Ahora bien, esta esencia es, en todo 
y por todo, la razón en y para sí, la sustancia concreta general, 
el espíritu cuyo fundamento primigenio se objetiva en la con- 
ciéncia; es, por tanto, una representación de este espíritu que 
lleva en sí, no sólo la razón como tal, sino también la razón 
general infinita. 

De aquí que debamos, por encima de todo, enfocar la reli¬ 
gión lo mismo que enfocamos la filosofía, es decir, conocerla 
y reconocerla como racional, puesto que es obra de la razón 
que se revela, ^u producto más alto y más conforme a razón. 
Son, por tanto, nociones absurdas las de quienes creen que los 
sacerdotes inventan las religiones para defraudar al pueblo y 
en provecho propio, etc.; es algo tan superficial como equivo¬ 
cado ver en la religión el producto de la arbitrariedad o del 
engaño. Es cierto que los sacerdotes abusan frecuentemente 
de la religión, pero esta posibilidad no es más que una conse¬ 
cuencia de la relación externa y la existencia temporal de la 
religió^. Esta posibilidad puede, por tanto, presentarse de ver 
en cuando, en esta relación puramente externa; pero toda la 
religión, si realmente lo es, está esencialmente por encima de 
los fines temporales y de sus embrollos, se mueve en una región 
superior a ellos. Esta región del espíritu es el santuario de la 
verdad misma, en el que no tienen cabida los engaños del mun¬ 
do de los sentidos, de las representaciones y los fines tempora¬ 
les y finitos, el mundo en que viven las opiniones y la arbitra¬ 
riedad. 

Este contenido racional sobre el que versan esencialmente 
las religiones puede muy bien destacarse y aparecer como una 
serie histórica de filosofemas. La filosofía se mueve en el mismo 
plano que la religión, tiene el mismo objeto que ella: la razón 
general, que es en y para sí; el espíritu pugna por llegar a 
apropiarse este objeto, como lo hace en la religión por medio de 
la devoción y del culto. Sin embargo, la forma en que aquel con¬ 
tenido existe en la religión difiere de la forma en que existe en 
la filosofía; por eso la historia' de la filosofía es necesariamente 
algo distinto de la historia de la religión. 

La devoción es solamente el pensamiento proyectado sobre 
el más allá; la filosofía, en cambio, pretende .llevar a cabo esta 
reconciliación por medio del conocimiento pensante, en cuanto 
que el espíritu se esfuerza por asimilarse su esencia. La filoso¬ 
fía se comporta ante su objeto en la forma de la conciencia 
pensante; la religión, de otro modo. Pero la diferencia entre 



64 INTRODUCCIÓN 

ambos campos no debe concebirse tan en abstracto como si sólo 
se pensara en el campo de la filosofía, y no en el de la religión; 
también ésta alberga representaciones, pensamientos generales. 

La estrecha afinidad que entre ambas existe explica que sea 
tradicional hablar de la filosofía persa, india, etc.; costumbre 
ésta que siguen todavía hoy muchas historias de la filosofía. Y 
es también una leyenda propagada por doquier la de que Pitá- 
goras, por ejemplo, sacó su filosofía de la India y el Egipto: es 
muy antigua la fama de la sabiduría de estos pueblos, en la 
que se considera también implícita la filosofía. Y es corriente 
dar a los pensamientos y los cultos orientales que en la época 
del Imperio romano penetraron en el occidente el nombre de 
filosofía oriental. Mientras que en el mundo cristiano la reli¬ 
gión cristiana y la filosofía se consideran claramente como cam¬ 
pos distintos, en la antigüedad oriental la religión y la filosofía 
aparecen unidas, en el sentido de que el contenido se presenta 
bajo la forma en que es filosofía. Por ser estas nociones tan 
corrientes y con objeto de encontrar un límite más definido en 
cuanto a la línea de conducta que una historia de la filosofía 
debe seguir con respecto a las representaciones religiosas, será 
conveniente hacer algunas consideraciones acerca de la forma 
que distingue a las nociones religiosas de los filosofemas. 

La religión no sólo tiene' pensamientos generales como con¬ 
tenido implícito en sus mitos, en sus representaciones imagina¬ 
tivas y en sus historias positivas, es decir, como un contenido 
que debamos desentrañar a posteriori de los mitos en forma 
de filosofemas, sino que muchas veces el contenido adopta tam¬ 
bién en ella, explícitamente, la forma del pensamiento. La re¬ 
ligión persa y la india expresan directamente pensamientos 
muy profundos, sublimes, especulativos. Más aún, en el cam¬ 
po de la religión nos encontramos, a veces, con filosofías que 
adoptan la forma expresa de tales, por ejemplo con la filosofía 
de los Padres de la Iglesia. La filosofía escolástica era, esen¬ 
cialmente, teología; encontramos en ella una combinación o, 
si se quiere, una mezcla peculiar de teología y filosofía, capaz, 
evidentemente, de movernos en ocasiones a perplejidad. 

El problema es, de una parte, éste: ¿cómo se distingue la 
filosofía de la teología, el saber de la religión, o más concre¬ 
tamente, de la religión en cuanto conciencia? Y, de otra parte, 
éste: ¿hasta qué punto debe ser tomado en consideración lo 
religioso en una historia de la filosofía? La contestación a esta 
segunda pregunta hay que darla, a su vez, desde tres puntos 
de vista distintos: el primero es el del aspecto mítico e histó- 



RELACION ENTRE LA HLOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 65 
rico de la religión y su afinidad con la filosofía; el segundo, el 
de los filosofemas expresos y los petísamientos especulativos en 
la religión; el tercero, el de la filosofía dentro de la teología. 

a)' Diferencia entre la filosofía y la religión. Es interesante 
considerar el lado mítico, incluyendo el lado positivo histórico 
en general, porque ello nos ayudará a esclarecer la diferencia 
con respecto a la forma en que este contenido existe por opo¬ 
sición a la filosofía. Más aún, dentro de su afinidad, la dife¬ 
rencia existente entre ambos campos se ahonda hasta conver¬ 
tirse en aparente incompatibilidad. Y esta contraposición no 
se presenta solamente en nuestro modo de considerar el proble¬ 
ma, sino que constituye, incluso, un momento muy determinado 
en la historia. 

A la filosofía se le pide que justifique su punto de partida, 
su modo de conocer, con lo cual se coloca en oposición a la 
religión; y, así, la filosofía es atacada y combatida, por ello, por 
la religión y por la Iglesia. Ya la religión popular griega con¬ 
denó á varios filósofos; pero esta contraposición a que nos re¬ 
ferimos resalta con mayor fuerza aún en la religión cristiana. 

No hay, pues, por qué preguntar si en la historia de la 
filosofía debe tomarse en cuenta la religión; es un hecho que 
la filosofía misma toma la religión en cuenta, como ésta toma 
en consideración a la filosofía. Y como ambos campos no apa¬ 
recen en la historia indiferentes el uno al otro, tampoco nos¬ 
otros ■ podemos enfocarlos así. Debemos, por tanto, hablar 
clara, abierta y honradamente de sus relaciones, aborder la 
question, como dicen los franceses. No debemos andar con 
tapujos, como si se tratase de un problema demasiado delicado 
para afrontarlo abiertamente, ni tratar de recurrir a evasivas o 
subterfugios, de tal modo que, a la postre, nadie sepa de qué se 
trata. No es necesario empeñarse en dar la sensación de que 
se trata de dejar intacta, como si fuese algo intangible, a la 
religión. Con ello, no se haría más que encubrir una realidad: 
que la filosofía se ha rebelado contra la religión. Eso es lo que 
hace la religión, mejor dicho, lo que hacen los teólogos: fingen 
ignorar la filosofía, sencillamente para no verse confundidos 
en sus arbitrarios razonamientos. 

Podría creerse que la religión exige que el hombre renuncie 
a pensar sobre los problemas generales, que renuncie a la filo¬ 
sofía, por tratarse de una sabiduría del mundo, de una sabidu¬ 
ría humana. La razón humana se contrapone, así, a la divina. 
Es cierto que las gentes se habitúan a distinguir entre la doctrina 



66 INTRODUCCION 

y la ley divinas, de una parte, y de otra los hechos y las inven¬ 
ciones humanas, agrupando en esta segunda categoría todo lo 
que, en su manera de manifestarse, brota de la conciencia, del 
entendimiento o de la voluntad del hombre y contraponiendo 
esto al conocimiento de Dios y de las cosas divinas por medio 
de la revelación. Y la degradación de lo humano que en esta 
contraposición se manifiesta se acentúa aún más cuando se nos 
enseña a admirar la sabiduría de Dios en la naturaleza, a ver 
en la siembra, en las montañas, en los cedros del Líbano en 
todo su esplendor, en el canto de las aves entre sus ramas, en la 
fuerza y la domesticación de los animales, otras tantas obras 
de la sabiduría divina, y en las cosas humanas signos de la 
sabiduría, la bondad y la justicia de Dios, pero no tanto en las 
instituciones y las leyes humanas, en los actos y en la marcha 
del mundo gobernados por la voluntad, sobre todo, en el des¬ 
tino del hombre, es decir, en aquellas vicisitudes sustraidas al 
saber y a la libre voluntad y consideradas, por el contrario, 
como contingencias; de tal modo que este algo externo y con¬ 
tingente se reputa, preferentemente, como la obra de Dios y, 
en cambio, el lado esencial, que tiene su raíz en la voluntad 
y en la conciencia, como la obra del hombre. 

La consonancia de las condiciones, circunstancias y fenó¬ 
menos exteriores con los fines del hombre en general es evi¬ 
dentemente algo superior, pero solamente lo es porque esa 
consonancia se considera en relación con los fines humanos y 
no con los fines naturales, por ejemplo con la vida de un go¬ 
rrión que encuentra su sustento, etc. Pero si en ella se descu¬ 
bren también los altos designios de Dios como Señor de la 
naturaleza, ¿dónde queda el libre albedrío? ¿No es Dios el Señor 
del espíritu o (como espíritu que es él mismo) de lo espiritual? 
Y este señorío sobre lo espiritual o en ello, ¿no es más alto que 
el señorío sobre o en la naturaleza? Y aquella actitud que con¬ 
siste en admirar a Dios en las cosas naturales como tales, en los 
árboles, los animales, etc. por oposición a lo humano, ¿acaso 
difiere mucho de la religión de los antiguos egipcios, que co¬ 
braban su conciencia de lo divino en el ibis, en los gatos y en 
los perros, o de la pobreza mental de los indios antiguos y 
modernos, que siguen adorando como seres divinos a las vacas 
y a los monos y que, velando celosamente por la conservación 
y el alimento de estos animales, dejan que se mueran de ham¬ 
bre los hombres y consideran como un crimen nefando el que 
éstos se alimenten con la carne de aquellos animales o con 
la comida destinada a ellos? 



RELACION ENTRE LA HLOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 67 

En este modo de pensar parece manifestarse la creencia de 
que las acciones «humanas son, en oposición a la naturaleza, 
cosas no divinas, de que las obras naturales deben considerar¬ 
se como obras de Dios y, en cambio, lo que el hombre produce 
como algo al margen de lo divino. Sin embargo, parece que lo 
producido por el hombre podría tener, al menos, tanta digni¬ 
dad como lo que produce la naturaleza. Con ello, conferi¬ 
mos a la razón un rango más elevado del que se nos permite 
concederle. Si la vida y los actos de los animales son, de suyo, 
divinos, necesariamente tendremos que colocar en un nivel 
mucho más alto los actos de los hombres, considerándolos di¬ 
vinos en un sentido infinitamente superior. 

La superioridad del pensamiento humano debe ser reco¬ 
nocida inmediatamente. Cristo dice fS. Mateo, 6, 26-30): 
“Mirad a las aves del cielo [entre las que se cuenta también 
el ibis]. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellos?,., Y si la 
hierba del campo que hoy es y mañana es echada en el horno. 
Dios la viste así, Ino hará mucho más a vosotros?” Se reco* 
noccj; evidentemente, de suyo, la superioridad del hombre, for¬ 
mado a imagen y semejanza de Djos, sobre los animales y las 
plantas; pero, desde el momento en que se pregunta dónde ha 
de buscarse y encontrarse lo divino, se viene a significar que, 
en aquellas expresiones, no se apunta a lo excelente, sino a lo 
inferior, Y también y precisamente en consideración al cono¬ 
cimiento de Dios es muy distinto que Cristo no busque el co- 
nocinaiento de Él y la fe en Él en la admiración ante las criaturas 
de la naturaleza, ni en la admiración ante el llamado poder 
sobre ellas, en los signos y en los milagros, sino en el testimonio 
del espíritu mismo. Pues el espíritu es algo infinitamente su¬ 
perior a la naturaleza; en él se manifiesta la divinidad mucho 
más que en ésta. 

Ahora bien, la forma por medio de la cual el contenido 
general de suyo forma parte de la filosofía es la forma del pen¬ 
samiento, la forma de lo general mismo. En la religión, este 
contenido existe, a través del arte, para la intuición exterior 
directa, y también para la representación y la sensación. El 
significado existe para el ánimo sensible; es el testimonio del 
espíritu, capaz de comprender tal contenido. 

Para ver esto con mayor claridad, conviene recordar la dis¬ 
tinción entre lo que somos y tenemos y cómo lo sabemos, es 
decir, de qué modo lo sabemos, cómo fo poseemos en cuanto 
objeto. Esta distinción es ese algo infinitamente importante so¬ 
bre lo que versa, exclusivamente, la cultura de los pueblos y 



68 INTRODUCCION 

de los individuos y que más arriba se nos revelaba como la di¬ 
ferencia de la evolución. Somos seres humanos y estamos dota¬ 
dos de razón; lo humano, lo racional, resuena en nosotros, en 
nuestros sentimientos, en nuestro ánimo, en nuestro corazón, 
en toda nuestra subjetividad. Es esta resonancia, este movi¬ 
miento determinado, lo que hace que un contenido sea nuestro. 
La variedad de determinaciones que en él se encierran se con¬ 
centra y envuelve en esta interioridad, como un sordo latir del 
espíritu dentro de sí, en la sustancialidad general. El contenido 
se identifica, así, directamente con la simple y abstracta certeza 
de lo que somos, con la conciencia de nosotros mismos. Pero 
el espíritu, por ser espíritu, es también, esencialmente, con¬ 
ciencia. La concisión encerrada en su simple yo debe objeti¬ 
varse a sí misma, convertirse en saber; y es en el modo de ser 
de esta objetividad y, por tanto, en el modo de ser de esta con¬ 
ciencia, donde estriba toda la diferencia de que se trata. 

Este modo se extiende desde la simple expresión de una 
sensación sorda y vaga hasta la expresión más objetiva de todas, 
que es la de la forma objetiva en y para sí, el pensamiento. La 
más simple y más formal objetividad es la expresión y el nom¬ 
bre de aquella sensación y del estado de ánimo correspondiente, 
llámese como se quiera, “devoción”, “oración”, etc. Cuando 
decimos: “oremos, seamos devotos”, etc., expresamos el simple 
recuerdo de aquella sensación. En cambio, cuando decimos: 
“pensemos en Dios”, expresamos ya algo más: expresamos el 
contenido absoluto de aquel sentimiento sustancial, el objeto, 
que se distingue de la sensación como un movimiento subje¬ 
tivo y consciente de sí mismo, o que es el contenido, distinto 
de este movimiento en cuanto forma. Pero este objeto, aun¬ 
que abarque todo el contenido sustancial, es todavía, de suyo, 
algo no desarrollado y totalmente indeterminado. Su conteni¬ 
do se desarrolla, las relaciones que lleva dentro se comprenden, 
se expresan, cobran conciencia de sí mismas, a medida que la 
religión nace, se crea, se revela. La forma en que este contenido 
desarrollado empieza a adquirir objetividad es la de la intuición 
inmediata, la de la representación sensible, o la de una repre¬ 
sentación más claramente determinada, tomada de los fenó¬ 
menos y las relaciones físico-naturales o de los espirituales. 

El arte sirve de vehículo de esta conciencia, al apoyar y for¬ 
talecer la fugaz apariencia con que la objetividad en la sensa¬ 
ción se revela y pasa. La piedra sagrada e informe, el simple 
lugar, o lo que sea, a que empieza enlazándose la necesidad de 
la objetividad adquiere, gracias al arte, forma, rasgos propios. 



RELACIÓN ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 69 
determinabilidad y un contenido más claro, susceptible de re- 
velarse a la conciencia y que existe ya como objeto consciente. 
De este modo, el arte se convierte en el maestro de los pueblos, 
como en Homero y Hesíodo, quienes, según Herodoto (II, 53), 
“crearon la teogonia de los griegos”, al convertir en imágenes 
y representaciones claras y firmes toda una serie de nociones y 
tradiciones confusas, conservadas y reunidas como fuese, en 
consonancia con el espíritu de su pueblo. No es el arte que se 
limita a expresar a su modo el contenido, ya completamente 
expresado a su modo por otros medios, de una religión ya des¬ 
arrollada y acabada en cuanto a los pensamientos, las repre¬ 
sentaciones y las palabras; es decir, que la expresa sobre la 
piedra, en el lienzo o a través de la palabra, como lo hace 
el arte de los tiempos modernos, el cual, cuando trata temas 
religiosos, lo mismo que cuando toca temas de historia, toma 
como base y punto de partida las nociones y los pensamientos 
ya existentes. La conciencia de esta religión es más bien el 
producto de la fantasía pensante o del pensamiento que sólo 
cofnprende a través de la fantasía y que cobra expresión en las 
formas de ésta. 

Ahora bien, aunque en la ^verdadera religión se haya reve¬ 
lado y se revele el pensamiento infinito, el espíritu absoluto, el 
vaso en que se vierte es el corazón, la conciencia representativa 
y la inteligencia de lo finito. La religión no sólo se dirige a 
toda modalidad de cultura —^“el Evangelio se predica a los 
pobres”—, sino que, como religión, debe ir dirigida expresa¬ 
mente al corazón y al ánimo, penetrar en la esfera de la subje¬ 
tividad y, con ello, en el campo de las representaciones finitas. 
En la conciencia perceptiva y que reflexiona sobre lo percibido, 
el hombre sólo dispone, en lo tocante a las relaciones de lo 
absoluto, que son, por naturaleza, relaciones especulativas, de 
representaciones finitas que sólo a él le sirven para concebir 
y expresar aquella naturaleza y aquellas relaciones de lo infi¬ 
nito, ya sea en un sentido absolutamente directo o solamente 
en un sentido simbólico, figurado. 

En la religión, como la revelación directa e inmediata de 
Dios, la forma de la modalidad representativa y del pensa¬ 
miento finito reflexivo no sólo puede ser la única bajo la cual 
cobra existencia consciente, sino que debe ser ésta, concreta¬ 
mente, la forma bajo la cual se manifiesta, por ser la única 
inteligible para la conciencia religiosa. Para poner esto más en 
claro, es obligado, sin embargo, decir algo acerca de lo que 
llamamos inteligible. 



70 INTRODUCCION 

Para ello, hace falta, en primer lugar, como más arriba he¬ 
mos dicho, que se dé la base sustancial del contenido, la cual, 
como esencia absoluta del espíritu, toca a lo que hay de más 
íntimo en ello, resuena en ello y encuentra en ello el testimo¬ 
nio de sí mismo. Ésta es la primera condición absoluta de la 
comprensión; lo que no figura en sí en ella, no puede llegar a 
incorporarse a ella, no puede ser para ella; y, al decir esto, nos 
referimos, concretamente, a un contenido infinito y eterno. 
Pues lo sustancial es, precisamente en cuanto infinito, lo que 
no encuentra límite alguno en aquello a que se refiere, pues, 
de otro modo, sería algo limitado y no lo verdaderamente sus¬ 
tancial; y si algo no es en sí el espíritu es precisamente aquello 
que es finito y exterior, ya que lo que es finito y exterior deja 
de ser lo que es en sí para convertirse en algo para otra cosa, 
para entrar en una relación. 

Pero como, por otra parte, lo verdadero y lo eterno deben 
ser conscientes, es decir, entrar en la conciencia finita, existir 
para el espíritu, tenemos que este espíritu para el que existen én 
primer término es el espíritu finito, y la modalidad de su con¬ 
ciencia consiste en las representaciones y las formas propias de 
las cosas y las relaciones finitas. Estas formas son lo usual y 
habitual a la conciencia, la modalidad general, de la finitud; 
modalidad que la conciencia se apropia y que convierte en 
el medio general de sus representaciones, al que es necesario 
reducir todo lo que encuentra acceso a él, para que en él se 
posea y reconozca. 

La posición que la religión ocupa se halla determinada por 
el hecho de que la revelación de la verdad que a través de 
ella recibimos le es infundida al hombre desde fuera; por eso, 
precisamente, se afirma que el hombre debe recibirla humilde¬ 
mente, ya que la razón humana por sí misma jamás podría 
llegar a ella. El carácter de la religión positiva se cifra en que 
sus verdades existen, sin que se sepa de dónde provienen; por 
lo cual su contenido es un algo dado superior a la razón y 
situado más allá de ella. Esta verdad ha sido proclamada por 
algún profeta, el que sea, o por un emisario divino; y lo mis¬ 
mo que los griegos veneraban a Ceres y a Triptolemo por haber 
traído a los hombres la agricultura y el matrimonio, los pue¬ 
blos guardan gratitud a Moisés y Mahoma. Este algo externo 
individualizado a través del cual se recibe la verdad es un fac¬ 
tor histórico, indiferente de suyo al contenido absoluto, ya que 
la persona no es el contenido de la doctrina misma. Sin em¬ 
bargo, en la religión cristiana se da la circunstancia caracterís- 



RELACION ENTRE LA HLOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 71 
tica de que esta persona, el propio Cristo, destinado a ser Hijo 
de Dios, forma parte de la naturaleza del Dios mismo. Si Cristo 
sólo fuese, para los cristianos, un maestro al modo de Pitágo- 
ras, de Sócrates o de Cristóbal Colón, no tendríamos ante nos¬ 
otros un contenido divino general, una revelación o una doctrina 
acerca de la naturaleza de Dios, que es, cabalmente, lo que nos 
interesa aquí. 

Claro está que la verdad, cualquiera que sea la fase en que 
aparezca, tiene necesariamente que empezar manifestándose a 
los hombres de un modo externo, como un objeto presente 
representado a través de los sentidos: así se apareció Dios a Moi¬ 
sés en una zarza de fuego, y así cobraban los griegos conciencia 
de sus dioses: en las estatuas de mármol o en otras representa¬ 
ciones plásticas. Pero a esto hay que añadir que, ni en la reli¬ 
gión ni en la filosofía, puede quedar la cosa en esta modalidad 
puramente externa. Es necesario que estas formas de la fan¬ 
tasía o estos contenidos históricos, como Cristo, se conviertan 
para el espíritu en algo espiritual; de este modo, dejarán de 
$er algo puramente externo, pues la modalidad externa es la 
negación del espíritu. Es necesario que conozcamos a Dios “en 
espíritu y en verdad’V Dios es el espíritu general, esencial, 
absoluto. Y, en lo que se refiere a la relación entre el espíritu 
humano y este espíritu, entran en consideración los siguientes 
criterios. 

El hombre tiene que abrazar una religión; cabe, pues, pre¬ 
guntarse: ¿cuál es el fundamento de su fe? La religión cristiana 
contesta: el testimonio del espíritu acerca de este contenido. 
Cristo les echa en cara a los fariseos el que pidan milagros; 
sólo el espíritu escucha al espíritu; el milagro no hace otra cosa 
que intuirlo. Y si el milagro interrumpe el curso de la natu¬ 
raleza, el espíritu es el verdadero milagro en contra de él. El 
espíritu no es sino este escucharse a sí mismo. Sólo existe Un 
Espíritu, el espíritu universal divino, lo que no quiere decir sola¬ 
mente que esté en todas partes; como comunidad, como totali¬ 
dad exterior, no sólo puede captarse en muchos o en todos los 
individuos, concebidos esencialmente como tales, sino que debe 
captarse, además, como lo que lo penetra todo, como la unidad 
de sí mismo y la apariencia de su otro, como lo subjetivo, lo 
particular. Es, en cuanto general, su propio objeto, y, en cuan- 
tp particular, este individuo; pero, al mismo tiempo, en cuanto 
algo general, trasciende lo otro, de tal modo que este otro suyo 
y él mismo forman una unidad. La verdadera generalidad apa¬ 
rece, para expresarnos en términos populares, como dos: lo 



72 INTOODUCCIÓN 

que hay de común en lo general mismo y lo particular. En 
el percibirse a sí mismo va implícito un desdoblamiento, y el 
espíritu es la unidad del que percibe y de lo percibido. 

El espíritu divino percibido es el espíritu objetivo; el espí¬ 
ritu subjetivo es el que percibe. Pero el espíritu no es pasivo, o 
esta pasividad, en todo caso, sólo puede ser momentánea; es 
una unidad sustancial espiritual única. El espíritu subjetivo 
es el espíritu activo; el espíritu objetivo es la actividad mis¬ 
ma: el espíritu subjetivo activo es el que percibe al espíritu 
divino y, en tanto lo percibe, el espíritu divino mismo. 

Este comportamiento del pspíritu exclusivamente para con¬ 
sigo mismo es el criterio absoluto; el espíritu divino vive en la 
comunidad de sus fieles y se halla presente en él. Esta pre¬ 
sencia del espíritu percibido es lo que se llama fe, pero no es 
una fe histórica; nosotros, los luteranos —pues yo lo soy y 
quiero seguirlo siendo— poseemos solamente aquella fe origi¬ 
naria. Esta unidad no es la sustancia al modo de Spinoza, sino 
la sustancia cognoscente de la conciencia de sí, en su actitud 
finita ante lo general. Todo lo que se dice acerca de los límites 
del pensamiento humano es algo puramente superficial; co¬ 
nocer a Dios: tal es la finalidad única de la religión. El testi¬ 
monio del espíritu acerca del contenido de la religión es la 
propia religiosidad; es un testimonio atestiguado y que es, al pro¬ 
pio tiempo, testigo. El espíritu se engendra a sí mismo, al ates¬ 
tiguarse; sólo existe en cuanto que se engendra, se atestigua y 
se revela o manifiesta. 

Otro paso más consiste en que este testimonio, esta íntima 
conciencia de sí, esta acción dentro de sí mismo, se manifieste 
al exterior, ya que en la conciencia recatada de la oración no 
puede llegarse a la conciencia de un objeto, sino solamente a 
la conciencia del hundirse en la Esencia absoluta. Este espíritu 
penetrante y penetrado se revela ahora a la representación; EHos 
pasa a lo otro, se convierte en algo objetivo. Aparecen aquí 
todas las determinaciones del ser dado y del recibir con que 
nos encontramos en la mitología; todo lo histórico, el lado po¬ 
sitivo encuentra aquí su lugar. Para decirlo en términos más 
precisos, tenemos así a Cristo, que vino al mundo hace cerca 
de dos mil años. Pero Cristo nos dice: “Estaré con vosotros 
hasta el fin del mundo; allí donde se junten dos en mi nom¬ 
bre, estaré con vosotros”; y cuando deje de estar entre vos¬ 
otros materialmente, como persona, “el espíritu os guiará, en 
verdad”; lo externo no es lo importante, y por ello, será supe¬ 
rado para convertirse en una relación interna. 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 73 

Se señalan aquí, claramente, las dos etapas. La primera, 
que es la etapa de la devoción, del culto, la que se da, por 
ejemplo, al recibir la comunión: es la percepción del Espíritu 
divino en la comunidad de los fieles, donde el Cristo presente, 
interior y vivo cobra realidad como conciencia de sí. La se¬ 
gunda fase es la de la conciencia desarrollada, donde el conte¬ 
nido se convierte en objeto: aquí, este Cristo actual, presente, 
interior, vuela dos mil años hacia atrás, se ve relegado a un 
rincón de Palestina, convertido en un personaje histórico allá 
lejos, en Nazaret, en Jerusalén. 

Y lo mismo ocurre, analógicamente, en la religión griega, 
donde los dioses, en la fase de la devoción, aparecen converti¬ 
dos en prosaicas estatuas de mármol o pintados sobre lienzo o 
sobre madera, es decir, tanto en uno como en otro caso, redu¬ 
cidos a una forma puramente eviterna. La Eucaristía, para los 
luteranos, sólo es algo divino en la fe, en el disfrute de esto, 
pero no debe adorarse la hostia; y, para nosotros, las imᬠ
genes de los santos no son, asimismo, sino piedras, cosas ma- 
'teriales. 

El segundo punto de vista es, indudablemente, y tiene que 
serlo, aquel del que arranca la conciencia; ésta tiene que par¬ 
tir, necesariamente, de las manifestaciones externas de estas 
formas que sirven para cobrar conciencia de ellas, para grabar 
el contenido en la memoria. Pero si las cosas quedaran ahí, eso 
no sería más que un punto de vista aún no espiritual: perma¬ 
necer aferrados a este segundo punto de vista —a esta lejanía 
histórica, muerta— equivale, sencillamente, a repudiar al espí¬ 
ritu. Quien miente contra el Espíritu Santo incurre en un pe¬ 
cado que no tiene perdón. Pues bien, el mentir contra el espíri¬ 
tu consiste, precisamente, en empeñarse en ver en él un espíritu 
no universal, no santo; es decir, en creer que Cristo sólo es 
algo separado, algo aparte, solamente otra persona, una per¬ 
sona que nació y vivió en Judea y que sigue viviendo hoy, pero 
en el más allá, en el cielo. Dios sabe dónde, no de un modo 
real y presente, en la comunidad de sus fieles. Quien habla 
solamente de la razón finita, solamente de la razón humana, so- 
lamente de los límites de la razón, miente contra el espíritu; 
pues el espíritu, como algo infinito y universal, que se percibe 
a sí mismo, no se percibe en un “solamente”, en límites, en lo 
finito como tal, no guarda relación alguna con eso, sino que 
se percibe solamente dentro de sí, en su infinitud. 

>^"-|T^ 4 §ndo se dice que la filosofía tiene por misión conocer 
dá’esén^, lo fundamental en esto consiste precisamente en que 



74 INTRODUCCION 

esta esencia no es algo externo a aquello de que es la esencia. 
Cuando hablamos, por ejemplo, del contenido esencial de un 
libro, no queremos referirnos para nada al volumen mismo, al 
papel, a la tinta de imprenta, al lenguaje, a las palabras, a los 
miles y miles de letras de que está formado; el contenido sim¬ 
ple y general de un libro, en cuanto su esencia, no se halla fuera 
de él. Tampoco la ley reside fuera del individuo, sino que 
forma el verdadero ser de éste. La esencia de mi espíritu se 
halla, pues, en mi espíritu mismo, no fuera de él; es mi ser 
esencial, mi sustancia misma, pues de otro modo carecería yo 
de esencia. Esta esencia es, por decirlo así, la materia infla¬ 
mable que la esencia universal, en cuanto tal, como algo obje¬ 
tivo, puede hacer que arda y se ilumine; sólo en la medida en 
que haya este fósforo en el hombre, es posible la comprensión, 
la inflamación y la iluminación. Sólo así se dará en el hom¬ 
bre el sentimiento, la intuición, el conocimiento de Dios; sin 
ello, tampoco el Espíritu divino sería algo universal en y para sí. 
La esencia es, de suyo, un contenido esencial, no lo carente 
de contenido, lo indeterminado; sin embargo, del mismo modo 
que un libro tiene, como veíamos, otro contenido, también el 
espíritu individual tiene una gran cantidad de existencias dis¬ 
tintas, las cuales no son sino manifestaciones de, este algo esen¬ 
cial, y lo individual, rodeado de una existencia externa, tiene 
que distinguirse necesariamente de esta esencia. Y, como la 
esencia es a su vez espíritu y no algo abstracto, tenemos que 
“Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos”, y concreta¬ 
mente de los espíritus vivos: 

El gran Señor del universo no tenía amigos, 

Sentíase solo: por eso creó los espíritus. 

Espejos santos de su propia santidad. 

Y, aurujue el Supremo Ser no conozca nada igual a sí. 

Del cáliz del reino todo de los espíritus 
Le rebosa la infinitud.* 

La religión es el estado que consiste en conocer esta esen¬ 
cia. Ahora bien, por lo que se refiere a la forma distinta del 

* Freundlos war der grosse Weltenmeister, 

Fühhe Mangel, damm schuf er Ceister, 

Sel’ge Spiegel seiner Seligkeit. 

Fand das hdchste Wesen schon kein Gleiches, 

Aus dem Kelch des ganzen Geisterreiches 
Schdumt ihm die Unendlichkeit. 

Schiller: Die FreundscKoft (“La amistad”), XIII, 92 [E.]. 



RELACION ENTRE LA RLOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 75 
saber en la religión y en la filosofía, parece a primera vista 
como si la filosofía ejerciese una acción destructora sobre esta 
actitud de la religión en que el espíritu universal empieza pre¬ 
sentándose como algo externo, en la modalidad objetiva de la 
conciencia. Pero la devoción, arrancando de lo externo, in¬ 
vierte luego, por sí misma, esta relación, como hemos visto, y 
la levanta; de este modo, la filosofía es justificada por la de¬ 
voción y por el culto y se limita a hacer lo mismo que éstos 
hacen. La filosofía se preocupa, en el fondo, de dos cosas: en 
primer lugar —como la religión en la devoción—, del conte¬ 
nido sustancial, del alma espiritual; en segundo lugar, de hacer 
que esto se manifieste a la conciencia como objeto, pero bajo 
la forma del pensamiento. La filosofía piensa y llega, asi, a 
comprender lo que la religión se representa como objeto de la 
conciencia, ya sea como obra de la fantasía, ya como existencia 
histórica. En la conciencia religiosa, la forma del conocimiento 
del objeto corresponde a la representación, es decir, encierra 
una parte más o menos sensible. En filosofía, jamás recurri¬ 
remos a la expresión de que Dios ha engendrado un Hijo (cri¬ 
terio tomado de la vida de la naturaleza); reconocemos en ella, 
sin embargo, el pensamiento, lo sustancial de esta relación. La 
filosofía, al pensar su objeto, tiene la ventaja de que las dos 
fases de la conciencia religiosa, que en la religión representan 
momentos distintos, forman en el pensamiento filosófico una 
unidad. 

Son estas dos formas las que pueden diferenciarse entre sí 
y las que, por tanto, pueden presentarse como formas contra¬ 
puestas, contradictorias entre sí. Y es natural y un fenómeno 
necesario que, por decirlo así, al presentarse de un modo pre¬ 
ciso, sólo tengan conciencia de su diversidad y que, por tanto, 
empiecen manifestándose hostilmente la una con respecto a la 
otra. En la manifestación, lo primero es la existencia, es de¬ 
cir, un determinado ser para sí con respecto al otro; lo posterior 
es que él pensamiento se capte a sí mismo de un modo con¬ 
creto, ahonde en sí mismo, y el espíritu como tal cobre, en él, 
conciencia de sí mismo. Antes, el espíritu era algo abstracto, 
pero ahora se sabe como algo distinto y contrapuesto a lo otro; 
al concebirse de un modo concreto, no se concibe solamente de 
un modo determinado, sabiéndose y poseyéndose solamente en 
lo que tiene de distinto, sino que es lo general, que, al deter¬ 
minarse, encierra en sí lo otro suyo. Como espiritualidad con¬ 
creta, capta también lo sustancial bajo la forma que aparecía 
como algo distinto de él y cuya manifestación se había vuelto 



76 INTRODUCCIÓN 

contra aquélla: en su contenido, en su interior, se conoce a 
sí mismo, mientras que ahora capta, por vez primera, lo con¬ 
trario de él y le hace justicia. 

En general, la trayectoria de este antagonismo en la historia 
consiste en que el pensamiento, al principio, dentro de la reli¬ 
gión, se manifiesta solamente sin libertad en sus exteriorizacio- 
nes particulares; en segundo lugar, se fortalece, se siente como 
si descansara sobre sí mismo, crece y se comporta hostilmente 
con respecto a la otra forma, sin conocerse en ella; la tercera 
fase consiste en acabar reconociéndose a sí mismo en este otro. 
O, dicho en otros términos, la filosofía necesita empezar por 
afrontar su misión totalmente sola, por aislar el pensamiento 
de toda fe popular y por considerarse como un campo total¬ 
mente aparte, como un campo a cuyo lado se halla el mundo 
de la representación, de tal modo que ambos han coexistido en 
toda paz o, más bien, que no han dado nacimiento a reflexión 
alguna en lo que a su antagonismo se refiere. Ni tampoco al 
pensamiento de tratar de reconciliarlos, ya que en la fe po¬ 
pular se revelaría el mismo contenido que existe, bajo la otra 
forma exterior, en el concepto; es decir, al pensamiento de tra¬ 
tar de explicar y justificar la fe popular, para poder expresar 
de nuevo, así, los conceptos del mismo pensamiento libre a la 
manera de la religión popular. 

Por eso la filosofía empieza presentándose a nosotros vincu¬ 
lada y prisionera dentro del círculo del paganismo griego; más 
tarde, apoyándose en sí misma, se enfrenta a la religión popular 
y asume una actitud hostil, hasta que logra comprender su 
contenido y reconocerse en él. De aquí que la mayoría de los 
antiguos filósofos griegos rindiesen tributo a la religión popu¬ 
lar o, por lo menos, no se enfrentasen con ella. Otros filósofos 
posteriores, en cambio, empezando ya por Jenófanes, atacaban 
con la mayor violencia las creencias populares; y así surgieron 
muchos llamados ateos. Cómo coexistían pacíficamente los cam¬ 
pos de las creencias populares y del pensamiento abstracto lo 
vemos todavía en los filósofos griegos de una época posterior, 
más cultos que los anteriores, en los que las especulaciones 
filosóficas se combinan con la práctica del culto, con las pia¬ 
dosas invocaciones a los dioses, con los ritos y los sacrificios, 
etc., de un modo completamente sincero y no como una hi¬ 
pocresía. 

Sócrates fué acusado de profesar otros dioses que los de 
la religión popular; pero, si bien hay que reconocer que su 
Saifióviov era contrario al principio de la moralidad y la religión 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 77 
de los griegos, no es menos cierto que este filósofo compartía 
sinceramente las prácticas de la religión de su pueblo, y sabe¬ 
mos que sus últimas palabras fuéron para suplicar a sus amigos 
que sacrificasen un gallo a Esculapio, deseo que se avenía muy 
mal, por cierto, con los pensamientos sostenidos por Sócrates 
acerca de la esencia de Dios y, principalmente, acerca de la 
ética. Platón predica apasionadamente contra los poetas y sus 
dioses. Fué mucho más tarde cuando los neoplatónicos descu¬ 
brieron en la mitología popular, hasta entonces repudiada por 
los filósofos, el contenido universal que en ella se encerraba, 
traduciéndola y transponiéndola a los pensamientos y sirvién¬ 
dose de esta misma mitología como de un lenguaje simbólico, 
figurado, para sus filosofemas. 

También en la religión cristiana vemos cómo el pensamiento 
empieza combinándose con la forma de esta religión, sin sus- 
tantividad propia, y moviéndose dentro de ella, es decir, tomán¬ 
dola como base y partiendo de la premisa absoluta de la doc¬ 
trina cristiana. Más tarde, asistimos al antagonismo entre la 
llamada fe y la llamada razón, cuando ya el pensamiento se 
siente lo bastante fuerte para volar por su cuenta; la joven águi¬ 
la levanta el vuelo hacia el sol de la verdad, pero volviendo 
todavía sus garras de ave de rapiña contra la religión y comba¬ 
tiéndola. La última fase consiste en que la filosofía haga justi¬ 
cia al contenido de la religión por medio del concepto especu¬ 
lativo, es decir, ante el foro del pensamiento mismo; para ello, es 
necesario que el concepto se capte de un modo concreto, se pe¬ 
netre en él hasta la espiritualidad concreta. Tal tiene que ser, 
necesariamente, el punto de vista de la época actual, nacida 
en el seno del cristianismo y que no puede tener otro conte¬ 
nido que el propio Espíritu del Mundo; cuando éste se com¬ 
prende a sí mismo en la filosofía, se comprende, al mismo 
tiempo, bajo aquella forma que antes era hostil a ésta. 

La religión tiene, pues, un contenido común con la filosofía, 
y sólo difieren las formas de una y otra; de lo que se trata es, 
simplemente, de que la forma del concepto sea lo suficiente¬ 
mente amplia para poder abarcar el contenido de la religión. 
Lo único verdadero es lo que se ha llamado los’ misterios de la 
religión; son lo especulativo de la religión, lo que los neopla¬ 
tónicos llaman poeív, pvEiO'Sai (ser iniciado), es decir, ocuparse 
de conceptos especulativos. Por misterios se entiende, en una 
interpretación superficial, lo misterioso, lo que, como tal, no 
puede llegar a ser conocido. Sin embargo, en los misterios eleu- 
sinos no había nada desconocido; todos los atenienses estaban 



78 HSrraODUCCION 

iniciados en ellos; el único que no quiso estarlo fué Sócrates. 
Sólo se prohibía darlos a conocer a los no atenienses, y algunos 
de sus fieles fueron acusados de este delito. No debía ha¬ 
blarse de ellos, por tratarse de algo sagrado. Dice Herodoto, en 
una serie de pasajes de su obra (por ejemplo, en II, 45-47), que 
se propone hablar de las deidades egipcias y los misterios, en 
tanto sea santo hacerlo, y añade que, aunque sabe otras cosas, 
no es santo hablar de ellas. 

En la religión cristiana se da el nombre de misterios a los 
dogmas, es decir, a lo que se sabe acerca de la naturaleza de 
Dios. No se trata tampoco de nada misterioso, todos los fieles 
de esta religión lo conocen, y es precisamente ello lo que los 
distingue de los de otras religiones; por tanto, tampoco aquí 
significa el misterio algo desconocido, pues todos los cristianos 
se hallan iniciados en él. Los misterios tienen, por naturaleza, 
un contenido especulativo, secreto, indudablemente, para el en¬ 
tendimiento, pero no para la razón; lejos de ello, son precisa¬ 
mente lo racional, en el sentido de lo especulativo. El en¬ 
tendimiento no capta lo especulativo, que es precisamente lo 
concreto, al retener las diferencias simplemente en lo que tie¬ 
nen de diferente; también el misterio encierra su contradicción, 
pero es, al propio tiempo, la solución de ellá. 

La filosofía es opuesta, en cambio, al llamado racionalismo 
de la moderna teología, el cual no se quita de los labios la 
razón, a pesar de lo cual no es más que seco entendimiento; 
lo único que en él se descubre de razón es el momento del pen¬ 
sar por sí mismo, pero sin que esto pase de ser un pensamiento 
puramente abstracto. Cuando el entendimiento que no llega 
a captar las verdades de la religión se llama, como en el Siglo 
de las Luces, razón y se quiere hacer pasar por señor y dueño, 
se equivoca. El racionalismo es lo opuesto a la filosofía, por 
el contenido y por la forma, pues vacía el contenido, despue¬ 
bla el cielo y lo degrada todo a relaciones finitas; y su forma 
es un razonar no libre, no un comprender. 

El supranaturalismo es, en religión, lo opuesto al racionalis¬ 
mo, y aunque afín a la filosofía en lo tocante al verdadero 
contenido, se distingue de ella en lo que se refiere a la for¬ 
ma, pues se ha trocado en algo completamente carente de espí¬ 
ritu, como un leño, e invoca como título de legitimidad la 
autoridad exterior. Los escolásticos no eran supranaturalistas 
de éstos; conocían de un modo pensante, comprensivo, el dog-, 
ma de la Iglesia. Y aunque la religión afirme, llevada de la 
rigidez de su autoridad abstracta contra el pensamiento, que 



RELACION ENTRE LA HLOSOHA Y LOS DEMÁS CAMPOS 79 
“las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, las puer¬ 
tas de la razón son más fuertes que las puertas del infierno, no 
para prevalecer contra la Iglesia, sino para conciliarse con ella. 
La filosofía, en cuanto pensamiento comprensivo de este con¬ 
tenido, tiene, en lo tocante a las creencias de la religión, la 
ventaja de que comprende ambas cosas: está en condiciones de 
comprender a la religión, del mismo modo que comprende 
al racionalismo y al supranaturalismo, y se comprende también 
a sí misma. Pero, si esto es cierto, no ocurre lo mismo a la 
inversa; la religión, situada en el punto de vista de las repre¬ 
sentaciones, sólo comprende lo que se halla en el mismo plano 
que ella, pero no la filosofía, el concepto, las determinaciones 
generales del pensamiento. Generalmente, no se comete nin¬ 
guna injusticia contra una filosofía cuando se le reprocha su 
actitud antagónica frente a la religión; pero se da también, con 
la misma frecuencia, el caso de que se sea injusto con ella, cuan¬ 
do esto se hace desde un punto de vista religioso. 

^ La forma de la religión es necesaria para el espíritu, tal y 
como éste es en y para sí; esta forma es la forma de lo verda¬ 
dero; lo es para todos los hombres y para todas las modalidades 
de la conciencia. Esta formación general del hombre es, en 
primer lugar, la conciencia sensible y, en segundo lugar, la in¬ 
gerencia de la forma de lo general en la manifestación sensible, 
la reflexión; la conciencia imaginativa, lo mítico, lo positivo, lo 
histórico, es la forma, que forma parte de lo inteligible. La 
esencia, contenida en el testimonio del espíritu, sólo se con¬ 
vierte en objeto para la conciencia cuando se presenta bajo una 
forma inteligible; o, lo que es lo mismo, es necesario que la 
conciencia conozca ya estas formas, por otro conducto, a través 
de la vida y la experiencia. Ahora bien, como la conciencia 
pensante no es la forma exteriormente general para todos los 
hombres, es necesario que la conciencia de lo verdadero, de lo 
espiritual, de lo racional, asuma la forma de la religión; tal es 
la justificación general de esta forma. 

Hemos expuesto, así, la diferencia existente entre la filoso¬ 
fía y la religión; pero queda todavía algo por tratar, con respecto 
a lo que nos proponemos estudiar en la historia de la filosofía 
y que, en parte, se desprende de lo que queda expuesto. Queda 
por contestar, sobre todo, la pregunta de cuál deberá ser nues¬ 
tra actitud ante este algo afín en la historia de la filosofía. 



80 


IKTRODUCaóN 


P) Ciontenido religioso que debe ser excluido de la historia de 
la filosofía. 

aa) Nos encontramos, en primer lugar, con la mitología, 
la cual parece que sí debiera ser tenida en cuenta en la his¬ 
toria de la filosofía. La mitología es, ciertamente, un pro¬ 
ducto de la fantasía, pero no de la arbitrariedad, aunque ésta 
tenga aquí su asiento. Lo fundamental de la mitología es obra 
de la razón imaginativa, la cual hace de la esencia su ob¬ 
jeto, pero sin que tenga todavía más órgano que el de la repre¬ 
sentación sensible, ante la cual se aparecen los dioses bajo for¬ 
ma humana. 

La mitología puede ser estudiada desde el punto de vista 
del arte, etc.; pero el espíritu pensante debe esforzarse en des¬ 
cubrir el contenido sustancial, el pensamiento, el filosofema 
implícitamente contenido en ella; del mismo modo que descubre 
la razón en el seno de la naturaleza. Este modo de tratar la 
mitología era el de los neoplatónicos; recientemente, fué apli¬ 
cado también por mi amigo Creuzer* al simbolismo principal¬ 
mente. Este modo de tratar la mitología es combatido y con¬ 
denado por otros, quienes sostienen que se la debe abordar 
solamente de un modo histórico y que es contrario al criterio 
histórico tratar de deslizar dentro de un mito un filosofema que 
los antiguos no pusieron en él, o derivarlo a la fuerza de tal 
mito. Y no cabe duda de que esto es, por una parte, absoluta¬ 
mente verdadero, y no es otro, por cierto, el punto de vista en 
que se sitúa Creuzer y en que se situaban los alejandrinos que 
se ocupaban de estas cosas. Es verdad, y nadie sostiene otra 
cosa, que los antiguos no tuvieron presentes, de un modo cons¬ 
ciente, tales filosofemas; es absurdo, sin embargo, replicar que 
tampoco de un modo implícito se halle en ellos este contenido. 
Como productos de la razón (aunque no de la razón pensante), 
las religiones de los pueblos, incluyendo las mitologías, por 
simples y hasta pueriles que sean, encierran, evidentemente, 
como auténticas obras de arte, pensamientos, criterios genera¬ 
les, lo verdadero; puesto que descansan sobre el instinto de lo 
racional. 

Con lo anterior se halla relacionado el hecho de que, al 

* Georg Friedrich Creuzer (1771-1858), filólogo y arqueólogo. Es co¬ 
nocido, principalmente, por su obra Symbolik und Mythologie der alten 
Volher, besonders der Griechen, en la que sostiene que la mitología de 
Homero y Hesíodo proviene, a través de los pelasgos, de una fuente orien¬ 
tal y es el resto conocido de una antigua revelación [E.]. 



RELACIÓN ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 81 
trascender lo mitológico al ángulo visual de lo sensible, se mez¬ 
cla con ello, por fuerza, alguna materia casUal y exterior, pues 
la representación del concepto de un modo sensible no es nun¬ 
ca, ni puede ser, totalmente adecuada, ya que la fantasía no 
puede expresar nunca la idea de un modo verdadero. Esta 
forma sensible, nacida de un modo histórico o natural, tiene 
necesariamente que determinarse en muchos aspectos, y esta de- 
terminabilidad exterior no tiene más remedio que diferir, por 
su naturaleza, de la idea en mayor o menor medida. Y puede 
también ocurrir que en aquella explicación se contengan mu¬ 
chos errores, sobre todo si entra en detalles. La multitud de 
usos, de actos, de instrumentos, de ropas rituales, de sacrificios, 
etc., puede, evidentemente, contener algo análogo a la idea; 
sin embargo, esta analogía será siempre muy lejana, y necesa¬ 
riamente tendrán que deslizarse en ello no pocas cosas fortuitas. 
No obstante, hay que reconocer como esencial que exista tam¬ 
bién, en ello, una razón, y es un punto de vista necesario enfocar 
así lo que se refiere a la mitología. 

‘ Sin embargo, lo mitológico debe quedar excluido de nuestra 
historia de la filosofía. La razón de ello está en que la filosofía, 
tal comb nosotros la concebimos, no versa precisamente sobre 
los filosofemas, es decir, sobre pensamientos que sólo de un 
modo implícito se contienen en una exposición, sino sobre 
pensamientos explícitos, expresados, y solamente en la medida 
en que lo son; es decir, solamente en la medida en que el con¬ 
tenido de la religión se revela a la conciencia bajo la forma 
del pensamiento; es, precisamente, la enorme diferencia con 
que nos hemos encontrado más arriba entre la posibilidad, de 
una parte, y de otra la realidad. Por tanto, los filosofemas 
contenidos implícitamente en la religión no nos interesan; sólo 
nos interesan cuando son expresados como pensamientos, pues 
sólo el pensamiento es la forma absoluta de la idea. 

Es cierto que en muchas mitolc^ías se nos ofrecen imáge¬ 
nes y, con ellas, su significado; a veces, las mismas imágenes 
mitológicas se encargan de darnos a entender claramente lo 
que significan. Los antiguos persas adoraban al sol o al fuego 
como al Ser Supremo; el fundamento primigenio de las cosas, 
en la religión de los persas, es la Zervatna Acdrena, el tiempo 
ilimitado, la eternidad. Esta esencia simple e infinita encierra, 
según Diógenes Laercio (I, 8) “los dos principios llamados 
Ormuz (’Qpo|táa5T)g) y Ahrimán (’Apsijtáviog), los señores 
del bien y del mal”. Plutarco, en su ensayo sobre Isis y Osiris 
(t. II, p. 369, ed. Xyl.), dice: “No es una esencia única la que 



82 INTRODUCCIÓN 

mantiene en cohesión el todo y lo gobierna, sino que el bien 
se mezcla con el mal, y la naturaleza no produce nunca nada 
simple y puro; no sé trata, pues, de un escanciador que saque y 
mezcle una bebida de dos barriles, como el tabernero. Son 
dos principios hostiles y contrapuestos, uno de los cuales em¬ 
puja hacia un lado y el otro hacia el lado opuesto, por lo cual, 
si no el universo todo, por lo menos esta tierra se mueve de un 
modo desigual. Zoroastro presenta esto de un modo excelente; 
uno de los principios [Ormuz] es el de la luz, el otro [Ahri- 
mán] el de las tinieblas, y el centro entre ambos (¡téaog 8é 
ápqjotv) lo ocupa Mitra, al que por ello dan los persas el nom¬ 
bre de mediador ((xeaÍTTig)”. 

Según esto. Mitra es la sustancia, la esencia general, el sol 
de la totalidad. No actúa de mediador entre Ormuz y Ahrimán 
a la manera de un pacificador, dejando subsistentes ambas 
fuerzas; no participa del bien y del mal, como un lamentable 
ser híbrido, sino que se coloca resueltamente del lado de Ormuz 
y pelea con él contra el mal. Ahrimán es llamado, a veces, el 
hijo primogénito de la luz, pero sólo Ormuz permaneció en 
ella. Al ser creado el mundo visible, Ormuz se encargó de ten¬ 
der sobre la tierra, en su incomprensible reino luminoso, la 
firme bóveda del cielo, circundada todavía, por la parte de 
arriba, por la primera luz primigenia. En el centro de la tierra 
está la montaña Albordi, taín alta, que alcanza la luz primi¬ 
genia. El reino luminoso de Ormuz campea sin que nada lo 
empañe sobre la firme bóveda celeste y en lo alto de la mon¬ 
taña Albordi; campeó también sobre la tierra hasta llegar a la 
tercera época de ella. Dentro de ella, Ahrimán, cuyo reino de 
la noche se hallaba hasta ahora escondido debajo de la tierra, 
extiende sus dominios al mundo de Ormuz y reina conjunta¬ 
mente con él. El espacio que separa al cielo de la tierra se 
divide por mitades entre la luz y la noche. Como Ormuz, hasta 
ahora, sólo gobernaba sobre un reino de espíritus de la luz, 
Ahrimán gobernaba solamente sobre un reino de espíritus te¬ 
nebrosos; pero ahora, al extender su reino, Ahrimán opone a 
la creación luminosa de la tierra una creación de la rierra tene¬ 
brosa. Se contraponen, así, desde este momento, dos mundos, 
un mundo puro y bueno y otro impuro y malo, y esta contra¬ 
posición se extiende a través de toda la naturaleza. 

En lo alto del Albordi, Ormuz crea a Mitra como mediador 
para la tierra; el fin de la creación del mundo físico no es otro 
que el de volver a su punto de partida, a la esencia, desviada 
de su creador, hacerla de nuevo buena y desterrar así, para 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 83 
siempre, el mal. El mundo físico es el escenario y la palestra 
de la lucha entre el bien y el mal; pero el combate entre la luz 
y las tinieblas no es, en sí, un antagonismo absolutamente irre¬ 
ductible, sino un conflicto transitorio, en el que acabará triun¬ 
fando Ormuz, el principio de la luz. 

Pues bien, si nos detenemos a considerar los momentos de 
estas nociones que guardan, más de cerca, una relación con 
la filosofía, vemos que lo único que, desde este punto de vista, 
puede interesarnos y parecemos digno de ser tenido en cuenta 
es el carácter general de este dualismo que lleva consigo, nece¬ 
sariamente, el concepto, pues éste es, justo en sí, directamente 
lo contrario de sí mismo, y en el otro la unidad de éste consigo 
mismo: una esencia simple cuyo antagonismo absoluto se pre¬ 
senta como el antagonismo de la esencia y de la superación de 
ella. Como de los dos principios solamente el principio de la 
luz es, en rigor, la esencia y el principio de las tinieblas la nada, 
tenemos que el principio de la luz coincide, a su vez, con Mitra, 
llamado anteriormente el Ser Supremo. El antagonismo pierde, 
ásí, su apariencia de algo contingente; pero el principio espi¬ 
ritual no es desglosado del principio físico, determinándose el 
bien y el mal, al mismo tiempo, como la luz y las tinieblas. 
Asistimos, pues, a un desprendimiento del pensamiento del 
tronco de la realidad, que no es, al mismo tiempo, como los que 
se producen en la religión, de tal modo que lo suprasensible 
mismo se representa, a su vez, de un modo sensible, ajeno a 
todo concepto, disperso, sino que toda la dispersión de lo sen¬ 
sible aparece, aquí, condensada en este simple antagonismo y 
el movimiento se representa con la misma sencillez. Estos cri¬ 
terios se hallan mucho más cerca del pensamiento, no son sim¬ 
ples imágenes; sin embargo, tampoco estos mitos tienen nada 
que ver con la filosofía. En ellos, lo primario no es en el pen¬ 
samiento, sino que predomina la forma del mito. En todas las 
religiones nos encontramos con estas vacilaciones entre lo me¬ 
tafórico y el pensamiento; pues bien, esta mezcla es ajena a la 
verdadera filosofía. 

Y lo mismo ocurre, sobre poco más o menos, entre los feni¬ 
cios, con la cosmogonía de Sancuniaton. Estos fragmentos, con 
que nos encontramos en Ensebio (Pnxepar. Evang., I, 10), están 
tomados de una traducción de Sancuniaton hecha del fenicio 
al griego por el gramático Filón de Biblos; este Filón, que vivió 
en tiempo de Vespasiano, atribuye a Sancuniaton una extrema 
ancianidad. Nos dice, entre otras cosas: “Los principios de las 
cosas son [según esta cosmogonía] un caos, en el que los ele- 



84 INTRODUCCION 

mentos aparecían revueltos y sin desarrollar, y un espíritu del 
aire. Este embarazó al caos y engendró de él una materia viscosa 
(’dúv), que llevaba en su seno las fuerzas vivas y las simientes 
de los animales. Mediante la mezcla de esta materia viscosa con 
la materia del caos y en la fermentación provocada por ella, se 
separaron los elementos. Las partes de fuego ascendieron a lo 
alto y formaron las estrellas. La acción de éstas sobre el aire 
hizo nacer las nubes. La tierra se hizo fecunda. La mezcla del 
agua y la tierra y su putrefacción por medio de la materia vis¬ 
cosa dió nacimiento a los animales, todavía imperfectos y sin 
sentidos. Estos animales engendraron, a su vez, otros, ya más 
perfectos y dotados de sentidos. Fué la explosión del trueno 
en la tormenta la que dió vida a los primeros animales, que 
dormían en la envoltura de sus simientes”.® 

Los fragmentos de Beroso, referentes a los caldeos, fueron 
reunidos, a base de las obras de Josefo, Sincelo y Ensebio, por 
Escalígero, bajo el título de Ba-oisí Chaldaica, como apéndice 
a su obra De emendatione temporum, y figuran íntegros en la 
“Biblioteca Griega” de Fabricio (t. XIV, pp. 175-211). Beroso 
vivió en tiempo de Alejandro, fué, al parecer, sacerdote de Bel 
y debió de sacar sus datos de los archivos del templo de Babi¬ 
lonia. Dice lo siguiente: “El dios originario era Bel, la diosa 
Omoroca [el mar]; pero había además otros dioses. Bel cortó 
por el medio a Omoroca paira formar con sus partes el cielo y 
la tierra. Después de ello, se cortó a sí mismo la cabeza, y de las 
gotas de su divina sangre nació el género humano. Después 
de crear al hombre. Bel ahuyentó a las tinieblas, separó el 
cielo de la tierra y dió al mundo su forma natural. Parecién- 
dole que ciertas regiones de la tierra no se hallaban bastante 
pobladas, obligó a otro dios a hacer lo mismo que él, y de la 
sangre de este otro dios nacieron nuevos hombres y otras espe¬ 
cies animales. Los hombres, al principio, vivían como salvajes, 
sin la menor cultura, hasta que vino un monstruo [al que 
Beroso llama Oannes], que los enseñó y los educó en la hu¬ 
manidad. Este monstruo salió, para ello, del mar, con la auro¬ 
ra, y al ponerse el sol volvió a perderse entre las olas”. 

PP) En segMinido lugar, lo mitológico puede presentarse tam¬ 
bién con la pretensión de ser una especie o modalidad de filo¬ 
sofía. Ha habido, desde luego, filósofos que emplearon la forma 
mítica para dar a sus filosofemas mayor relieve imaginativo, 
haciendo de sus pensamientos el contenido del mito. Pero los 

® Sanchuniathonis Fragmenta ed. Rich. Cumberland, Londres, 1720; 
trad. alem. de J. P. Kassel, Magdeburgo, 1755, pp. 1-4. 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 85 
mitos antiguos son algo más que una simple envoltura; no se 
trata de pensamientos nacidos en la mente de un pensador y 
expresados bajo un ropaje mitológico. En nuestra manera re¬ 
flexiva de proceder puede muy bien ocurrir esto, pero la poe¬ 
sía primitiva no surge de la separación de la poesía y la prosa. 
Cuando los filósofos recurren a mitos, se trata, en la mayoría 
de los casos, de pensamientos expresados por ellos por medio de 
imágenes; tal ocurre, por ejemplo, con muchos de los hermosos 
mitos de Platón. Ha habido también otros filósofos que se han 
expresado míticamente; por ejemplo, Jacobi, quien filosofa ate¬ 
niéndose a la forma de la religión cristiana y expresa de este 
modo las cosas más especulativas. 

Pero hay que reconocer que esta forma no es la más ade¬ 
cuada a la filosofía; el pensamiento que hace de sí mismo su 
objeto necesariamente se eleva también a su forma peculiar, a 
la forma propia dei^pensamiento. Es cierto que a Platón se le 
ensalza no pocas vec^s por razón de sus mitos, y se dice que da 
pruebas, con ello, de un genio superior al de la generalidad 
de los filósofos. Se entiende, al decir eso, que los mitos de 
Platón están por encima de la manera abstracta de expresarse; 
y no cabe duda de que este pensador se expresa con gran be¬ 
lleza. Pero, si miramos la cosa de cerca, vemos que ello se 
debe, en parte, a su incapacidad para emplear la forma pura 
de expresión del pensamiento y que, en parte. Platón sólo se 
expresa así en las introducciones a sus diálogos y que, al llegar 
a la parte fundamental de ellos, recurre a otras formas de ex¬ 
presión; así, por ejemplo, en el Parménides expone simples de¬ 
terminaciones conceptuales, sin valerse de recursos metafóricos. 

Exteriormente, no cabe duda de que esos mitos pueden ser 
útiles cuando el filósofo desciende de las alturas especulativas 
para expresar cosas fácilmente representables; pero el valor de 
Platón, como filósofo, no reside evidentemente en los mitos. 
Una vez que el pensamiento es lo suficientemente vigoroso para 
ofrecerse en sus elementos para darse su propia existencia, el 
mito se convierte en un adorno superfino que en nada contri¬ 
buye a impulsar la filosofía. 

Ocurre con harta frecuencia que no se vea otra cosa que 
estos mitos. Así, se han tergiversado a veces los pensamientos 
de Aristóteles por dejarse llevar, exclusivamente, de los símiles 
que emplea aquí y allá, con bastante profusión; y las compara¬ 
ciones, los símiles, no pueden ser nunca completamente ade¬ 
cuados al pensamiento, sino que contienen siempre algo más. 
La torpeza para representarse el pensamiento como tal pensa- 



86 INTRODUCCION 

miento se ve tentada a recurrir a los medios auxiliares para 
expresarse en forma sensible. Tampoco se trata de que el mito 
encubra el pensamiento; lejos de ello, la intención de lo mítico 
es expresar el pensamiento, ponerlo al desnudo. Esta expre- 
sión, el símbolo, es evidentemente defectuosa; quien oculta un 
pensamiento bajo una forma simbólica, es que todavía no lo 
tiene, pues el pensamiento es lo que se revela, por lo cual 
lo mítico no es el medio adecuado de expresión del pensamien¬ 
to. Aristóteles dice, en su Metafkiaa (III, 4): “No merece la 
pena el tratar en serio de aquellos que filosofan de un modo 
mítico.” No es ésta, ciertamente, la forma en que se debe 
exponer el pensamiento, sino solamente una modalidad subal¬ 
terna. 

Una manera semejante a ésta de expresar Un contenido ge¬ 
neral es la que consiste en valerse, para ello, de números, líneas 
y figuras geométricas; es una manera metafórica de expresarse, 
pero no concretamente metafórica, como en los mitos. Así, por 
ejemplo, puede decirse que la eternidad es un círculo, una 
serpiente que se muerde la cola; esto no pasa de ser una ima¬ 
gen, y el espíritu no necesita valerse de semejantes símbolos. 
Hay pueblos que se han atenido a este modo de expresarse, pero 
por el camino de estas formas no se va nunca muy lejos. Es po¬ 
sible que quepa expresar de este modo los criterios más abstrac¬ 
tos, pero si se va más lejos, no se hace otra cosa que sembrar 
la confusión. Del mismo modo que los francmasones manejan 
símbolos considerados como una profunda sabiduría —profun¬ 
da al modo de un pozo al que no se le ve el fondo—, el hombre 
se inclina fácilmente a considerar profundo lo oculto, como si 
por debajo de ello hubiese algo verdaderamente profundo. Pero 
puede también ocurrir que no haya absolutamente nada, como 
ocurre con los símbolos de los francmasones que no encierran 
ningún conocimiento, ninguna ciencia superior y, menos aún, 
una filosofía. 

El pensamiento es, por el contrario, lo que se manifiesta; en 
ello consiste su naturaleza, el pensamiento mismo; en ser claro. 
Y el manifestarse no es, precisamente, un estado que pueda 
existir o no existir, de tal modo que el pensamiento pueda se¬ 
guir siendo pensamiento, aunque no se manifieste, sino que la 
manifestación es su propio ser. 

Los números, al modo cómo los emplean, por ejemplo, los 
pitagóricos, son medios inadecuados para expresar el pensamien¬ 
to: así novág, 6uág, TQidg son, en Pitágoras, la unidad, la dife¬ 
rencia y la unidad de la unidad y la diferencia. Es cierto que 



RELACIÓN ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 87 
en el número tres se dan, por adición, la unidad y la dualidad; 
pero semejante unión o combinación es la peor forma de la 
unidad. En la religión, el número tres se presenta de un modo 
más profundo como Trinidad, y en la filosofía como concepto; 
pero el contar es una mala manera de filosofar. Y el mismo 
prejuicio mueve a quienes creen que las figuras del espacio son 
capaces de expresar lo absoluto. Se habla también de la filo¬ 
sofía de los chinos, del jioi, que consiste en expresar los pen¬ 
samientos por medio de números. Sin embargo, también ellos 
explican sus símbolos, con lo cual ponen de manifiesto la de¬ 
terminación. Las abstracciones simples y generales son propias 
de todos los pueblos que han alcanzado cierto grado de cultura. 

Yy) y aún hay que observar, en tercer lugar, que la religión 
como tal no se expresa solamente a través de la modalidad del 
arte y que también la poesía puede encerrar vei^daderos pensa^ 
mieintos. En poetas cuyo arte se vale del lenguaje como elemen¬ 
to encontramos siempre pensamientos profundos y generales 
sobre lo esencial; en la religión india, sobre todo, estos pensa¬ 
mientos aparecen clara y manifiestamente expresados, pero entre 
los i^ndios todo se presenta mezclado y revuelto. De aquí que 
se diga que estos pueblos han tenido una verdadera filosofía; 
pero, en los libros indios, los pensamientos generales intere¬ 
santes se limitan a lo más abstracto, a la representación del 
nacimiento y la muerte y del ciclo de estos fenómenos. Es bien 
conocida la imagen del fénix, que. ha llegado a nosotros desde 
el Oriente. También en los Antiguos encontramos pensamientos 
acerca de la vida y la muerte, del tránsito del ser al perecer: 
de la vida brota la muerte y de la muerte la vida; en el ser, en 
lo positivo, se contiene ya lo negativo. Lo negativo contiene de 
suyo, en rigor, lo positivo; todo cambio, todo proceso de vida 
consiste en esto. Pero estos pensamientos sólo aparecen de vez 
en cuando y no deben considerarse como verdaderos filosofe- 
mas. La filosofía, en rigor, sólo existe allí donde el pensamien¬ 
to, como tal, se erige en base y raíz absoluta de todo lo demás, 
cosa que no ocurre en esta clase de exposiciones. 

La filosofía no es el pensar acerca de algo, de un objeto 
que ya previamente sirve de base como sustrato; su contenido 
es de suyo pensamiento, el pensamiento general, que debe ser, 
pura y simplemente, lo primero: o bien lo absoluto en la filo- 
.sofía debe necesariamente existir amw pensamiento. En la 
religión griega, nos encontramos con la determinación concep¬ 
tual de la “eterna necesidad”; es ésta una relación absoluta, 
sencillamente general. Pero este pensamiento tiene además, a 



88 INTRODUCCIÓN 

SU lado, sujetos; expresa solamente una relación; la necesidad 
no es aquí el mismo ser verdadero, que todo lo abarca. Por tan¬ 
to, tampoco este modo debe ser tomado en consideración por 
nosotros. Del mismo modo podríamos hablar de una filosofía 
de Eurípides, de Schiller, de Goethe. Todos estos pensamien¬ 
tos o modos generales de representarse lo verdadero, el destino 
del hombre, lo moral, etc., o bien se formulan simplemente de 
pasada, incidentalmente, o bien se presentan sin revestir la for¬ 
ma peculiar del pensamiento, sin que lo que de este modo se 
expresa sea lo último, lo absoluto. 

y) Filosofemas expresos en la religión. Finalmente, tampoco 
nos interesa la filoso/fía con que nos encontramos dentro de una 
religión. También en los Padres de la Iglesia y los escolásticos, 
y no sólo en la religión india, encontramos profundos pensa¬ 
mientos especulativos acerca de la naturaleza de Dios mismo. 
En la historia de la dogmática es de esencial interés conocer 
esta clase de pensamientos, pero en la historia de la filosofía 
no tienen cabida. Sin embargo, los escolásticos deberán ser te¬ 
nidos más en cuenta que la patrística. No cabe duda de que 
los Padres de la Iglesia fueron grandes filósofos, a los que debe 
mucho el desarrollo del cristianismo; pero sus pensamientos 
especulativos proceden, en parte, de otras filosofías que habrán 
de ser estudiadas aparte, por ejemplo de la filosofía platónica; 
otra parte de ellos tiene su fuente en el contenido especulativo 
de la misma religión, que, como doctrina de la Iglesia, es to¬ 
mada como base verdadera y que forma, primordialmente, 
parte de la fe. Por tanto, estos pensamientos descansan sobre 
una premisa y no sobre el pensamiento mismo; no son, en con¬ 
secuencia, verdadera filosofía, es decir, el pensamiento en sí 
mismo, sino que sirven a una representación de la que se 
parte como de algo establecido, ya sea para refutar a otras re¬ 
presentaciones y otros filosofemas, ya sea para defender filo¬ 
sóficamente, en contra de ellos, la propia doctrina religiosa, de 
tal modo que el pensamiento no se reconoce y expresa como 
lo último, como la culminación absoluta del contenido, como el 
pensamiento que interiormente se determina a sí mismo. 

Por consiguiente, aunque los Padres de la Iglesia pensaran 
muy especulativamente dentro de la doctrina de la Iglesia 
misma, ya que el contenido de la religión cristiana sólo puede 
concebirse por la vía especulativa, es evidente que la justifica¬ 
ción final de este contenido no era el pensamiento, como tal, 
sino la doctrina de la Iglesia; la doctrina filosófica aparece aquí 



RELACIÓN ENTRE LA HLOSOFlA Y LOS DEMAS CAMPOS 89 
encuadrada dentro de un concepto doctrinal fijo, y no como un 
pensamiento que parte libremente de sí mismo. Y lo mismo 
ocurre con los escolásticos: tampoco en ellos se construye el 
pensamiento a base del pensamiento mismo, sino con vistas 
a las premisas de que parte, aunque aquí tenga ya más base 
propia que en los Padres de la Iglesia; pero sin llegar a enfren¬ 
tarse nunca con la doctrina de ésta; se trata, por el contrario, 
de que ambas cosas concuerden, como en efecto concordaban, 
asignándose al pensamiento, simplemente, la misión de probar 
lo que ya la Iglesia enseña como verdad, 

c) Deslinde entre la filosofía y la füoso'fía popular. De los dos 
campos afines a la filosofía, veíamos que uno, el de las cien¬ 
cias especiales, adolece, para poder ser considerado como filo¬ 
sofía, del defectcí'de sumirse, como visión propia y pensamiento 
propio, en la materia finita, y de conocer, como actividad, so¬ 
lamente lo finito, no el contenido, sino simplemente lo formal, 
el, momento subjetivo. El segundo de dichos campos, el de la 
religión, por el contrario, sólo tiene de común con la filosofía 
el cbntenido, el momento subjetivo, mientras que el pensar so¬ 
bre sí mismo no es, en ella, momento esencial, sino el objeto 
en forma imaginativa o histórica. 

La filosofía reclama la unidad y el entrelazamiento de estas 
dos partes: en ella se unen el domingo de la vida, en que el 
hombre renuncia humildemente a sí mismo, y el día de labor, 
en que el hombre pisa firmemente, se siente dueño y señor y 
obra con arreglo a sus propios intereses. Un término medio que 
parece enlazar una cosa y otra es la filosofía popular, la cual 
trata de temas generales y filosofa en torno a Dios y al mundo; 
en ella, el pensamiento se pone también en acción para llegar 
a conocer tales objetos. Pero también esta filosofía debe ser 
dejada a un lado por nosotros en la historia que emprendemos. 
Podríamos incluir en ella, por ejemplo, las obras de Cicerón; en 
sus páginas nos encontramos, evidentemente, con una filosofía 
que ocupa el lugar que le corresponde y en la que se dicen cosas 
excelentes. Cicerón vivió múltiples experiencias de la vida y 
del ánimo y sacó de ellas lo que juzgó verdadero, después de ver 
cómo marchaban las cosas en el mundo; habla, con un espíritu 
Cultivado, acerca de los más importantes problemas del hom¬ 
bre y es acreedor, por ello, a nuestra consideración y a nuestro 
amor. También cabe incluir en esta filosofía popular a los mís¬ 
ticos, aunque desde otro punto de vista: éstos expresan su pro¬ 
funda devoción, y sus experiencias se refieren a las regiones 



90 INTRODUCCION 

superiores del espíritu; no cabe duda de que pueden llegar a 
expresar el supremo contenido y de que su exposición puede 
ser atrayente, cautivadora. En las obras de un Pascal, principal¬ 
mente en sus Pernees, descubrimos los más profundos atisbos. 

Pero esta filosofía lleva adherido aún el defecto de que lo- 
último a que apela (como vemos también en estos últimos 
tiempos) es que estos pensamientos han sido inculcados en el 
hombre por la naturaleza; en Cicerón abunda esto. Hoy, se 
habla del instinto moral, y se lo llama sentimiento; también 
a la religión se la hace descansar hoy no sobre algo objetivo, 
sino sobre el sentimiento religioso, entendiendo que su funda¬ 
mento último es la conciencia directa de Dios en el hombre. 
Cicerón habla frecuentemente del cionímsrw gentium; el modo 
moderno prescinde más o menos de esta invocación, ya que se 
trata de que el sujeto descanse sobre sí mismo. Se invoca pri¬ 
meramente la sensación y tras ella viene un razonamiento apo¬ 
yado en fundamentos; pero éstos, a su vez, sólo pueden apelar 
a lo inmediato. Es cierto que se postula, también aquí, el 
pensar por cuenta propia, y también el contenido se deriva del 
yo. Sin embargo, también esta manera de pensar debe ser eli¬ 
minada del campo de la filosofía. En efecto, la fuente de que 
se hace brotar el contenido es análoga a la de aquellos otros 
dos campos a que primeramente nos referíamos. En las ciencias 
finitas la fuente es la naturaleza, en la religión el espíritu; pero 
esta fuente es autoridad, el contenido es algo dado y la devo¬ 
ción sólo momentáneamente supera esta exterioridad. En la 
filosofía popular, la fuente es el corazón, son los impulsos, las 
dotes, es nuestro ser natural, mi sentimiento del derecho, de 
Dios; el contenido se presenta aquí bajo una forma que es sim¬ 
plemente natural. Es cierto que en el sentimiento se condensa 
todo, pero también en la mitología es todo contenido; pero en 
ambos casos lo es sin serlo de un modo verdadero. Las leyes, 
las doctrinas de la religión, sirven de vehículo para que este 
contenido se revele a la conciencia de un determinado modo, 
mientras que en el sentimiento la arbitrariedad de lo subjetivo 
aparece siempre mezclada al contenido. 

3. El comienzo de la filosofía y de su historia 

Después de determinar el concepto de la filosofía en el sen¬ 
tido de ver en ella el pensamiento que es, en cuanto contenido 
general, todo ser, veremos en la historia de la filosofía cómo 
van apareciendo los criterios que contribuyen a determinar 



RELACION ENTRE LA HLOSOFlA Y LOS DEMAS CAMPOS 91 
este contenido. Pero, antes, hay que contestar a esta pregunta: 
¿dónde comienzan la filosofía y su historia? 

a) Lid liberfidd de pensccmiento como condición inicial. La res¬ 
puesta general a esta pregunta es, a tono con lo que queda 
expuesto, la siguiente: la filosofía comienza allí donde lo ge¬ 
neral es concebido como el ser que lo abarca todo o donde el 
ser es concebido de un modo general, donde se manifiesta 
el pensamiento del pensamiento. ¿Dónde ocurre esto? ¿Dónde 
comienza esto? En estas preguntas se contiene lo histórico del 
problema. Es necesario que el pensamiento exista por sí mis¬ 
mo, que cobre existencia en su libertad, que se desprenda de lo 
natural y salga de su ensimismamiento al terreno de la intui¬ 
ción; qué entre libremente dentro de sí y cobre de ese modo 
la conciencia de la libertad. El verdadero punto de arranque 
de la filosofía debe buscarse allí donde lo al^oluto no existe ya 
como representación 4 donde el pensamiento libre no piensa 
^simplemente lo absoluto, sino que capta la idea de ello; es de¬ 
cir, allí donde el pensamiento capta como pensamiento el ser 
(que pubde ser también el pensamiento mismo), conocido por 
él como la esencia de las cosas, como la totalidad absoluta y la 
esencia inmanente de todo, aunque no sea, por lo demás, más 
que un ser exterior. Por eso no puede ser objeto de la filosofía 
aquella esencia simple, no sensible, que los judíos concebían 
como Dios (pues toda religión es pensamiento), pero sí, en 
cambio, tesis como éstas: “la esencia o el principio de las cosas 
es el agua, o el fuego, o el pensamiento”. 

Este criterio general, el del pensamiento que se piensa a sí 
mismo, es una determinabilidad abstracta; es el comienzo de 
la filosofía, el cual es, a su vez, un algo histórico, la forma 
concreta de un pueblo, cuyo principio se cifra en lo que aca¬ 
bamos de decir. Cuando decimos que para que surja la filo¬ 
sofía hace falta que se dé la conciencia de la libertad, queremos 
decir que este principio debe ser básico en el pueblo donde co¬ 
mienza la filosofía; el pueblo que abriga esta conciencia de la 
libertad, basa su existencia en este principio, en el sentido de 
que la legislación y el estado todo del pueblo tiene su funda¬ 
mento, exclusivamente, en el concepto que el espíritu se forma 
de sí mismo en sus categorías. 

Desde el punto de vista práctico, esto exige también que 
en ese pueblo florezca la verdadera libertad, la libertad política; 
ésta sólo comienza allí donde el individuo por sí mismo, como 
tal individuo, se reconoce como general y esencial, donde tiene 



92 INTRODUCCIÓN 

un valor infinito o donde el sujeto ha adquirido la concien¬ 
cia de la personalidad, es decir, donde pretende valer exclusiva¬ 
mente por sí mismo. El pensamiento filosófico libre se halla 
inmediatamente vinculado con la libertad práctica por un nexo 
que consiste en que, así como aquél es el pensamiento del 
objeto absoluto, general y esencial, ésta, al pensarse, se da a sí 
misma la determinación de lo general. El pensar es siempre 
reducir algo a la forma de lo general, de tal modo que el pen¬ 
samiento, en primer lugar, hace de lo general su objeto o 
determina lo objetivo, los detalles de las cosas naturales que 
existen en la conciencia sensible, como lo general, como un 
pensamiento objetivo; y, en segundo lugar, esto lleva también 
consigo el que, al conocer y saber ahora este algo general obje¬ 
tivo e infinito, me mantengo yo mismo, al mismo tiempo, en el 
punto de vista de la objetividad frente a ello. 

Por razón de esta conexión general de la libertad política 
con la libertad de pensamiento, la filosofía sólo aparece en la 
historia allí donde y en la medida en que se crean constitucio¬ 
nes libres. Como el espíritu sólo necesita separárse de su volun¬ 
tad natural y de su hundirse natural en la materia cuando pre¬ 
tende filosofar, no puede hacerlo todavía bajo la forma con que 
comienza el Espíritu del Mundo y que precede a la fase de 
aquella separación. Esta fase de la unidad del espíritu con la 
naturaleza, fase que, como inmediata que es, no es el estado 
verdadero y perfecto, es la esencia oriental en general; por eso 
la filosofía no comienza hasta llegar al mundo griego. 

b) Eliminación del Oriente y de su filosofía. Conviene dar 
algunas explicaciones acerca de la primera forma. En ella, el 
espíritu, como conciencia y voluntad, es tan sólo apetente: 
la conciencia de sí mismo se halla aquí, todavía, en su primera 
fase, en la que el ciclo de sus representaciones y de su voluntad 
es un ciclo finito. Por tanto, como aquí la inteligencia es fi¬ 
nita, sus fines no son todavía un algo general por sí mismos; 
en cambio, cuando un pueblo quiere lo moral, cuando se rige 
por leyes de derecho, su voluntad descansa ya sobre el carácter 
de lo general. Esto presupone un fortalecimiento del espíritu, 
con lo que comienza a ser libre, pues la voluntad general, como 
proyección del pensamiento sobre el pensamiento o sobre lo 
general, encierra un pensamiento atenido a sí mismo. Por con¬ 
siguiente, cuando un pueblo quiere ser libre, lo que hace es 
supeditar suS apetitos a la ley general, mientras que antes lo por 
él querido era solamente algo particular. 



RELACION ENTRE LA HLOSOFIA Y LOS DEMÁS CAMPOS 93 

Ahora bien, la finitud de la voluntad es el carácter propio 
y específico de los orientales, en quienes la voluntad no ha lle¬ 
gado aún a concebirse a sí misma como general, pues el pensa¬ 
miento no es aún libre por sí mismo. Por eso sólo existe, en 
esos pueblos, el estado del señor y el del siervo, y dentro de esta 
órbita del despotismo, es el miedo la categoría gobernante en 
general. En efecto, como aquí la voluntad no se ha liberado 
todavía de lo finito, sólo se la puede concebir negativamente: 
y este sentimiento de la negación, de que algo no podrá hacer 
frente a lo que se le opone, es precisamente el miedo; en cam¬ 
bio, la libertad consiste en no basarse en lo finito, sino en el 
ser para sí, que no puede ser atacado. La religión presenta, 
necesariamente, el mismo carácter, en cuanto que el miedo al 
Señor es el factor fundamental, sobre el que no es posible re¬ 
montarse. “El principio de la sabiduría es el temor al Señor”: 
esta afirmación es, iindudablemente, cierta; no cabe duda de que 
el hombre tiene que empezar por conocer los fines finitos en la 
^ determinación de lo negativo. Pero, además, el hombre necesi¬ 
ta sobreponerse al miedo mediante la superación de esos fines 
finitos;: en cambio la satisfacción que esa religión procura se 
halla, de suyo, circunscrita a lo finito, ya que las modalidades 
fundamentales de la reconciliación son formas naturales perso¬ 
nificadas y adoradas. 

La conciencia oriental se eleva evidentemente a lo infinito 
por encima del contenido natural, pero contra el poder al que 
el individuo teme se considera solamente como algo accidental. 
Esta actitud de dependencia puede revestir dos formas; más 
aún, tiene necesariamente que pasar de un extremo a otro: lo 
finito, tal como existe para la conciencia, puede presentar la for¬ 
ma de lo finito como finito, o llegar a convertirse en algo in¬ 
finito, lo cual, sin embargo, sólo es algo abstracto. El hombre 
que vive bajo el miedo y el que domina por el miedo a otros 
hombres ocupan, ambos, la misma fase; la diferencia no es otra 
que la mayor energía de la voluntad, la cual puede tender a 
sacrificar todo lo finito a un fin especial. El déspota pone por 
obra sus ocurrencias, incluso las buenas, pero no como ley, sino 
como arbitrariedad; de la pasividad de la voluntad, como escla¬ 
vitud, se pasa en la práctica a la energía de la voluntad, pero 
sin que tampoco ésta sea otra cosa que arbitrariedad. También 
en la religión nos encontramos con el imperio absoluto de los 
sentidos en forma de culto religioso y, como reacción contra 
esto, se da asimismo, entre los orientales, la evasión a la más 
vacua de las abstracciones como infinito, la sublimidad de la 



94 INTRODUCCION 

renuncia a todo, principalmente entre los indios, quienes por 
medio del tormento se remontan a la abstracción más íntima; 
hay hindúes que se pasan diez años seguidos mirándose fija¬ 
mente a la punta de la nariz, alimentados por los circunstantes, 
sin ningún otro contenido espiritual que el de la abstracción 
consciente, cuyo contenido es, por tanto, totalmente finito. No 
es éste, por tanto, el terreno en que puede brotar la libertad. 

Es cierto que el espíritu nace en el Oriente, pero de tal 
modo que el sujeto, aquí, no existe todavía como persona, sino 
en lo sustancial objetivo, que en parte se representa de un 
modo suprasensible y en parte también de un modo más bien 
material, como algo negativo y que tiende a desaparecer. El 
estado más alto a que puede llegar la individualidad, la eterna 
bienaventuranza, se representa como un adentramiento en la 
sustancia, como una extinción de la conciencia y, por tanto, 
de la diferencia entre sustancia e individualidad, lo que equi¬ 
vale a destrucción; se produce, por tanto, una relación carente 
de espíritu, en cuanto que la fase más alta de la relación es la 
inconciencia. Pero, en cuanto que el hombre no ha alcanzado 
aquella bienaventuranza, sino que se considera, como individuo 
concreto existente, distinto de la sustancia general, se ve fuera 
de la unidad, no posee valor alguno y es, en cuanto lo acci¬ 
dental y carente de derechos, lo solamente finito; se encuentra, 
así, como lo determinado por la naturaleza, por ejemplo en las 
castas. 

La voluntad, aquí, no es una voluntad sustancial; es la vo¬ 
luntad de la arbitrariedad entregada a las contingencias de 
dentro y de fuera, ya que sólo la sustancia es lo afirmativo. Por 
tanto, aun sin excluir la posibilidad de la nobleza, la grandeza 
y hasta la sublimidad del carácter, éstas sólo se darán, aquí, 
como determinaciones naturales o caprichosas, nunca respon¬ 
diendo a los criterios objetivos de la moralidad de la ley, que 
todos deben respetar, que rigen para todos y en los que, preci¬ 
samente por ello, todos se pueden conocer. El sujeto oriental 
tiene, de este modo, la ventaja de la independencia, ya que 
nada hay fijo; la vaguedad que caracteriza la sustancia de los 
orientales hace que su carácter pueda ser igualmente indeter¬ 
minado, libre e independiente. Lo que es para nosotros el de¬ 
recho y la moralidad lo es también allí, en el estado, pero 
de un modo sustancial, natural, patriarcal, no en forma de 
libertad subjetiva. En este sentido, no existen entre los orien¬ 
tales la conciencia ni la ética; todo es simplemente un orden 
natural en el que coexisten lo más malo y lo más noble. 



RELACION ENTRE LA FILOSOFIA Y LOS DEMAS CAMPOS 95 

Consecuencia de ello es que aquí no pueda abrirse paso 
un verdadero conocimiento filosófico. Para ello, es necesario 
llegar a conocer la sustancia, lo general absoluto, que, aunque 
pensado y desarrollado por nosotros, existe frente a nosotros 
como algo objetivo y que, aun siendo considerado por nos¬ 
otros como lo sustancial, en cuanto que nosotros lo pensamos 
es, al mismo tiempo, lo nuestro, en lo que encontramos nuestra 
determinación, es decir, en lo que nos mantenemos afirmativa¬ 
mente; por donde nuestros pensamientos no son solamente de¬ 
terminaciones subjetivas y, por tanto, opiniones, sino también, 
en cuanto pensamientos nuestros, pensamientos de lo objetivo 
o pensamientos sustanciales. 

Por eso hay que excluir de la historia de la filosofía lo 
oriental; sin embargo, en su conjunto daremos aquí algunos 
datos acerca de ello. En otro lugar,"^ hemos prescindido de esto, 
pues en realidad sólo^'^desde hace algún tiempo estamos en 
condiciones de poder emitir un juicio acerca de ello. Antes, 
^ se exageraba la importancia de la sabiduría india, aunque sin 
saber qué había detrás de eso; ahora sí lo sabemos, y tenemos 
razones para afirmar que no es, si nos atenemos al carácter 
general, una sabiduría filosófica. 

c) La filosofía comienza en Grecia. La verdadera filosofía co¬ 
mienza en Occidente. Es aquí donde aparece por primera vez 
esa libertad de la conciencia de sí mismo que hace pasar a 
segundo plancT la conciencia natural y da vuelo al espíritu. 
Bajo el brillo del Oriente, el individuo desaparece; en el Occi¬ 
dente, la luz se convierte en la chispa del pensamiento que 
brota de sí mismo y se crea desde dentro su mundo. La bien¬ 
aventuranza occidental se halla determinada, por tanto, de tal 
modo que en ella perdure el sujeto como tal y permanezca 
en lo sustancial, pues el espíritu individual concibe su ser como 
lo general, y la generalidad consiste, precisamente, en esta pro¬ 
yección sobre sí mismo. Este ser consigo mismo, esta persona¬ 
lidad e infinitud del yo es la que constituye el ser del espíritu; 
éste es así y no puede ser de otro modo. Cuando un pueblo 
se sabe libre y es solamente como algo general, este saberse 
libre y esta generalidad son el ser de ese pueblo, el principio 
de toda su vida moral y de su vida entera. Sólo sabemos, por 
ejemplo, nuestro ser esencial de tal modo que la libertad perso¬ 
nal es condición fundamental de él, por lo cual no podemos 

^ En mi curso del semestre de invierno de 1825-26. 



96 INTRODUCCIÓN 

vernos reducidos a esclavitud; si no hubiese más ley que el 
capricho del príncipe y éste se obstinara en implantar la escla¬ 
vitud dentro de su estado, tendríamos la conciencia de que no 
sería posible hacerlo. Dormir, vivir, ser funcionarios: no con¬ 
siste en esto nuestro ser esencial, pero sí consiste en no ser es¬ 
clavos; esto ha cobrado la significación de un ser natural. He 
aquí por qué, en Occidente, pisamos el terreno de la verdadera 
filosofía. 

En cuanto que, en mis impulsos, dependo de otro, en cuanto 
que cifro mi ser en algo particular, soy, en cuanto existo, algo 
no igual a mí mismo, pues yo soy yo, lo absolutamente general, 
pero vivo, al mismo tiempo, prisionero de una pasión. Es un 
estado de arbitrariedad o de libertad formal, que tiene por 
contenido los impulsos. El fin de la verdadera voluntad, lo 
bueno, lo justo, donde a la vez que soy libre soy algo general 
y donde los demás son también libres como yo e iguales a mí, 
existiendo, por tanto, una relación entre hombres libres y hom¬ 
bres libres y, en consecuencia, leyes esenciales, determinaciones 
de la voluntad general, una constitución jurídica: esta liber¬ 
tad no la encontramos hasta llegar al pueblo griego. Por eso 
es aquí donde comienza la filosofía. 

En Grecia vemos florecer la libertad real, aunque prisio¬ 
nera todavía, al mismo tiempo, de una determinada forma y 
con una clara limitación, puesto que en Grecia existían aún 
esclavos y los estados griegos se hallaban condicionados por la 
institución de la esclavitud. Podríamos, de un modo superfi¬ 
cial, determinar por medio de las siguientes abstracciones la 
libertad en el Oriente, en Grecia y en el mundo germánico: 
en el Oriente sólo es libre un individuo, el déspota; en Grecia, 
son libres algunos individuos; en el mundo germánico, rige la 
norma de que todos sean libres, es decir, de que el hombre sea 
libre como tal. Pero como el individuo, en Oriente, no puede 
ser libre, ya que para ello sería necesario que también fuesen 
libres, frente a él, los otros, nos encontramos con que, aquí, sólo 
rigen los apetitos, la arbitrariedad, la libertad formal. En Gre¬ 
cia, donde rige una norma particular, son libres los atenienses 
y los espartanos, jíero no lo son, en cambio, los mesenios ni los 
ilotas. Hay que ver dónde reside el fundamento de este “algu¬ 
nos”; en él se encierran ciertas modificaciones particulares de 
la concepción griega que debemos examinar con vistas a la 
historia de la filosofía. Pero el examen de estas diferencias nos 
lleva ya, en realidad, a la división de la historia de la filo¬ 
sofía. 



DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO 


97 


C) DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO DE LA HISTORIA 
DE LA FILOSOFIA 

1. División de la historia de la filosofía 

Si abordamos científicamente el problema, la división de 
la historia de la filosofía se desprenderá por sí misma como 
algo necesario. En general, sólo cabe distinguir, en rigor, dos 
épocas de la historia de la filosofía: la filosofía griega y la 
filosofía germánica, división equivalente a la que se establece 
entre el arte antiguo y el arte moderno. La filosofía germánica 
es la filosofía dentro del cristianismo, en la medida en que 
éste pertenece a las naciones germánicas, es decir, a los pueblos 
cristianos de Europa pertenecientes al mundo de la ciencia y 
que forman, en (su conjunto, la cultura germánica, pues Italia, 
España, Francia, Inglaterra, etc., han recibido a través de las 
naciones germánicas una nueva fisonomía. El helenismo penetra 
^ también en el mundo romano, y así debe enfocarse la filosofía 
dentro del marco de este mundo. Los romanos no produjeron 
una vercíadera filosofía, del mismo modo que no tuvieron nun¬ 
ca verdaderos poetas. No hicieron otra cosa que recibir e imitar, 
aunque, con frecuencia, muy ingeniosamente; su misma religión 
procede de la griega y lo que en ella hay de propio y peculiar 
no la acerca a la filosofía y al arte, sino que es, por el contrario, 
antifilosófico y antiartístico. 

Es necesario indicar, con cierta precisión, las determinacio¬ 
nes de aquellas dos contraposiciones fundamentales. El mundo 
griego desarrolló el pensamiento hasta llegar a la idea; el mun¬ 
do cristiano-germánico, por el contrario, concibe el pensamiento 
como espíritu; idea y espíritu son, por tanto, los criterios dife¬ 
renciales. Más precisamente, esta trayectoria estriba en lo si¬ 
guiente. En tanto que lo general todavía indeterminado e inme¬ 
diato, Dios, el ser, el pensamiento objetivo que, celosamente, no 
deja que nada coexista con él, es la base sustancial de toda 
filosofía, base que no cambia, sino que se adentra más y más 
profundamente en sí misma y se manifiesta y cobra conciencia 
a través de este desarrollo de las determinaciones, podemos 
señalar el carácter especial del desarrollo en el primer período 
de la filosofía diciendo que este desarrollo es una libre mani¬ 
festación de las determinaciones, las figuraciones y las cualida¬ 
des abstractas, por la sencilla razón de que, en sí, lo contiene 
ya todo. 



98 INTRODUCCION 

La s^gimda fase sobre este fundamento general es la síntesis 
de estas determinaciones que así se desprenden en una unidad 
ideal, concreta, al modo de la subjetividad. En efecto, aquellas 
primeras determinaciones eran, como inmediatas, todavía abs¬ 
tracciones; pero, además, lo absoluto debe ser concebido ahora 
como lo general que se determina a sí mismo de un modo 
infinito, como el pensamiento activo, no como lo general en 
esta determinabilidad. Se establece, pues, como la totalidad 
de las determinabilidades, como el detalle concreto; con el 
V 0 Ü 5 de Anaxágoras y, más aún, con Sócrates comienza, de este 
modo, una totalidad subjetiva en que el pensamiento se capta 
a sí mismo y la actividad pensante es el fundamento. 

La tercera fase consiste en que esta totalidad primeramente 
abstracta, al ser realizada mediante el pensamiento activo, de¬ 
terminante, diferencial, se establezca a sí misma en sus criterios 
diferenciados, que forman parte de ella en cuanto determina¬ 
ciones ideales. Y como estas determinaciones se contienen, no 
separadas, en la unidad y, por tanto, cada una de ellas, dentro 
de ésta, es también la otra, tenemos que estos momentos con¬ 
trapuestos se elevan, a su vez, al plano de totalidades. Las 
formas completamente generales de la contraposición son lo 
general y lo particular; o, en otra forma, el pensamiento como 
tal y la realidad exterior, la sensación, la percepción. El con¬ 
cepto es la identidad de lo general y lo particular; en tanto 
estos dos factores se establecen luego, a su vez, como factores 
concretos, resulta que lo general, en él, es, al mismo tiempo, la 
unidad de la generalidad y la particularidad, y lo mismo puede 
decirse de lo particular. La unidad se establece, por tanto, en 
ambas formas, y los momentos abstractos sólo pueden cumplir¬ 
se por medio de esta unidad misma; nos encontramos, pues, 
con que aquí las mismas diferencias se ven elevadas a un sis¬ 
tema de totalidad y se enfrentan como la filosofía estoica y la 
epicúrea. 

Lo general absolutamente concreto es, ahora, el espíritu; 
lo particular absolutamente concreto, la naturaleza: en el es¬ 
toicismo se desarrolla el pensamiento puro hasta llegar a la 
totalidad; cuando el otro aspecto se convierte en espíritu y 
el ser natural, la sensación, en totalidad, tenemos el epicureis¬ 
mo. Toda determinación se desarrolla hasta la totalidad del 
pensamiento; y, según el modo de espontaneidad de estas esfe¬ 
ras, estos principios aparecen como dos sistemas de filosofía 
independientes por sí mismos que pugnan y chocan el uno con 
el otro. En sí son idénticos, pero se consideran como antagó- 



DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO 99 

nicos; y también la idea, tal como tiene conciencia de sí, aparece 
en una determinabilidad unilateral. 

Lo superior es la unión de estas diferencias. Puede ocurrir 
esto bajo la forma de la destrucción, como en el escepticismo; 
pero lo superior es lo afirmativo, la idea puesta en relación 
con el concepto. Así, pues, si el concepto es lo general, que 
además se determina a si mismo, pero sin perder su unidad 
en la idealidad y la transparencia de sus determinaciones 
que no cobran sustantividad, y lo ulterior es, por el contrario, 
la realidad del concepto, en el que las mismas diferencias se 
elevan al plano de totalidades, la cuarta fase consiste en la 
unificación de la idea, en la que todas estas diferencias, en cuan¬ 
to totalidades, se esfuman, al mismo tiempo, en la unidad con¬ 
creta del concepto. Esta síntesis se opera, al principio, de un 
modo espontáneo, en cuanto que el ideal mismo sólo se capta 
en el eleijaento de la generalidad. 

El muñdo griego progresó hasta llegar a esta idea, desarro¬ 
llando para ello un mundo intelectual ideal; fue esto lo que 
hizo la filosofía alejandrina, con la que la filosofía griega llega 
a término y realiza su destino. Si queremos representarnos me¬ 
tafóricamente esta trayectoria, diríamos que A) el pensamiento 
es a) totalmente abstracto, como el espacio general o absoluto, 
por el que se entiende también con frecuencia el espacio va¬ 
cío; p) en seguida, aparecen las determinaciones más simples del 
espacio, comenzando por el punto para pasar luego a la línea 
y al ángulo; y) la tercera fase es la de su unión en el trián¬ 
gulo, figura que es ya, ciertamente, concreta, pero que se man¬ 
tiene todavía en este elemento abstracto de la superficie y que 
es, por tanto, solamente la primera totalidad y limitación todavía 
formales, a las que corresponde el voüg. B) La fase ulterior 
consiste en que, mientras dejamos que se convierta de nuevo en 
superficie cada una de las líneas que cierran el triángulo, cada 
una de ellas se desarrolle para formar la totalidad del triángulo, 
la figura total de que forma parte; tal es la realización del todo 
en los lados, como se nos revela en el escepticismo o en el 
estoicismo. C.1 La fase final consiste en que estas superficies 
o estos triángulos laterales se junten y cierren para formar todos 
ellos un cuerpo, una totalidad: este cuerpo es ya, por vez pri¬ 
mera, la determinación espacial perfecta, que representa una 
duplicación del triángulo; pero este ejemplo ya no sirve, desde 
el momento en que el triángulo que tomamos como base queda 
fuera de la pirámide. 

El remate de la filosofía griega en el neoplatonismo es el 



100 INTRODUCCION 

reino perfecto del pensamiento, de la bienaventuranza, un mun¬ 
do de los ideales con existencia propia, pero irreal, ya que el 
todo sólo se halla, en absoluto, en el elemento de la generali¬ 
dad. A este mundo le falta todavía lo particular, como tal, 
que constituye un momento esencial del concepto; para que 
haya realidad, es necesario que en la identidad de los dos lados 
de la idea se establezca también como negativa la totalidad 
independiente. Sólo a través de esta negación que es para sí, 
la cual es la subjetividad absoluta, se eleva la idea al plano del 
espíritu. El espíritu es la subjetividad de saberse; pero sólo 
es espíritu en cuanto que sabe como totalidad el objeto, que es 
él mismo, y en cuanto que es totalidad por sí mismo. Es decir, 
los dos triángulos que se hallan en la parte de arriba y en la 
parte de abajo del prisma no deben ser dos como duplicados, 
sino que deben formar una unidad entrelazada; o, dicho de 
otro modo, con el cuerpo nace la diferencia entre el centro 
y el resto de. la periferia corporall 

Esta contraposición entre la corporeidad real y el centro, 
como lo simple, se manifiesta ahora; y la totalidad es la unión 
del centro y de la sustancialidad; pero no una unión espontᬠ
nea, sino de tal modo que lo subjetivo tenga en ella la con¬ 
ciencia de ser lo subjetivo frente a lo objetivo y sustancial. La 
idea es, entonces, esta totalidad, y la idea consciente de sí misma 
algo esencialmente distinto de la sustancialidad; aquélla se esta¬ 
blece por sí misma, pero de tal modo que es concebida como 
algo sustancial por sí mismo. La idea subjetiva empieza siendo 
puramente formal; pero es la posibilidad real de lo sustancial, 
de lo general en sí, y tiene por destino el llegar a realizarse 
y establecer su identidad con la sustancia. 

A través de esta subjetividad y de esta unidad negativa, a 
través de esta negatividad absoluta, el ideal, ahora, no es objeto 
solamente para nosotros, sino para sí mismo; este principio se 
inicia con el mundo cristiano. De este modo, en el principio 
moderno el sujeto es libre por si mismo y el hombre conquista 
su libertad como tal hombre; y a ello se refiere la representa¬ 
ción de que, por ser espíritu, tiene por sus dotes el destino 
infinito de llegar af ser sustancial. Dios es conocido como espí¬ 
ritu que se duplica por sí mismo, pero que, al mismo tiempo, 
levanta esta diferencia, para adquirir, en ella, el ser en y para 
sí. La misión del mundo consiste, siempre, en reconciliarse 
con el espíritu, en llegar a conocerse en él, y esta misión es 
conferida al mundo germánico. 

Los primeros comienzos de esta misión se dan en la reli- 



DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO 101 

gión, que es la intuición y la fe de este principio como una exis¬ 
tencia real, antes de llegar a su verdadero conocimiento. En la 
religión cristiana, este principio vive más bien como sentimien¬ 
to y como representación: lleva implícito el destino del hombre 
como llamado a gozar de la eterna bienaventuranza, como ob¬ 
jeto de la gracia y la caridad divinas, del interés divino, es 
decir, como dotado de un valor infinito en cuanto hombre; y 
se precisa, dicho principio, en el dogma de la unidad de la na¬ 
turaleza divina y humana revelado por Cristo a los hombres, 
según el cual la idea subjetiva y objetiva, el hombre y Dios, 
forman una unidad. Bajo otra forma, nos encontramos con 
esto mismo en el viejo relato del pecado original, según el cual 
la serpiente no engañó al hombre, pues EHos dice, en él: “He 
aquí, el hombre es como uño de Nos, sabiendo el bien y el 
mal.” 

^ta unidad del principio subjetivo y de la sustancialidad 
es lo ique interesa; en el proceso del espíritu, esta unidad o ser 
para sí del sujeto se despoja de su modalidad inmediata para 
' manifestarse como algo identificado con lo sustancial. Este fin 
del J;iombre se proclama como la perfección suma. Vemos por 
ello que las representaciones religiosas y la especulación no se 
hallan tan alejadas entre sí como suele pensarse; y hago refe¬ 
rencia a estas nociones para que no nos avergoncemos de seguir 
dándoles, a pesar de todo, oídos, aunque estemos ya muy por 
encima de ellas, para que no nos avergoncemos de nuestros 
antepasados cristianos, que con tanto respeto las escuchaban. 

El fundamento sobre el que descansa la filosofía nacida 
en el seno del cristianismo es, según esto, la existencia de dos 
totalidades: una duplicación de la sustancia, pero caracterizada 
poir el hecho de que las dos totalidades ya no aparecen desdo¬ 
bladas, sino, por el contrario, entrelazadas y postuladas la una 
por la otra. Así como antes el estoicismo y el epicureismo, cuya 
negatividad era el escepticismo, aparecían cada uno por su 
lado y a la postre se abría también camino la generalidad en 
sí de ambos, ahora estos momentos pasan a ser, consciente¬ 
mente, totalidades distintas y, aun en su contraposición, se 
establecen, no obstante, como formando una unidad. Estamos 
ante la idea verdaderamente especulativa, ante el concepto en 
sus determinaciones, cada una de las cuales se realiza como 
totalidad y se refiere, pura y simplemente, a la otra. 

Estamos, pues, en rigor, ante dos ideas, la idea subjetiva 
como saber y la idea concreta sustancial; y la filosofía moderna 
tiene su interés en la evolución y la formación de este principio, 



102 INTRODUCCION 

en que cobre conciencia en el pensamiento. Por eso las deter¬ 
minaciones presentan un carácter más concreto que en la filo¬ 
sofía antigua. Esta contraposición, cuyos extremos aparecen 
agudizados, concebida en su más general significación es la 
contraposición entre el pensar y el ser, entre la individualidad 
y la sustancialidad, de tal modo que, dentro del sujeto mismo, 
su libertad se mueva nuevamente dentro del círculo de la ne¬ 
cesidad; es la contraposición entre sujeto y objeto, entre na¬ 
turaleza y espíritu, en cuanto que éste, como algo finito, se 
contrapone a la naturaleza. 

La filosofía griega es una filosofía candorosa, porque aún 
no tiene en cuenta esta contraposición entre el ser y el pensar, 
sino que parte de la premisa inconsciente de que el pensar es 
también el ser. Es cierto que nos encontramos con ciertas fases 
de la filosofía griega que parecen situarse ya en el mismo 
punto de vista de las filosofías cristianas, como ocurre, por 
ejemplo, con la filosofía sofística, la neoacadémica y la escép¬ 
tica, cuando proclaman la doctrina de que no es posible llegar 
al conocimiento de la verdad: esta doctrina parece, en efecto, 
coincidir con las modernas filosofías de la subjetividad en que 
todas las determinaciones del pensamiento tienen un carácter 
puramente subjetivo, sin que sea posible emitir fallo alguno 
sobre la objetividad. 

Existe, sin embargo, una diferencia esencial. En las antiguas 
filosofías que sostienen que sólo conocemos las apariencias de 
las cosas se contiene ya, con ello, el todo; sólo en cuanto a lo 
práctico concedían la nueva Academia y los escépticos que era 
posible obrar rectamente, moralmente y razonablemente aunque 
sólo se tomara como norma y pauta, en la vida, lo aparente. 
Pero, aunque sólo se tome como base lo aparente, no se pre¬ 
tende, ni mucho menos, que en ello resida el conocimiento 
de la verdad y del ser, como lo sostienen los idealistas pura¬ 
mente subjetivos de los tiempos modernos, los cuales, sin em¬ 
bargo, siguen divisando, allá en el fondo, un ser en sí, un más 
allá, al que no es posible llegar por la vía pensante, cognos¬ 
citiva; es éste un saber inmediato, una fe, una intuición, una 
nostalgia del más' allá, tal como se percibe, por ejemplo, en 
Jacobi. 

Los filósofos antiguos no sentían semejante nostalgia, sino, 
por el contrario, una perfecta satisfacción y quietud dentro de 
aquella certeza que les llevaba a ver un conocimiento en lo que 
no era más que una apariencia. En este punto, es necesario, 
pues, guardar firmemente las posiciones, si no queremos caer. 



DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO 103 

partiendo de la igualdad de los resultados, en el error de ver 
en aquellas filosofías antiguas, en todo y por todo, las determi¬ 
naciones de la moderna subjetividad. El candor de la filosofía 
antigua, que hacía pasar lo aparente por la esfera total, alejaba 
en aquellos pensadores toda duda acerca del pensamiento de lo 
objetivo. 

Esta marcada contraposición cuyos dos términos relaciona, 
esencialmente, la época moderna como totalidades entre sí, 
presenta también la forma de la contraposición entre la razón 
y la fe, entre la concepción propia y la verdad objetiva, la 
cual debe aceptarse sin ninguna razón propia e incluso sacrifi¬ 
cando esta razón y renunciando a ella; es la fe en sentido ecle¬ 
siástico o la fe en el sentido moderno, que consiste en rechazar 
la razón para dar oídas a una revelación interior a que se da el 
nombre de certeza o intuición inmediata, de un sentimiento 
d^cubierto en uno mismo. La contraposición entre este saber 
llamado aún a desarrollarse y el saber ya desarrollado, suscita 
especial interés. Ambos tipos de saber implican la unidad del 
pensamiento o la subjetividad y la verdad o la objetividad; la 
diferencia consiste en que bajo la primera forma se dice que 
el hombre natural conoce la verdad tal como directamente la 
cree, mientras que en la segunda forma, aun estableciéndose 
también en ella la unidad de saber y verdad, se hace de tal 
modo que el sujeto se eleva aquí por encima de la modalidad 
inmediata de la conciencia sensible y sólo llega a la verdad 
a través del pensamiento. 

La meta consiste en pensar lo absoluto como espíritu, como 
general, como algo que, cuando la bondad infinita del concepto 
hace brotar libremente de sí, en su realidad, sus determina¬ 
ciones, se las asimila y comunica totalmente, pudiendo por ello 
ser indiferentes entre sí o pugnar las unas contra las otras, 
pero sin que por ello estas totalidades dejen de formar una 
unidad, siendo idénticas no sólo en sí, como parece reflejarse 
en nosotros, sino también para sí, lo cual quiere decir que los 
criterios determinantes de su diferencia son, por sí mismos, 
puramente ideales. 

Por tanto, si podemos expresar el punto de partida de la 
historia de la filosofía diciendo que Dios es concebido como 
la universalidad inmediata, aún no desarrollada, y que su meta, 
consistente en captar lo absoluto como espíritu a lo largo de la 
trayectoria tres veces y media milenaria del Espíritu del Mundo, 
bastante lenta, como se ve, es la meta de nuestro tiempo, será 
fácil para nosotros pasar de una determinación a otra, después 



104 INTRODUCCIÓN 

de haber señalado los defectos de la que se abandona; pero en 
el transcurso de la historia esto no es tan fácil. 

Tenemos, pues, ante nosotros, en conjunto, dos filosofías: 
la griega y la germánica. En la segunda, debemos distinguir la 
época en que la filosofía se manifiesta formalmente como tal 
y el período que sirve de formación y preparación para la épo¬ 
ca moderna. La filosofía germánica sólo puede arrancar del 
punto en que se manifiesta, bajo su forma peculiar, como tal 
filosofía. Entre el primer período y el período moderno se inter¬ 
pone, como época intermedia, aquella etapa de fermentación 
de la filosofía moderna que, de una parte, se atiene a la esen¬ 
cia sustancial sin cobrar forma alguna, mientras que, de otra 
parte, desarrolla el pensamiento como simple forma de una ver¬ 
dad que se da por supuesta, hasta que se reconoce a sí mismo 
como el fundamento y la fuente libres de la verdad. 

La historia de la filosofía se divide, pues, en tres períodos: 
el de la filosofía griega, el de la filosofía del período interme¬ 
dio y el de la filosofía de la época moderna. El primero se 
halla determinado, en general, por el pensamiento, el segundo 
se divide por la contraposición entre la esencia y la reflexión 
formal y el tercero se basa en el concepto. Pero no debe enten¬ 
derse esto en el sentido de que en el primer período sólo se 
contienen pensamientos; sería falso creerlo así, pues en él se con¬ 
tienen también conceptos e ideas, del mismo modo que el últi¬ 
mo período tiene como punto de partida pensamientos abstrac¬ 
tos, que en el fondo forman un dualismo. 

Primer período. Va desde Tales de Mileto, alrededor del 
año 600 a. c., hasta el florecimiento de la filosofía neo- 
platónica mediante Plotino en el siglo iii d. c., y su des¬ 
arrollo y prosecución por Proclo, en el siglo v, hasta 
la desaparición de toda filosofía. La filosofía neopla- 
tónica pasa luego al cristianismo, y muchas filosofías 
cristianas tienen por única base esta filosofía. Este pe¬ 
ríodo abarca unos mil años, cuyo final coincide con las 
grandes migraciones de los pueblos y con la desaparición 
del Imperio romano. 

Segundo período'. Es el período de la Edad Media. Perte¬ 
necen a él los escolásticos e, históricamente, hay que 
mencionar también dentro de él a los árabes y los judíos, 
si bien esta filosofía se desarrolla, principalmente, den¬ 
tro de la Iglesia; se trata de un período que abarca más 
de mil años. 

Tercer período. La filosofía de los tiempos modernos sólo 



DIVISION, FUENTES Y MÉTODO 105 

se manifiesta por sí misma después de la guerra de los 
Treinta años, con Bacon, Jacob Bóhme y Descartes; 
este último comienza con la distinción del cogito, ergo 
sutn. Trátase de un período de un par de siglos; por 
tanto, esta filosofía es todavía algo nuevo. 

2. Fuentes de la historia de la filosofía 

Las fuentes de la historia de la filosofía tienen un carácter 
distinto al de las de la historia política. Las fuentes de ésta 
son los historiadores, quienes, a su vez, toman como fuente 
para sus historias los hechos y las palabras de los individuos; 
además, los historiadores no originales se documentan, por de¬ 
cirlo así, de segunda mano. Pero, de un modo o de otro, los 
historiadores convierten siempre los hechos en historia, es decir, 
er( este caso, les dan la forma de representaciones. El nom- 
■' bre' de historia tiene, en efecto, un doble sentido: expresa, de 
^ una parte, los hechos y acontecimientos mismos y, de otra par¬ 
te, estos mismos hechos y acontecimientos convertidos ya en 
representaciones y con destino a la representación. 

En cambio, en la historia de la filosofía no sirven de fuente 
los historiadores, sino que tenemos ante nosotros los hechos 
mismos, y son éstos, o sean las obras filosóficas mismas, las 
verdaderas fuentes; quien quiera estudiar seriamente la historia 
de la filosofía no tiene más remedio que ir directamente a es¬ 
tas fuentes. 

Estas obras son, sin embargo, una riqueza demasiado grande 
para que en nuestra historia nos atengamos exclusivamente a 
ellas. 'Con respecto a muchos filósofos es inexcusablemente ne¬ 
cesario, ciertamente, referirse a sus obras mismas; pero hay 
ciertos períodos cuyas fuentes no han llegado a nosotros, como 
ocurre, por ejemplo, con la filosofía griega más antigua, y en los 
que, por consiguiente, no tenemos más remedio que recurrir 
a los historiadores y a otros escritores. Y hay también otros 
períodos en que es de agradecer que otros se hayan preocupado 
de leer las obras de los filósofos correspondientes a esos períodos 
y de extractar para nosotros sus lecturas. La mayor parte de 
los escolásticos dejaron escritas obras en 16, 24 y hasta 26 vo¬ 
lúmenes infolio; para llegar a su conocimiento, no hay más 
• remedio que apoyarse en el trabajo que otros han realizado. 
Hay, además, muchas obras filosóficas rarísimas y muy difíciles 
de conseguir. Algunos filósofos sólo tienen, en gran parte, un 
interés histórico y literario y esto nos autoriza a recurrir, para 



106 INTRODUCCION 

estudiarlos, a las colecciones en. que se han recogido sus doc¬ 
trinas. 

Las obras más notables sobre la historia de la filosofía (re¬ 
mitiéndonos, para más detalles, a la Historia de la filosofía 
de Tennemann, resumida por A. Wendt, ya que no es nuestro 
propósito ofrecer aquí una bibliografía completa), son las si¬ 
guientes: 

1. Una de las primeras historias de la filosofía, interesante 
solamente como ensayo, es la Hiswry of Philosophy by Tho- 
mas Stanley (Londres, 1655, foL, ed. III, 1701, traducida al 
latín por Godofredus Olearius, Leipzig, 1711, 4'). Es una His¬ 
toria que se maneja ya poco y que trata solamente de las escue¬ 
las o sectas filosóficas antiguas, como si no existiesen otras 
nuevas. Esta obra se halla presidida, en efecto, por la noción 
corriente de aquellos tiempos de que sólo hay filosofías antiguas 
y de que los tiempos de la filosofía han terminado al venir el 
cristianismo, como si la filosofía fuese cosa de paganos y la ver¬ 
dad sólo pudiera encontrarse en el cristianismo. Se hace, a este 
propósito, una distinción entre la verdad creada por la razón 
natural en las filosofías antiguas y la verdad revelada en la 
religión cristiana, en la que, por lo tanto, no hay lugar para 
la filosofía. Es cierto que en el período del renacimiento de 
las ciencias no había aún verdaderas filosofías, pero sí, desde 
luego, en tiempo de Stanley; sin embargo, las filosofías propias 
eran todavía demasiado jóvenes para que la vieja generación 
sintiese por ellas el respeto necesario para concederles un valor 
propio y especial. 

2. Johann Jacob Brucker, Historia critica philosophkte, Leip¬ 
zig, 1742-1744, cuatro partes o cinco volúmenes en cuatro tomos, 
ya que la cuarta parte ocupa dos volúmenes; segunda edi¬ 
ción no modificada, pero aumentada con un apéndice, 1766- 
1767, cuatro partes en seis volúmenes en cuarto, el último de 
los cuales contiene el suplemento. Trátase de una prolija 
compilación, no tomada exclusivamente de las fuentes, sino 
mezclada con reflexiones, a la moda de la época; la exposición, 
como ya hemos tenido ocasión de ver a la luz de un ejemplo 
(supra, p. 46) es extraordinariamente incorrecta. El modo de 
proceder de Brucker es absolutamente antihistórico, a pesar 
de que en ninguna otra historia es necesario proceder tan his¬ 
tóricamente como en la historia de la filosofía. Es una obra 
llena de lastre. Existe un resumen de ella con el título de 
Jo. Jac. Bruckeri Institutíones historiae philomphkiae, usui oca- 
demicoe juvontutis adórneme, Leipzig, 1747, S'’; segunda edi- 



DIVISION, FUENTES Y MÉTODO 107 

ción, Leipzig, 1756; tercera edición, cuidada por Born, Leipzig, 
1790, 6’. 

3. Dietrich Tiedemann, Geíst dier speculativien Phüosophie 
[“Espíritu de la filosofía especulativa”], Marburgo, 1791-1797; 
6 vols. 8’. El autor de esta historia trata prolijamente, pero 
sin espíritu alguno, de la historia política en relación con la 
filosófica; el lenguaje empleado es rígido y lleno de fiorituras. 
En su conjunto, la obra es un triste ejemplo de cómo un pro¬ 
fesor lleno de erudición puede dedicar toda su vida al estudio 
de la filosofía especulativa sin tener ni la más leve noción de lo 
que es la especulación. Sus argwmmta a la edición bipontina 
de Platón adolecen del mismo defecto. En su libro hace ex¬ 
tractos de los filósofos cuando éstos se mantienen en un plano 
razonador; pero, en cuanto pasan a lo especulativo, nuestro 
autor se pone, generalmente, de mal humor, lo considera todo 
domo simples sutilezas y pone fin a su comentario con las pa- 
(labras de que nosotros sabemos más de eso. Su mérito consiste 

en haber recogido inapreciables extractos de una serie de libros 
raros de la Edad Media, de las obras cabalísticas y místicas 
de-aquel tiempo. 

4. Johann Gottlieb Buhle, Lehrhuch der Geschichte der 
Philos 0 phie, unid einer kritischen Lieerrttur derselhen [“Tratado 
de historia de la filosofía y de una literatura crítica de la mis¬ 
ma”], Gotinga, 1796 a 1804; 8 partes, 8’. La filosofía antigua 
se trata aquí con desproporcionada brevedad; cuanto más avan¬ 
za en la obra, más extenso se hace el autor. Este libro contiene 
muchos buenos extractos de obras raras, por ejemplo de Gior- 
dano Bruno, que se hallan en las bibliotecas de Gotinga. 

5. Wilhelm Gottlieb Tennemann, Geschichte der Philoso^ 
phie [“Historia de la filosofía”], Leipzig, 1798-1819; 11 partes, 
8’. La parte octava, dedicada a la filosofía escolástica, consta 
de dos volúmenes. Las filosofías aparecen detalladamente ex¬ 
puestas en esta obra, la de la época moderna mejor elaborada 
que las antiguas. Las filosofías de la época moderna son tam¬ 
bién más fáciles de exponer, ya que basta con extractarlas o, 
simplemente, con traducirlas; sus pensamientos se hallan más 
cerca de nosotros. Otra cosa ocurre con los filósofos antiguos, 
que se colocaban en otro punto de vista; por eso son también 
más difíciles de captar. Es fácil, en efecto, invertir lo antiguo 
para convertirlo en algo familiar; cuando Tennemann incurre 
en este defecto, su obra es casi inservible. Su tergiversación 
de Aristóteles, por ejemplo, es tan grande, que Tennemann 
casi le hace decir lo contrario de lo que en realidad pensaba 



108 INTRODUCCIÓN 

este filósofo, de tal modo que si queremos formarnos un con¬ 
cepto más o menos certero de la filosofía aristotélica no tene¬ 
mos más que pensar lo contrario de lo que este autor dice de 
ella; no obstante, Tennemann es tan sincero, tan honrado, que 
coloca los pasajes de Aristóteles al pie de su texto, lo que hace 
que, no pocas veces, se contradigan el original y la traducción. 
Tennemann opina que es esencial que el historiador de la filo¬ 
sofía no tenga una filosofía propia y se jacta, por lo que a él 
se refiere, de ello; pero en el fondo también él tiene su sistema, 
que es el de la filosofía crítica. Este historiador de la filosofía 
alaba a los filósofos, su estudio, su genio, pero termina, en 
realidad, censurando a todos los que incurren en la falta de 
no ser todavía filósofos kantianos, de no haber investigado aún 
la fuente del conocimiento; lo cual da, sobre poco más o me¬ 
nos, el resultado de que la verdad no es cognoscible. 

Por lo que a los compendios se refiere, podemos citar tres: 

1. Friedrich Ast, Gnmdriss einer Geschichte der Fhilosophie 
[“Bosquejo de una historia de la filosofía”], Landshut, 1807, 
8’; segunda edición, 1825. Esta obra se inspira en un espíritu 
mejor, que es casi siempre el de la filosofía de Schelling, sólo 
que algo confusa; su autor distingue, de un modo algo formal, 
entre la filosofía ideal y la filosofía real. 

2. Extracto de la Historia de ¡a filosofía de Tennemann, 
hecho por el profesor Wendt, de Gotinga, quinta edición, 
Leipzig, 1829, 8’. Le sorprende a uno ver cómo en esta obra se 
cita todo como filosofía, sin pararse a distinguir entre lo que 
es importante y lo que no lo es; las llamadas nuevas filosofías 
brotan como los hongos de la tierra. Nada más fácil que echar 
mano de un principio; pero no se debe pensar que por ello se 
aporte siempre algo nuevo y profundo. 

3. Rixner, Handbttch der Geschichte dor Philosophie [“Ma¬ 
nual de historia de la filosofía”], 3 vols., Sulzbach, 1822- 
1823, 8’, segunda edición mejorada, 1829, es el compendio 
más recomendable de todos; pero no queremos afirmar, con 
ello, ni mucho menos, que satisfaga todas las exigencias de 
una historia de la filosofía. Hay, en esta obra, muchas páginas 
que no merecen elogio; los más útiles son los apéndices a 
cada volumen en que se recogen los pasajes originales más 
importantes. 

Las crestomatías, sobre todo en lo que se refiere a las filoso¬ 
fías antiguas, responden a una necesidad; y no necesitan ser 
muy extensas, ya que de los filósofos anteriores a Platón se 
conservan muy pocos pasajes. 



DIVISIÓN, FUENTES Y MÉTODO 


109 


3. Método seguido en esta historia de la filosofía 

Por lo que a la historia externa se refiere, sólo tocaremos, 
en cuanto a la historia general, el espíritu, el principio de los 
tiempos; y lo mismo, en lo tocante a los datos biográficos de 
los filósofos más notables. Y, en lo que atañe a las filosofías, 
mencionaremos solamente aquellas cuyo principio impulsa la 
historia de la filosofía y dilata los horizontes de la ciencia. Este 
criterio hará que dejemos a un lado, aquí, muchos nombres 
que tienen derecho a figurar en la historia de la cultura, 
pero que dan poco rendimiento en lo que a la filosofía se re¬ 
fiere. Pasaremos por alto, asimismo, la historia de la difusión 
de las doctrinas, sus vicisitudes y aquellas figuras que se han 
limitado a enseñar una doctrina, así como el desarrollo de toda 
la concepción del mundo implícita en un determinado prin¬ 
cipió. 

i Parece plausible el postulado de que un historiador de la 
filosofía no debe tener ningún sistema propio, no debe añadir 
«■nada de su parte ni mezclar sus juicios personales. La historia 
de^la filosofía debe, así considerada, caracterizarse por una im¬ 
parcialidad completa, y hasta parece como si debiera estar 
formada exclusivamente por extractos de los filósofos. 

Claro está que quien no sabe ni comprende nada de filoso¬ 
fía, quien no tiene un sistema filosófico, sino solamente conoci¬ 
mientos históricos, podrá adoptar esta actitud de imparcialidad 
que se exige. Pero hay que saber distinguir, evidentemente, 
entre la historia política y la historia de la filosofía. En la pri¬ 
mera, aunque no sea posible limitarse a relatar los aconteci¬ 
mientos al modo de una crónica, sí cabe mantener ante ellos 
una actitud completamente objetiva, como la que mantiene la 
epopeya homérica. Así, Herodoto y Tucídides, como hombres 
libres, dejan que el mundo objetivo marche libremente, sin 
añadir nada de su cosecha ni avocar ante su tribunal, para en¬ 
juiciarlos, los actos de los hombres. Y, sin embargo, también 
en la historia política se desliza muy pronto un fin por parte 
del historiador. Para Tito Livio, lo fundamental es la domi¬ 
nación romana, su expansión, el desarrollo de la constitución, 
etc.; en su Historia, vemos a Roma crecer, defenderse y ejercer 
su imperio. 

Pues bien, en la historia de la filosofía, la razón en proceso 
de desarrollo se convierte de suyo en el fin, fin que no es algo 
extraño a ella ni deslizado desde fuera, sino la cosa misma, 
lo que sirve de base a esta historia como lo general, con lo 



lio INTRODUCCIÓN 

que se miden y comparan, de suyo, las distintas formaciones 
y figuras históricas. Por tanto, aunque también la historia de 
la filosofía tiene por misión narrar hechos históricos, el primer 
problema que nos plantea es el de saber qué sea un hecho de 
la filosofía y si algo es o no filosófico. En la historia externa, 
todo es hecho, aunque también en ella hay, naturalmente, he¬ 
chos importantes y otros que no lo son; sin embargo, aquí los 
hechos se despliegan directamente ante nuestra apreciación. 
No ocurre lo mismo en el campo de la filosofía; por eso la his¬ 
toria de la filosofía no puede ser tratada, en modo alguno, sin 
que en ella se mezcle el juicio del propio historiador. 



LA FILOSOFIA ORIENTAL 


Lo primero es la llamada filosofía oriental, la cual, sin em¬ 
bargo, no forma parte del cuerpo ni cae dentro de los dominios 
de nuestra exposición. Es una etapa previa o provisional, de la 
que hablamos solamente para dar cuenta de por qué no nos 
ocupamos más ampliamente de ella y de cuál es la relación 
que guarda con el pensamiento, con la verdadera filosofía. 

La expresión de “filosofía oriental” se aplica, principalmente, 
al período en que esta gran concepción general del Oriente 
influye sobre los países de Occidente, países de moderación y 
de medida, en los que predomina el espíritu de la subjetividad. 
Sobre todo en los primeros siglos del cristianismo —una época 
importante— penetraron estas grandes concepciones orientales 
en el Occidente y llegaron hasta Italia; y con la filosofía gnósti- 
ca, empezaron a desequilibrar el espíritu occidental, hasta que, 
con la Iglesia, éste recobró la primacía, trazando con toda fir¬ 
meza los rumbos de lo divino. 

Lo que nosotros llamamos filosofía oriental es, sobre todo, 
f el conjunto de representaciones religiosas y la concepción del 

S undo de los orientales, que fácilmente se confunde con la 
osofía. La razón principal de por qué es tan fácil confundir 
con una filosofía religiosa esta concepción religiosa del Orien¬ 
te, es lo que nos proponemos exponer aquí. 

No concedemos, sin más, el carácter de una filosofía a la 
religión romana, a la religión griega ni a la religión cristiana; 
no se prestan, en verdad, para ello, ya que los dioses griegos y 
romanos, lo mismo que Cristo y el Dios de los judíos, gracias 
al principio de libertad de la individualidad, tal como se ma¬ 
nifiesta en el elemento griego y, más aún, en el cristiano, se 
revelan inmediatamente como plasmaciones personales, las cua¬ 
les requieren una interpretación propia como figuras mitológi¬ 
cas o cristianas y deben ser traducidas primero a filosofemas. 
Las religiones orientales, por el contrario, nos recuerdan mucho 
más directamente las representaciones filosóficas; en efecto, 
como en el Oriente no se manifiesta el momento de la subje¬ 
tividad, las nociones religiosas no aparecen individualizadas, 
sino que presentan, preponderantemente, el carácter de nocio¬ 
nes generales, lo que les da, por consiguiente, la apariencia de 
representaciones y pensamientos filosóficos. 

Es cierto que también las religiones orientales tienen figu¬ 
ras de carácter individual, como Brahma, Vishnú y Siva; pero, 
ccmo no existe aquí la libertad, la individualidad carece de 

111 



112 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

firmeza, es puramente superficial: a tal punto, que cuando se 
cree que se tiene delante a figuras humanas, éstas se esfuman 
de nuevo y cobran desmesuradas proporciones. Así como en¬ 
tre los griegos se habla de Urano, de Cronos —es decir, del 
Tiempo, pero ya individualizado—, entre los persas existe una 
deidad llamada Zervana Acarena, pero es el Tiempo ilimitado. 
Y Ormuz y Ahrimán son modalidades y nociones completa¬ 
mente generales; aparecen bajo la forma de principios generales 
que, de este modo, parecen presentar cierta afinidad con la filo¬ 
sofía y revestir incluso la forma de filosofemas. 

El contenido de las religiones orientales. Dios, el Ser en y 
para sí, lo eterno, es concebido más bien con el carácter de lo 
universal; pues bien, lo mismo ocurre con la actitud de los in¬ 
dividuos ante ello. En las religiones orientales, la actitud fun¬ 
damental consiste en que sólo la sustancia una sea, como tal, 
lo verdadero, sin que el individuo tenga ni pueda adquirir de 
suyo ningún valor, en cuanto que se mantiene frente al Ser 
en y para sí; por el contrario, sólo puede adquirir un valor 
verdadero mediante la identificación con esta sustancia, en la 
que deja de existir como sujeto y desaparece en lo inconsciente. 

Es lo contrario de lo que ocurre en la religión griega y en 
la cristiana, donde el sujeto tiene la conciencia de ser libre y 
debe mantenerse así; claro está que, en tanto el individuo se 
establece de este modo para sí, es mucho más difícil que el 
pensamiento se libere de esta individualidad y se constituya 
para sí. El punto de vista, en sí superior, de la libertad griega 
del individuo, esta vida más gozosa y fina, entorpece el tra¬ 
bajo del pensamiento, que consiste en hacer valer la univer¬ 
salidad. 

En el Oriente, por el contrario, lo sustancial es ya por sí 
mismo lo fundamental en la religión, lo esencial (lo que lleva 
directamente aparejada la privación de derechos y la incon¬ 
ciencia de los individuos); y esta sustancia es, evidentemente, 
una idea filosófica. También nos encontramos en la religión 
oriental con la negación de lo finito, pero de tal modo que el 
individuo sólo en esta unidad con lo sustancial cobra concien¬ 
cia de su' libertad. En tanto que, en el espíritu oriental, la 
reflexión, la conciencia, llega a través del pensamiento a la di¬ 
ferenciación y a la determinación de principios, tenemos que 
estas categorías, estas nociones determinadas no aparecen uni¬ 
ficadas con lo sustancial. O bien existe la destrucción de todo 
lo particular, algo desmesurado, la sublimidad oriental, o bien, 
en la medida en que se reconoce también lo establecido como 



LA FILOSOFIA CHINA 113 

determinado para sí, se lo reconoce como algo seco, intelectivo, 
carente de espíritu, como algo que no puede asimilarse el con¬ 
cepto especulativo. Este algo finito sólo puede llegar a ser lo 
verdadero si se sume en la sustancia; separado de ella, sigue 
siendo menesteroso. De aquí que, en los orientales, no encon¬ 
tremos más que un entendimiento seco, una simple enumera¬ 
ción de determinaciones, una lógica al modo de la vieja lógica 
wolffiana. Ocurre como en su culto, que es un sumirse en la 
oración y una cantidad interminable de ceremonias y ritos re¬ 
ligiosos; y, de otra parte, la sublimidad de lo desmesurado, en 
que se hunde y se esfuma todo. 

Aquí, habremos de referirnos, concretamente, a dos pue¬ 
blos orientales: el pueblo chino y el pueblo indio. 

A) LA FILOSOFIA CHINA 

Les ocurre a los chinos lo que a los indios: su cultura dis¬ 
fruta de gran fama, pero ésta, lo mismo que las grandes cifras 
de la historia de la India, etc., ha ido reduciéndose a medida 
que se ha progresado en su conocimiento. La gran cultura de 
estos pueblos se refiere a la religión, a la ciencia, a la admi¬ 
nistración pública, a la constitución del Estado, a la poesía, a 
la técnica de las artes, al comercio, etc. Pero, cuando compa¬ 
ramos las instituciones jurídicas y la organización del Estado 
en China con la de cualquier país europeo, vemos que esta 
comparación sólo puede referirse al aspecto formal, pues el 
contenido es muy dispar. Tiene uno, en seguida, la sensación 
de que, por muy consecuentemente desarrolladas en lo formal 
que se hallen esas instituciones, no podrían regir entre nos¬ 
otros, de que nunca llegaríamos a resignarnos a ellas, de que, 
en nuestros países, tales instituciones, en vez de ser derecho, 
serían, por el contrario, la conculcación de todo derecho. 

Otro tanto acontece cuando se compara la poesía india con 
la europea; no cabe duda de que, considerada como un simple 
juego de la fantasía, la poesía india es extraordinariamente 
brillante, rica y desarrollada, como la que más; pero en la poe¬ 
sía importa también el contenido y es necesario tomarlo en 
serio. Pues bien, ni siquiera tomamos en serio los poemas de 
Homero, por eso no podría surgir en nuestros países una poesía 
de este tipo. No es que falte genio en la poesía oriental, en la 
que brillan genios de gran magnitud, y en la que también la for¬ 
ma llega a adquirir un gran desarrollo; lo que ocurre es que 
el contenido se mantiene, en ella, dentro de ciertos límites y 



114 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

no puede satisfacernos a nosotros, no puede ser nuestro con¬ 
tenido. 

Esto que decimos no es, por el momento, más que una ob¬ 
servación de carácter general con respecto a esta clase de com¬ 
paraciones y paralelismos, en los que la forma puede tentarnos 
a equiparar otras manifestaciones de cultura a las nuestras, e 
incluso a colocarlas por encima de ellas. 

1. Lo primero que hay que registrar, entre los chinos, es 
la doctrina de Con^fut'See [Confucio], que vivió unos 500 
años antes de Cristo, doctrina que causó gran sensación en la 
época de Leibniz y que es, en rigor, una ética. Confucio co¬ 
mentó, además, las antiguas obras maestras tradicionales de 
los chinos, principalmente las de carácter histórico. Fué, sin 
embargo, su desarrollo de la doctrina moral lo que le valió su 
mayor fama, y es la más respetada autoridad de los chinos. 

Su biografía fué traducida de las obras originales chinas por 
los misioneros franceses: según estos datos, Confucio fué casi 
contemporáneo de Tales de Mileto, desempeñó durante algún 
tiempo el cargo de ministro, cayó luego en desgracia, perdió 
su puesto y vivió filosofando entre sus amigos y dando, fre¬ 
cuentemente, consejos a quienes se los pedían. Han llegado 
a nosotros algunos coloquios de Confucio con sus discípulos, 
en los que no descubrimos nada extraordinario, sino solamen¬ 
te una moral popular expuesta en forma de buenas y virtuosas 
doctrinas, como las que se encuentran en todas partes, en todos 
los pueblos, tan buenas y aun mejores; el Ete officiis de Cicerón, 
manual de pláticas morales, contiene más cosas, y mejores, que 
todos los libros de Confucio. Se trata, pues, de un sabio de 
carácter práctico, en el que no encontraremos absolutamente 
nada de filosofía especulativa; de la lectura de sus obras origi¬ 
nales se llega a la conclusión de que habría sido preferible, 
para la fama de este sabio, que no hubiesen sido traducidas. 
La obra editada por los jesuítas^ es, sin embargo, más bien una 
paráfrasis que una traducción. 

2. Una segunda circunstancia que conviene tener presente 
es que los chinos se ocuparon también de pensamientos abs¬ 
tractos, de categorías puras. Servíales de base para ello el anti¬ 
guo libro llamado Yi-king o Libro de los Principios; esta obra 
contiene la sabiduría de los chinos y su origen se atribuye a Fohi. 
El relato que en el citado libro se recoge raya por entero con lo 

1 Confudus, Sinarum philosophus, s. scientia Sinensis, latine expósita 
studio et opera Prosperi Intorcetta, Herdtrich, Rougemont, Couplet, PP. S. 
París, 1687. 



LA HLOSOFIA CHINA 115 

mitológico, con lo fabuloso y hasta con lo absurdo. Lo funda¬ 
mental es que se le atribuye la invención de una tabla con 
ciertos signos o figuras (Ho-tu), que el autor decía haber visto 
sobre el lomo de un dragón, al emerger éste del río.® Las figu¬ 
ras de esta tabla son rayas seguidas o superpuestas, que en¬ 
cierran, al parecer, un gran significado simbólico; según los 
chinos, estas rayas fueron la base de sus letras y de su filosofía. 
Estos significados son categorías totalmertte abstractas y, por 
tanto, las más superficiales determinaciones conceptuales. Hay 
que tener en cuenta, claro está, que por medio de ellos se co¬ 
bra conciencia de los pensamientos puros; pero no se pasa de 
aquí, sino que la cosa termina en ellos. Lo concreto no se con¬ 
cibe de un modo especulativo, sino que se toma de las repre¬ 
sentaciones corrientes, hablando de ellas a base de la intuición 
y la percepción, de tal modo que en esta selección de los prin¬ 
cipios concretos no es posible descubrir ni siquiera una com¬ 
prensión razonable de los poderes generales naturales o espi¬ 
rituales. 

Nos detendremos a explicar un poco en detalle este funda¬ 
mento, aunque sólo sea por motivos de curiosidad. Las dos 
figuras fundamentales están representadas por una raya hori¬ 
zontal (- , yang) y por una línea quebrada en dos, que su¬ 
man la longitud de la primera (- , yin): la primera simbo¬ 

liza lo perfecto, el padre, lo masculino, la unidad, como en 
los pitagóricos, la afirmación; la segunda, lo imperfecto, la ma¬ 
dre, lo femenino, la dualidad, la negación. Estos signos son 
objeto de una gran veneración, como principios de las cosas. 

Primeramente, se agrupan entre sí, de dos en dos, alter¬ 
nándose, y surgen así las siguientes cuatro figuras: -- 

_ZZ, el gran jvüirig, el pequeño yang, el pequeño yin y 

el gran yin. El significado de estos cuatro signos es la mate¬ 
ria, la perfecta y la imperfecta. Los dos yarig simbolizan la 
materia perfecta, el primero de los dos en su juventud y en su 
pleno vigor; el segundo, la misma materia, pero ya en la vejez 
y en la impotencia. El tercero y el cuarto signos, que tienen 
como base el yin, representan la materia imperfecta, con los 
dos mismos significados anteriores, el de lo joven y el de ló 
viejo, el de la fuerza y el de la debilidad. 

En una fase ulterior, se combinan estas rayas en grupos de 
tres, y surge así una serie de ocho figuras, a que se da el nom- 

® Mémoires concernant les Chináis (París, 1776 sqq.), t. II, pp. 1-361; 
AntUjuité des Chináis par le Pére Amiot, pp. 20^ 54, etc. 




116 LA HLOSOFIA ORIENTAL 

Indicaremos el significado simbólico de estos ocho ícufl, para que 
se vea cuán superficial es. El primer signo, que agrupa al gran 
yang y el yang, es el cielo (tien), e\ éter, que penetra y lo en¬ 
vuelve todo. El cielo es, para los chinos, lo máá alto de todo, 
lo supremo; entre los misioneros, se discute interminablemente 
si se debe dar el nombre de tien, o no, al Dios cristiano. El 
segundo signo es el agua pura (tui), el tercero el fuego puro 
(li), el cuarto el trueno (tschin), el quinto el viento (siun), el 
sexto el agua corriente (kan), el séptimo la montaña (ken) y 
el octavo la tierra (kuen). 

A nosotros no se nos ocurriría colocar en el mismo plano 
el cielo, el trueno, el viento y la montaña. Cabe, pues, descu¬ 
brir, aquí el nacimiento filosófico de todas las cosas, partiendo 
de estos pensamientos abstractos de la unidad y la dualidad 
absolutas. No puede negarse que todos los símbolos tienen, 
por lo menos, una ventaja: la de sugerir pensamientos, hacien¬ 
do nacer la impresión de que estos pensamientos existían ya. 
Empiezan, pues, por pensamientos, pero se van después por 
los cerros de Übeda y se acaba el filosofar. Por lo tanto, si 
Windischmann® ensalza esta manera de proceder de Confucio, 
en sus comentarios al YUking, viendo en ella “un entrelaza' 
miento completo de todos los kua en el ciclo total”; hay que 
recordar que no hay en todo esto ni siquiera una chispa de 
concepto. 

Combinados en grupos de cuatro, estos signos hechos con 
rayas dan 64 figuras, que los chinos consideran como el ori¬ 
gen de todos sus caracteres, para lo cual no hay más que añadir 
a las cuatro líneas rectas otras líneas perpendiculares y curvas, 
trazadas en diversas direcciones. 

En el Chu'king nos encontramos también con un capítulo 
sobre la sabiduría china en el que aparecen los cinco elementos 
de los que sale todo: el fuego, el agua, la madera, el metal 
y la tierra, revueltos en abigarrada mescolanza y que, precisa¬ 
mente por ello, no podemos considerar tampoco como verda¬ 
deros principios. La primera regla de la ley, en el Chu'king, 
consiste en mencionar los cinco elementos, la segunda en fijar la 
atención en ellos, etc.^ Como vemos, la abstracción general 
tiende, en los chinos, hacia lo concreto, aunque sólo conforme 
a una ordenación externa y sin encerrar nada razonable. Tal 

3 Die Philosophie im Forcgang der Weltgeschichte [“La filosofía en el 
curso de la historia universal”], t. I, p. 157. 

Cfr. Windischmann, op. cit., p. 125. 



LA HLOSOFIA CHINA 117 

es el fundamento de toda la sabiduría china y de todo el estu¬ 
dio de los chinos. 

3. Existe, además, una secta especial, tMÍsmo, cuyos adep¬ 
tos no son mandarines ni pertenecen a la religión del Estado, ni 
tampoco budistas, según la religión del Lama. El fundador de 
esta filosofía y del sisféma de vida íntimamenté • relacionado 
con ella fué Lao-Tse (que nació a fines del siglo vii a. c.), per¬ 
sonaje anterior a Confucio, pues se sabe que este sabio más 
bien político hizo un viaje para visitar a Lao-Tsé y pedirle 
consejo. El libro de Lao-Tsé, el llamado Tao-king, aunque no 
se le incluye dentro del verdadero King ni goce de la misma 
autoridad que éste, es una obra fundamental para los taoístas, 
es decir, para los adeptos de la razón, que dan a su modo de 
vivir el nombre de Tao-Tao, o sea Camino o Ley de la Razón. 
Los taoístas consagran su vida al estudio de la razón y aseguran 
que quien llegue a conocer la razón en su fundamento mismo 
posee, con ello, la ciencia universal, los remedios para todos 
los males y la virtud, es decir, que adquiere un poder sobre¬ 
natural con el cual puede ascender al cielo y librarse de morir.® 

Del propio Lao-Tsé decían sus adeptos que era Buda en 
persona, es decir, el mismo Dios que seguía viviendo en figura 
de hombre. Todavía poseemos su obra principal, que ha sido 
traducida en Viena, donde yo he tenido ocasión de leerla. He 
aquí uno de sus principales pasajes, citado con frecuencia: “Sin 
nombre, Tao es el principio del cielo y de la tierra; con nombre, 
es la madre del universo. El hombre con pasiones sólo la ve 
en su estado imperfecto; quien quiera conocerla, tiene que 
curarse de todas las pasiones.” 

Abel Rémusat dice que la palabra griega que mejor expre¬ 
saría este principio sería la palabra Xóyog. El famoso pasaje, 
con tanta frecuencia citado por los antiguos reza así: “La ra¬ 
zón ha producido lo uno; lo uno ha producido lo dual; lo dual 
ha producido lo trial; y lo trial ha producido el universo en¬ 
tero.” ® Ha querido verse en ello una alusión a la Trinidad. 
“El universo descansa sobre el principio oscuro, el universo 
abarca el principio luminoso”, o bien: “se halla encuadrado 
por el éter”; así puede invertirse la proposición, puesto que el 
chino no conoce los casos, sino que las palabras aparecen, en 


® Mémoire sur la vie et les opinions de Lao-Tseu par Abel Rémusat 
(París, 1823), pp. 18 ss.; “Extrait d’une lettre de Mr. Amiot”, 16 octubre 
1787, de Pekín (en Mémoires concernant les Chináis, t. XV, pp. 208 ss.). 

® Abel Rémusat, op. cit., pp. 31 ss.; “Lettre sur les caracteres des Chí- 
noís” (en Mémoires concernant les Chináis, t. I, pp. 299 ssj. 



118 LA HLOSOFIA ORIENTAL 

esta lengua, simplemente alineadas unas junto a otras. Otro 
pasaje de la misma obra dice así: “Aquel que lo contempla y 
no lo ve se llama J; si lo oyes y no lo oyes, se llama Hi; si lo 
buscas con la mano y no lo alcanzas, su nombre es Wei. Mar¬ 
chas hacia él, y no ves su cabeza; marchas detrás de él, y no 
ves su espalda,” Estas diferencias son llamadas “el encade¬ 
namiento de la razón”. 

La lectura de este pasaje trae al recuerdo, naturalmente, a 
Jahweh y el nombre real africano Juba, y también el de Jovis. 
Este J'hi-wei o J-H'W significa también, al parecer, algo asi 
como el abismo absoluto o la nada: lo supremo, el origen de 
todas las cosas es, para los chinos, la nada, el vacío, lo total¬ 
mente indeterminado, lo general abstracto, a que se da también 
el nombre de Tito o la razón. 

Cuando los griegos dicen que lo absoluto es la unidad y los 
modernos que es la Esencia suprema, también en este concepto 
se esfuman todas las determinaciones, y la simple esencia abs¬ 
tracta no es otra cosa que Kta misma negación, sólo que enun¬ 
ciada en términos afirmativos. Ahora bien, cuando la filosofía 
no pasa de estas abstracciones y otras semejantes, está, sim¬ 
plemente, en su primera fase. JQué hay, pues, de adoctrinador 
en todo esto? 


B) LA HLOSOFIA INDIA 

Así como antes se sentía cierta complacencia en atribuir 
una gran antigüedad a la sabiduría india y en tributarle una 
gran veneración, el conocimiento de las grandes obras astro¬ 
nómicas de los indios ha revelado ahora cuán poco rigor hay 
en las grandes cifras que en ellas se manejan. No cabe ima¬ 
ginar nada más confuso, nada más imperfecto que la cronolo¬ 
gía de los indios; ningún pueblo cultivado en la astronomía, en 
la matemática, etc., ha dado muestras de tanta incapacidad 
para la historia: los antiguos indios no son capaces de encon¬ 
trar, en ella, el menor punto de apoyo, la menor conexión. 
Creíase haber encontrado este punto de apoyo en la era del 
Vikramaditya, de quien se suponía que había vivido unos cin¬ 
cuenta años antes de Cristo y bajo cuyo reinado se situaba al 
poeta Calidas, el autor del Sacuntala. Pero una investigación 
más a fondo ha revelado la existencia de media docena de 
Vikramadityas, y un minucioso estudio del problema ha hecho 
que esta época se desplazara al siglo xi a. c. Los hindúes mane¬ 
jan, en su cronología, series de reyes y cantidades inmensas de 
nombres; pero todo es muy vago. 



LA FILOSOFIA INDIA 119 

Sabemos que la antiquísima fama de este país había pene¬ 
trado profundamente hasta los griegos; y sabemos también que 
éstos conocían a los gimnosofistas, hombres entregados como 
nadie a la devoción, consagrados a una vida contemplativa, 
abstraídos de la vida exterior y que, viviendo y peregrinando 
en hordas, renunciaban, como los cínicos, a todas las necesi¬ 
dades materiales. Entre los griegos, sobre todo, estos hombres 
tenían fama de filósofos, en la medida en que la filosofía se 
cifra en esta abstracción, vuelta de espaldas a todas las cir¬ 
cunstancias y exigencias de la vida exterior. Esta abstracción 
es, en efecto, uno de los rasgos fundamentales que debemos 
destacar y examinar aquí. 

La cultura hindú se halla muy desarrollada y es grandiosa, 
pero su filosofía es idéntica a su religión, de tal modo que los 
jntereses de la filosofía son los mismos con que nos encontra¬ 
mos en su vida religiosa, del mismo modo que sus libros re¬ 
ligiosos, los Vados, sirven también de fundamento general para 
su filosofía. 

Conocemos bastante bien los Vedas; en ellos se contienen, 
principalmente, oraciones dirigidas a las muchas representacio¬ 
nes de Dios, preceptos sobre las ceremonias, los sacrificios, etc. 
Estos libros sagrados están formados por partes procedentes de 
las más diversas épocas; muchas de ellas datan de tiempos re¬ 
motísimos; otras, en cambio, proceden de una época posterior, 
como ocurre, por ejemplo, con la que se refiere al rito de 
Vishnú. Los Vedas sirven, incluso, de base a la filosofía atea 
de los hindúes; también los ateos tienen sus dioses y toman muy 
en cuenta las doctrinas de los Ve<Jas. 

La filosofía india se mueve, por tanto, dentro de la órbita de 
la religión, como la filosofía escolástica dentro de la órbita de la 
dogmática cristiana, tomando por base y teniendo como premi¬ 
sa la doctrina y la fe de la Iglesia. La mitología presenta el 
aspecto especial de la encarnación, de la individualización, de 
la que podría pensarse que era contraria a lo general y a la 
modalidad de la idea propia de la filosofía; sin embargo, esta 
encarnación no es tomada al pie de la letra, casi todo se con¬ 
sidera como tal y lo que parece determinarse como individua¬ 
lidad desaparece en seguida entre el humo de lo general. La 
concepción india es, vista más de cerca, ésta: existe una sus¬ 
tancia general, que puede concebirse de un modo más abstracto 
o más concreto y de la que nace todo; y la fase suprema con¬ 
siste en que el hombre se identifique conscientemente con ella, 
en la religión por medio de la devoción, los sacrificios y las 



120 LA HLOSOFIA ORIENTAL 

severas penitencias, y en la filosofía entregándose al pensa¬ 
miento puro. 

Hace poco tiempo que hemos llegado a adquirir un cono¬ 
cimiento preciso de la filosofía india; antes, entendíamos por 
tal, en conjunto, las representaciones de carácter religioso, pero 
en estos últimos tiempos se han descubierto obras verdadera¬ 
mente filosóficas. Colebrooke,^ sobre todo, nos ha dado a 
conocer los extractos de dos obras filosóficas hindúes, que es, 
en realidad, lo primero que sabemos acerca de esta filosofía. Lo 
que Friedrich von Schlegel nos dice acerca de la sabiduría de 
los indios se basa, exclusivamente, en sus representaciones reli¬ 
giosas; Schlegel fue uno de los primeros alemanes que se ocu¬ 
paron de la filosofía hindú; sin embargo, sus esfuerzos no fueron 
muy fructíferos, en este «entido, pues sus lecturas sobre la ma¬ 
teria apenas si pasaron del índice del Ramayana. 

Los extractos que Colebrooke nos ha transmitido demues¬ 
tran que los hindúes poseían, en efecto, viejos sistemas filosó¬ 
ficos. Una parte de ellos, la que coincide con los Vedas, es 
considerada como ortodoxa; otros, los que difieren de los libros 
sagrados, pasan por ser heterodoxos. La parte esencialmente 
ortodoxa no tiene otra finalidad que la de facilitar la explica¬ 
ción de los Vedas o deducir del texto de estos libros funda¬ 
mentales una psicología más .sutil. Este sistema recibe el nom¬ 
bre de Mimansa, y se citan dos escuelas adscritas a él. Difieren 
de él otros sistemas, dos de los cuales, los principales, se lla¬ 
man Samk’hya y 'Nyaya: el primero de éstos se divide, a su 
vez, en dos partes, las cuales, sin embargo, sólo difieren entre 
sí en cuanto a la forma; el Nyaya es especialmente compli¬ 
cado, desarrolla principalmente las reglas del razonamiento y 
podría compararse a la Lógica de Aristóteles. Colebrooke nos 
ofrece extractos de estos dos sistemas, y nos dice que existen 
muchas obras antiguas acerca de ellos y que abundan los versus 
memoriales en torno a estos dos sistemas filosóficos. 

1. Como autor del Samk’hya se cita a Kapila, un sabio anti¬ 
guo del que algunos dicen que era hijo de Brahma, uno de los 
siete grandes santos, mientras que otros ven en él a una encar¬ 
nación de'Vishnú, como su discípulo Asuri, e idéntico al fuego. 
Colebrooke no acierta a decirnos nada acerca de la antigüedad 
de los aforismos (sutras) de Kapila; sólo nos indica que apa- 

t Transactions of the Royal Asiatic Society of Great'Britain and Ireland, 
vol. I, parte I, Londres, 1824, pp. 19-43 (t. II On the Philosophy of the 
Hindus, parte I, por Henry Thoraas Colebrooke, leído el 21 de junio de 
1823). 



LA FILOSOFÍA INDIA 121 

recen citados ya en otros libros muy antiguos, pero sin que 
sea posible afirmar con precisión nada acerca de ellos. El 
Samk’hya se divide en varias escuelas, en dos o en tres, las 
cuales, sin embargo, sólo difieren entre sí en detalles poco im¬ 
portantes; se lo considera, en parte, como heterodoxo y, en 
parte, como ortodoxo.'* 

La finalidad esencial de todos los sistemas y escuelas de la 
filosofía hindú, tanto de los ateos como de los teístas, consiste 
en indicar los medios por los cuales se puede alcanzar la eterna 
bienaventuranza, tanto antes de la muerte como después de ella. 
Los Vedas dicen: “Lo que ha de conocerse es el alma, la cual 
debe separarse de la naturaleza, para que no retorne”; es de¬ 
cir, hay que librarla de la metempsicosis y, por tanto, de la 
corporeidad, con lo cual no volverá a albergarse en otro cuer¬ 
po, después de la muerte. Esta bienaventuranza es, pues, según 
el Samk’hya, la liberación completa y eterna de toda clase de 
mál. El Samk’hya dice: “Esta liberación puede lograrse por 
medio del pensamiento, de la verdadera ciencia; los medios 
temporales para procurarse el placer o librarse de los males del 
espíritu o del cuerpo, no bastan; ni siquiera son suficientes para 
ello los medios que los Vedas señalan, a saber: el modo reve¬ 
lado que consiste en la devoción, en el cumplimiento de las 
ceremonias religiosas, tal como los Vedas las prescriben”. Estos 
medios consisten, principalmente, en el sacrificio de animales, 
y en este sentido rechaza el Samk’hya los ritos de los Vedas, 
por entender que estos sacrificios no son puros, puesto que van 
unidos a la muerte de los animales, siendo lo fundamental de 
esta doctrina que a ningún animal se le cause daño. 

Otros procedimientos para librarse del mal consisten en las 
tremendas penitencias de los hindúes, que llevan consigo el 
retraimiento dentro de sí mismos. Al concentrarse en sí por 
medio de b. devoción, al retraerse en sus pensamientos, el hin¬ 
dú se remonta por el camino de esta concentración en Brahma, 
este-Uno sencillamente invisible e imperceptible, esta Esencia 
suprema, según el nombre que le da el entendimiento: así, llega 
a ser Brahma. Este retraimiento al mundo del pensamiento 
se da tanto en la religión como en la filosofía de los hindúes, 
quienes ven en esta bienaventuranza el estado más alto que 
pueda alcanzarse y al cual se hallan sometidos los mismos dio¬ 
ses. Indra, por ejemplo, el dios del cielo visible, se halla, se¬ 
gún ellos, en un plano mucho más bajo que el alma cuando 
ha alcanzado este estado de vida contemplativa; muchos mileü 



122 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

de Indras, se nos dice, han perecido, mientras que el alma se 

halla sustraída a todo cambio. 

El Samk’hjia sólo se distingue de la religión por contener 
una lógica extensa y por no convertir la abstracción en algo 
vacío, puesto que le atribuye el significado de un pensamiento 
determinado; esta ciencia consiste, se nos dice, en el certero 
conocimiento de los principios exteriormente perceptibles o no, 
en el certero conocimiento del mundo material y del inmaterial. 

El sistema Samk’hya se divide en tres partes: el modo del 
conocer, el objeto del conocimiento y la forma determinada 
del conocimiento de los principios. 

aj Por lo que se refiere a los modos de conocimiento, existen, 
según el Samk'hya, tres clases de evidencia: la primera es la 
percepción, la segunda la deducción finference), la tercera 
la afirmación, a la que cabe reducir todas las demás formas, 
tales como la atención, la capacidad de aprender, la tradi¬ 
ción, etc. 

La percepción no requiere explicación alguna. La deduc' 
ción se basa en la relación de causa a efecto, en la que se pasa, 
simplemente, de una determinación a otra; se presenta, según 
se nos dice, bajo tres formas distintas, según que se deduzca el 
efecto de la causa, la causa del efecto o diversas relaciones entre 
las causas y los efectos. Se presume, por ejemplo, que lloverá 
cuando se ve cómo se concentran las nubes; se deduce la exis¬ 
tencia de fuego cuando se ve humear una colina; se infieren 
los movimientos de la luna partiendo de las diversas situacio¬ 
nes que ocupa en las diversas épocas. Son, todas ellas, simples 
y escuetas relaciones intelectivas. Por la afirmación, finalmente, 
se entiende la tradición, la revelación, por ejemplo, la de los 
Vedas ortodoxos; en sentido amplio, se llama también así a la 
certeza inmediata o a la afirmación dentro de mi conciencia y, 
con un criterio más preciso, a una seguridad adquirida por 
la comunicación verbal o por la tradición. 

h) Los objetos del conocimiento o de los principios son, se¬ 
gún el sistema Samk’hya, veinticinco, que mencionaremos para 
que se vea la falta de orden, el embrollo, que aquí se mani¬ 
fiesta: IJ la naturaleza, como el origen de todo, o sea como 
lo general, como la causa material, la materia eterna, indistinta 
e indiferenciable, sin partes, productiva sin producción, como 
la sustancia absoluta. 2J La inteligencia, la primera produc¬ 
ción de la naturaleza, que produce, a su vez, otros principios y 
en la que se distinguen tres dioses por la acción de las tres cua- 



LA FILOSOFIA INDIA 123 

lidades: la bondad, la falsedad (foulness) y las tinieblas, que 
son una sola persona y tres dioses distintos, a saber: Brahma, 
Vishnú y Mahesvara. 3) La conciencia, el yo, la creencia según 
la cual en todas las percepciones y meditaciones está presen¬ 
te el yo, de que los objetos de los sentidos, al igual que los de 
la inteligencia, me afectan a mí, en una palabra, de que yo 
existo; esta conciencia tiene su punto de partida en el poder 
de la inteligencia y produce los siguientes principios. 4-8) Cin¬ 
co de sus comienzos, rudimentos o átomos, perceptibles sola¬ 
mente a un ser de orden superior, no a los sentidos de los 
hombres, partiendo del principio de la conciencia, para produ¬ 
cir, a su vez, los cinco elementos: el espacio y los rudimentos 
de la tierra, del agua, el fuego y el aire. 9-19^ Los once prin¬ 
cipios siguientes son los órganos de la se:nsación producida por 
el yo: diez órganos externos, los cinco sentidos y cinco órganos 
de acción, la voz, las manos, los pies, el trasero y las partes se- 
i^uales; el undécimo órgano es el del sentido interior; 20-24) Los 
cinco principios aquí agrupados son los producidos por los ru¬ 
dimentos mencionados más arriba: el éter que llena el espacio, 
el aire, el fuego, el agua y la tierra. 25) Por último, el alma. 
En esta enumeración, muy desordenada, como se ve, sólo se 
manifiestan los primeros rudimentos de la reflexión, que, agru¬ 
pados, forman lo general; pero esta agrupación dista mucho de 
ser, no digamos sistemática, pero ni siquiera razonable. 

Antes, los principios existían los unos fuera de los otros y 
sucediéndose los unos a los otros; ahora, encuentran su unión 
en el alma. De ella se dice que no es creada; tampoco crea¬ 
dora: es puramente individual, por lo cual existen muchas 
almas; es, además, sensible, eterna, inmaterial, inmutable. 

En este punto, Colebrooke distingue entre el sistema teísta 
y el sistema ateísta del Samk’hya, en el sentido de que el pri¬ 
mero no admite solamente almas individuales, sino que admite 
también un Dios (Iswara) como gobernante del universo. El 
conocimiento del alma es, pues, lo fundamental: la unidad del 
alma con la naturaleza se logra por medio de la contemplación 
de ésta y de la abstracción de la naturaleza, del mismo modo 
que el tullido y el ciego tienen que ser el uno transportado y 
el otro guiado por el otro, una de ellas (¿la naturaleza?) trans¬ 
portando y guiada y la otra (¿el alma?) transportada y guiando. 

Esta unión del alma y la naturaleza produce la creación, 
que consiste en la evolución de la inteligencia y de los demás 
principios. Y esta unidad es, por sí misma, el punto de apoyo 
de todo lo que existe y de su conservación. Y asimismo es un 



124 LA HLOSOFIA ORIENTAL 

gran pensamiento el de que la negación del objeto que va im¬ 
plícita en el pensamiento es necesaria para llegar a compren¬ 
der; hay en esto mucha más profundidad que en la palabrería 
sobre la conciencia inmediata. En cambio, cuando se dice que 
los orientales vivían en unidad con la naturaleza, se dice una 
cosa superficial y errónea, pues la actividad del alma, el espí¬ 
ritu, estriba precisamente en la relación con la naturaleza y en 
la unidad con lo que en ella hay de verdadero. Pero esta uni¬ 
dad verdadera implica, esencialmente, el momento de la nega¬ 
ción de la naturaleza, tal y como es, de un modo inmediato; y 
esta unidad inmediata sólo se halla en la vida de los animales, 
en la vida y la percepción de los sentidos. 

Por tanto, la idea existente entre los hindúes es, indudable¬ 
mente, unidad de la naturaleza y del alma; pero lo espiritual 
sólo forma una unidad con la naturaleza en cuanto que existe 
de suyo y presupone, al mismo tiempo, lo natural como algo 
negativo. Y, acerca de la creación, se nos dice, en otra parte: 
el deseo y la finalidad del alma son el disfrute y la liberación; 
para ello, se halla el alma rodeada de un medio sutil, en el 
que se contienen todos los principios anteriores, pero sólo hasta 
un desarrollo elemental. Hay, en esta idea, algo de nuestro 
ideal, de nuestro ser en sí: del mismo modo que la flor se con¬ 
tiene ya en la simiente de; un modo ideal, pero no de un 
modo activo y real; la expresión empleada para expresar esto 
es la de lingam, la fuerza procreadora, la capacidad de acción 
de lo natural, que los hindúes tienen siempre en alta estima. 
Esta forma sutil, dice el Samk’hya, cobra luego una corporeidad 
más burda y reviste varias formas; y, para evitar que se caiga 
en una corporeidad más grosera, se recomienda como medio 
la contemplación filosófica. 

Hasta aquí, hemos examinado los principios abstractos. Por 
lo que se refiere a la creación de la realidad concreta del uni¬ 
verso, hay que decir lo siguiente. La creación física consiste 
en el alma, revestida del cuerpo grosero, y comprende ocho ór¬ 
denes de seres superiores y cinco órdenes de seres inferiores, los 
cuales, unidos al hombre, que figura en una clase aparte, for¬ 
man en conjunto catorce órdenes y se dividen entre mundos o 
clases. Los primeros ocho órdenes ostentan nombres que apa¬ 
recen en la mitología india: Brahma, Prajapatis, Indra, etc.; son 
tanto dioses como semidioses, y el propio Brahma se representa 
aquí corno una criatura. Los cinco órdenes inferiores son los 
animales: los cuadrúpedos forman dos clases, las aves la ter¬ 
cera, los reptiles, los peces y los insectos la cuarta y la quinta 



LA HLOSOFIA INDIA 125 

las plantas y la naturaleza inorgánica. La morada de las ocho 
clases superiores es el cielo: estos seres tienen por atributos la 
bondad y la virtud y son, por tanto, dichosos, pero sólo de un 
modo imperfecto y transitorio; en cambio, los seres de los ór¬ 
denes inferiores moran en el reino de las tinieblas o del enga¬ 
ño; entre uno y otro se halla el mundo de los hombres, donde 
reinan la falsedad o las pasiones. 

A estos tres mundos pertenecientes a la creación material 
enfrenta el sistema otra creación, la creación intelectual, que 
consiste en la capacidad intelectiva, en sensaciones, divididas, 
a su vez, en cuatro clases: determinaciones que son obstáculos; 
determinaciones que incapacitan; las que satisfacen y las que 
hacen perfecta la inteligencia. IJ Se mencionan 62 determi¬ 
naciones entorpecedoras: ocho clases de error; otras tantas de 
opiniones o engaños; diez clases de pasiones, que representan 
el punto extremo del engaño; dieciocho de odio o tenebrosidad, 
y otras tantas de pena. En este punto, se nos revela un método 
seguido más bien por vías empírico-psicológicas. 2) La inca¬ 
pacidad de la inteligencia consta, a su vez, de veintiocho espe¬ 
cies: lesión de los órganos, ausencia de ellos, etc. 3) La satis¬ 
facción puede ser de dos clases: interior o exterior. La satisfacción 
interior presenta cuatro variantes: la primera afecta a la na¬ 
turaleza, es lo totalmente general, lo sustancial, y reside en el 
criterio de que el conocimiento filosófico es una modificación 
del principio de la naturaleza misma, lo que lleva directamente 
aparejada la esperanza de una liberación por obra de la natu¬ 
raleza; pero la verdadera liberación no debe esperarse por un 
acto de la naturaleza misma, sino que es la propia alma la que 
tiene que producirla por sí misma, por medio de su actividad 
pensante. La segunda satisfacción estriba en la creencia de que 
las prácticas ascéticas, el dolor, la penitencia bastan para ase¬ 
gurar la liberación; la tercera se refiere al tiempo, a la noción 
de que la liberación se realizará en el transcurso del tiempo y 
sin necesidad de estudio; la cuarta satisfacción es la que se 
logra a través de la representación de la dicha, según la cual 
la liberación depende del destino. La modalidad exterior de la 
satisfacción se refiere a la abstinencia de goces, pero también 
de motivos sensibles, por ejemplo a la repugnancia contra la 
inquietud que suponen las riquezas, al miedo a las consecuen¬ 
cias malas del disfrute, etc. 4) Por lo que se refiere al perfec¬ 
cionamiento de la, inteligencia, se señalan también varias clases, 
entre otras la modalidad psicológica directa de perfeccionamien- 



126 LA HLOSOnA ORIENTAL 

to del espíritu, por ejemplo, por medio del razonar, del trato 
amistoso, etc., al njodo de lo que vemos también en nuestras 
lógicas aplicadas. 

Aún hay que observar, antes de seguir adelante, algo más 
preciso acerca del punto central del sistema. El Samk’hya, como 
los demás sistemas indios de filosofía, se ocupa principalmente 
de las tres cualidades (guna) de la idea absoluta, representadas 
como sustancias o como modificaciones de la naturaleza. Es 
curioso que entre dentro de la conciencia observadora de los 
hindúes el que lo verdadero, que es en y para sí, contiene 
tres determinaciones y que el concepto de la idea encierra, para 
ser completo, tres momentos. Esta alta conciencia de la tri¬ 
nidad, con que nos encontratfios también en Platón y en otros 
pensadores, se pierde luego en la región de la contemplación 
pensante y se conserva solamente en la religión, pero como un 
más allá; el entendimiento va a sus alcances y lo considera 
como un absurdo, hasta que viene Kant y allana el camino hacia 
su conocimiento. La esencialidad y la totalidad del concepto 
del todo, considerado en su sustancia, se ve absorbido ahora 
por la trinidad de las determinaciones; y era interés de la época 
cobrar conciencia de esto. 

En los hindúes, esta conciencia brota, pura y simplemente, 
de la observación por medio de los sentidos, y éstos determi¬ 
nan y precisan estas cualidades así: la primera y la más alta 
de todas es la bondad (sattwa), cualidad sublime, luminosa, 
unida al gozo y a la dicha; reina en ella la virtud. Esta cuali¬ 
dad predomina en el fuego: por eso la llama sube al cielo y 
despide chispas; cuando predomina en los hombres, como ocu¬ 
rre en los ocho órdenes superiores, es la causa determinante 
de la virtud. Es, por tanto, lo general afirmativo bajo forma 
abstracta en todos y cada uno de los aspectos. 

La segunda y mediana cualidad es la falsedad o la pasión 
(najas, tejas), que es ciega de por sí, lo impuro, lo dañoso, lo 
feo; esta cualidad es activa, violenta y mudable y lleva apare¬ 
jados el mal y la desdicha; es la que predomina en el aire: por 
eso el viento se mueve entrecruzándose; en los seres vivos, es 
la causa del vicio. La tercera y última cualidad es la tenebrosi¬ 
dad (tamas); esta cualidad es inerte y entorpecedora y lleva 
aparejadas la preocupación, la estupidez y el engaño; es la que 
predomina en la tierra y en el agua: por eso estos elementos 
tienden a caer y propenden hacia abajo; en los seres vivos, esta 
cualidad es la causa de la necedad. 

La primera cualidad es, por tanto, la unidad consigo misma; 



LA HLOSOFIA INDIA 127 

la segunda, la manifestación, el principio de la diferencia, el 
impulso, el desdoblamiento, como lo malo; la tercera, la sim¬ 
ple negación, que en lo concreto de la mitología se representa 
como Siva, Mahadeva o Mahesvara, el dios de la destrucción 
y el cambio. La diferencia más importante con respecto a nos¬ 
otros estriba en que el tercer principio no es el retorno al 
primero, como el espíritu y la idea lo exigen, por medie del le¬ 
vantamiento de la negación, mediando así consigo mismo y 
retornando a sí; en la filosofía hindú, el tercer término es, por 
el contrario, cambio, negación. 

Estas tres cualidades se representan como la esencia de la 
naturaleza; el Samk’hya dice: “Hablamos de ellas como de los 
árboles de un bosque”. Este símil no es, por cierto, muy feliz, 
pues el bosque no es sino un algo general abstracto, en el que 
las unidades no pierden su independencia. En las concepciones 
religiosas de los Vedas, en que estas cualidades reciben tam¬ 
bién el nombre de trimurti, se habla de ellas como de modifi¬ 
caciones sucesivas: “primeramente, todo era tinieblas, hasta que 
recibió la orden de transformarse, revistiendo así la modalidad 
del impulso, de la acción (foulness) —[que es aún peor]—, y 
por último reviste, por orden de Brahma, la forma de la 
bondad”. 

Lo que sigue son determinaciones más precisas de la inteli¬ 
gencia con respecto a estas cualidades. Ocho clases de cualida¬ 
des de éstas se atribuyen a la inteligencia, cuatro de las cuales 
pertenecen a la categoría de la bondad: la primera es la virtud, 
la segunda la ciencia y el conocimiento, la tercera la ausencia 
de pasiones, la cual puede responder a un motivo sensible ex¬ 
terno, a la aversión contra la inquietud, o ser de carácter espi¬ 
ritual y nacer de la convicción de que la naturaleza es un 
sueño, un simple engaño, una fantasmagoría; la cuarta es el 
poder. 

El poder, a su vez, es de ocho clases, lo que determina ocho 
nuevas cualidades especiales, que se señalan: la capacidad de 
concehtrarse en una forma pequeñísima, que pueda penetrar 
I en todo; la capacidad de extenderse hasta cobrar las propor¬ 
ciones de un cuerpo gigantesco; la capacidad, de adoptar una 
ligereza que le permita subir hasta el sol en un rayo de luz; la 
posesión de órganos dotados de una capacidad de acción ilimi¬ 
tada, que permitan tocar la luna con la punta de los dedos; 
una voluntad irresistible, de tal modo que pueda sumergirse en 
la tierra, lo mismo que si fuese en el agua; imperio sobre to¬ 
dos los seres animados e inanimados; fuerza para poder cam- 




128 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

biar el cursó de la naturaleza; capacidad para llevar a cabo 

cuanto se desea. 

“La creencia de que este poder trascendente —prosigue 
Colebrooke— es asequible al homibre en vida no es algo pecu¬ 
liar y exclusivo del Samk’hya, sino común a todos los sistemas 
y creencias religiosas; este poder es representado y tomado como 
artículo de fe por muchos santos y brahmanes en dramas y re¬ 
latos populares.” La evidencia de los sentidos no es un argu¬ 
mento en contra, pues la percepción sensorial no existe para los 
hindúes. Todo se disfraza, para ellos, en imágenes de fantasía; 
para ellos, todo sueño tiene caracteres de verdad y de realidad. 
El Samk’hya atribuye este poder al hombre, siempre y cuando 
que éste se exalte en su interior por medio de la formación de 
su pensamiento. Dice Colebrooke; “La Yogo-sastra cita, en uno 
de sus cuatro capítulos, multitud de prácticas por medio de las 
cuales es posible adquirir tal poder: por ejemplo, profundas 
meditaciones, acompañadas de la retención del aliento y la pa¬ 
ralización de los sentidos, a la par que se conserva inalterable¬ 
mente una postura prescrita. El adepto logra, por medio de 
estas prácticas, el conocimiento de todo lo pasado y de todo lo 
futuro; adquiere el poder de descubrir los pensamientos de los 
otros; se siente dotado de la fuerza del elefante, de la bravura 
del león, de la rapidez del viento; puede volar en el aire, nadar 
en el agua, sumergirse en la tierra; es capaz de abarcar con la 
mirada, en un instante, todos los mundos y de realizar muchas 
otras hazañas portentosas. Pero el modo más rápido de alcan¬ 
zar la beatitud por medio de la profunda contemplación con¬ 
siste en aquella forma de devoción que consiste en musitar 
continuamente el nombre místico de Dios, Om”. Trátase de 
una representación absolutamente general. 

Colebrooke se refiere, más de cerca, a la parte teísta y a 
la parte atea del Samk'hya. Mientras que en el sistema teísta 
se admite la existencia de íswara, el supremo gobernante del 
universo, como un alma o un espíritu distinto de las demás 
almas, en el Samk’hya ateo Kapila niega la existencia de este 
Iswara, creador del mundo, y la niega con voluntad consciente 
(by volition), alegando que no hay ninguna prueba de la exis¬ 
tencia de Dios; que la percepción no la revela, ni es posible 
llegar tampoco a esa conclusión por el razona'mietno. Es cierto 
que se reconoce también, en este sistema, una esencia nacida de 
la naturaleza y considerada como la inteligencia absoluta, fuen¬ 
te de todas las inteligencias individuales y origen de todas las 
demás existencias, que poco a poco se van desarrollando como 



LA FILOSOFIA INDIA 129 

derivación de ella; y Kapila observa expresamente que “la ver¬ 
dad de este Iswara está probada”, es decir, que está compro¬ 
bada la existencia de este creador del universo, en este sentido, 
el de la creación. Pero añade que “la existencia de efectos 
depende del alma, ‘de la conciencia, y no de Iswara; todo de¬ 
pende del gran principio, de la inteligencia”, a la que pertene¬ 
ce el alma individual y por medio de la cual es confirmada ésta. 

cj Haremos aquí algunas indicaciones que pueden ser inte¬ 
resantes, en lo que se refiere a la sección tercera del Samk’hya, 
la que se refiere al modo más concreto del conocimiento del 
principio. De las distintas clases de conocimiento ya señaladas 
la determinación fundamental es, aquí, la del razonamiento, la 
de la deducción por medio de la relación de causa a efecto, y 
diremos cómo conciben los hindúes esta relación. 

El entendimiento y todos los demás principios derivados 
son, según ellos, efectos, de los que inducen sus causas; en cier¬ 
to sentido, esto guarda cierta analogía con nuestro modo de 
razonar, pero en otro sentido difiere de él. Ellos consideran 
que “los efectos existen ya antes de que actúe la causa, ya que 
lo que no existe no puede cobrar existencia por medio de la 
causalidad”. Colebrooke dice: “O, lo que es lo mismo, los efec¬ 
tos son, según ellos, más bien eductos que productos”. Pero el 
problema consiste, precisamente, en saber qué son productos. 
Como ejemplo de cómo el efecto se halla ya contenido en la 
causa, se ponen los siguientes: el aceite está ya dentro de la si¬ 
miente del sésamo antes de que se prense, y el arroz se contiene 
en la espiga antes de ser trillado y la leche en las ubres de la 
vaca antes de ordeñar. La esencia de la causa, se dice, es 
la misma que la del efecto; un trozo de lienzo no se distingue 
esencialmente del hilo de que está tejido, sino que tiene un 
contenido idéntico. Así conciben los hindúes esta relación. 

Una consecuencia obligada de ella es la de la eternidad del 
mundo, pues la tesis de que de la nada no sale nada, recordada 
también, a este propósito, por Colebrooke, contradice a la crea¬ 
ción del mundo partiendo de la nada, según nuestra concepción 
religiosa. En realidad, habría que decir, al mismo tiempo: Dios 
creó al mundo, no de la nada, sino de sí mismo; es su propia 
determinación la que en Dios cobra existencia. La distinción 
de causa y efecto es solamente una distinción formal; estos con¬ 
ceptos son separados por el entendimiento, pero no por la razón. 
La humedad es lo mismo que la lluvia, y en la mecánica ha¬ 
blamos de distintos movimientos, a pesar de que el movimiento 
posee la misma velocidad antes del impulso que después de él. 



130 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

Por eso, la conciencia corriente no puede captar esta relación 

de la indiferencia de causa y efecto. 

Ahora bien, los hindúes llegan a la conclusión de que exis¬ 
te “una causa general indiferenciable, mientras que las cosas 
determinadas son finitas”, razón por la cual tiene que existir, 
necesariamente, una causa que las penetre todas. La misma 
inteligencia es, según ellos, un efecto de esta causa, la cual no 
es otra que el alma en cuanto fuerza creadora, dentro de esta 
identidad con la naturaleza y después de hecha abstracción de 
ella. El efecto arranca de la causa; pero ésta, a su vez, no es 
independiente, sino que se remonta a la causa general. La 
creación manifiesta de los tres mundos implica, al mismo tiem¬ 
po, la destrucción general: así como la tortuga alarga la cabeza 
y las patas, para retraerse en seguida dentro de la concha, así 
en la destrucción y la desintegración general de las cosas pro¬ 
ducida en un determinado momento, los cinco elementos, la 
tierra, etc., que constituyen los tres mundos pasan de nuevo 
a formar parte del orden inverso al que antes existía y en el 
que habían brotado del principio originario, revirtiendo paso a 
paso a su primera causa, la más alta e indiferenciable, que 
es la naturaleza. 

A esta causa suprema se suman las tres cualidades de bon¬ 
dad, pasión y tenebrosidad; la relación precisa de estas deter¬ 
minaciones podria ser muy interesante, sin duda, pero sólo se 
enfoca aquí de un modo muy superficial. Se nos dice, en 
efecto, que la naturaleza obra mediante la mezcla de estas tres 
cualidades y que cada cosa reúne las tres, como si fuesen 
tres ríos que confluyen en ella, y que obra también por medio 
de modificaciones, como el agua, que al ser absorbida por las 
raíces de la planta, pasa de ellas al fruto y da a éste un sabor 
especial y muy agradable. De este modo, se obtienen solamente 
dos categorías: la de mezcla y la de modificación. Los hindúes 
dicen: la naturaleza posee esas tres cualidades por derecho pro¬ 
pio, como formas y propiedades suyUs; en cambio, las otras cosas 
las posee simplemente porque se contienen en aquéllas, como los 
efectos en las causas. 

Aún nos queda por examinar lo que se refiere a la relación 
entre la naturaleza y el espíritu. “La naturaleza, aunque inani¬ 
mada, cumple la misión de preparar al alma para liberarse, del 
mismo modo que la función de la leche —sustancia carente 
de sensaciones— tiene por función alimentar al ternerillo”. El 
Samk’hya establece el siguiente símil: la naturaleza es como una 
bayadera, que se muestra al alma como la bayadera a un pú- 



LA FILOSOFIA INDIA 131 

blico; su descaro la lleva a entregarse repetidas veces a las 
groseras miradas de los espectadores. “Pero se retira después 
de haberse mostrado suficientemente; lo hace, porque ya ha 
sido vista; y los espectadores, a su vez, se retiran después de ha¬ 
berla visto. La naturaleza no tiene ya ningún otro empleo para 
el alma; sin embargo, su unión se mantiene en pie continua¬ 
mente.” 

Con la consecución del conocimiento espiritual mediante 
el estudio de los principios, se aprende la verdad decisiva, irre¬ 
futable y única de que “ni soy, ni puedo llamar a nada mío, ni 
existo”. En efecto, el yo se distingue todavía del alma, hasta 
que, por último, el hindú pierde la noción del yo y la con¬ 
ciencia de sí mismo: “Todo lo que aparecé en la conciencia es 
reflejado por el alma, pero como una imagen que no mancha 
el cristal del alma ni forma tampoco parte de él. El alma, en 
posesión de este conocimiento de sí misma [pero sin la noción 
del yo], contempla cómodamente la naturaleza, sustraída así 
a los espantosos cambios y liberada de toda otra forma y de 
todo otro efecto del entendimiento, si se exceptúa solamente 
este conocimiento espiritual”; es un saber espiritual, mediado, 
que versa sobre un contenido también espiritual, un saber sin 
yo y sin conciencia. “Es cierto que el alma sigue envuelta aún, 
durante algún tiempo, en un cuerpo, pero solamente como la 
rueda del alfarero sigue girando por algún tiempo, después de 
modelada la vasija, simplemente por la fuerza del impulso ad¬ 
quirido.” 

Por tanto, el alma, según la concepción de los hindúes, ya 
no tiene nada que ver con el cuerpo, y su relación con él es, 
por consiguiente, superfina. “Pero cuando, por fin, se produce 
la separación del alma adoctrinada y de su cuerpo y la natu¬ 
raleza deja de existir con respecto al alma, se consuma la libera¬ 
ción absoluta y definitiva.” Con esto, hemos expuesto los mo¬ 
mentos fundamentales de la filosofía del Samk’hya. 

2. La filosofía de Gauticttma y Kanada forman una unidad.® 
La filosofía de Gautama se llama Nyaya (razonante), la de 
Kanada Vaiseshika (particular). La primera es una especie 
de dialéctica, peculiarmente desarrollada; la segunda, en cam¬ 
bio, se ocupa de la física, es decir, de los objetos particulares 
o sensibles. Dice Colebróoke: 

“Ningún campo de la ciencia o la literatura ha atraído tanto 

® Transactions of the Roycil Asiatic Society, vol. I, parte I, pp. 92-118 
(VII, Essay on the Philosophy of the Hindus, parte II, por Henry Thoma» 
Colebrooke). 



132 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

la atención de los hindúes como el Nyaya, y fruto de estos es¬ 
tudios es la innumerable cantidad de obras en torno a estos 
problemas, entre las que figuran trabajos de muy famosos eru¬ 
ditos. El orden seguido por Gautama y Kanada es el indicado 
en un pasaje de los Vedas como la serie de pasos necesarios 
para la enseñanza y el estudio, a saber: enunciación, definición 
e indagación. La enunciación consiste en llamar a una cosa 
por su nombre, es decir, empleando la expresión que la desig¬ 
na, tal como lo enseña la revelación, pues el lenguaje se consi¬ 
dera como algo que le ha sid© revelado al hombre. La defini¬ 
ción es la cualidad especial que constituye el carácter esencial 
de una cosa. La indagación consiste en investigar si la defini¬ 
ción es adecuada y suficiente. En consonancia con esto, los 
maestros de la filosofía echan por delante las expresiones cien¬ 
tíficas, pasan luego a las definiciones y proceden, por último, 
a la indagación de los sujetos así establecidos de antemano.” 

Por el nombre se entiende la representación que se tiene 
de la cosa, con la que en la investigación se compara lo obte¬ 
nido en la definición. Viene luego el objeto que se trata de 
examinar. “Gautama aduce aquí dieciséis puntos, entre los que 
se destacan como los principales la prueba, la evidencia [lo 
formal] y aquello que se trata de demostrar; los demás puntos 
son simplemente subsidiarios y accesorios, como elementos que 
contribuyen al conocimiento y la certeza de la verdad. El Nyaya 
coincide con las demás escuelas psicológicas en que promete 
la dicha, la excelencia final y la liberación de todo mal como 
recompensa por el conocimiento perfecto de los principios pro¬ 
fesados por ella, es decir, como recompensa de la verdad, en¬ 
tendiendo por tal la convicción acerca de la eterna existencia 
del alma, como algo separable del cuerpo”, de tal modo que 
el espíritu sea para sí. El alma es, entonces, de suyo, el objeto 
que se trata de conocer y de probar. En seguida, damos algu¬ 
nos detalles acerca de esto. 

a) El primer punto fundamental, o sea la evidencia de la 
prueba, presenta cuatro modalidades; la primera es la percep¬ 
ción; Ja segunda la deducción (inferencej, la cual puede ser 
de tres modos: del efecto a la causa, de la causa al efecto o 
por analogía; el tercer tipo de evidencia es la comparación; el 
cuarto la seguridad, que abarca tanto la tradición como la re¬ 
velación. Estos diversos tipos de prueba aparecen muy desarro¬ 
llados, tanto en el antiguo tratado que se le atribuye a Gautama 
como por innumerables comentadores. 

bj Lo segundo es el objeto que se trata de probar, que se 



LA HLOSOFIA INDIA 133 

trata de convertir en evidencia, y a este propósito se citan doce 
objetos. El primero y el más importante de todos es el alma, 
como la sede de las sensaciones'y el conocimiento, distinto del 
cuerpo y de los sentidos y cuya existencia puede probarse por 
medio de la inclinación, la aversión, la voluntad, etc.; este ob¬ 
jeto presenta catorce cualidades que son, a saber: el número, la 
magnitud, la particularidad, la combinación, la disociación, 
la inteligencia, el placer, el dolor, la apetencia, la aversión, la 
voluntad, el mérito, la culpa y la imaginación. Tampoco en 
estos primeros rudimentos de la reflexión, completamente caóti¬ 
cos, se advierte ninguna concatenación ni totalidad de deter¬ 
minaciones. 

El segundo objeto de conocimiento es el cuerpo; el tercero, 
los órganos de las sensaciones, entre los cuales se citan los cin¬ 
co sentidos corporales. Estos no son modificaciones de la con¬ 
ciencia (como afirma el Samk’hya), sino material formado por 
los elementos, es decir, respectivamente, por la tierra, el agua, la 
luz, el aire y el éter. La pupila no es, dicen estos pensadores, 
el órgano de la visión, ni el oído el órgano de la audición, sino 
que el órgano de la vista es el rayo luminoso que parte del ojo 
y se proyecta sobre el objeto, y el órgano del oído el éter, que 
en la caja auditiva se comunica con el objeto escuchado por me¬ 
dio del éter intermedio. Aquel rayo luminoso es, por lo general, 
invisible, exactamente lo mismo que una luz es invisible bajo 
el sol de mediodía y, en cambio, se deja ver en otras circuns¬ 
tancias. El órgano del gusto es algo acuoso, como la saliva, y 
así sucesivamente. 

Algo parecido a lo que aquí se dice de la visión es lo que 
dice Platón en el Timeo (pp. 45-46 Steph.; pp. 50-53 Bekk.); 
y en el estudio de Schukz que figura en la Morfología de 
Goethe encontramos interesantes observaciones acerca del fós¬ 
foro en el ojo. Ejemplos de hombres que han podido ver en 
medio de las sombras de la noche, lo que prueba que es su ojo 
el que ilumina el objeto, los tenemos a montones; claro está 
que, para que este fenómeno se dé, tienen que concurrir cir¬ 
cunstancias especiales. 

El cuarto objeto son los objetos de los sentidos. Aquí inter¬ 
pola CesoMt, un comentador, las categorías de Kanada, que 
son seis: la primera de ellas es la sustancia, de la que existen 
nueve clases: la tierra; el agua, la luz, el aire, el éter, el tiem¬ 
po, el espacio, el alma, la inteligencia. Los elementos funda¬ 
mentales de las sustancias materiales son concebidos por Kanada 
como átomos originarios, que se combinan luego para formar 



134 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

cuerpos complejos; este autor afirma la eternidad de los áto 
mos, a propósito de lo cual aduce muchas cosas acerca de la 
combinación de los átomos, entre las cuales aparece también el 
polvillo del sol. 

La segunda categoría es la de la cualidad, mencionándose 
veinticuatro cualidades distintas: 1) el color, 2) el sabor, 3) el 
olor, 4) el sentimiento, 5) el número, 6) la magnitud, 7) la in^ 
dividualidad, 8) la unión, 9) la separación, 10) la prioridad, 
11) la posterioridad, 12) la gravedad, 13) la fluidez, 14) la re' 
sistencia, 15) el sonido, 16) la inteligencia, 17) el placer, 18) el 
dolor, 19) la apetencia, 20) la aversión, 21) la voluntad, 22) 
la virtud, 23) el vicio, y 24) una capacidad que abarca tres 
modalidades distintas: la velocidad, la elasticidad y la ima' 
ginación. 

La tercera categoría es la de la acción; la cuarta, la de la 
comunidad; la quinta, la de la diferencia; la sexta, la de la agre' 
gación (aggr&gation), la última que señala Kanada, pues otros 
autores añaden, además, como séptima cualidad, la de la nega' 
ción. Tal es el modo y manera como se presenta la filosofía 
entre los hindúes. 

c) Los dos puntos principales, el de la evidencia y el de lo 
quejnteresa saber, van seguidos, en la filosofía de Gautama, 
por el tercer punto, que es la duda. Otro punto es el de la 
prueba regular, el del razonamiento formal o el del silogismo 
completo (nyaya), formado por cinco proposiciones: 1) la tesis, 
2) el fundamento, 3) la prueba (the instance), 4) la aplica' 
ción, 5) la conclusión. Por ejemplo, 1) En esta colina hay fue' 
go, 2) pues echa humo; 3) es así que en lo que echa humo hay 
fuego, como en el hogar de la cocina; 4) luego en esta colina 
que echa humo, 5) hay fuego. El desarrollo del razonamiento 
es igual al de nuestros silogismos; pero de tal modo que lo 
que se trata de demostrar figura a la cabeza. Nosotros, en cam' 
bio, solemos comenzar por lo general. Ésta es la forma habi¬ 
tual, y creemos que basta con estos ejemplos. Antes de seguir 
adelante, queremos, sin embargo, resumir todo lo que dejamos 
expuesto. 

Hemos visto que, para los hindúes, lo fundamental es la 
concentración del alma dentro de sí misma, su exaltación al pla¬ 
no de la libertad, el pensamiento que se constituye para sí. Este 
devenir para sí del alma del modo más abstracto podríamos 
llamarlo sustancialidad intelectual; pero no se trata aquí de la 
unidad de espíritu y naturaleza, sino precisamente de lo con¬ 
trarío. Para el espíritu, la contemplación de la naturaleza no 



LA HLOSOFIA INDIA 135 

es más que un medio, la práctica del pensamiento que tiene 
como meta la liberación del espíritu. La sustancialidad inte¬ 
lectual es, en la India, la meta, pero en la filosofía esta sustan¬ 
cialidad es, en general, el punto esencial de partida; el filosofar 
consiste en este idealismo según el cual el pensamiento es, por 
sí mismo, el fundamento de la verdad. La sustancialidad inte¬ 
lectual es lo contrario de la reflexión, del entendimiento, de la 
individualidad subjetiva de los europeos. Para nosotros, es im¬ 
portante el que yo quiera, sepa, crea, opine algo, basándome 
para ello en las ra 2 ones que yo tenga para ello, con arreglo a 
mi propia y personal voluntad; a esto le concedemos nosotros 
un inmenso valor. La sustancialidad intelectual es el extremo 
opuesto a esto, en el que desaparece toda la subjetividad del 
yo: para ésta, todo lo objetivo se ha convertido en algo vanoy 
no existe para ella verdad objetiva, deberes ni derechos objeti¬ 
vos; por donde la vanidad subjetiva es lo único que queda en 
pie. Se impone, así, el interés de llegar a la sustancialidad in¬ 
telectual, para ahogar en ella aquella vanidad subjetiva, con 
toda su inteligencia y su reflexión. En ello reside la ventaja 
de este punto de vista. 

Su defecto consiste, por el contrario, en que, al representarse 
la sustancialidad intelectual como meta y fin para el sujeto, 
como un estado que es necesario empezar por crear en inte¬ 
rés del sujeto mismo, es, aun siendo lo más objetivo de todo, 
algo pura y totalmente abstracto; por eso le falta la forma esen¬ 
cial die la objetividad. Precisamente esa sustancialidad intelec¬ 
tual que permanece, así, en el plano de la abstracción, sólo 
cuenta para su existencia con el alma subjetiva. Así como en 
la vanidad, donde lo permanente sólo es el poder subjetivo 
de la negación, desaparece todo, así este algo abstracto de la 
sustancialidad intelectual sólo contiene la evasión, la huida 
al vacío y a lo indeterminado, donde todo desaparece. 

Se trata, pues, de que de este suelo verdadero brote la ob¬ 
jetividad que se forma en sí misma y se determina a sí misma: 
la forma infinita de suyo, que es lo que se llama el pensamiento. 
Y como este pensamiento es, primeramente, en cuanto subje¬ 
tivo, lo mío, ya que soy yo quien piensa, y, en segundo lugar, 
también lo general, lo que contiene la sustancialidad intelec¬ 
tual, es, asimismo, en tercer lugar, la actividad formadora, el 
principio de la determinación. 

Esta modalidad superior de la objetividad, que se despliega 
a si misma, es la única que puede asignar al contenido especí¬ 
fico el lugar que le corresponde, el único que puede dejarlo 



136 LA FILOSOFIA ORIENTAL 

hacer y conservarlo dentro de sí. Y si, en la concepción de los 
orientales, lo particular vacila y está destinado a pasar, no es 
menos cierto que ocupa también su puesto sobre la base del 
pensar. Puede tener sus raíces en sí mismo, puede afirmarse; 
y en esto consiste el duro y firme entendimiento de los euro¬ 
peos. Desembarazarse de él es la función o la aspiración de 
ciertas concepciones orientales; pero, sobre la base del pensa¬ 
miento, ese contenido particular se mantiene flúido y no de¬ 
viene nunca para sí, sino que existe solamente como un mo¬ 
mento de tocio el sistema. 

En la filosofía oriental hemos descubierto también un con¬ 
tenido determinado que se examina; pero este examen se efec¬ 
túa totalmente al margen del pensamiento, sin la menor siste¬ 
matización, porque se desarrolla por encima y al margen de la 
unidad. Del lado de allá se halla la sustancialidad intelectual, 
del lado de acá todo es seco y pobre; de este modo, lo particu¬ 
lar presenta solamente la forma rígida del razonar y del inferir, 
lo mismo que en los escolásticos. Sobre la base del pensamien¬ 
to, en cambio, puede lo particular afirmar su derecho; puede 
ser enfocado y concebido como un momento de toda la orga¬ 
nización. En la filosofía indía, la idea no se objetiva; lo exter¬ 
no, lo objetivo, no se concibe, por tanto, con arreglo a la idea. 
Y esto es también lo defectuoso del orientalismo. 

La verdadera base objetiva del pensamiento tiene sus raíces 
en la verdadera libertad del sujeto; es necesario que lo gene¬ 
ral, lo sustancial mismo tenga objetividad. En cuanto que el 
pensamiento es este algo general, la base de lo sustancial, y 
al mismo tiempo el yo (puesto que el pensamiento es el ser en 
sí y existe como sujeto libre), tenemos que lo general cobra 
existencia y presente inmediatos; no es ya solamente una meta, 
un estado pasajero, sino que lo absoluto se torna objetivo. 

Esta determinación es precisamente la que encontramos en 
el mundo griego, y su desarrollo será el objeto de nuestro estu¬ 
dio ulterior. Primeramente, aparece lo general como algo com¬ 
pletamente abstracto, enfrentándose con el mundo concreto; 
pero vale como base de lo uno y lo otro, del mundo concreto y 
de lo que es en sí. Y esto no es un más allá, sino que lo pre¬ 
sente rige por hallarse contenido en el ser en sí; o, dicho de 
otro modo, el ser en sí, lo general, es la verdad de los objetos. 



Primera Parte 
LA FILOSOFÍA GRIEGA 




INTRODUCCIÓN A LA-FILOSOFIA GRIEGA 

El nombre de Grecia tiene para el europeo culto, sobre 
todo para el alemán, una resonancia familiar. Los europeos 
han recibido su religión, las concepciones del más allá, de lo 
remoto, no de Grecia, sino de más lejos, del Oriente y, con¬ 
cretamente, de Siria. Pero las concepciones del más acá, de lo 
presente, la ciencia y el arte, lo que satisface, dignifica y ador¬ 
na nuestra vida espiritual, tuvo como punto de partida a Gre¬ 
cia, bien directamente, bien indirectamente, a través de los 
romanos. 

Este último camino, el de Roma, fué la primera forma en 
que esta cultura llegó a nosotros, por parte también de la Igle¬ 
sia, en otro tiempo universal, cuyo origen debe buscarse en la 
misma Roma y que todavía hoy conserva la lengua de los roma¬ 
nos. Las fuentes de la enseñanza eran el Evangelio latino y 
los Padres de la Iglesia. También nuestro Derecho se jacta de 
haber recibido su orientación más perfecta del derecho romano. 
La densidad germánica necesitó pasar, para disciplinarse, por la 
dura escuela de la Iglesia y el derecho romanos; sólo de este 
modo se ablandó el carácter europeo y se capacitó para la 
libertad. 

Por consiguiente, después que la humanidad europea se ins¬ 
taló dentro de sí como en su propia casa, mirando a su presente, 
abandonó lo histórico, lo recibido de fuera. A partir de en¬ 
tonces, el hombre empezó a encontrarse en su propia patria; y, 
para poder disfrutar de ella, volvió los ojos a los griegos. Deje¬ 
mos a la Iglesia y a la jurisprudencia su latín y su romanismo. 
Nuestra ciencia superior, libre y filosófica, como nuestro arte 
libre y bello, y el gusto y el amor por una y por otro, sabemos 
que tienen sus raíces en la vida griega y que derivan de ella 
su espíritu. Y si nos fuese lícito sentir alguna nostalgia, sería la 
de haber vivido en aquella tierra y en aquel tiempo. 

Pero lo que nos familiariza con los griegos es la conciencia 
de que supieron hacer de su mundo una verdadera patria; el 
espíritu común hacia la patria en que se vive es lo que nos 
hace sentirnos unidos a ellos. Así como en la vida corriente 
ocurre que nos sintamos a gusto entre las gentes y las familias 
que viven contentas y satisfechas en su casa, sin querer salir 
de ella y buscar nuevos horizontes, así nos sentimos a gusto 
con los griegos. Es cierto que tomaron los rudimentos sustan¬ 
ciales de su religión, de su cultura, de su convivencia social, 
en mayor o menor medida, del Asia, de Siria y de Egipto; pero 

139 



140 LA FILOSOFIA GRIEGA 

supieron anular de tal modo lo que había de extraño en estos 
orígenes, lo transformaron, elaboraron e invirtieron, haciendo 
de ello algo distinto a lo que era, de tal modo, que lo que nos¬ 
otros, al igual que ellos mismos, apreciamos, reconocemos y 
amamos en eso es, esencialmente, lo suyo propio. 

Por eso, en la historia de la vida griega, por mucho que en 
ella nos remontemos y debamos remontarnos, podríamos per¬ 
fectamente prescindir de esta marcha hacia atrás para descubrir 
dentro de su propio mundo y modo de ser y de vivir los co¬ 
mienzos, los gérmenes y la trayectoria de la ciencia y el arte 
hasta llegar a su florecimiento, lo mismo que las fuentes de su 
decadencia, sin salir para nada de su órbita propia. En efecto, 
su desarrollo espiritual sólo utiliza lo recibido, lo extraño, a ma¬ 
nera de materia y de impulso; los griegos jamás pierden la con¬ 
ciencia de actuar, en ello, como hombres libres. La forma que 
saben imprimir al fundamento ajeno es ese peculiar aliento es¬ 
piritual que da el espíritu de la libertad y la belleza, el cual, 
si bien de una parte puede ser tomado como forma, de otra 
parte es, de hecho, lo sustancial supremo. 

Pero los griegos no sólo supieron crearse, así, lo sustancial 
de su cultura y acomodarse a gusto en su existencia, sino que 
supieron, además, honrar su renacimiento espiritual, que fue su 
verdadero nacimiento. Relegaron al fondo, como por ingrati¬ 
tud, el origen extranjero de su cultura propia, lo sepultaron tal 
vez entre las sombras de los misterios que mantenían en secreto 
ante ellos mismos. No sólo supieron ser ellos mismos, usar y 
disfrutar lo que hicieron por sí mismos de lo recibido de otros, 
sino que hicieron de esta intimidad de toda su existencia la 
base y el origen de lo que llegaron a ser, y lo hicieron así de 
un modo consciente, con gratitud y alegría y no sólo para llegar 
a ser eso y para usar y disfrutar de este modo de ser. Pues su 
espíritu, como nacido de un renacimiento espiritual, consiste 
precisamente en ser lo que son, lo suyo, y en vivir dentro de 
ello Como dentro de sí. Conciben su propia existencia como 
algo aparte, como un objeto que se engendra como un ser para 
sí y que adquiere en ello su bondad y su razón de ser; y, de este 
modo, se hacen una historia de todo lo que han sido y han 
poseído. 

Los griegos no se representan a su modo solamente el naci¬ 
miento del mundo, es decir, de los dioses y de los hombres, de 
la tierra, del cielo, de los vientos, de las montañas y los ríos, 
sino el de todos y cada uno de los aspectos de su propia exis¬ 
tencia, cómo adquirieron el fuego y los sacrificios que ello les 



INTRODUCCIÓN 141 

costó, la siembra, la agricultura, el olivo, el caballo, el matri¬ 
monio, la propiedad, las leyes, las artes, el culto religioso, las 
ciencias, las ciudades, los linajes de los príncipes, etc.; de todo 
ello se representan imaginativamente el origen en graciosas his¬ 
torias, de cómo se convirtió históricamente en obra y mérito 
suyo, según este aspecto externo. 

En esta misma intimidad existente y, más precisamente, en 
el espíritu de la intinydad, en este espíritu de una vida repre¬ 
sentada cabe, con arreglo a su existencia física, civil, jurídi¬ 
ca, moral y política, en este carácter de la libre y bella his¬ 
toricidad, según la cual lo que los griegos son existe también 
en ellos como Mnemosine, reside también el germen de la liber¬ 
tad pensante y, con ello, la necesidad de que naciera en el seno 
de este pueblo la filosofía. Así como los griegos viven a gusto 
en su mundo, la filosofía es, precisamente, esto mismo, pues no 
consiste sino en que el hombre viva a gusto en su espíritu, se 
sienta en él como en la intimidad. Y, del mismo modo que 
nosotros nos encontramos, en general, a gusto entre los griegos, 
tenemos necesariamente que sentirnos a gusto, especialmente, 
en su filosofía, pero no como entre ellos, pues la filosofía se 
siente precisamente en ella misma como en su casa, y de lo 
que aquí se trata es del pensamiento, de lo que tenemos de más 
propio, de más nuestro y libre de toda particularidad. La tra¬ 
yectoria y el despliegue del pensamiento se manifiestan en los 
griegos partiendo de sus elementos protoriginarios; y, para 
comprender su filosofía, podemos permanecer dentro de ellos 
mismos, sin necesidad de buscar ninguna otra clase de motivos 
externos. 

Pero es necesario que nos detengamos a puntualizar su ca¬ 
rácter y su punto de vista. Los griegos parten de una premisa 
histórica, por la misma razón por la que han brotado de sí mis¬ 
mos; y esta premisa histórica, concebida a través del pensa¬ 
miento, es la de la sustancialidad oriental de la unidad natural 
del espíritu y la naturaleza. Lo que ocurre es que el brotar de 
sí mismo es el extremo opuesto de la subjetividad abstracta, 
cuando ésta es todavía una fórmula vacua o, mejor dicho, con¬ 
vertida en vacua; es el formalismo puro, el principio abstracto 
del mundo moderno. Los griegos ocupan el bello punto inter¬ 
medio entre ambas posiciones extremas, que es el centro de la 
belleza por ser, al mismo tiempo, algo natural y algo espiritual, 
pero de tal modo que la espiritualidad es y sigue siendo, en 
¿1, el sujeto dominante, determinante. El espíritu, sumido en la 
naturaleza, forma una unidad sustancial con ella y —siendo 



142 LA HLOSOFIA GRIEGA 

como es conciencia— es predominantemente intuición: como 
conciencia subjetiva, indudablemente, formadora, pero des¬ 
medida. 

Los griegos tenían como base, como esencia, la unidad sus¬ 
tancial de naturaleza y espíritu; y, teniendo y sabiendo esto 
como objeto, pero sin desaparecer en él, sino penetrando den¬ 
tro de sí mismos, no llegaron a caer, volviendo atrás, en el 
extremo de la subjetividad formal, sino que formaban una uni¬ 
dad consigo' mismos: por tanto, como sujeto libre que, teniendo 
todavía por contenido, esencia y sustrato aquella primera uni¬ 
dad, constituía su objeto de la belleza. 

La fase de la conciencia griega es la fase de la belleza. La 
belleza es, en efecto, el ideal, el pensamiento que brota del 
espíritu; pero de tal modo que la individualidad espiritual no 
es aún para sí, como subjetividad abstracta llamada a desarro¬ 
llar en sí misma su existencia hacia el mundo del pensamiento. 
Esta subjetividad tiene todavía, en ella misma, su modo de ser 
natural, sensorial; a pesar de lo cual este modo natural de 
ser no ocupa el mismo rango ni ostenta la misma dignidad que 
en el Oriente, donde es lo predominante. Ahora, es el prin¬ 
cipio de lo espiritual el que aparece en primer plano, y el ser 
natural no rige ya por sí mismo, en sus formas existentes, sino 
que es, simplemente, la expresión del espíritu que a través de 
él se manifiesta, viéndose degradado a simple medio y modali¬ 
dad de existencia de éste. Pero el espíritu no se tiene todavía 
a sí mismo como medio para representarse dentro de sí y cons¬ 
truir sobre esta base su mundo. 

Por tanto, en un pueblo como el griego en que la sustancia 
espiritual de la libertad era la base de las costumbres, de las 
leyes y de las constituciones, podía y debía existir también una 
moralidad libre. Pero, corno el momento de la naturaleza no es 
aún ajeno a ello, la moralidad del Estado lleva todavía com 
sigo cierto carácter natural; los Estados son pequeños individuos 
naturales, que no es posible unir en un gran todo. En cuanto 
que lo general no existe libremente para sí, lo espiritual vive 
todavía limitado. En el mundo griego, lo eterno, que existe 
como algo en y para sí, es desarrollado por el pensamiento, 
cobra conciencia a través de él, pero de tal modo que la subje¬ 
tividad se enfrenta todavía a ello en una determinación conrin-' 
gente, por hallarse aún en una relación esencial con la natura¬ 
lidad; y en esto precisamente reside la razón, que más arriba 
prometíamos dar, de por qué, en Grecia, sólo son libres algu¬ 
nos, y no todos. 



INTRODUCCION 145 

La desmedida fuerza oriental de la sustancia cobra medida 
y es encauzada por el espíritu griego; este espíritu es claridad, 
meta, limitación de las formas, reducción de lo inmenso, de lo 
infinitamente fastuoso y rico a determinabilidad y a indivi¬ 
dualidad. La riqueza del mundo griego consiste solamente en 
una muchedumbre infinita de detalles bellos, agradables y gra¬ 
ciosos, en esta alegría de todo lo que sea existencia; lo más 
grande, entre los griegos, son las individualidades, estos virtuo¬ 
sos del arte, de la poesía, de la canción, de la ciencia, de la 
honestidad, de la virtud. Es posible que, comparadas con el es¬ 
plendor y la majestuosidad, con las proporciones gigantescas de 
las fantasías orientales, con los monumentos egipcios, con los 
reinos del Oriente, etc., las alegrías de los griegos (los hermo¬ 
sos dioses helénicos, sus templos, sus estatuas) y las manifesta¬ 
ciones de su seriedad (las instituciones y las hazañas) puedan 
parecer algo así como juegos de niños; sin embargo, el pensa¬ 
miento que brilla en ellas da vida a esta riqueza de detalle y 
encauza lo desmesurado de la grandeza oriental, reduciéndolo 
a las proporciones de un alma sencilla, la cual se convierte de 
suyo en fuente de riqueza, en manantial de un mundo ideal su¬ 
perior, del mundo del pensamiento. 

“De tus pasiones has sacado, loh hombre! la materia para 
tus dioses”, dice un antiguó; los orientales, en cambio, princi¬ 
palmente los indios, los sacaron de los elementos naturales, de 
las fuerzas y las formas de la naturaleza; “del pensamiento 
—podríamos añadir nosotros, refiriéndonos al hombre griego— 
has sacado el elemento y la materia para crear la idea de Dios”. 
El pensamiento es, aquí, el suelo del que brota la divinidad; 
pero no es el pensamiento inicial el que constituye la base par¬ 
tiendo de la cual hay que comprender y se puede comprender 
toda esta formación. Por el contrario. En un principio, el pen¬ 
samiento aparece como algo completamente pobre, extraordina¬ 
riamente abstracto y de escaso contenido, si se lo compara con 
el contenido que el oriental da a su objeto, pues como algo 
inmediato el comienzo mismo se revela bajo la forma de lo na¬ 
tural, compartiendo esta característica con el pensamiento de 
los orientales. Y como, además, reduce el contenido del Orien¬ 
te a criterios completamente pobres, estos pensamientos apenas 
merecen ser tenidos en cuenta por nosotros, ya que no existen 
todavía como tales pensamientos y bajo la forma y la deter¬ 
minación propias del pensamiento, sino bajo las de lo natural. 
Por tanto, lo absoluto es aquí, ya, pensamiento, pero no en 
cuanto tal. Tenemos que distinguir siempre, en efecto, la rea- 



144 LA FILOSOFIA GRIEGA 

lidad de este algo general, ya que lo que importa es saber si la 
realidad misma es concepto o es más bien algo natural. Ahora 
bien, en cuanto que la realidad reviste todavía la forma de lo 
inmediato y sólo el pensamiento es en sí, queda explicado con 
ello por qué, al estudiar la filosofía griega, empezamos por la 
filosofía de la naturaleza de la escuela jónica. 

Por lo que se refiere al estado histórico externo de Grecia 
en esta época, diremos que los comienzos de la filosofía grie¬ 
ga caen en el siglo vi antes del nacimiento de Cristo, en tiempo 
de Ciro, en la época del ocaso de los estados jónicos libres del 
Asia Menor. En el momento en que desaparece este hermoso 
mundo, que había logrado conquistar por sí mismo un elevado 
nivel de cultura, surge la filosofía. Creso y los lidios fueron los 
primeros que pusieron en peligro la libertad de los jonios; pero 
fué, más tarde, la dominación persa la que la destruyó total¬ 
mente, obligando a la mayoría de los -habitantes a abandonar 
aquellas tierras y a fundar colonias, sobre todo en la parte 
occidental. 

Y, al mismo tiempo que se hundían las ciudades jónicas, la 
otra Grecia dejaba de ser gobernada por las dinastías de los 
antiguos príncipes; habían desaparecido los Pelópidas y los otros 
linajes regios, extranjeros en su mayoría. Grecia había estable¬ 
cido, en parte, múltiples contactos con el exterior y, en parte, 
esforzábase por encontrar un vínculo social dentro de sí mis¬ 
ma; la vida patriarcal había pasado a la historia, y en muchos 
estados sentíase la necesidad de constituirse libremente, con 
arreglo a normas e instituciones legales. Vemos aparecer mu¬ 
chos individuos que no gobiernan ya a sus conciudadanos por 
virtud de su linaje, de su nacimiento, sino que son honrados y 
enaltecidos por los méritos de su talento, de su imaginación, 
de su ciencia. Estos individuos ocupan diferentes puestos de 
superioridad con respecto a sus conciudadanos. Unas veces, son 
concejeros, aunque sus buenos consejos no siempre sean segui¬ 
dos por los demás; otras veces, se ven odiados y despreciados 
por sus conciudadanos y obligados a retirarse de la actuación 
pública; otras veces, se erigen en violentos, aunque no crueles, 
dominadores de sus conciudadanos, y otras, finalmente, en le¬ 
gisladores de la libertad. 

A esta categoría de hombres que acabamos de caracterizar ' 
pertenecen los llamados siete sabios, a quienes en estos últimos 
tiempos se tiende a excluir de la historia de la filosofía. Trᬠ
tase, sin embargo, de monumentos muy concretos de la historia 
de la filosofía, y por ello no hay más remedio que señalar de 



INTRODUCCIÓN 145 

cerca, aunque sólo sea brevemente, lo que su carácter repre¬ 
senta en los inicios de la filosofía. 

Estas figuras se ven encuadrádas dentro de aquella situa¬ 
ción a que nos referíamos, unas veces participando en las luchas 
de las ciudades jonias, otras veces emigrando de ellas, otras ve¬ 
ces como personalidades prestigiosas dentro de Grecia. 

Los nombres de los siete sabios varían, según los casos; ge¬ 
neralmente, se indican los de Tales, Solón, Periandro, Cleóbulo, 
Quilón, Bías y Pitaco. Hermipo, en Diógenes Laercio (I, 42) se¬ 
ñala diecisiete, entre los cuales seleccionan otros autores siete, 
de diversos modos, según sus preferencias. Según el propio Dió¬ 
genes Laercio (I, 42), ya un autor antiguo, Dicearco, mencio¬ 
naba solamente cuatro a quienes los antiguos incluían unáni¬ 
memente entre los siete: Tales, Bías, Pitaco y Solón. Otros 
nombres que también aparecen, de vez en cuando, son los de 
Misón, Anacarsis, Acusilao, Epiménides, Ferécides, etc. 

Dicearco, en Diógenes (I, 40), dice de ellos que no fue¬ 
ron ni sabios (ooqpoús) ni filósofos, sino hombres inteligentes 
(cwvEToúg) y legisladores; y este juicio, que llegó a generalizarse, 
debe ser aceptado como el verdadero. Estas figuras corres¬ 
ponden al período de transición del régimen patriarcal de los 
reyes a un régimen gobernado por la ley o por la violencia. La 
fama de su sabiduría debíase, de una parte, a que estos hom¬ 
bres supieron comprender lo práctico-esencial de la conciencia, 
es decir, la conciencia de la moralidad general en y para sí, 
proclamándola en forma de sentencias morales y, en parte, en 
forma de leyes civiles, a las que infundieron vigor y realidad 
en diversos Estados, y, de otra parte, a que acertaron a expresar 
diversos pensamientos teóricos en frases llenas de sentido. Al¬ 
gunas de estas frases o sentencias podían ser consideradas, no 
sólo como pensamientos acertados o profundos, sino incluso 
como pensamientos filosóficos y especulativos, en la medida 
en que es posible atribuirles un amplio sentido general, aun¬ 
que éste no resplandezca directamente en ellas. 

Estos hombres no se proponían, esencialmente, servir a la 
ciencia, a la filosofía; y de Tales se nos dice expresamente que 
no se consagró a la filosofía hasta la última época de su vida. 
Lo más frecuente en ellos era la actuación política; eran hom¬ 
bres prácticos, pero no en el sentido en que esta palabra suele 
interpretarse entre nosotros, que tendemos a considerar la acti¬ 
vidad práctica como una rama especial de la administración 
del Estado, de la industria, de la economía, etc.; ellos vivían 
en estados democráticos y compartían, por ello, los cuidados 



146 LA HLOSOFIA GRIEGA 

referentes a la administración pública general y al gobierno. 
No eran, sin embargo, estadistas al modo de las grandes perso¬ 
nalidades griegas de que nos habla la historia, un Milcíades, un 
Temístocles, un Pericles, un Demóstenes, sino estadistas de una 
época en que se trataba de la salvación y el establecimiento, de 
la ordenación y la organización y hasta diríamos que de la ins¬ 
tauración de la vida del Estado, o, por lo menos, de la instaura¬ 
ción de situaciones regidas por la ley. 

/ Así es cómo se nos presentan, sobre todo, las figuras de 
Toles y de Bías, en lo tocante a las ciudades jónicas. Herodoto 
(I, 169-171) habla de ambos y dice, refiriéndose a Tales, que 
ya antes de la sumisión de los jonios (bajo Creso, a lo que pa¬ 
rece) les había aconsejado crear una suprema asamblea con¬ 
sultiva (ev PouXewrjQLOv) en Teos, centro territorial de los pue¬ 
blos jonios, es decir, un Estado federativo, con su propia capital 
federal, sin perder por ello su independencia como pueblos 
(órjitoi). Este consejo no fué seguido, y su aislamiento, su 
debilidad, los llevó a la derrota. A los griegos les costó siempre 
gran trabajo sobreponerse a su idiosincrasia individualista. 

Tampoco más tarde, cuando Harpago, el general de Ciro, 
que llevó a término su sojuzgamiento, los obligó a pelear, acer¬ 
taron los jonios a seguir el consejo extraordinariamente saluda¬ 
ble de Bías de Pri^ne, que éste les dió en el momento decisivo 
en que se hallaban todos ellos reunidos: “marchar todos jun¬ 
tos a Cerdeña, en una flota común, para crear allí un Estado 
jonio. De este modo, se sustraerían a la servidumbre, vivirían 
felices y, después de haber poblado la isla más importante, so¬ 
meterían a su dominio las otras; en cambio, si permanecían en 
Jonia, no veía ninguna esperanza para su libertad”. Este con¬ 
sejo es aprobado por Herodoto: “De haberlo seguido, habrían 
sido los más felices de los griegos”; pero consejos de éstos sólo 
son acatados por la fuerza, nunca voluntariamente. 

Lo mismo, sobre poco más o menos, ocurre con los demás 
sabios de este grupo. Solón era legislador de Atenas y a ello 
debe, principalmente, su fama; pocos hombres llegaron a gozar 
de tan alto predicamento como legisladores; la fama de Solón, 
en este respecto, sólo es compartida por la de un Moisés, un 
Licurgo, un Zalenco, un Numa, etc. En los pueblos germánicos 
no encontramos ninguna figura que llegara a disfrutar de esta 
fama, como legislador de su pueblo. Y, en nuestros días, ya no 
puede haber legisladores; las instituciones legales y las condi¬ 
ciones jurídicas de vida han sido establecidas ya de antiguo, 
y lo poco que los legisladores y las asambleas legislativas pue- 



INTRODUCCION 147 

den hacer es, si acaso, ampliar algún que otro detalle o pro¬ 
mulgar normas complementarias muy poco importantes. Se 
trata, simplemente, de compilar, redactar y desarrollar una se¬ 
rie de detalles sueltos. 

Y, sin embargo, tampoco Solón ni Licurgo hicieron otra 
cosa que reducir a la forma de la conciencia, uno el espíritu 
jónico y otro el carácter dórico que tenían ante sí y que no eran 
sino algo existente en sí, contrarrestando por medio de leyes 
reales los desastrosos males de la desintegración. Solón no fué, 
ni mucho menos, un estadista perfecto, como lo demuestra el 
curso mismo de su historia: una constitución como la que per¬ 
mitió a Pisístrato erigirse en tirano en vida del propio Solón, lo 
que quiere decir que era, de suyo, tan poco vigorosa y tan poco 
orgánica que no tenía fuerzas para oponerse a su propio derro¬ 
camiento (¿con qué poderes?), adolecía, evidentemente, de un 
defecto intrínseco. Puede aparecemos esto un tanto extraño, 
pues toda constitución debe estar dotada de la fuerza necesaria 
para poder hacer frente a semejantes ataques. Pero, ¿qué fué, 
concretamente, lo que hizo Pisístrato? 

Nada ilustra mejor la conducta de los llamados tiranos que 
las relaciones entxe Solón y Pisístmto. Cuando se planteó, en¬ 
tre los griegos, la necesidad de constituciones y leyes normales, 
vemos surgir los legisladores y regentes de los Estados que im¬ 
ponen al pueblo leyes y lo gobiernan con arreglo a éstas. La 
ley, como norma general, se le antojaba al individuo, y se le si¬ 
gue antojando hoy, como una violencia, sobre todo cuando no 
ve la ley o no la comprende; se le antojaba así al pueblo todo, 
primero, y luego solamente al individuo; y fué, como sigue 
siendo hoy, necesario empezar haciendo violencia al individuo 
hasta que llega a comprender, hasta que ve en la ley su propia 
ley y deja de ver en ella algo extraño e impuesto desde fuera. 

La mayoría de los legisladores y organizadores de los Estados 
asumieron la obra de hacer a los pueblos, por sí mismos, esta 
violencia, convirtiéndose en tiranos. Y cuando no lo eran ellos 
mismos, tenían que encargarse de hacerlo otros individuos, rea¬ 
lizando esa obra dentro de sus Estados, por tratarse de algo 
necesario, inevitable. Según las noticias de Diógenes Laercio 
(I, 48-50), vemos a Solón, a quien sus amigos aconsejaban que 
se adueñase del poder, ya que el pueblo se agrupaba en torno 
a él (rtQogsIxov) y habría visto de buen grado que se hiciese 
cargo de la tiranía, rechazar esta misión y evitar, además, que 
otro la asumiera, cuando Pisístrato empezó a serle sospechoso 



148 LA HLOSOFIA GRIEGA 

por ello. En efecto, cuando se dió cuenta de cuáles eran las 
intenciones de Pisístrato, se presentó en la asamblea del pueblo 
armado de escudo y lanza, lo que ya por aquel entonces era algo 
extraordinario (pues Tucídides, I, 6, indica que los griegos y 
los bárbaros se distinguían, entre otras cosas, en que los griegos, 
y sobre todo los atenienses, jamás tomaban las armas en tiempo 
de paz), y anunció al pueblo lo que Pisístrato se proponía. 

He aquí las palabras de Solón: “¡Hombres de Atenas! Soy 
^ más sabio que algunos y más valiente que otros. Soy más sa¬ 
bio que quienes no se dan cuenta del fraude de Pisístrato y 
más valiente que quienes, dándose cuenta de él, callan por 
miedo”. Al no lograr nada, abandonó Atenas. Se dice que 
Pisístrato llegó incluso a escribir a Solón, durante su ausencia, 
una honrosa carta, cuyo texto nos transmite Diógenes (I, 53-54), 
invitándolo a regresar a Atenas y a vivir junto a él como ciu¬ 
dadano libre: “Ni soy el único que entre los griegos se haya 
apoderado de la tiranía ni, al hacerlo, me he adueñado de algo 
que no me pertenezca, pues pertenezco al linaje de Codro. No 
he hecho, pues, más que rescatar para mí lo que los atenien¬ 
ses habían jurado conservar a Codro y a sus descendientes, 
arrebatándoselo después. Por lo demás, no cometo ninguna 
injusticia contra los dioses ni contra los hombres, sino que, ate¬ 
niéndome a las l?yes que. tú has dado a los atenienses, pro¬ 
curo (IrtiTponcú) que se mantengan dentro de las normas de 
una vida civil (rtoXite-úsiv)”. Lo mismo hace, agrega, su hijo 
Hipias. “Y estas condiciones de vida se conservan mejor qué 
bajo un gobierno del pueblo, pues a nadie consiento que obre 
mal (úpgíieiv) y yo, como tirano, no reclamo para mí. (aieióv 
TI «péQOfitti) otra cosa que el prestigio, los honores y los tributos 
establecidos (xa qtitoi ysQa) que se otorgaban a los antiguos 
reyes. Cada ateniense entrega el diezmo de sus ingresos, pero 
no para mí, sino para contribuir a las costas de los banquetes 
, rituales públicos, al sostenimiento de la comunidad y para el 
caso de una guerra. No te guardo rencor por haber descu¬ 
bierto mis designios, pues sé que lo hiciste movido más bien por 
amor al pueblo que por odio contra mí, y porque no sabías 
tampoco cómo había de regentar yo el gobierno; pues si lo hu¬ 
bieses sabido, te habrías avenido a ello y no habrías huido...”. 

Solón, en la respuesta que Diógenes (I, 66-67) recoge, dice 
que “no abriga ningún resentimiento personal contra Pisístrato, 
a quien tendría que llamar el mejor de los tiranos; pero que no 
cree que deba regresar (a Atenas). Habiendo estatuido la 



INTRODUCCIÓN 149 

igualdad de derechos como la esencia de la constitución de los 
atenienses y rechazado personalmente la tiranía, su regreso po¬ 
dría ser considerado como una aprobación del gobierno de 
Pisístrato”. 

El gobierno de Pisístrato, sin embargo, acostumbró a los ate¬ 
nienses a las leyes de Solón y convirtió estas leyes en costum¬ 
bres; de tal modo que este hábito, una vez impuesto, hizo su- 
perflua la tiranía y los hijos de Pisístrato fueron expulsados 
de la ciudad, y a partir de entonces la Constitución solónica 
rigió por su propia virtud, sin la ayuda de la fuerza. Así, pues, 
si Solón dió las leyes, fué otro el que convirtió estas institucio¬ 
nes legales en costumbres, el que habituó al pueblo a vivir con 
arreglo a ellas. Y lo que aparece desdoblado en las figuras de 
Solón y Pisístrato lo vemos reunido, en Corinto, en la figura 
de Periandro y en Mitilene en la de Pitaco. 

Lo anterior creemos que basta, por lo que se refiere a las 
vicisitudes externas de la vida de los Siete Sabios. Éstos son 
también famosos por la sabiduría de las seiatmcúis que de ellos 
se han conservado, a pesar de que a nosotros nos parezcan, en 
parte, muy superficiales y trilladas. Ello se debe a que nues¬ 
tra reflexión se halla ya familiarizada con las tesis generales, del 
mismo modo que en las senténcias de Salomón hay mucho que 
se nos antoja hoy superficial y hasta vulgar. Pero no debemos 
perder de vista lo que significa el haber exteriorizado por vez 
primera estas tesis generales bajo una forma general. 

A Solón se le atribuyen muchos dísticos que todavía se con¬ 
servan. En ellos se expresan, en forma gnómica, los deberes 
absolutamente generales del hombre hacia los dioses, la familia 
y la patria. Diógenes (I, 58) atribuye a Solón las siguientes 
sentencias: “Las leyes son como las telas de araña, que apri¬ 
sionan a los pequeños, pero son desgarradas por los grandes; el 
lenguaje es la imagen de la acción”, etc. Estas frases no encie¬ 
rran ninguna filosofía, sino simplemente reflexiones generales, 
expresiones de deberes morales, máximas, normas esenciales de 
vida. Y el mismo carácter presentan las sentencias en que se ex¬ 
terioriza su sabiduría; algunas carecen de importancia; otras, en 
Cambio, parecen más insignificantes de lo que en realidad son. 
Así, por ejemplo, dice Quilón: “Si te comprometes, te esperan 
daños” (syyóa, jtápa S’ata). En estas palabras se contiene una 
regla completamente vulgar de vida y de prudencia; pero los 
escépticos dan a esta frase un sentido mucho más profundo y 
general, que sin duda no era ajeno al propósito de Quilón. Este 
sentido es el siguiente: “No vincules tu yo a nada concreto, si 



150 LA HLOSOFIA GRIEGA 

no quieres caer en la desgracia.” Los escépticos citaban esta 
sentencia por sí misma, como si en ella estuviese implícito el 
principio del escepticismo, a saber: que nada finito y concreto 
es en y para sí, sino solamente una apariencia, algo mudable 
y no permanente. Cleóbulo dice pétpov oEpiatov, otro [ítiSsv 
ayav, y también esto tiene un sentido general: significa la me¬ 
dida, el TOQag de Platón frente al oírtEigov, lo que se determina 
a sí mismo frente a lo indeterminado, considerando que lo 
primero es siempre lo mejor, del mismo modo que la medida 
en el ser constituye la suprema determinación. 

Una de las más famosas sentencias de los Siete Sabios es 
la que se atribuye a Solón en su plática con Creso, que Hero- 
doto (I, 30-33) relata, según su estilo propio, muy prolijamente 
y que puede resumirse así: “Que nadie puede considerarse feliz 
antes de su muerte.” Pero lo interesante de este relato es que 
nos permite conocer de cerca el punto de vista de la reflexión 
griega en tiempo de Solón. Vemos por él que se reconoce la 
felicidúd como la meta suprema apetecible, como el destino del 
hombre; antes de la filosofía kantiana, la ética tenía como base, 
en efecto, el eudemonismo, la aspiración a la felicidad. En las 
palabras de Solón se adopta un punto de vista superior al goce 
de los sentidos, a lo puramente agradable para el sentimiento. 
Si nos preguntamos qué es la felicidad y qué significa ésta para 
la reflexión, vemos que representa, desde luego, una satisfac¬ 
ción del individuo, del modo que sea, por medio del goce físico 
o espiritual, para lo que el hombre tiene los medios en su mano. 
Pero, al mismo tiempo, significa que no debe buscarse todo 
goce sensible, directo; la felicidad entraña, por el contrario, 
una reflexión proyectada sobre el estado en su conjunto, 
como una totalidad, como el principio frente al cual debe pasar 
a segundo plano el del placer aislado. 

El eudemonismo implica la felicidad como un estado para 
toda la vida y representa una totalidad de disfrute que es algo 
general y da una norma para los goces sueltos, que no se en¬ 
trega al placer momentáneo, sino que sabe tener a raya los ape¬ 
titos y no pierde nunca de vista la pauta general. Comparado 
con la filosofía india, el eudemonismo es, cabalmente, lo con¬ 
trario a ésta. En ella, el destino del hombre es la liberación 
del alma de lo corporal, la abstracción perfecta, el alma como 
algo que vive exclusivamente cabe sí. Entre los griegos, nos 
encontramos con lo contrario de esto; la felicidad, para ellos, 
es también la satisfacción del alma, pero no por medio de la 



INTRODUCCIÓN 151 

evasión, de la abstracción, del retraimiento dentro de sí misma, 
sino por medio de la satisfacción en el presente, por medio de 
la satisfacción concreta en relación con todo lo que la rodea. 

La fase de la reflexión que nos revela la felicidad ocupa un 
lugar intermedio entre los simples apetitos y todo lo que puede 
considerarse como derecho en cuanto derecho y como deber 
en cuanto deber. En la felicidad desaparece el goce aislado y 
concreto, en ella va ya implícita la forma de lo general, pero 
sin que esto se revele todavía por sí mismo. Y esto es precisa¬ 
mente lo que se destaca como interesante para nosotros en la 
plática de Creso con Solón. El hombre como ser pensante no 
se preocupa solamente del goce presente, sino también de los 
medios para procurarse el goce futuro; Creso muestra a Solón 
estos medios, pero el sabio se niega, no obstante, a dar una 
respuesta afirmativa a la pregunta del rey. Para poder afirmar 
que alguien ha sido feliz es necesario aguardar a la hora de su 
muerte, ya que para saber si existe dicha en una vida hay que 
juzgarla en su conjunto, al llegar al final de ella, e incluso 
hace falta que el hombre sepa morir piadosamente y como co¬ 
rresponde a su alto destino; y como la vida de Creso aún no 
ha expirado. Solón no puede decir si realmente es feliz. Y, 
en efecto, la historia misma de Creso, considerada en su con¬ 
junto, viene a demostrar que ningún estado momentáneo me¬ 
rece, en justicia, el nombre de felicidad. Esta edificante historia 
caracteriza bastante bien, en su conjunto, el punto de vista que 
la reflexión de aquella época adoptaba. 

En el estudio de la filosofía griega, debemos distinguir, con¬ 
cretamente, tres períodos principales: el primero va de Tales 
de Mileto a Aristóteles; el segundo comprende la filosofía grie¬ 
ga en el mundo romano; el tercero es el de la filosofía neo- 
platónica. 

1. Comenzamos por el pensamiento, pero por el pensamien¬ 
to totalmente abstracto, bajo su forma natural o sensible, para 
llegar hasta la idea determinada. Ese .primer período repre¬ 
senta el comienzo del pensamiento filosófico hasta su evolución 
y plasmación como la totalidad de la ciencia en sí misma, repre¬ 
sentada por Aristóteles, como unificación de todo lo anterior. 
Esta unificación de lo anterior se da ya en Platón, pero toda¬ 
vía no desarrollada, pues Platón es simplemente la Idea. Se 
ha dicho que los neoplatónicos son eclécticos, que ya Platón 
es un unificador; pero no son, en realidad, eclécticos, sino que 
tienen una visión consciente de la necesidad de llegar a esta 
unidad de las filosofías. 



152 LA FILOSOFIA GRIEGA 

2. Después de llegar a la idea concreta, ésta se manifiesta 
como si se desarrollase y llevase a cabo por medio de antago¬ 
nismos; el siegtmdo período es el de esta división de la ciencia 
en sistemas especiales. A través de la totalidad de la concep¬ 
ción del mundo se desarrolla un principio unilateral; cada lado 
se desarrolla como un extremo contra el otro y de suyo en su 
totalidad. Aparecen, así, los sistemas filosóficos del estoicismo 
y el epicureismo, frente a los cuales el dogmatismo y el escep¬ 
ticismo representan lo negativo, mientras que las otras filoso¬ 
fías desaparecen. 

3. El tercer período es, frente a esto, lo afirmativo; el anta¬ 
gonismo se retrotrae a un mundo ideal o del pensamiento, a un 
mundo divino; es la Idea desarrollada como totalidad, pero a 
la que le falta la subjetividad como el infinito ser para sí. 



Sección Primera 

PRIMER PERÍODO: DE TALES A ARISTÓTELES 

Dentro de este primer período establecemos, a su vez, tres 
subdivisiones: 

1. El capítulo primero abarca de Tales hasta Anaxágoras, 
desde el pensamiento abstracto en su determinabilidad inme¬ 
diata hasta el pensamiento del pensamiento que se determina a 
sí mismo. Aquí, comenzamos por lo simple absoluto, en lo 
que se revelan luego las primeras modalidades de la determi¬ 
nación como otros tantos intentos, hasta llegar a Anaxágoras, 
quien determina lo verdadero como el vovg, como el pensa¬ 
miento motor, que no se halla ya sujeto a una determinabilidad, 
sino que se determina a sí mismo. 

2. El capítulo seguindo comprende los sofistas, Sócrates y 
los socráticos. El pensamiento que se determina a sí mismo se 
concibe, aquí, como presente, como concreto en mí: es éste el 
principia de la subjetividad, aunque se trate de una subjetivi¬ 
dad infinita, pues el pensamiento sólo aparece aquí, primera¬ 
mente, en parte como principio abstracto y en parte como 
subjetividad contingente. 

3. El capítulo tercero es el de Platón y Aristóteles, el de la 
ciencia griega, donde el pensamiento objetivo, la idea, se plas¬ 
ma en totalidad. El pensamiento concreto, que se determina a 
sí mismo, es, en Platón, la idea todavía abstracta, presentada 
todavía bajo la forma de lo general, mientras que en Aristóteles 
se presenta ya como un determinarse a sí mismo, concebida en 
la determinación de su efectividad o de su actividad. 


Capítulo 1 

DE TALES A ANAXÁGORAS 

Puesto que de esta época sólo poseemos tradiciones y algu¬ 
nos fragmentos, podemos hablar aquí de las fuentes de ella. 

1. La primera fuente es Platón, quien cita con frecuencia a 
los filósofos antiguos. Al hacer de las filosofías independientes 
a él —que no están tan alejadas siempre y cuando se determi¬ 
ne bien su concepto— momentos concretos de una idea, la filo¬ 
sofía de Platón aparece frecuentemente como una exposición 
desarrollada de las doctrinas de los antiguos filósofos, lo que hace 
que se le haya dirigido, a veces, el reproche de plagiario. Platón 

153 



154 LA HLOSOFIA GRIEGA 

gastó mucho dinero en procurarse las obras de los filósofos 
antiguos y, dado el estudio profundo que de ellos hizo, sus ci¬ 
tas revisten gran importancia. Sin embargo, como en sus obras 
no aparece nunca, personalmente, como maestro, sino que pre¬ 
senta siempre, en sus diálogos, a otros personajes que filosofan, 
nos encontramos con que, en ellos, no se traza nunca una línea 
divisoria entre lo que históricamente pertenece a los filósofos 
anteriores a él y los desarrollos que el propio Platón da a los 
pensamientos de otros. Así, en el Parménides aparece expuesta 
la filosofía de los eléatas, pero la evolución ulterior de esta 
doctrina es algo propio y peculiar de Platón. 

2. Aristóteles es la más copiosa de las fuentes: este autor 
estudia expresamente y a fondo a los filósofos antiguos, prin¬ 
cipalmente en la primera parte de su Metafísica, pero también 
en sus otras obras, va hablando históricamente de ellos, por 
turno. Aristóteles riene tanto de filósofo como de erudito, y 
podemos dar crédito a sus pálabras. En lo que a la filosofía 
griega se refiere, lo mejor que podemos hacer es atenernos ál 
libro primero de su Metafísica. Y aunque una sutileza que pre¬ 
tende ser erudita habla en contra de Aristóteles y pretende que 
éste no supo comprender certeramente a Platón, podemos ob¬ 
jetar a esto que tal vez nadie le conociera mejor que él, ya que 
fué, personalmente, discípulo suyo y porque la profundidad de 
su espíritu concienzudo nos garantiza la fidelidad de su pen¬ 
samiento. 

3. También Cicerón es otra fuente que debe ser tenida en 
cuenta, aunque se trata ya de una fuente más turbia que las 
anteriores, entre otras cosas porque contiene muchas y varia¬ 
das noticias. Pero, por carecer en general de espíritu filosófico, 
este escritor sólo sabe enfocar la filosofía en un sentido pura¬ 
mente histórico. No parece haber estudiado por sí mismo las 
fuentes y confiesa, por ejemplo, no haber comprendido a He- 
ráclito; y, como no le interesaba esta antigua y profunda filoso¬ 
fía, no se impuso el esfuerzo de ahondar en ella. Sus noticias 
se refieren, principalmente, a los filósofos nuevos, a los estoi¬ 
cos, a los epicúreos, a la nueva Academia, a los peripatéticos; 
Cicerón veía a los antiguos a través de los nuevos y siempre a 
través del razonamiento y no de la especulación. 

4. Sexto Empírico, un escéptico de la última época, tiene 
importancia como fuente, por sus escritos titulados Hypotyposis 
Pyrrhonicae y Adveirsus Matheimaticios. Y como, en cuanto es¬ 
céptico, combate en parte las filosofías dogmáticas y en parte 



FUENTES Y TRAYECTORIA 155 

cita a otras filosofías como testimonios en favor del escepticismo 
(por lo que la mayor parte de sus obras está llena de doctri¬ 
nas de otros filósofos), tenemos en él la fuente más fecunda 
para la historia de la filosofía antigua, y a través de él han 
llegado a nosotros muchos valióse® fragmentos. 

5. El libro de Diégenes Laercio (De: vitis etc. Phtlosopho^ 
rum, libri X, eid. Meihom, c. notis M&nagii, Amsterdam, 1692) 
es una importante compilación; sin embargo, muchas veces cita 
a sus testigos sin mucha crítica. A este autor no es posible 
reconocerle espíritu filosófico; generalmente, se limita a mane¬ 
jar unas cuantas anécdotas malas y puramente externas; se le 
puede utilizar en lo referente a las vidas de los filósofos y, de 
vez en cuando, para sus filosofemas. 

6. Finalmente, debemos citar a Simplicio, griego de Cilicia 
que vivió bajo el reinado de Justiniano, a mediados del siglo vi, 
el más erudito y sutil de los comentadores griegos de Aristó¬ 
teles, del que existen aún varias obras inéditas y al que debe¬ 
mos algunas cosas meritorias. 

No es necesario que citemos otras fuentes, pues sin dificul¬ 
tad se las encontrará en cualquier compendio. 

En cuanto a la trayectoria de la filosofía griega, solía se¬ 
guirse un orden que recorría los enlaces externos anudados, 
según la concepción corriente, por el hecho de que un filósofo 
hubiese tenido por maestro, al parecer, a otro, conexión esta 
que se hacía arrancar, en parte, de Tales de Mileto, y en parte 
de Pitágoras. Pero esta conexión es, de una parte, imperfecta de 
suyo, de otra parte, bastante externa. Una de las series 
de las sectas filosóficas, como, en su conjunto, la de los filóso¬ 
fos a quienes se agrupa dentro de un sistema —serie que arran¬ 
ca de Tales— desciende mucho en el tiempo y también en el 
espíritu, si se la separa de la otra; además, ninguna serie (aun¬ 
que se tratara de una serie unida por los lazos de la sucesión 
y por aquellos enlaces externos de maestro a discípulo, cosa 
que no existe) se desarrolla, en realidad, por estos cauces ais¬ 
lados, pues el espíritu sigue un orden completamente distinto. 
Aquellas series aparecen enlazadas entre sí, tanto en cuanto al 
espíritu como en cuanto a su contenido determinado. 

La primera figura con que nos encontramos es la de Tales 
en el pueblo jonio, del que formaban parte los atenienses, o 
del que procedían todos los jonios del Asia Menor. La tribu 
JWlie aparece antes en el Peloponeso, de donde parece haber 
lido desplazada; se ignora, sin embargo, qué pueblos pertene- 



156 LA HLOSOFIA GRIEGA 

cían a ella, ya que, según Herodoto (I, 143), los demás jonios 
e incluso los atenienses abandonaron este nombre. Según Tu- 
cídides (I, 2 y 12), las colonias jonias del Asia Menor y de 
las islas del archipiélago procedían, en su mayor parte, de Ate¬ 
nas, pues los atenienses viéronse obligados a emigrar a aquellas 
tierras a causa de la superpoblación del Ática. 

En las costas del Asia Menor y en las islas del archipiélago 
y, más tarde, en las costas occidentales de la Magna Grecia, 
se manifiestan el gran dinamismo y la agitada vitalidad del pue¬ 
blo griego. Su actividad política interna y sus contactos con 
los pueblos extranjeros crean una complejidad y una variedad 
en sus relaciones, en las que va superándose todo lo que hay en 
ellas de limitado e imponiéndose por encima de todo lo general. 
Por eso son las costas de Jonia y las de la Magna Grecia los 
lugares que sirven de escenario a este primer período de la his¬ 
toria de la filosofía, hasta que, por último, ésta se desplaza a la 
Grecia propiamente dicha y se aclimata en ella. Aquellos lu¬ 
gares eran también los centros del comercio primitivo y de una 
temprana cultura, a los que sólo más tarde se incorpora la Gre¬ 
cia en sentido estricto. 

Debe tenerse en cuenta que el carácter de los dos lados en 
que estas filosofías se distinguen, el del Asia Menor en el este 
y el de los Ítalos griegos en el oeste, comparte el carácter pro¬ 
pio de la distinción geográfica. En el Asia Menor y también, 
en parte, en las islas del archipiélago surgen ,las figuras de 
Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito, Leucipo, Demó- 
crito, Anaxágoras y Diógenes de Creta. En las tierras heleni- 
zadas de Italia aparecen las de Pitágoras, natural de Samos, pero 
que vivió en Italia, Jenófanes, Parménides, Zenón y Empédo- 
cles; y en Italia vivieron también algunos sofistas. Anaxágoras 
es el primer filósofo que se desplaza a Atenas; procedente de 
ambos extremos, la ciencia converge en el centro y hace de Ate¬ 
nas su centro principal. 

Pues bien, estas diferencias geográficas se manifiestan en la 
manera de exponer el pensamiento de tal modo, que en los 
orientales predomina el lado sensorial, material, mientras que 
en el occidente prevalece, por el contrario, el pensamiento, con¬ 
vertido en principio bajo la forma especulativa. Aquellos filó¬ 
sofos, vueltos hacia el Oriente, buscan lo absoluto en una de¬ 
terminación real de la naturaleza, mientras que en éstos, los 
de Italia, se impone la determinación ideal de lo absoluto. 
Sólo Empédocles, que vive en Sicilia, se inclina más bien hacia 



LOS IONIOS 157 

la filosofía de la naturaleza, mientras que Gorgias, el sofista 
siciliano, permanece fiel al lado ideal de la filosofía. 

Habremos de examinar de cerca y por separado los siguien¬ 
tes puntos: IJ los jonios: Tales, Anaximandro, Anaxímenes; 
2J Pitágoras y los pitagóricos; 3^ los eléatas: Jenófanes, Parmé- 
nides, etc.; 4j Héráclito; 5J Empédocles, Leucipo y Demócrito; 
6J Anaxágoras. 

También en esta filosofía debemos descubrir y señalar la 
trayectoria, el proceso de evolución. Las primeras determina¬ 
ciones totalmente abstractas aparecen en Tales y en los otros 
jonios, quienes conciben lo general en forma de una determi¬ 
nación natural, el agua, el aire, etc. El proceso de evolución 
consiste en ir abandonando esta determinación natural pura¬ 
mente inmediata; abandono que nos encontramos en los pitagó¬ 
ricos. Según éstos, la sustancia, la esencia de las cosas hay 
que buscarla en el número; el número no es algo sensible, ni 
tampoco el pensamiento puro, sino que es un sensible no sen¬ 
sible. En los eléatas se da ya la manifestación del pensamiento 
puro y su violento desprendimiento de la forma sensible y de 
la forma del número; por eso parte de ellos el movimiento dia¬ 
léctico del pensamiento, que niega lo determinado, para poner 
de manifiesto que lo verdadero no es lo múltiple, sino sola¬ 
mente lo uno. Héráclito expresa lo absoluto como este proceso 
mismo, que era todavía en los eléatas un proceso subjetivo; 
ahora cobra conciencia objetiva, ya que aquí es lo absoluto lo 
qu^ mueve o hace cambiar las cosas. Empédocles, Leucipo y 
Demócrito caen, por el contrario, en el otro extremo, en el 
principio simple, material y quieto, en el sustrato del proceso, 
lo que hace que éste se distinga de ello, como movimiento que 
es. En Anaxágoras, es el propio pensamiento motor, que se 
determina a sí mismo, el que se reconoce como esencia; lo que 
representa un gran progreso. 

A) LA FILOSOFIA DE LOS JONIOS 

Pasamos, con ello, a la filosofía jónica antigua, que expon¬ 
dremos con toda la brevedad posible, lo cual es tanto más fácil 
d? conseguir cuanto que los pensamientos de esta filosofía son 

g y abstractos y pobres. Fuera de Tales, Anaximandro y 
¡PCÍmenes, las demás figuras de este grupo sólo ofrecen un 
literario. De la filosofía jónica antigua sólo ha llegado 
I llOIOtros una media docena de pasajes; es éste, por tanto, un 
Mtudlo fácil. Y, sin embargo, es precisamente en estos filósofos 



158 LA BLOSOFIA GRIEGA 

antiguos donde más a sus anchas se extiende la erudición; cosa 
muy natural, por otra parte, pues cuanto menos se sabe de una 
cosa mayor erudición se puede desplegar acerca de ella. 

1. Tales 

Con Tales comienza, en realidad, la historia de la filosofía. 
La vida de este filósofo coincide con el período en que las ciu¬ 
dades de Jonia son subyugadas por Creso. La caída de éste 
(Olimpíada 58-1; 548 a. c.) crea, es cierto, una apariencia de 
liberación, pero solamente una apariencia, pues la mayoría 
de las ciudades jónicas fueron sometidas en seguida por los 
persas, y Tales presenció todavía esta catástrofe. 

Tales era natural de Mileto. Diógenes (I, 22, 37) lo pre¬ 
senta como perteneciente al linaje fenicio de los Télidas, e 
indica como año de su nacimiento, según los datos más pre¬ 
cisos, el primero de la 35’ Olimpíada (640 a. c.); según Meiner, 
nació dos olimpíadas más tarde (en la 38’ Olimpíada, 629 a. c.). 
Tales vivió como estadista, una parte de su vida bajo Creso y 
otra parte en Mileto. Herodoto lo cita varias veces y refiere 
(I, 75) que, según los relatos de los griegos, cuando Creso se 
puso en,,campaña contra Ciro y encontró dificultades para cru¬ 
zar el río Halis, Tales, que acompañaba al ejército, desvió el río 
por medio de una zanja en forma de media luna abierta detrás 
del campamento, logrando de este modo hacer vadeable el río. 
Diógenes (I, 25) nos cuenta de él, en lo que se refiere a las 
relaciones con su patria, que convenció a los milesios de jque 
no se unieran a Creso, cuando éste se puso en guerra contra 
Ciro, con lo que consiguió que, al ser derrotado Creso y sojuz¬ 
gadas por los persas las demás ciudades de la Jonia, Mileto fuese 
la única a la que no molestaron los vencedores. Por lo demás, 
Diógenes (I, 23) nos informa de que Tales se retiró muy pronto 
de los asuntos públicos, para dedicarse por entero a la ciencia. 

Se habla de algunos viajes hechos por Tales a Fenicia, pero 
estos relatos no tienen más base que una endeble leyenda; lo 
que sí parece indudable es que visitó, ya en su vejez, Egipto.^ 
Se dice que, al lado de los egipcios, aprendió principalmente 
cosas de geometría; no debió, sin embargo, de aprender mucho, 
según la anécdota que Diógenes (I, 24, 27) toma de un cierto 
Jerónimo, en la que se dice que Tales enseñó a los egipcios a 
medir por la sombra la altura de sus pirámides, partiendo de 

^ Brucker, Hist. phil. t. I, p. 460; Plutarco, De plac. phil. I, 3. 



LOS JOOTOS 159 

la relación entre la altura de un hombre y la sombra por él 
proyectada. Los datos de esta proporción son los siguientes: 
la sombra de la pirámide es a la altura de ésta como la som¬ 
bra de una persona a su altura; y si los egipcios de entonces 
ignoraban esto y hubieron de aprenderlo de Tales como algo 
nuevo, no debían de estar muy adelantados en materia de teo¬ 
ría geométrica. Herodoto cuenta (I, 74) que Tales pronosticó 
un eclipse de sol, el cual se produjo precisamente el día en 
que se celebró una batalla entre los medas y los lidios, y que 
atribuía las crecidas del Nilo a los vientos etesios que, al so¬ 
plar en dirección contraria a su corriente, hacían retroceder las 
aguas del río.^ 

TSTo son estos los únicos datos y anécdotas que han llegado 
a nosotros acerca de los conocimientos y actividades de Tales 
de Mileto en materia de astronomía:® “Dícese que un día, por 
estar mirando a las estrellas y observándolas, cayó en una zan¬ 
ja y que la gente se burlaba de él diciendo que mal podía 
conocer las cosas del cielo quien no acertaba a ver siquiera dón¬ 
de pisaba.” La gente suele reirse de cosas por el estilo, y tiene 
la ventaja de que los filósofos no puedan pagarle en la misma 
moneda; pero no se dan cuenta de que los filósofos se ríen, a 
su vez, de quienes no pueden caer en una zanja por la sencilla 
razón de que están metidos siempre en ella, sin acertar a le¬ 
vantar los ojos para mirar hacia arriba. 

Tales demostró también, según .Diógenes (I, 26), que un 
salido, cuando quiere, es también capaz de adquirir riquezas. 
Dato más importante es el que le atribuye la determinación del 
año solar en 365 días. La anécdota del trípode de oro como 
premio al más sabio de los hombres es narrada por Diógenes 
(I, 27-33) como muy importante, recogiendo todas las varian¬ 
tes que circulaban acerca de ella: dice que el premio fué otor¬ 
gado a Tales o Bías, pero que Tales se lo cedió a otro y que el 
trípode de oro fué dando, así, la vuelta hasta que llegó de nuevo 
a manos del sabio de Mileto, y que éste o Solón emitió el jui¬ 
cio de que el más sabio de todos era Apolo, en vista de lo cual 
el trofeo fué enviado a este dios, a su templo de Dídimo o de 
Delfos. 

Tales, según Diógenes (I, 38) murió a los 78 o los 90 años, 
en la 58^ Olimpíada, y según Tennemann (t. I, p. 414) en la 
Olimpíada 59, 2 (543 a. c.), coincidiendo con la marcha de 

* Herodoto, II, 20; Séneca, Quaest. natur. IV, 2; Diógenes Laercio, I, 37. 

‘ • Diógenes Laercio, I, 34, y Menag. ad. h. I. 



160 LA FILOSOFIA GRIEGA 

Pitágoras a Crotona, habiendo muerto en un pugilato a causa, 

según I>iógenes (I, 39), del calor y la sed que pasó en él. 

No poseemos ninguna obra de Tales, ni sábeme» siquiera 
si llegó a componer alguna. Diógenes Laercio (I, 23, 34-35) 
habla de doscientos versos sobre temas de astronomía y de al¬ 
gunos pensamientos suyos expresados en forma de sentencias, 
por el estilo de ésta; “La abundancia de palabras no prueba 
la justeza de las opiniones.” 

Por lo que a su filosofía se refiere, está considerado por el 
común consenso como el primero de los filósofos de la natu¬ 
raleza. Pero es muy poco lo que acerca de ello sabemos, a pesar 
de lo cual parece como si supiéramos la mayor parte de ello. 
En efecto, el desarrollo filosófico ulterior de que era capaz su 
idea especulativa y la conciencia que de sus tesis podían tener 
los filósofos siguientes a Tales, que son precisamente los que las 
destacan con toda claridad y a través de los cuales hacen épo¬ 
ca, demuestran que el desarrollo que se atribuye al filósofo de 
Mileto no se daba todavía en él. Hay que suponer, pues, que 
entre la multitud de pensamientos suyos que se perdieron no 
debía figurar ninguno que pueda ser considerado como propia¬ 
mente especulativo; y si su filosofía aparece como un sistema 
aún no desarrollado no es, precisamente, por falta de noticias, 
sino porque siendo la suya, en rigor, la primera filosofía, no 
podía ser todavía un verdadero sistema. 

Acerca de estos filósofos antiguos debemos dar oídos a Aris¬ 
tóteles, quien, por lo general, habla de ellos colectivamente. 
En el pasaje principal de este autor (Metafísica, I, 3), leemos: 
“Evidentemente, lo que tratamos de adquirir es la ciencia de 
las primeras causas (é| ÚQX'ñC aitíwv): decimos que conocemos 
una cosa cuando pensamos haber descubierto su primera causa. 
Pues bien, el término de causa se entiende en cuatro sentidos. 
Llamamos causa, primero, a la esencia o lo que hace que algo 
sea lo que es: el porqué de las cosas lleva a su concepto extre¬ 
mo y el porqué primero es una causa y un principio. Llamamos 
causa, segundo, a la materia o el sustrato. Tercero, a aquello 
de donde recibe su principio el movimiento. Y cuarto, a la 
causa opuesta a esta última, a saber, el fin o el bien, que es 
la meta de toda generación y de todo movimiento... vamos" 
a consultar a los que procedieron antes que nosotros y se pu¬ 
sieron a filosofar sobre la verdad. Es notorio que también ellos 
hablan de principios y causas; el consultarles será, pues, de pro¬ 
vecho para el curso ulterior de nuestras consideraciones: o en- 



LOS JONIOS 16V 

contratemos algún otro género de causa, o prestaremos más 
crédito a las que acabamos de enumerar. 

“De los que primero se pusieron a filosofar, la mayoría han 
pensado que los principios de la índole de la materia (év iíXt)? 
eíSei) son los únicos principios de todos los seres. Aquello de 
que están hechos todos los seres, el principio de que se gene- 
ran y el término en que se corrompen, permaneciendo la sus¬ 
tancia (oxiaía), bien que cambiando de accidentes (jta^sai), 
es lo que constituye, según ellos, el elemento (ctTOixelov) y el 
principio de los seres. Por eso piensan que nada nace ni muere, 
pues esta naturaleza subsiste eternamente. Así, no decimos que 
Sócrates nazca, pura y simplemente, por volverse bello o mú¬ 
sico, ni que muera, por perder estas cualidades, puesto que 
permanece el sustrato (tó újtoxEÍirsvov), a saber, el propio Só¬ 
crates. Asimismo, nada de los demás nace ni muere tampoco. 
Necesariamente existe una naturaleza, única o múltiple, de la 
que nacen las demás cosas subsistiendo ella. Tan sólo el nú¬ 
mero y la índole (slSog) de este principio no son los mismos 
según todos. 

“Tales, el iniciador de esta filosofía, [la que reconoce un 
algo material como principio y sustancia de cuanto existe] afir¬ 
ma que es el agua, por lo que también declaraba que la tierra 
flota sobre el agua”;* el agua es, pues, según él, t 6 újtoxBÍ|tevov, 
el fundamento. Y, según la explicación de Séneca (Quaest, nat., 
VI, 6), la esencia general que Tales reconocía no era tanto, al 
paiecer, el interior mismo de la tierra como lo que la circunda, 
ya que “Tales entendía que toda la tierra se hallaba sustentada 
sobre el agua como su base (subvectxr humove) y flotaba en ella". 

Parece que, ante todo, se nos debiera explicar cómo se des¬ 
arrollan estos principios de que se habla: cómo, por ejemplo, 
se demuestra que el agua es la sustancia de todo y de qué 
modo se deducen de ella las diversas formas especiales. En 
este respecto, hay que observar que Tales, concretamente, sólo 
nos dice —o, por lo menos, eso es lo que sabemos acerca de él—■ 
que el agua es el dios de todo; y tampoco de Anaximandro, 
Anaxímenes y Diógenes conocemos otra cosa que sus princi¬ 
pios. Aristóteles apunta a modo de conjetura cómo debió de 
llegar Tales precisamente al principio del agua: 

“Probableimente (lacog), juzgaba así viendo que lo que nutre 

* La traducción del texto aristotélico está tomada de la Antología filo' 
sófica de José Gaos, La Casa de España en México, 1940, pp. 175-176. 
Siguiendo a Hegel hemos intercalado los términos griegos correspondientes 
en la traducción [E.]. 



162 LA FILOSOFIA GRIEGA 

a todas las cosas es húmedo, hasta el punto de que el calor 
mismo nace de esta humedad y vive de ella, y que aquello de 
que todas las cosas nacen es el principio de todas las cosas. 
Juzgaba, pues, así, por esta razón y porque los gérmenes de 
todos los seres tienen la naturaleza húmeda y el agua es el prin¬ 
cipio de la naturaleza de las cosas húmedas.” 

Hay que observar a este propósito, esencialmente, que las 
circunstancias, encabezadas por Aristóteles con un “probable¬ 
mente”, que llevaron a Tales a ver en el agua la esencia abso¬ 
luta de todas las cosas, no se aducen como razones pertenecien¬ 
tes al propio Tales, y también que no se invocan precisamente 
como razones, puesto que Aristóteles hace aquí algo más, lo que 
nosotros llamaríamos demostrar a la luz de la realidad que ésta 
corresponde al criterio general del agua. Y los posteriores, 
por ejemplo el Pseudo-Plutarco fDe plac. phil. I, 3), aceptan 
estas razones como las razones positivas y no puramente hipo¬ 
téticas de Tales; Tiedemann (G^ist der spec. Phil., t. I, p. 36) 
observa, muy acertadamente, que Plutarco hizo caso omiso del 
“probablemente”. Plutarco dice, en efecto: 

“Tales supone (aoxáCetai) que todo nace del agua y se 
disuelve en ella, porque, del mismo modo que las simientes de 
todo lo vivo, como principio de esto, son húmedas, del mismo 
modo 'fslxó;) todo lo demás tiene su principio en la humedad; 
puesto que todas las plantas sacan su alimento del agua y dan 
frutos gracias a ello, secándose cuando carecen de agua, y 
puesto que incluso el fuego del sol y de las estrellas y el mis¬ 
mo universo son alimentados por las evaporaciones del agua.” 

Aristóteles se da por satisfecho con el superficial argumento 
que consiste en peñalar que lo húmedo aparece, por lo menos, 
en todas partes. Y, como Plutarco, aduce eso, más concreta¬ 
mente, como la razón de que el agua sea la esencia simple de 
todas las cosas, es necesario ver si las cosas, consideradas como 
esencia simple, son realmente agua, a) La simiente del animal, 
de la naturaleza húmeda, es, ciertamente, el animal como un 
algo real y simple, o como esencia de su realidad, como reali¬ 
dad aún no desarrollada. P) Si, en las plantas, puede conside¬ 
rarse que el agua es lo que las alimenta, no debe perderse tam¬ 
poco de vista que el alimento no es más que el ser de una cosa 
en cuanto sustancia informe, que necesita ser individualizadsf 
por la individualidad y que sólo de este modo adquiere forma. 
y) Claro está que el hacer que el sol, la luna y el universo todo 
nazcan mediante evaporaciones, al modo como el alimento de 
las plantas, se hallaba más cerca de las concepciones de los 



LOS JONIOS 163 

antiguos, los cuales aún no reconocían al sol y a la luna el 
grado de independencia y sustantividad que nosotros les re¬ 
conocemos. 

“Hay quienes opinan —continúa Aristóteles— que así juzga¬ 
ban acerca de la naturaleza también los primeros y más anti¬ 
guos que trataron de los dioses mucho antes de la generación 
actual. En efecto^ hicieron de Océano y de Tetis los padres 
de toda generación (tt)? Y^véasoag) y a los dioses jurar por agua, 
a saber, por lo que ellos, los poetas, llamaron Estigia; ahora 
bien, lo más antiguo es lo más venerable y lo más venerable 
aquello por lo que se jura.” * 

Esta'antigua tradición conserva un significado especulativo. 
Cuando algo no puede ser probado, es decir, cuando falta el 
modo objetivo, por ejemplo el recibo del pago efectuado o 
el testigo que lo haya presenciado, es necesario recurrir al jura¬ 
mento, mediante el cual nos cercioramos de nosotros mismos 
como objetos y que proclama nuestra certeza como verdad ab¬ 
soluta. Pues bien, al jurar por lo mejor, por lo absolutamente 
firme, como comprobación de la verdad de lo que se afirma, y 
desde el momento en que los dioses juraban por el agua subte¬ 
rránea, va implícito en ello el reconocimiento de que la esen¬ 
cia del pensamiento puro, el ser más íntimo, la realidad en 
I que encuentra su verdad la conciencia, es el agua; con lo cual 
es como si expresásemos esta certeza pura de nosotros mismos 
como objeto, como Dios. 

1. No tiene interés examinar más de cerca este principio 
con arreglo a su determinabilidad. Desde el momento en que 
toda la filosofía de Tales se reduce a afirmar que este princi¬ 
pio es el agua, nuestro interés se reduce a preguntar: ¿hasta 
qué punto es esto importante y especulativo? Tales concibe 
la eserurífl como algo mforme:. Mientras que la certeza sensible 
de toda cosa estriba en su individualidad, es necesario elevar 
ahora la realidad objetiva al plano del concepto reflejado dentro 
de sí mismo y estatuirla como concepto; y el comienzo para 
ello lo tenemos en la proclamación del universo como agua, 
como un algo general simple. La humedad es, según su concep' 
to, vida, y con ello se estatuye el agua misma al modo del 
espíritu; en las llamadas razones el agua presenta, por el con¬ 
trario, la forma de lo general que es. Nosotros reconocemos, 
evidentemente, esta efectividad general del agua, y por ello 
precisamente la llamamos un elemento, un poder físico gene- 

* Trad. cit., p. 176 [E.]. 



164 LA FILOSOFIA GRIEGA 

ral; pero, así como lo encontramos como este algo general y 
efectivo, lo encontramos también como una efectividad que no 
es general, pues a su lado existen otros elementas: la tierra, el 
aire y el fuego. El agua no tiene, pues, una generalidad sen- 
sible, sino solamente una generalidad especulativa; pero, para 
poder ser generalidad especulativa, tiene que ser, necesaria¬ 
mente, un concepto y lo sensible debe ser levantado. Se plan¬ 
tea, así, la polémica entre la generalidad sensible y la generali¬ 
dad del concepto. Se trata de determinar la esencia de la 
naturaleza, es decir, de expresar la naturaleza como esencia 
simple del pensamiento: y la esencia simple, el concepto de lo 
general, es precisamente lo que carece de forma; pero esta 
agua, tal como es, aparece bajo la determinabilidad de la for¬ 
ma, tiene, por ello, una existencia especial frente a otras, como 
todo lo natural. Sin embargo, frente a los demás elementos, el 
agua presenta la determinabilidad de lo que carece de forma, 
de lo simple, mientras que la tierra es la continuidad, el aire 
el elemento de todo cambio y el fuego lo que cambia de suyo 
absolutamente. Así, pues, si la necesidad de la unidad nos 
obliga a reconocer un algo general en las cosas particulares, 
fácilmente se nos ofrece el agua, aunque tenga también el in¬ 
conveniente de ser una cosa particular, como lo unitario, tanto 
por su neutralidad como porque tiene, al mismo tiempo, una 
materialidad más fuerte que el aire. 

La tesis de Tales según la cual el agua es lo absoluto, o, 
como decían los antiguos, el principio, es el punto de arranque 
de la filosofía, porque con ello cobra conciencia de que la esen¬ 
cia, lo verdadero, lo uno, es lo único que es en y para sí. Se 
traza, así, una línea divisoria con respecto a lo que es en las 
percepciones de nuestros sentidos; con ello, el hombre se retira 
de este ente inmediato. Debemos poder olvidar que estamos ha¬ 
bituados a un rico y concreto mundo de pensamientos; que, en¬ 
tre nosotros, ya el niño empieza a oir que “Existe un Dios 
invisible en el cielo”. En la época de que hablamos no existen 
aún tales criterios; es necesario empezar por construir el mundo 
del pensamiento y no existe aún una unidad pura. El hombre 
tiene ante sí la naturaleza, como agua, aire, estrellas, bóveda 
celeste; además, el horizonte de sus representaciones es aún * 
muy limitado. Es cierto que la imaginación está poblada de 
dioses, pero también el contenido de éstos es natural; los grie¬ 
gos consideraban el sol, las montañas, la tierra, el mar, los ríos, 
etc., como poderes independientes y los adoraban como dioses. 



LOS IONIOS 165 

convirtiéndolos a través de su fantasía en seres activos, mo¬ 
vidos, conscientes y dotados de voluntad. Lo demás, por ejem¬ 
plo, las representaciones de Homero, es algo con lo que el 
pensamiento no puede, ni mucho menos, darse por satisfecho; 
son representaciones nacidas en la imaginación, de una anima¬ 
ción y una plasmación infinitamente generales, sin unidad 
simple. 

Sin embargo, dentro de esta falta de conciencia de un mun¬ 
do intelectual, hay que reconocer, evidentemente, que hace 
falta jjna gran audacia de espíritu para no dejar que prevalezca 
esta plenitud de existencia de un mundo puramente natural, 
para reducirla a una sustancia simple que, como lo perma¬ 
nente, no nace ni perece, mientras que los dioses, por el con¬ 
trario, tienen una teogonia, son muchos y se hallan sujetos a 
cambios y mudanzas. Con la tesis de que esta esencia es el 
agua se aquieta esta fantasía homérica, selvática e infinitamente 
abigarrada, este desperdigarse de una muchedumbre infinita de 
principios, se supera toda esta noción según la cual un objeto 
particular es algo verdadero que existe por sí mismo, un po¬ 
der independiente que existe por sí mismo y por encima de 
los otros; y con ello se proclama que sólo existe un algo ge¬ 
neral y único, lo que es en y para sí general, la simple intuición 
ajena a la fantasía, el pensamiento, que sólo es uno. 

Este algo general se halla inmediatamente en relación con 
lo particular, con la existencia manifiesta del universo. La pri¬ 
mera relación que va implícita en lo dicho es la de que la 
existencia particular no tiene sustantividad propia, no es algo 
verdadero en y para sí, sino solamente una modificación acci¬ 
dental. Pero la relación afirmativa es que de lo uno brota todo 
lo demás, que lo uno es, por serlo, la sustancia de todo lo otro, 
que sólo es una determinación fortuita y externa lo que hace 
nacer la existencia particular; y también, y del mismo modo, 
que toda existencia particular es perecedera, es decir, pierde 
la forma de lo parricular para convertirse de nuevo en lo ge¬ 
neral, en agua. 

La simple tesis de Tales de Mileto es filosofía porque en 
ella no se toma el agua sensible en su particularidad frente 
a las demás cosas naturales, sino que se la concibe como un 
pensamiento en que todas las otras cosas naturales se contie¬ 
nen y se disuelven. Se lleva a cabo, pues, aquella separación 
entre lo absoluto y lo finito; pero esta separación no debe con¬ 
cebirse como si de un lado estuviese lo absoluto y de otro lado 



166 LA FILOSOFIA GRIEGA 

el mundo finito, como suele hacerse con frecuencia en la no¬ 
ción corriente acerca de Dios, en la que se asigna al mundo 
una existencia firme y se concibe, con frecuencia, la existencia 
de dos realidades: la de un mundo sensible y la de un mundo 
suprasensible, los dos del mismo rango. La concepción filosó¬ 
fica es que sólo lo uno es lo verdaderamente real; y esto de real 
debe tomarse, aquí, en el elevado sentido de la palabra, ya que 
en la vida común damos a todo el nombre de real. Lo segundo 
es que el principio presenta, en los filósofos antiguos, una for¬ 
ma determinada y, en primer término, física. A nosotros, esto 
no nos parece filosófico, sino eso, físico solamente; pero es lo 
cierto que aquí lo material tiene un significado filosófico. La 
tesis de Tales es, pues, filosofía de la naturaleza, puesto que 
esta esencia general se determina como algo real y, por tanto, 
lo absoluto como unidad del pensamiento y del ser. 

2. Después de poner a la cabeza este algo indiferente, el 
problema que surge inmediatamente es el que se refiere a la de¬ 
terminación de esto primero. El tránsito de lo general a lo par¬ 
ticular es, al mismo tiempo, un punto esencial, que aparece 
con la determinación de la actividad; luego, se da la necesidad 
de ella. Es necesario que lo que ha de ser un principio ver¬ 
dadero no presente una forma unilateral, particular, sino que 
la diferencia ha de tener, de suyo, un carácter general, mien¬ 
tras que aquellos principios no son otra cosa que formas espe¬ 
ciales. El hecho de que lo absoluto sea algo que se determina 
a sí mismo es ya algo concreto; esto es la actividad y la alta 
conciencia de sí mismo del principio espiritual a través de la 
cual la forma se eleva a un plano que le permite ser la for¬ 
ma absoluta, la totalidad de la forma. Esto es lo más profundo 
y, por tanto, lo que viene más tarde; lo más próximo es mirar 
solamente hacia la determinación. 

El agua de Tales carece de forma. ¿Cómo la adquiere? Se 
nos indica (y Aristóteles lo dice, aunque no precisamente con 
referencia a Tales) de qué manera nacen del agua las distintas 
formas especiales; se nos dice que este tránsito se efectúa me¬ 
diante la condeinsación y la dilución (jruxvÓTT)ti xal [iavÓTT]Ti) 
o, para decirlo en términos más correctos, por su mayor o me¬ 
nor intensidad. Tennemann (t. I, p. 59) cita a este propósito- 
un pasaje de Aristóteles, De gen. et corr. I, 1, donde no se 
habla para nada de condensación o dilución, ni tampoco de 
Tales; y cita, además, el De cáelo, III, 5, donde sólo se dice que 
quienes aceptan como principio el agua o el aire, o un elemento 



LOS JONIOS 167 

más fino que el agua y más grosero que el aire, determinan la 
diferencia como densidad y fluidez, pero sin mencionar para 
nada que fuese Tales quien expresara esta diferencia. Tiede- 
mann (t. I, p. 38) cita, además, otras autoridades, y dice que 
fueron autores de una época posterior quienes atribuyeron a 
Tales esta distinción.* 

Lo que sí puede afirmarse es que es en esta filosofía natu¬ 
ral, como en la moderna, donde por vez primera aparece la dis¬ 
tinción cuantitativa de la misma esencia como lo esencial de 
la forma, en general. Pero esta simple diferencia cuantitativa 
que constituye la única determinación formal del agua como 
condensación o dilución de ella, es una expresión externa de 
la diferencia absoluta, una diferencia no esencial, establecida 
por un factor distinto, y no la diferencia interna del concepto 
en sí; por tanto, no vale la pena detenerse en esto. 

La diferencia en lo tocante al concepto no tiene ningún 
significado físico, sino que las diferencias o el simple desdobla¬ 
miento de la forma en las dos partes de su contraposición son 
precisamente las que deben considerarse como las diferencias 
generales del concepto. Por eso también no se debe atribuir un 
significado sensible a las materias, es decir, a las determinabi- 
lidades, como cuando se dice, más concretamente, que el agua 
diluida se convierte en aire, el aire diluido en éter ígneo y el 
agua condensada en limo, primero, y luego en tierra; y, por 
consiguiente, que el aire es la evaporación de la primera agua, 
el éter la evaporación del aire, la tierra y el limo la sedimen¬ 
tación del agua. De este modo, el desdoblamiento se mani¬ 
fiesta ante la conciencia como una alteración o una modifica¬ 
ción sensible; pero los experimentos modernos demuestran que 
es posible condensar y diluir la identidad sensorial. 

El transformar encierra, por tanto, un doble sentido: de 
una parte, con arreglo a la existencia; de otra parte, con arreglo 
al concepto. Ahora bien, cuando los antiguos hablan de trans¬ 
formación, nosotros interpretamos esto, generalmente, como una 
transformación en cuanto a la existencia, y se investiga, consi¬ 
guientemente, por ejemplo, si el agua puede convertirse en tie¬ 
rra mediante un tratamiento químico, a través del calor, de la 
destilación, etc.; y aquí encuentra la química finita sus límites. 
Sin embargo, en todas las filosofías antiguas se alude a la trans¬ 
formación con arreglo al concepto. Por ejemplo, la transforma- 

* Cfr, Ritter, Geschichte der Jonischen Fhilosophie [“Historia de la fi¬ 
losofía jónica”], p. 15. 



168 LA HLOSOFIA GRIEGA 

ción del agua de suyo en aire o en espacio y tiempo no se 
efectúa precisamente en retortas, etc. Pero en toda idea filosó¬ 
fica se da este tránsito de una cualidad a la otras es decir, se 
pone de relieve esta íntima conexión existente en el concepto 
mismo y según la cual no puede existir independientemente 
nada sin lo otro, sino que la vida de la naturaleza consiste, 
precisamente, en que lo uno tenga un comportamiento necesa¬ 
rio con respecto a lo otro. 

Suele creerse, evidentemente, que si desapareciese el agua, 
las plantas y los animales lo pasarían muy mal, pero que, en 
cambio, seguirían existiendo los minerales, lo que es tanto como 
decir que se podría, entre los colores, retirar el azul sin que por 
ello sufriesen el menor menoscabo el amarillo y el rojo. Si nos 
fijamos en la simple existencia empírica, es fácil demostrar, 
evidentemente, que cada cualidad existe para sí; pero desde 
el punto de vista del concepto sólo pueden existir las unas en¬ 
lazadas a las otras, por medio de su necesidad interna. Y esto 
se advierte bien, indudablemente, en lo vivo, sencillamente 
porque aquí el concepto cobra existencia: así, si a un animal 
le extraemos, por ejemplo, el corazón, dejarán de funcionar 
también sus pulmones y el resto de su organismo. Otro tanto 
acontece con la naturaleza considerada en conjunto: sólo pue¬ 
de existir mediante la unidad de todos sus miembros, del mis¬ 
mo modo que el cerebro mediante la unidad con los otros 
órganos. 

3. Ahora bien, si la forma se proclama, en sus dos lados, 
solamente como una condensación y una dilución, esto quiere 
decir que no es en y para sí; pues, para ello, serla necesario 
considerarla como conce-pw absoluto, como una unidad infi¬ 
nitamente conformadora. Lo que acerca de esto nos dice Aris¬ 
tóteles (De anima, I, 2 y también 5) es lo siguiente: 

“Según lo que de él se cuenta. Tales parece considerar el 
alma como algo animado de fuerza motriz, ya que dice, hablan¬ 
do de la piedra magnética, que tiene un alma, porque mueve 
al hierro.” 

IDiógenes Laercio (I, 24) añade a esto el ámbar, de donde 
se deduce que Tales conocía ya la electricidad, aunque cabe 
también otra explicación y es que el íí),extqov de que se habla 
fuese cualquier otro metal; Aldobrandirii dice, a propósito de 
este pasaje de Diógenes, que era una piedra tan hostil al ve¬ 
neno, que tan pronto como se ponía en contacto con éste, sil¬ 
baba. Aquella observación de Aristóteles es interpretada por 



LOS JONIOS 169 

Diógenes en un sentido tan falso, que dice que “Tales atri¬ 
buía también un alma a lo inanimado”; no se trata de esto, sino 
de cómo concebía la forma absoluta, de si declaraba la idea, en 
general, como alma, de tal modo que la esencia absoluta fuese 
para él la unidad de la esencia simple y de la forma. 

Es cierto que Diógenes dice, poco después (I, 27), refi¬ 
riéndose a Tales: “El mundo —según él— estaba animado y 
lleno de demonios”; y Plutarco fDe plac. phil, 1, 7): “Llamaba 
a Dios la inteligencia (voü?) del universo,” Sin embargo, todos 
los antiguos, y principalmente Aristóteles, coinciden en atri¬ 
buir esta expresión a Anaxágoras como el primero que afirmó 
que el voñ? es el principio de todas las cosas. 

Por eso no nos ayuda gran cosa a la determinación de la 
forma en Tales el que en Cicerón CDe nat. deor. I, 10) nos 
encontremos con estas palabras: “Tales decía que el agua es el 
principio de todas las cosas y Dios el espíritu que lo ha creado 
todo del agua.” Tales puede muy bien haber hablado de Dios, 
pero no cabe duda de que eso de que lo concibiera como el voüg 
que lo ha creado todo del agua lo puso Cicerón de su cosecha. 
Tiedemann (t. I, p. 42) expresa la hipótesis de que este pasaje 
haya llegado a nosotros alterado, pues más adelante (c, 11) 
Cicerón atribuye a Anaxágoras el “haber sido el primero en 
afirmar la ordenación de todas las cosas como establecida por 
la fuerza infinita del espíritu.” Sin embargo, el epicúreo en 
boca del cual se ponen aquellas palabras habla, antes y des¬ 
pués, en términos bastante necios de otros filósofos, “con gran 
desahogo y temiendo más que nada que se crea que duda 
acerca de algo” (c, 8), lo que indica que todo este relato tiene 
como finalidad, simplemente, dar a las palabras del epicúreo un 
tinte ridículo. 

Aristóteles entendía mejor la fidelidad histórica; a él debe¬ 
mos, por tanto, atenernos. En cambio, para aquellos a quienes 
interesa descubrir por encima de todo la noción de la creación 
del universo por Dios, ofrece apetecible pasto el pasaje de Ci¬ 
cerón; y se discute mucho si Tales figura o no entre los que 
admiten la existencia de Dios. El teísmo talesiano es afirmado, 
por ejemplo, por Plouquet, mientras que otros autores tratan 
de hacer de él un ateo, o bien un politeísta, por haber dicho 
que todo estaba lleno de demonios. Pero el problema de si 
Tales creía, además, en la existencia de un Dios no nos interesa 
aquí. No es la creencia, la fe, la religión popular, lo que aquí 
nos interesa, pues de lo que se trata es, pura y simplemente. 



170 LA FILOSOFIA GRIEGA 

de la determinación filosófica de la Esencia absoluta. Y, aun-» 
que Tales hubiese hablado de Dios como el creador de todas 
las cosas a base de-aquella agua de que nos habla, no por ello 
sabríamos más de esta Esencia; nos habríamos expresado afi¬ 
losóficamente, al emplear, a propósito de Tales, una palabra 
vacía, sin detenernos a indagar su concepto especulativo. Y 
también es inútil la expresión de “alma del universo”, ya que 
con ella no se manifiesta aún su ser. 

Por consiguiente, todos estos datos, lo mismo los remotos 
que los ulteriores, no nos autorizan a suponer que Tales con¬ 
cibiera de un determinado modo la forma en lo absoluto; por 
el contrario, esto contradice a todo el resto de la historia de la 
evolución filosófica. Vemos que, si bien parece colocarse la for¬ 
ma sobre la esencia, esta unidad no ba llegado aún a desarro¬ 
llarse. Es cierto que la noción de que la piedra-imán tiene un 
alma es mejor que decir que tiene fuerza para atraer los me¬ 
tales, pues la fuerza es una especie de cualidad que nos repre¬ 
sentamos como un predicado separable de la materia, mientras 
que el alma supone el atribuir a la materia un movimiento de 
sí misma, inseparable de ella. 

Pero, esta ocurrencia de Tales es algo completamente ais¬ 
lado en él y no guarda ninguna relación estrecha con sus pen¬ 
samientos absolutos. Por eso, la filosofía de Tales se contiene, 
en realidad, en los siguientes momentos simples: a) en la abs¬ 
tracción que consiste en sintetizar la naturaleza en una esencia 
sensible y simple; (3) en haber establecido el concepto de fun¬ 
damento, es decir, en haber determinado el agua como el con¬ 
cepto infinito, como la esencia simple del pensamiento, sin 
reconocerle otra determinabilidad ulterior que la diferencia en 
cuanto a la cantidad. Tal es la limitada significación de este 
principio de Tales de Mileto. 

2. Anaximandro 

AnOximandro era también milesio y amigo de Tales. “Éste 
—dice Cicerón (Aoctd. Quaest. IV, 37)— no pudo convencerle 
de que todo estaba hecho de agua.” El padre de Anaximandro 
se llamaba Praxíades, pero no se sabe con certeza en qué año 
nació; Tennemann (t. I, p. 413) sitúa su nacimiento en la OI. 
42, 3 (año 610 a. c.); en cambio, Diógenes Laercio (II, 1-2), 
basándose en datos de Apolodoro, un ateniense, informa que 
en la OI. 58, 2 (547 a. c.) tenía 64 años y que murió poco des¬ 
pués, es decir, por los mismos días en que murió Tales, el 



LOS IONIOS 171 

cual, si es cierto que llegó a vivir noventa años, debía de ser 
unos 28 años más viejo que Anaximandro. 

De Anaximandro se cuenta que vivió en la isla de Samos, 
bajo el tirano Polícrates, a cuya protección se acogieron tam¬ 
bién Pitágoras y Anacreonte. Temistio (en Brucker, 1.1, p. 478) 
refiere de él que fué el primero que recogió por escrito sus pen¬ 
samientos filosóficos, pero esto mismo se cuenta de otros pensa¬ 
dores, por ejemplo de Ferécides, que era anterior a Anaxi¬ 
mandro. Al parecer, éste escribió acerca de la naturaleza, de los 
eclipses, de la esfera y de diversos temas; se dice que compuso, 
además, una especie de carta geográfica, representando el perí¬ 
metro (jt8QÍp,8TQOv) de la tierra y el mar. Se le atribuyen, asi-, 
mismo, otros inventos matemáticos, por ejemplo el de un reloj 
de sol construido por él en Lacedemonia, el de algunos instru¬ 
mentos para medir el curso del sol y determinar el equinoccio 
y el de una esfera armilar. 

Los pensamientos filosóficos de Anaximandro son de radio 
muy limitado y no aparecen desarrollados con claridad. IMó- 
genes dice, en el lugar citado: “Como principio y elemento 
establecía [Anaximandro] lo infinito [tó cítoiqov, lo indeter¬ 
minado]; no lo determinaba como aire, ni como agua o algo 
por el estilo.” Ahora bien, los criterios determinantes de este 
algo infinito son muy pocos: a) “Era, según él, el principio 
de toda generación y de toda corrupción; a largos intervalos, 
nacen de él mundos o dioses infinitos, que vuelven a hundirse 
en el mismo elemento [esto tiene, como se ve, un tono com¬ 
pletamente oriental]; como fundamento de que debe determi¬ 
narse el principio como lo infinito, nos dice que la progresiva 
creación no puede carecer nunca de materia. Ese principio 
lo contiene todo y todo lo gobierna, y es, según él, lo divino, lo 
inmortal y lo imperecedero.” ® P) De lo uno, o sea de lo infi¬ 
nito, elimina Anaximandro los antagonismos que lleva dentro, 
lo mismo que Empédocles y Anaxágoras: por donde, aunque 
en esta mezcla todo se halle completo, todo es, al mismo tiem¬ 
po, indeterminado.® En efecto, como potencia real (óuváiisi) 
todo se halla contenido ahí, “de tal modo —dice Aristóteles 
fMetafísica, XII, 2) —que no sólo se genera todo, de un modo 
accidental, de lo que no es, sino que todo se genera también 
de lo que es, mejor dicho, de lo que, siendo en potencia, no es 
aún, sin embargo, en acto”. Y Diógenes Laercio (II, 1) añade: 

® Plutarco, De plac. phil. I, 3; Cicerón, De natura deorum, I, 10; Aris¬ 
tóteles, Física, III, 4. 

® Cfr. Aristóteles, Física, I, 4. 



172 LA HLOSOFIA GRIEGA 

“Las partes de lo infinito cambian, pero lo infinito mismo es 
invariable.” y) Finalmente, se dice: Ese algo es infinito en 
cuanto a la magnitud, pero no en cuanto al número; y en esto, 
Anaximandro se distingue de Anaxágoras, de Empédocles y de 
los otros atomistas, quienes postulan la discreción absoluta de lo 
infinito, mientras que Anaximandro estatuye su absoluta con¬ 
tinuidad.'^ Aristóteles (Metafísica, I, 8), citando a varios auto¬ 
res, habla también de un principio que no es agua ni aire, sino 
algo “más denso que el agua y más delgado que el aire”. Mu¬ 
chos intérpretes creen que esta determinación se refiere a Ana¬ 
ximandro; y es posible que se trate, en efecto, de éL 

Ahora bien, el progreso en cuanto a la determinación del 
principio como la totalidad infinita estriba en que, aquí, la 
esencia absoluta no es algo simple, sino una generalidad que 
equivale a la negación de lo finito. Al mismo tiempo, desde 
el punto de vista material, Anaximandro supera la concreción 
del elemento agua: su principio objetivo no presenta ningún 
carácter material y se lo puede considerar como un pensamien¬ 
to; por lo demás, se comprende claramente que Anaximandro 
no pudo tener presente otra cosa que la materia misma, la ma¬ 
teria en general.® Plutarco le echa en cara a Anaximandro el 
que “no diga qué (tí) es su algo infinito, si aire, agua o tierra”. 
Pero esta cualidad determinada es precisamente lo perecedero; 
la materia, determinada como algo infinito, consiste en el 
movimiento que establece las determinabilidades y en que des¬ 
aparecen, a su vez, los desdoblamientos. En esto debe verse el 
verdadero ser infinito, y no en la ausencia negativa de límites. 
Pero esta generalidad y esta negatividad de lo finito es sola¬ 
mente nuestro movimiento; al describir la materia como lo 
infinito, Anaximandro no parece haber dicho que en eso con¬ 
sista su infinitud. 

Anaximandro dijo también lo siguiente (en lo que coincide, 
según Teofrasto, con Anaxágoras): “Partiendo de lo infinito, lo 
homogéneo se separa de lo heterogéneo para unirse con lo ho¬ 
mogéneo; lo que, por tanto, era en su totalidad oro se convierte 
en oro, lo que era tierra en rierra, etc., por donde, en rigor, 
nada se genera, sino que ya existía en ello con anterioridad.” ® 

Son éstas, sin embargo, determinaciones bien pobres, que 
no hacen sino revelar la necesidad de pasar de lo indeterminado 
a lo determinado; pero esto sigue haciéndose, en Anaximandro, 

Simplicio, Ad Fhys. Arist. (I, 2), p. 5 b. 

® Estobeo, Eclog. Physic. cap. 11, p. 294, ed. Heeren. 

® Simplicio, Ad. Phys. Arist, p. 6 b. 



LOS IONIOS 173 

de un modo poco satisfactorio. Por lo que se refiere al criterio 
concreto de cómo lo infinito determina, en su desdoblamiento, 
lo antagónico, Anaximandro parece compartir con Tales la de¬ 
terminación de la diferencia cuantitativa de la condens<acjón y 
la dilución. Los autores posteriores designan el proceso de eli¬ 
minación del seno de lo infinito como una generación, y dicen 
que Anaximandro hace al hombre nacer de un pez, pasar del 
agua a la tierra.^® Este criterio de la generación se presenta 
también recientemente como una simple sucesión en el tiem¬ 
po; es una forma con la que se cree, frecuentemente, decir 
cosas brillantes; sin embargo, no se encierra en ella ninguna 
necesidad, ningún pensamiento y, menos aún, un concepto, 

Pero Estobeo (Eclog. Phys. c. 24, p. 500), en noticias pos¬ 
teriores, atribuye también a Anaximandro la determinación del 
calor, como disolución de la forma, y la del frío, que, según 
Aristóteles (Mccafísica, I, 5), fué Parménides el primero en 
señalar. Eusebio (De proep. evcmg. I, 8) nos refiere, a base de 
una obra perdida de Plutarco, algo de la cosmogonía de Ana¬ 
ximandro harto oscuro y que seguramente el propio Eusebio no 
fentendía tampoco. Dice así, sobre poco más o menos: “De lo 
infinito se separaron infinitas esferas celestes y mundos infini¬ 
tos; pero estos mundos llevan su ruina dentro de sí, ya que 
sólo existen por medio de una continua eliminación.” En efec¬ 
to, en tanto que lo infinito es la esencia, la eliminación intro¬ 
duce una diferencia, es decir, la diferencia de una determina¬ 
ción o de un algo finito. 

“La tierra tiene [según Anaximandro] la forma de un ci¬ 
lindro cuya altura es la tercera parte de su anchura. Los dos 
principios del calor y del frío, fecundadores desde toda una 
eternidad, se disocian al crearse esta tierra; esto hace que se 
forme una esfera de fuego en torno al aire que rodea a la tie¬ 
rra, como la corteza en torno al árbol. Y del mismo modo 
que aquélla salta y sus trozos se ven encerrados en un círculo, 
así surgieron el sol, la luna y las estrellas.” De aquí también 
que Anaximandro llamase a las estrellas, según Estobeo (Ecl. 
Phys. 25, p. 510), “condensaciones del aire, en forma de círcu¬ 
lo, llenas de fuego”. 

Esta cosmogonía vale lo que la hipótesis geológica de la 
corteza de la tierra que salta hecha añicos o lo que la explosión 
del sol según Buffon, de la que, a la inversa y comenzando por 
el sol, hace que los planetas se generen como escorias. Mientras 

10 Cfr. Plutarco, Quaest. convivcd. VIII, 8. 



174 LA HLOSOFIA GRIEGA 

que los antiguos colocaban a las estrellas en nuestra atmósfera 
y hacían que el sol brotase más bien de la tierra, nosotros, por 
el contrario, hacemos del sol la esencia y el lugar de nacimien¬ 
to de la tierra y ponemos a las estrellas en una relación directa 
con nosotros, haciéndolas brillar para nosotros mismos, como 
los dioses de Epicuro. Es cierto que, en la trayectoria de su 
generación, el sol desciende sobre nosotros como lo general, 
pero es, en cuanto' a la naturaleza, lo posterior; así, pues, en 
verdad sólo es totalidad la tierra y el sol, por el contrario, 
un momento de la abstracción. 

3. Anaxímenes 

Nos queda todavía por hablar de Anaxímenes, que apareció 
entre la 55’ y la 58’ OI. (560-548 a. c.), natural también de 
Mileto y contemporáneo y amigo de Anaximandro. La figura 
de Anaxímenes no se distingue por nada extraordinario y es 
muy poco, en general, lo que acerca de él conocemos. Dió- 
genes Laercio (II, 3) dice, sin fijarse en sus palabras y contra¬ 
diciéndose: “nació, según Apolodoro, en la 63’ Olimpíada y 
murió en el mismo año en que fué conquistada Sardes” (por 
Ciro, OI. 58). 

Donde Anaximandro^ colocaba la materia indeterminada, 
pone Anaxímenes, de nuevo, un elemento natural determina¬ 
do, es decir, restablece lo absoluto en una forma real, que 
ahora, en vez del agua de Tales, es el aire. Este pensador con¬ 
sideró necesario, sin duda, asignar un ser sensible a la materia, 
y el aire tiene, al mismo tiempo, la ventaja de poseer una ma¬ 
yor ausencia de forma: tiene menos de cuerpo que el agua, 
pues no lo vemos, sino que nos damos cuenta solamente de 
sus movimientos. Plutarco (De plac. phil. I, 3) dice, a este 
propósito: “De él [del aire] sale todo [según Anaxímenes] y 
en él vuelve a disolverse todo.” Según Cicerón (De nat. deor. 
I, 10), Anaxímenes “determinaba el aire como algo inmenso, 
infinito y en constante movimiento”. Diógenes Laercio expresa 
esto, en el citado pasaje, del siguiente modo: “el principio es 
el aire y lo infinito (oúrog á^xfjv aspa elns xai tó a'jtsipov)”, 
como si existieran dos principios; sin embargo, cabe también 
tomar la frase xal obtEiQov, en su conjunto, como sujeto, 

viendo en la palabra oépa el predicado de la oración. Pues 
Simplicio, en sus comentarios a la Física de Aristóteles (p. 6 a) 
dice expresamente que, para Anaxímenes, “la esencia primi¬ 
genia era una y una sola naturaleza infinita, como para Anaxi- 



LOS JONIOS 175 

mandro, aunque no indeterminada, como la de éste, sino de¬ 
terminada, a saber: el aire”, aunque concebido, al parecer, como 
algo dotado de alma. 

Plutarco determina la concepción de Anaxímenes como ba¬ 
sada en el aire (los autores posteriores lo llaman éter). Todo 
se genera de él y se disuelve en él: “Como nuestra alma, que es 
aire, nos domina y une (auYXpaTeí), así un aliento* (a:veüp,a) 
y un aire circunda y sujeta (acsQiéxei) al mundo entero. Aliento 
y aire son una y la misma cosa”. Anaxímenes señala muy 
bien la naturaleza de su esencia a la luz del alma, con lo que, 
en cierto modo, viene a poner de manifiesto el tránsito de la 
filosofía de la naturaleza a la filosofía de la conciencia o la apa¬ 
rición de la modalidad objetiva de la esencia primigenia. La 
naturaleza de esta esencia primigenia se determinaba antes de 
un modo extraño y negativo desde el punto de vista de la con¬ 
ciencia; tanto su realidad, el agua o el aire, como lo infinito es 
algo que se halla más allá de la conciencia. Pero el alma es este 
medio general, una multitud de representaciones que desapa¬ 
recen y se manifiestan sip que cesen esta unidad y esta con- 
linuidad; es tanto activa como pasiva, hace que las repre¬ 
sentaciones se dispersen de su unidad y se levanten y se hagan 
presentes en su infinitud, de tal manera que el significado ne¬ 
gativo y positivo coinciden. Esta naturaleza de la esencia pri¬ 
migenia es proclamada más precisamente y no sólo a modo de 
un símil por Anaxágoras, discípulo de Anaxímenes. 

Las historias hablan también de Ferécides, maestro de Pitá- 
goras, natural de la isla de Siró, una de las Cíclades. De él 
se refiere que, sacando agua de un pozo, se dió cuenta de que 
al cabo de tres días se produciría un terremoto; asimismo se 
cuenta que pronosticó el náufragio de un barco que vió nave¬ 
gar a velas desplegadas y que el barco se fué inmediatamente 
a pique. De este Ferécides dice Teopompo, en Diógenes Laercio 
(I, 116), que “fué el primero que escribió para los griegos acer¬ 
ca de la naturaleza y de los dioses” (antes, se había dicho lo 
mismo de Anaximandro); tratábase, al parecer, de prosa. Por 
todos los datos que acerca de ello poseemos, parece que lo que 
escribió Ferécides fué una especie de teogonia, cuyas primeras 
palabras se han conservado: “Júpiter y el tiempo y lo terrenal 
(X'&cóv) siempre (eig deí); lo terrenal (x^ovíiji) recibió el nombre 
de tierra cuando Zeus le confirió sus dones.” No sabemos 

* Hegel traduce jrveü^a por espíritu; el texto castellano está tomado 
d* Ib Antología filosófica [E.]. 

Diógenes Laercio, I, 119; Menagio, ad h. l. 



176 LA HLOSOFIA GRIEGA 

cómo continuaría este pasaje, pero todo hace suponer que no 
se trata de una pérdida muy sensible. Lo único que Hermias^® 
cita es lo siguiente: “Ferécides establecía como principios Zeus 
o el fuego (alMpa), la tierra y Cronos o el tiempo; el fuego 
era lo activo, la tierra lo pasivo, el tiempo aquello en que 
todo nace.” 

Asimismo aparecen citados entre los filósofos jonios un Dió- 
genes de Apolonia, un Hípaso y un Arquekto; pero lo único que 
de ellos Conocemos son sus nombres y su adscripción a tal o 
cual principio. 

Pero dejemos estos filósofos y pasemos a Pitágoras, contem¬ 
poráneo de Anaximandro, aunque por las conexiones históricas 
de la trayectoria del principio de la filosofía física nos viésemos 
obligados a tratar también de Anaxímenes. Según hemos visto, 
estos pensadores sitúan la esencia primigenia, como de ellos dice 
Aristóteles, en una modalidad de la materia, en el aire o en el 
agua, o bien, si es que la materia de Anaximandro puede de¬ 
terminarse así, en una esencia más fina que el agua y más 
tosca que el aire. Heráclito, del que en seguida hablaremos, 
determina la esencia como el fuego. “Pero ninguno —dice Aris¬ 
tóteles {'Metafísica, I, 8)— señala como principio la tierra, por 
considerarla como el más complejo de los elementos” (6ia tV 
psYaXo¡xsQsiav). Presenta, en efecto, toda la apariencia de un 
conglomerado hecho, de muchas cosas sueltas. El agua, en cam¬ 
bio, es algo único y transparente; presenta de un modo sensible 
la forma de la unidad consigo mismo, y lo mismo sucede con el 
aire, con el fuego, con la materia, etc. El principio debe ser 
algo único y revelar, por tanto, unidad consigo mismo; si mues¬ 
tra variedad, como la tierra, no es algo único consigo mismo, 
sino múltiple. 

Tal era lo que teníamos que decir acerca de la filosofía de 
los antiguos jonios. Lo que hay de grande en estos pobres pen¬ 
samientos abstractos es: a) la concepción de una sustancia 
general en todo; (3) el que esta esencia carezca de imagen, no 
aparezca vinculada a ninguna clase de representaciones sen¬ 
sibles. 

Lo defectuoso de estas filosofías ha sido puesto de relieve, 
mejor que por nadie, por Aristóteles, en el lugar citado. Dos 
cosas dice Aristóteles, en su juicio sobre estos tres modos de 
determinar lo absoluto: “Los que establecen el principio primi- 

12 In irrisione gentilium, c. 12 (citante Fabricio aá. Sext. Emp. Hyp. Pyrrh. 
III, 4. § 30). 



LOS JONIOS 177 

genio como materia incurren en diversos defectos. En primer 
lugar, se limitan a indicar los elementos de lo corporal, no de 
lo incorpóreo, a pesar de que también existe esto.” Si se inves¬ 
tiga la naturaleza para determinar su esencia, es necesario in¬ 
vestigarla de un modo completo, teniendo en cuenta todo lo 
que forma parte de ella; claro que esto no pasa de ser una 
instancia empírica. Aristóteles opone lo incorpóreo, como 
una clase de cosas, a lo material, y entiende que lo absoluto no 
debe determinarse de un modo unilateral y que, puesto que el 
principio de aquellos filósofos es algo puramente material, no 
establecen como concepto lo incorpóreo, el objeto. Es cierto 
que la materia misma es inmaterial, como esta reflexión en la 
conciencia; pero aquéllos no saben que lo que ellos proclaman 
es una esencia de la conciencia. El primer defecto de esta con¬ 
cepción consiste, pues, en que se proclama lo general bajo una 
forma especial. 

El segundo defecto señalado por Aristóteles (Metafísica, I, 
3) es éste: “De todo esto se desprende que sólo proclaman la 
•tausa bajo la forma de la materia. Pero, al proceder así, la cosa 
misma les cerraba el camino y los obligaba a seguir investigan¬ 
do. Pues, lo mismo si la corrupción y la generación proceden 
de una sola cosa que si proceden de varias, siempre cabrá pre¬ 
guntarse: 2cómo ocurre esto y cuál es la causa de ello? Es 
evidente que el sustrato (xb ínoxsíjisvov) no se hace cambiar 
a sí mismo, que ni la madera ni el bronce son causa de sus 
propios cambios, de tal modo que la madera no se convierte por 
sí misma en una cama o el bronce en una estatua, sino que 
tiene que haber algo distinto de ellos que sea la causa de los 
cambios que experimentan. Pues bien, el buscar este algo dis¬ 
tinto equivale a investigar el otro principio, que es, como nos¬ 
otros diríamos, el principio del movimiento.” 

Esta crítica sigue siendo valedera todavía hoy, cuando lo 
absoluto se concibe como una sustancia rígida. Aristóteles dice 
que a base de la materia como tal, a base del agua como algo 
que no se mueve a sí mismo, no es posible llegar a comprender 
el cambio como tal; y reprocha, concretamente, a los filósofos 
antiguos el no haber investigado el principió del movimiento, 
que es el que inmediatamente hay que indagar. Se echa total¬ 
mente de menos, en esta concepción, el fin remoto y, en gene¬ 
ral, el criterio de la actividad. De aquí que Aristóteles diga, en 
otro pasaje: 

“Al proponerse indicar la causa de la generación y la co- 



178 LA FILOSOFIA GRIEGA 

rrupción, destruyen, en realidad, la causa del movimiento. Al 
convertir en principio un cuerpo simple, con excepción de la 
tierra, no comprenden la mutua generación y el cambio mutuo 
de lo uno a base de lo otro: me refiero al agua, el aire, el 
fuego y la tierra. Esta generación debe concebirse como sepa¬ 
ración o como combinación; por donde se añade el antagonis¬ 
mo de que lo uno es lo anterior en el tiempo y lo otro lo pos¬ 
terior. En efecto, por ser esta naturaleza de la generación eb 
camino seguido por ellos, resulta que se desciende de lo general 
simple, a través de lo particular, hasta lo individual, que es 
lo último de todo, en el tiempo; lo general es el agua, el aire, el 
fuego. Lo que más parece adaptarse a este elemento es el fue¬ 
go, por ser lo más fino de todo. Por tanto, quienes lo convierten 
en principio son los que se expresan más a tono con esta natu¬ 
raleza (^ycp) de la generación; y el mismo propósito existe en 
los demás. ¿Pues por qué, si no, a ninguno se le ocurrió con¬ 
vertir la tierra en elemento, siendo ésta, como lo es, la manera 
de pensar del pueblo? Hesíodo dice que la tierra fué el primer 
elemento corpóreo, lo que indica cuán antigua y verdadera¬ 
mente popular es esta concepción. Pero lo posterior en cuanto 
a la generación es lo primero en cuanto a la naturaleza.” 

No lo comprenden así, sin embargo, quienes se dejan go¬ 
bernar exclusivamente por aquella trayectoria del devenir, pues 
de otro modo lo habrían levantado de nuevo o habrían reco¬ 
nocido aquel primer algo general y formal como tal, estatuyen¬ 
do como la esencia lo tercero, es decir, la totalidad o la uni¬ 
dad de materia y forma. Lo absoluto no es aún, aquí, lo que 
se determina a sí mismo, el concepto que retoma a sí mismo, 
sino simplemente un algo abstracto y muerto; sólo los filósofos 
posteriores, dice Aristóteles (Metxifísica I, 6; III, 3) tienden a 
concebir el principio fundamental más bien como género. 

Tres momentos podemos seguir en la filosofía de los jonios: 
a) la esencia primigenia es el agua; |3) el infinito de Anaxi- 
mandro es la descripción del movimiento, la simple manifesta¬ 
ción y el retorno a los aspectos generales simples de la forma, la 
condensación y la dilución; y) el aite, que se compara con 
el alma. Ahora, es necesario que el lado de la realidad se con¬ 
vierta en concepto: lo mismo ocurre con los momentos dei 
desdoblamiento, la condensación y la dilución, que no pueden 
contraponerse, en lo que al concepto se refiere. Esta transición 
marcada por Pitágoras, en la que se destaca como ideal el lado 
de la realidad, equivale al desprendimiento del pensamiento 



PITAGORAS y los pitagóricos 179 

con respecto a lo sensible y, con ello, a la separación de lo in¬ 
teligible y lo real. 

B) PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 

Los neopitagóricos de tiempos posteriores escribieron mu¬ 
chas y extensas biografías de Pitágoras, extendiéndose con gran 
prolijidad en lo tocante a la Liga pitagórica; pero haj' que pro¬ 
ceder con gran prudencia, no dando crédito como históricas a 
estas noticias, muchas veces desfiguradas. La vida de Pitágoras 
se presenta ante nosotros, en la historia, a través de las repre¬ 
sentaciones de los primeros siglos posteriores al nacimiento de 
Cristo, más o menos en el mismo estilo en que es relatada la 
vida del propio Jesucristo, sobre el terreno de la realidad vulgar 
y no en una atmósfera poética, como una mezcla de muchas 
fábulas maravillosas y llenas de aventuras, como una trama 
híbrida de representaciones orientales y occidentales. Se parte 
de lo descollante del genio y de la manera de vivir de Pitᬠ
goras y de las costumbres implantadas por él entre sus discí¬ 
pulos para presentarlo como un hombre que se sale de lo nor¬ 
mal, como un portento iniciado en los misterios de los seres 
superiores. Su figura aparece ante nosotros adornada con todas 
las cualidades de la magia, como una mezcla de dotes natu¬ 
rales y sobrenaturales, como un revoltijo misterioso de turbias 
y confusas representaciones imaginativas y de sueños absurdos 
propios de cerebros trastornados. 

Y tan tergiversada como la historia de su vida llega a nos¬ 
otros sü filosofía, con la que aparecen mezcladas y revueltas 
todas las turbias cavilaciones del confusionismo y el alegoris- 
mo cristianos. La incorporación de Platón al mundo cristiano 
presenta, en cambio, un carácter muy nítido y totalmente dis¬ 
tinto. Los números fueron empleados, muchas veces, como 
expresiones de ideas, lo que, de una parte, sugiere la apariencia 
de cierta profundidad de sentido. Inmediatamente se com¬ 
prende que se encierra en ellos otro significado del que directa¬ 
mente contienen, aunque ni el que los expresa ni el que se 
esfuerza en interpretarlos acierten nunca a saber cuál sea ese 
significado, como ocurre, por ejemplo, con el uno por uno de 
las brujas del Fausto de Goethe. Cuanto más confusos apare¬ 
cen los pensamientos más profundo se nos antoja el sentido 
que encierran; lo importante es ahorrarse el esfuerzo más esen¬ 
cial, pero el más difícil de todos, que consiste en expresarse en 
conceptos precisos. 



180 LA FILOSOFIA ORIEGA 

Así considerada, la filosofía pitagórica, vista a través de las 
noticias que de ella recibimos, puede ser reputada, asimismo, 
como un engendro oscuro é inseguro de cerebros turbios y va¬ 
cuos. Pero, afortunadamente, conocemos el lado teórico-espe- 
culativo de ella, y lo conocemos a través de las obras de Aris¬ 
tóteles y Sexto Empírico, quienes se ocuparon mucho de esta 
filosofía. Y aunque los pitagóricos de una época posterior in¬ 
sulten a Aristóteles por la exposición que hace del pitagorismo, 
no cabe duda de que aquel gran pensador está muy\ por enci¬ 
ma de este griterío, razón por la cual no hay que hacer ningún 
caso de tales insultos. ! 

En tiempos posteriores, hiciéronse circular muchas obras 
falsas bajo el nombre de Pitágoras; Diógenes Laercio (VIII, 
6-7) cita muchas compuestas realmente por él y otras que le 
fueron atribuidas para ampararse con la autoridad de su nom¬ 
bre. Pero, en primer lugar, no ha llegado a nosotros ninguna 
obra de Pitágoras y, en segundo lugar, es dudoso que llegara 
realmente a escribir alguna; se han conservado citas de ellas 
en breves fragmentos, pero no del propio Pitágoras, sino de sus 
discípulos. No es posible distinguir con claridad qué desarro¬ 
llos y significados correspondan a los pitagóricos antiguos y 
cuáles a los posteriores; sí podemos afirmar, sin embargo, que 
en Pitágoras y en los pitagóricos antiguos las determinaciones no 
presentaban todavía contornos tan claros y nítidos, un desarro¬ 
llo tan concreto, como en los pitagóricos de una época posterior. 

Por lo que a la vida de Pitágoras se refiere, EHógenes Laercio 
(VIII, 1-3, 45) nos dice que floreció alrededor de la 60 Olim¬ 
píada (540 a. c.): su nacimiento se sitúa, generalmente, en 
la 49* o 50 Olimpíada (584 a. c.), aunque Larcher, en Tenne- 
mann (t. I, pp. 413-414) lo coloca bastante antes, en la 43* Olim¬ 
píada (43, 1, es decir, en el año 608 a. c.); Pitágoras fué, pues, 
contemporáneo de Tales y Anaximandro. Suponiendo que Ta¬ 
les hubiese nacido en la 38* Olimpíada y Pitágoras en la 43*, 
resultará que Pitágoras tenía solamente 21 años menos que el 
filósofo de Mileto; de Anaximandro (OI. 42, 3) se hallaba se¬ 
parado por dos años solamente, a menos que éste tuviera 26 
más; Anaxímenes debía ser alrededor de 20 a 25 años más 
joven que Pitágoras. 

EL lugar de nacimiento de Pitágoras fué la isla de Saraos; 
era también, por tanto, uno de los griegos del Asia Menor, de 
las tierras en las que venimos situando la sede de la filosofía. 
Herodoto (IV, 93-96) presenta a Pitágoras como hijo de Me- 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 181 

nesarco, a quien Zalmoxis sirvió en Samos como esclavo, y nos 
dice que Zalmoxis recobró su libertad, adquirió riquezas, llegó 
a ser príncipe de los getas y afirmó que ni él ni los suyos mo¬ 
rirían. Este Zalmoxis se hizo construir, al parecer, una morada 
subterránea, en la que se sustrajo a las miradas de sus súbditos, 
reapareciendo al cabo de cuatro años^J^-oon lo cual hizo que 
los getas creyeran en la inmortalidacf. Sin embargo, Herodoto 
cree que Zalmoxis vivió mucho antes que Pitágoras. 

Pitágoras pasó su juventud en la corte de Polícrates, bajo 
cuyo gobierno la isla de Samos se convirtió en un emporio de 
riqueza y en un centro floreciente de la cultura y las artes, lle¬ 
gando a poseer, en este brillante período, según Herodoto (III, 
39), una flota de cien barcos. Su padre era artista, tallista en 
piedra; sin embargo, otras noticias indican que su familia pro¬ 
cedía del Tirreno, habiéndose trasladado a Samos después de 
nacer Pitágoras; lo cierto es que la juventud del filósofo discu¬ 
rrió en esta isla de las costas del Asia Menor, en la que se 
aclimató y a la que realmente pertenece. Viajó desde muy joven 
por las tierras del continente y allí conoció, al parecer, a Tales; 
de allí pasó a Fenicia y a Egipto, según cuenta Jámblico (III, 
13-14), en su biografía de Pitágoras. Los griegos del Asia Me¬ 
nor mantenían intensas relaciones comerciales y políticas con 
ambos países; se dice que Pitágoras fué recomendado por Polí¬ 
crates al rey Amasis, quien, según Herodoto (II, 154), llevó 
á su país a muchos griegos y tenía tropas y colonias helénicas. 
Los relatos de otros viajes al interior del Asia, a las tierras 
de los magos persas y de los indios, parecen tener un carácter 
completamente fabuloso, aunque los viajes eran considerados 
en aquel entonces, igual que ahora, como un medio de procu¬ 
rarse cultura. Y como Pitágoras viajaba con propósitos cientí¬ 
ficos, se cuenta de él que se hizo iniciar en casi todos los mis¬ 
terios de los griegos y los bárbaros y que fué recibido, asimismo, 
en la orden o la casta de los sacerdotes egipcios. 

Estos misterios, con que nos encontramos entre los griegos 
y que pasaban por ser albergue y asiento de una gran sabiduría, 
parecen haber sido a la religión de aquellos pueblos algo así 
como la doctrina con respecto al culto. Éste consistía, exclu¬ 
sivamente, en sacrificios y juegos solemnes; no encontramos en 
ellos, sin embargo, transición alguna hacia lo imaginativo, ha¬ 
cia las representaciones conscientes, a menos que estas repre¬ 
sentaciones se conservaran como una tradición en los cantos 

Cfr. Porfirio. De vita ’Pyth. §§ 14-15; ed. Ritterhus. ad h. l. 



182 LA FILOSOFIA GRIEGA 

sagrados. En cambio, sí parecen haber retenido los misterios la 
enseñanza misma o la iniciación presente en las representacio¬ 
nes mentales; pero de tal modo que, en ellos, no se apelaba 
solamente, como en nuestros sermones modernos, a la repre¬ 
sentación, sino también al mismo cuerpo: antes de que el hom¬ 
bre se dispersase en todo lo que le rodeaba, se le ayudaba a 
concentrarse en su conciencia sensible- y en la purificación y 
santificación de su cuerpo. De lo que menos se habla, a este 
propósito, es, manifiestamente, de filosofemas; y, del \ mismo 
modo que hoy conocemos la francmasonería, tampoco los mis¬ 
terios debían ser entonces ningún secreto. 

Lo que más y de un modo más profundo influyó en Pitá- 
goras fué, indudablemente, su contacto con la casta sacerdotal 
de los egipcios; no precisamente porque extrajese de ella una 
profunda sabiduría especulativa, sino por la idea que allí ad¬ 
quirió en lo tocante a la realización de la conciencia moral del 
hombre: el individuo debía mirar principalmente hacia sí mis¬ 
mo para llegar a ser, interior y exteriormente, un hombre digno 
y plasmarse en realidad como una obra moral de arte, plan que 
más tarde había de tratar de desarrollar Pitágoras y que cons¬ 
tituye, desde luego, una manifestación tan interesante como su 
filosofía especulativa. Los sacerdotes formaban un estamento 
especial dentro de la sociedad y eran educados especialmente 
para ello, y tenían como regla una vida moral específica, que 
procuraban mantener, en conjunto, en medio de aquélla. 

No cabe duda de que Pitágoras volvió de Egipto con la ima¬ 
gen viva de aquella orden o casta sacerdotal, como la imagen 
de una convivencia firme para una formación científica y mo¬ 
ral, que ya no habría de abandonar a lo largo de toda su vida. 
Egipto estaba considerado, por aquel entonces, como un país 
de alto nivel cultural y lo era, en efecto, con respecto a Gre¬ 
cia; asi se revela, entre otras cosas, en la división de la sociedad 
en castas, que presupone una separación de los hombres con 
arreglo a las grandes ramas de asuntos u ocupaciones, tales 
como la técnica, la ciencia, la religión, etc. Fuera de esto, no 
deben buscarse grandes conocimientos científicos entre los egip¬ 
cios, ni creer que Pitágoras sacó de allí su ciencia; Aristóteles 
(Metafísica I) se limita a decir que “en Egipto fué donde na¬ 
cieron las ciencias matemáticas, por ser allí donde el pueblo 
aseguró el ocio de sus sacerdotes”.^^ 

Pitágoras residió durante largo tiempo en Egipto, de donde 


Cfr. Porfirio. De vita Fyth. 6; Jámblico, De vita Pyth. XXIX, 158. 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 185 

retornó a la isla de Samos; pero, al volver, encontró a su pa^ 
tria en una situación de gran confusión política, y se ausentó 
en seguida de ella. Según los informes de Herodoto (III, 45- 
47), Policrates, y no como tirano, había expulsado de la isla a 
muchos ciudadanos que buscaron y encontrróon apoyo entre 
los lacedemonios, desencadenando así una ^erra civil. Los 
espartanos empezaron prestando esta clase de ayuda, a la que 
se debía, en general, según cuenta Tucídides (I, 18), la abolí' 
ción del poder de unos cuantos individuos y la devolución del 
gobierno al pueblo; pero más tarde, cambiaron de política y se 
dedicaron a derrocar las democracias y a instaurar aristocracias. 

La familia de Pitágoras vióse inevitablemente envuelta en 
estas desagradables complicaciones, y este estado de cosas no es¬ 
taba hecho para un hombre como Pitágoras, que ya no se inte¬ 
resaba en lo más mínimo por la vida política y veía en ella un 
terreno poco propicio para sus planes. Por eso, después de via¬ 
jar durante algún tiempo por Grecia, decidió trasladarse a 
Italia, en el sur de cuya península se habían fundado colonias 
griegas de diferentes pueblos y con diferentes motivos y donde 
florecían muchas ricas ciudades, dedicadas al comercio, pode¬ 
rosas y abundantes en población y en múltiples recursos ma¬ 
teriales. 

Por último se estableció en Crotona, independientemente y 
por su cuenta, pero no como estadista o como guerrero, ni tam- 
ipoco como legislador político del pueblo, trazando a éste nor¬ 
mas acerca de su vida exterior, sino como maestro público, con¬ 
sagrado a la predicación de una doctrina que no se conformaba 
con el convencimiento, sino que pretendía gobernar toda la 
vida moral de los individuos. Dice Diógenes Laercio que fue 
el primero que se llamó <piXóooq)og en vez de ootpó? simplemen¬ 
te; y se presenta esto como un signo de modestia, como si con 
ello quisiera dar a entender que no se consideraba en posesión 
de la sabiduría, sino que aspiraba simplemente a ella, como a 
una meta cuya consecución es imposible.^® Pero la palabra ootpóg 
designaba, al mismo tiempo, a un hombre sabio que pretende 
ser también un hombre práctico, pero no solamente para sí, ya 
que para esto no es necesaria sabiduría alguna, pues todo hom¬ 
bre elocuente y moral hace lo que cuadra a su situación. La 
palabra tpiXóaoqpog denota, pues, especialmente, lo contrario 
a lo práctico, es decir, a los negocios públicos, a la actuación 
dentro del Estado. La filosofía, por tanto, no es precisamente 


16 Diógenes Laercio, I, 12; VIII, 8; Jámblico, VIII, 44; XII, 58. 



184 LA FILOSOFIA GRIEGA 

el amor por la sabiduría considerada como algo que se aspira a 
poseer; no es el deseo incumplido de ello. Es cpdóoocppg quien 
mantiene una relación con la sabiduría como objeto; esta rela¬ 
ción es la de la reflexión, no la del simple ser, sino la de la 
ocupación mental con ese objeto. No se puede confundir, na¬ 
turalmente, al que ama el vino (tpíXoivog) con el que está lleno 
de vino, con el borracho. Pero eso no quiere decir que el aman¬ 
te del vino, el tpí^oivo?, se halle poseído, ni mucho me,¡jos, por 
una vana aspiración hacia el vino. 

La obra realizada por Pitágoras en Italia nos es relatada m^s 
bien por panegiristas posteriores que por verdaderos historia¬ 
dores. Así, en la historia de Pitágoras escrita por Maleo (nom¬ 
bre sirio de Porfirio) se refieren cosas maravillosas. Y lo que 
más salta a la vista entre los neoplatónicos es precisamente 
este contraste entre su profunda visión de las cosas y su fe en 
los milagros. En efecto, si ya antes los biógrafos posteriores de 
Pitágoras nos habían relatado multitud de cosas maravillosas 
del filósofo, al llegar a su actuación en Italia estos portentos 
se acumulan en enormes proporciones. Tal parece que, como 
ocurrió más tarde con Apolonio de Tiana, se esforzasen en 
oponerlo a Cristo. En efecto, los milagros que cuentan de Pi¬ 
tágoras se asemejan mucho, en parte al menos, a los del Nuevo 
Testamento, con la notoria intención de mejorarlos; y hay que 
reconocer que, muchos de ellos, se acreditan por su mal gusto. 
Así, ya la propia llegada de Pitágoras a Italia es presentada 
por sus biógrafos-panegiristas como un verdadero milagro. Se 
nos cuenta que, al desembarcar en Crotona, puerto del golfo 
de Tarento, se encontró por el camino hacia la ciudad con pes¬ 
cadores que no habían pescado nada. El viajero les dijo que 
echaran de nuevo las redes y les anunc o, exactamente, qué can¬ 
tidad de peces sacarían. Los pescadores, asombrados de su 
predicción, le prometieron que, si acertaba, harían cuanto les 
pidiera. La profecía resultó cierta y Pitágoras pidió a los pes¬ 
cadores que arrojaran de nuevo los peces vivos al mar, pues 
los pitagóricos contaban entre sus ritos el de no comer pescado. 
Y, por si todo esto fuera poco, se añade que, mientras se con¬ 
taron los peces fuera del agua, ni uno solo murió. 

Tal es el estilo de los milagros que se atribuyen a Pitágo-• 
ras, y este necio carácter presentan las historias con que los 
biógrafos de este filósofo adornan su vida. Aseguran que Pi¬ 
tágoras produjo una impresión tan poderosa y general Sobre los 
espíritus de los itálicos, que todas las ciudades, siguiendo sus 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 185 

consejos, se prestaron a corregir sus costumbres licenciosas y 
corrompidas, y los tiranos depusieron voluntariamente su poder 
o fueron desalojados de él. Y estos biógrafos incurren en erro¬ 
res e inexactitudes históricos tan burdos como el de convertir 
a Carondas y Zalenco en discípulos de Pitágoras, a pesar de 
haber vivido mucho tiempo antes que éste, y el de atribuir a 
su influencia la expulsión y la muerte del tirano Falaris.^® 

Dejando a un lado estas fábulas, queda en pie como verdad 
histórica la poderosa acción ejercida por Pitágoras mediante la 
fundación de una escuela y la gran influencia que su orden 
llegó a tener sobre la mayoría de los estados italo-griegos o, por 
mejor decir, la dominación ejercida sobre ellos por esta orden, 
que se mantuvo durante largo tiempo. 

De Pitágoras se cuenta que era hombre de gran belleza y 
de mayestática figura, que inspiraba simpatía e infundía res¬ 
peto a cuantos lo contemplaban. Y a esta dignidad natural, a 
estas nobles costumbres y al sereno prestigio de su porte unían¬ 
se, además, ciertas particularidades externas que lo hacían 
aparecer como un ser especial y misterioso: vestía siempre una 
especie de túnica blanca de lino y se abstenía por principio de 
ingerir ciertas clases de alimentos.^^ En los tiempos modernos, 
no son ya tan. importantes estos signos especiales de la perso¬ 
nalidad ni estas apariencias externas en cuanto al traje y otras 
manifestaciones del mismo jaez; incluso las grandes personali¬ 
dades se dejan hoy gobernar, en este punto, por las costumbres 
generales y las modas, por considerar como algo puramente ex¬ 
terno e indiferente de suyo el demostrar o no, en esto, una 
voluntad original y propia: se considera esto como algo com¬ 
pletamente contingente y fortuito, y casi todo el mundo se plie¬ 
ga, en ello, a las normas externas de lo igual y lo general, 
considerándolo como lo racional. 

A aquella personalidad externa de Pitágoras se añadía una 
gran elocuencia y una profunda visión de las cosas, que el filó¬ 
sofo no aspiraba a comunicar solamente a unos cuantos amigos; 
desde el primer momento, puso la mira en ejercer una influen¬ 
cia general sobre la opinión pública, tanto en lo tocante a la 
manera de pensar como en lo referente a todo su modo de 
vivir y a su moralidad. Y no se limitó a enseñar a sus amigos, 
sino que los reunió y agrupó para educarlos en un tipo espe- 

Porfirio, De vita Pyth. 25, 21-22; Jámblico, De vita Pyth. 36; VII, 33- 
34; XXXII, 220-222. 

Diógenes Laercio, VIII, 11; Porfirio, 18-20: Jámblico, II, 9-10; XXIV, 
108-109; Menag. et Casaub., Ad Diog. Laert. VIII, 19. 



186 LA FILOSOFIA GRIEGA 

cial de vida, para hacer de ellos personas especiales, iniciadas 
en la habilidad para los negocios y en la moralidad. La insti¬ 
tución creada por Pitágoras llegó a convertirse en una Liga o 
asociación que abarcaba al hombre en su conjunto y a la vida 
en su totalidad, como él mismo tenía un perfecto carácter 
plástico, era una obra de arte bien trabajada y perfecta. 

Acerca de la organización de la sociedad pitagórica posee¬ 
mos relatos de autores de una época posterior, sobre todo de 
los neoplatónicos, muy prolijos sobre todo en lo que se refie¬ 
re a las leyes por las que se regía. La sociedad presentaba, en 
conjunto, el carácter de una especie de orden sacerdotal o mo¬ 
nacal voluntaria, de las que conocemos de ilos tiempos moder¬ 
nos. Los aspirantes a ingresar en ella eran^-examinados para 
saber si poseían la formación de espíritu y la disciplina de obe¬ 
diencia que los hicieran aptos para esta clase de sociedad; se 
recogían, además, informes acerca de su conducta, de sus incli¬ 
naciones y actividades. Los miembros de la orden eran some¬ 
tidos a una educación especial y se establecía entre ellos una 
división en la que se separaban los exotéricos de los esotéricos: 
los segundos estaban ya iniciados en los más altos principios 
de la ciencia y también en las actividades políticas, ya que los 
planes políticos no eran ajenos a la sociedad pitagórica; los pri¬ 
meros tenían que pasar por un noviciado que duraba cinco 
años. Cuantos ingresaban en la orden tenían que transferir a 
ésta sus bieneSj los cuales les eran devueltos, sin embargo, cuan¬ 
do se salían de ella; durante este período de noviciado, regía 
la disciplina del silencio (exepv&ía) 

En general, podemos afirmar que este deber de abstenerse 
de charlatanerías es condición esencial de toda formación es¬ 
piritual y de todo aprendizaje; es necesario empezar por saber 
asimilarse los pensamientos de otros, renunciando de momento 
a tener ideas propias. Suele decirse que la inteligencia se des¬ 
arrolla por medio de preguntas, objecciones y respuestas, etc.; 
en realidad, no se desarrolla así, sino que se exterioriza de este 
modo. La interioridad del hombre se adquiere y desarrolla a 
través de la formación; por el hecho de que el hombre se aten¬ 
ga silenciosamente a sí mismo, no se empobrecen sus pensa¬ 
mientos ni se amortigua la vivacidad de su espíritu. Lejos de 
ello, el hombre adquiere de este modo la capacidad de capta¬ 
ción y se acostumbra a comprender por qué sus ocurrencias y 

18 Porfirio, 37; Jámblico, XVII, 71-74; XVIII, 80-82; XXVIII, 150; XX, 
94-95; Diógenes Laercio, VIII, 10. 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 187 

SUS objeciones no sirven; y al ver cada vez más claramente 
por qué no sirven, va desacostumbrándose a tenerlas. 

Ahora bien, el hecho de que se nos informe especialmente 
que en la sociedad pitagórica existía esta separación entre los 
novicios y los ya inidados y esta disciplina del silencio parece 
indicar que, en el seno de su agrupación, ambas cosas regían 
de un modo formal y no simplemente como deberes directa¬ 
mente emanados de la naturaleza de las cosas, como algo que 
se desprende de suyo, sin necesidad de una ley especial ni de 
un acatamiento general. Y, a este propósito, es importante ha¬ 
cer notar que Pitágoras debe ser considerado como el primer 
maestro general del pueblo que- introdujo, en Grecia, la ense¬ 
ñanza de las ciencias; ni Tales de Mileto, anterior a él, ni Ana- 
ximandro, contemporáneo suyo, supieron enseñar científica¬ 
mente, sino que se limitaron a comunicar sus ideas a sus 
amigos. 

Por lo demás, no existían, entonces, ciencias de ninguna 
clase, ni una filosofía, ni una matemática, ni una jurispruden¬ 
cia, ni ciencia alguna, sino solamente tesis y conocimientos suel¬ 
tos. Las enseñanzas de la época versaban solamente sobre 
cómo se debían manejar las armas, sobre tales o cuáles filoso- 
femas, sobre la música, sobre el modo de cantar los poemas de 
Homero o Hesíodo, los cantos en versos de tres pies, etc., o en 
torno a otras artes; enseñanza organizada de un modo muy 
distinto. 

Por eso, cuando se dice que Pitágoras introdujo la enseñanza 
de las ciencias en un pueblo científicamente inculto, pero nada 
romo, sino, por el contrario, extraordinariamente despierto, na¬ 
turalmente culto y muy comunicativo, como eran los griegos, 
habría que señalar las circunstancias externas de esta ense¬ 
ñanza, a saber: 

a) la diferencia establecida entre quienes ignoraban por 
completo cómo se desarrollaba la enseñanza de una ciencia y 
los que se hallaban ya un poco más avanzados; P) la renuncia 
ti procedimiento no científico consistente en charlas acerca de 
tftles problemas, para esforzarse en recibir la verdadera ciencia. 

Claro está que, en estas condiciones y por lo desusado del 
Wlétodo, esta manera de proceder tenía que parecer, necesaria¬ 
mente, formalista o serlo, en realidad; entre otras razones, por¬ 
que los discípulos de Pitágoras no sólo eran una gran cantidad 
de personas, lo que hacía necesarios una forma y un orden de¬ 
terminados, sino que, además, vivían continuamente juntos. 



188 LA FILOSOFIA GRIEGA 

Esto obligaba a Pitágoras a recurrir a una forma especial, pues 
era la primera vez que un maestro, en Grecia, aspiraba a una 
totalidad, a inculcar a sus discípulos un nuevo principio me¬ 
diante la educación de la inteligencia, del ánimo y de la vo¬ 
luntad. Por eso, esta convivencia no abarcaba solamente el 
lado de la enseñanza y del adiestramiento en las capacidades 
y aptitudes exteriores, sino también el referente a la formación 
moral del hombre práctico. Ahora bien, todo '|o que se refiere 
a lo moral, mejor dicho siempre y cuando que se conciba cons¬ 
cientemente en este sentido, parece algo formal o se convierte 
efectivamente en algo formal, pues lo formal es algo general 
que se enfrenta al individuo. Así Ip parece, especialmente, 
a quien compara lo general con lo particular y reflexiona cons¬ 
cientemente acerca de uno y otro; pero esta diferencia desapa¬ 
rece para quien vive dentro de ello, para aquel que hace de 
ello una costumbre. 

Poseemos, finalmente, relatos exactos y detallados acerca 
del ripo exterior de vida que los pitagóricos llevaban en su co¬ 
munidad, acerca de sus prácticas, etc.; sin embargo, mucho de 
esto ha llegado a nosotros a través de las fantasías de autores 
de una época posterior. 

Los miembros de la sociedad pitagórica estaban sujetos a un 
régimen de vida muy regular. En primer lugar, se nos dice que 
vestían todos del mismo modo, túnicas blancas de lino, como 
Pitágoras. Sus actos se ajustaban a un determinado reglamento 
o plan de distribución del tiempo, en que cada hora tenía su 
trabajo marcado: por la mañana temprano, inmediatamente 
después de levantarse, debían evocar rápidamente lo que ha¬ 
bían hecho el día anterior, ya que esto se halla estrechamente 
entrelazado a las tareas del nuevo día; esta reflexión acerca de 
sí mismos o este examen de conciencia era también tarea ves¬ 
pertina: al atardecer, los alumnos debían recapacitar acerca de 
lo hecho durante el día y reflexionar si habían obrado mal o 
bien.^® La verdadera educación no consiste en la vanidad de 
concentrar la atención en uno mismo y ocuparse de uno como 
individuo, sino, por el contrario, en olvidarse de uno mismo, 
para entregarse por entero a la cosa y a lo general; sólo la re¬ 
flexión en torno a la cosa misma es necesaria; en cambio, aquel 
inútil y peligroso temor coarta la libertad. ' 

Los pitagóricos aprendían de memoria pasajes de Homero 

19 Jámblico, XXI, ICX); XXIX, 165; Diógenes Laercio, VIII, 22; Porfi¬ 
rio, 40. 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 189 

y Hesíodo. Por las mañanas y en varias ocasiones a lo largo 
del día, ocupábanse de música, que era una de las materias 
principales en la enseñanza griega y en la educación de los grie¬ 
gos en general; eran también prácticas habituales entre ellos 
los ejercicios gimnásticos, las luchas, las carreras, los lanza¬ 
mientos, etc. Las comidas celebrábanse en común y también 
ellas se ajustaban a modalidades especiales, aunque las noti¬ 
cias acerca de este punto difieren bastante: al parecer, los ali¬ 
mentos principales de los pitagóricos eran la miel y el pan y la 
bebida predilecta y casi única el agua; todo parece indicar que 
no probaban la carne, abstinencia esta que se pone en relación 
con la teoría de la transmigración de las almas; y entre los 
alimentos vegetales establecían también algunas distinciones, 
absteniéndose, por ejemplo, de comer judías. El respeto que 
sentían por esta planta hacíales objeto de burlas, pero sabemos 
que, al ser destruida la Liga pitagórica, varios miembros de 
ella, perseguidos, prefirieron dejarse matar antes que pisotear 
un plantío de judías.^® 

Sin embargo, la orden de los pitagóricos, su régimen de 
educación moral y de convivencia entre varones, no duraron 
mucho, pues todavía en vida de Pitágoras surgieron los enemi¬ 
gos de éste que destruyeron violentamente su obra. Dícese que 
el filósofo suscitó las envidias de los poderosos y fué acusado 
de tener segundas intenciones; no podía admitirse que los miem¬ 
bros de su sociedad no perteneciesen por entero a la ciudad 
de que formaban parte, sino a otra especie de ciudad creada en 
el seno de ella. 

Parece que en esta catástrofe pereció el propio Pitágoras, se¬ 
gún Tennemann (t. I, p. 414) en la 69» Olimpíada (504 a. c.); 
se dice que encontró la muerte en una sublevación del pueblo 
contra los aristócratas; no se sabe a ciencia cierta, sin embar¬ 
go, si fué en Crotona o en Metaponto, o si Pitágoras pereció 
más bien en la guerra de los siracusanos contra los de Agrigento. 
Tampoco existe acuerdo acerca de la edad que, al morir, tenía 
el filósofo, pues mientras unos le atribuyen 80 años, otros le 
conceden 104.^^ La sociedad de la escuela pitagórica, la amis¬ 
tad entre sus miembros y la unidad de los métodos educativos 
conserváronse hasta tiempos posteriores, pero no bajo la forma 
externa de una liga o corporación, como antes, pues hubieron 

20 Porfirio, 32-34; Jámblico, XXIX, 163-164; XX, 96; XXI, 97; XXIV, 
107; Diógenes Laercio, VIII, 19, 24, 39. 

21 Diógenes Laercio, VIII, 39-40; Jámblico, XXXV, 248-264; Porfirio, 
54-59; Anónimo, De vita Pyth. (apud Photium). 



190 LA FILOSOFIA GRIEGA 

de renunciar a ella bajo los embates de la persecución. En ge¬ 
neral, conocemos bastante mal la historia de la Magna Grecia, 
pero todavía en tiempo de Platón®® nos encontramos con pita¬ 
góricos gobernando algunos estados o erigidos en poder político. 

La sociedad pitagórica no guardaba ninguna conexión con 
la vida pública y religiosa de los griegos, razón por la cual no 
podía mantenerse en pie durante largo tiempo; en Egipto y 
en Asia, el aislamiento y la influencia de la casta sacerdotal 
eran lo natural, pero un país como la libre Grecia se avenía 
mal con este régimen oriental de castas. Aquí el principio que 
rige la vida del Estado es la libertad, perq de tal modo que no 
se ha implantado aún como principio-de las relaciones jurídi¬ 
cas ni del derecho privado. En nuestros países, el individuo es 
libre porque todos son iguales ante la ley, lo cual no quiere de¬ 
cir que no puedan existir diferencias en cuanto a las costum¬ 
bres, a las relaciones políticas y a las opiniones; estas diferencias 
deben existir incluso en los Estados orgánicos. En la democrᬠ
tica Grecia, por el contrario, las costumbres, el régimen exte¬ 
rior de vida, debían mantenerse también, necesariamente, en 
un pie de igualdad, y el sello de la igualdad tenía que aparecer 
impreso sobre estos amplios círculos sociales. 

Una excepción como ésta de los pitagóricos, que perdían 
su iniciativa personal de ciudadanos libres para supeditarse a 
los planes y a los fines de su asociación y llevar una vida reli¬ 
giosa cerrada, no podía tener cabida en Grecia. Es cierto que 
el linaje de los Eumólpidas tenía a su cargo la conservación de 
los misterios y que otros cultos especiales estaban confiados a 
otras familias, pero no al modo de castas establecidas en un 
sentido político, pues los miembros de estas familias o de estos 
linajes eran, como los sacerdotes en general, hombres políti¬ 
cos, ciudadanos, como otros cualesquiera. Por otra parte, el 
establecimiento de la religión en coto aparte no se había lle¬ 
vado todavía, como habría de hacerse bajo el cristianismo, a 
este extremo monacal. Dentro de la vida colectiva del Estado 
griego no pueden surgir o mantenerse individuos o grupos apar¬ 
te, que profesen principios especiales y, mucho menos, miste¬ 
rios propios, que se diferencien de los demás por su modo 
exterior de vivir o por su modo de vestir, pues el Estado helé¬ 
nico es una asociación abierta y común, que se cifra precisa¬ 
mente en Ja comunidad de los principios y del régimen de 
vida, pues es la comunidad misma la que se encarga de deci- 

** Cfr. Platón, Timeo, p. 20, Steph. (p. 8 ed. BekL). 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 191 

dir lo que le conviene o lo que le daña. Los griegos se han 
sobrepuesto ya a las costumbres de vestir ropas especiales, uni¬ 
formes, de lavarse en común, comer colectivamente, practi¬ 
car en común la música, clasificar los alimentos en puros e 
impuros, etc. Dejan todo eso a cargo de cada individuo, como 
atributo de su libertad especial, que nada tiene que ver con 
los fines comunes, o lo consideran como una posibilidad y cos¬ 
tumbre general de cada cual. 

Pero lo fundamental, para nosotros, es la filosofía pitagórU 
ca, no tanto la del propio Pitágoras como la de los pitagóricos, 
tal como se expresan Aristóteles y Sexto; claro está que hay 
que distinguir entre ambas cosas, y el cotejo de lo que pasa por 
ser la doctrina pitagórica revela inmediatamente una serie de 
diferencias y discrepancias, con las que nos encontraremos en 
su momento. 

A Platón se le imputa la culpa de haber corrompido la filo¬ 
sofía pitagórica al asimilar elementos de ella a su propia filoso¬ 
fía; pero lo cierto es que aquélla se desarrolló por unos derro¬ 
teros que necesariamente tenían que hacer cambiar su fisonomía 
original. La historia nos habla de muchos continuadores de 
Pitágoras, como Alcmeón y Filolao, que introdujeron nuevos 
criterios en la doctrina de su maestro; y en muchas otras expo¬ 
siciones resaltan los rasgos de lo simple, lo no desenvuelto, com¬ 
paradas con otras ulteriores y más desarrblladas, en las que el 
pensamiento se manifiesta ya de un modo más claro y pode¬ 
roso, No es necesario, sin embargo, que entremos a analizar lo 
que hay de histórico en estas diferencias, sino que bastará 
con que examinemos la filosofía pitagórica en su conjunto. 
Asimismo, debemos prescindir de lo que procede, manifiesta¬ 
mente, de los neoplatónicos y los neopitagóricos; para ello, dis¬ 
ponemos de fuentes anteriores a este período, sobre todo las 
detalladas exposiciones con que nos encontramos en Aristóteles 
y en Sexto. 

La filosofía pitagórica representa la transición de la filoso¬ 
fía realista a la filosofía intelectual. Los jonios buscaban la 
esencia, el principio, en un algo materialmente determinado. 
La determinación siguiente es: a) que lo absoluto no se conciba 
bajo una forma natural, sino en Una determinación del pensa¬ 
miento; P) para ello deberán establecerse ahora las determina¬ 
ciones, mientras que lo primero era lo totalmente indetermi¬ 
nado. Estas dos cosas son las que hace la filosofía pitagórica. 



192 


LA RLOSOFIA GRIEGA 


1. El sistema de los números 

Por tanto, lo primero, la tesis fundamental y simple de la 
filosofía pitagórica, según Aristóteles CMetafísica'I, 5), consis¬ 
te en afirmar “que el número es la esencia de todas las cosas y 
que la organización del universo en su conjunto se halla deter¬ 
minada por un sistema armónico de números y de relaciones 
entre ellos”. Ahora bien, ¿en qué sentido deb¿\ interpretarse 
esta afirmación? La función fundamental del número consis¬ 
te en servir de medida: así, pues, cu^do decimos que todo se 
halla determinado cuantitativa o cualitativamente, la magnitud 
y la medida no son más que uno de los lados o cualidades 
que se presentan en todas las cosas; pero el sentido de lo que 
aquí se afirma es que el número constituye de suyo la esencia 
y la sustancia de las cosas, no su simple forma. 

A primera vista, tiene que parecemos, por fuerza, sorpren¬ 
dente la audacia de semejante afirmación, por la que se echa 
por tierra de golpe todo lo que viene considerándose como 
verdadero y esencial, anulándose de pronto la esencia sensible, 
para convertirla, sencillamente, en la esencia del pensamiento. 
La esencia es expresada, aquí, como algo ajeno a los sentidos, y 
se proclama como sustancia y ser verdadero algo completa¬ 
mente heterogéneo con respecto a lo sensible, a lo que suele 
considerarse como esencial. Pero por esta vía, precisamente, 
se establece la necesidad tanto de convertir en concepto el nú¬ 
mero mismo como de representar el movimiento de su unidad 
con el ente, ya que el número no se nos presenta como algo 
que forma una unidad inmediata con el concepto. 

Y aunque, evidentemente, este principio tiene para nos¬ 
otros algo de extraño y desesperado, en ello va implícito, des¬ 
de luego, el que el número es algo no puramente sensible; y, 
al mismo tiempo, entraña la determinación, las diferencias 
y las contraposiciones generales. Los antiguos supieron com¬ 
prender muy bien esto. Aristóteles (Metaf. I, 6) dice, refirién¬ 
dose a Platón: “Señaló que lo matemático de las cosas se halla 
al margen de lo puramente sensible y de las ideas, ocupa un 
lugar intermedio entre aquello y éstas; se distingue de lo sen¬ 
sible por ser algo eterno e inmutable; y de las ideas por la 
variedad que encierra y que le permite ser igual y semejante 
entre sí, mientras que cada una de las ideas forma por sí mis¬ 
ma una unidad.” Los números son, en efecto, susceptibles de 
repetirse; no son, por tanto, sensibles, pero tampoco son toda¬ 
vía el pensamiento. 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 193 

Este criterio aparece aún más precisado en la Vida de Pi- 
tágoms escrita por Maleo (46-47): “Pitágoras expuso la filo¬ 
sofía de un modo encaminado á librar de sus trabas al pen¬ 
samiento. Sin el pensamiento, no es posible llegar a conocer 
ni a saber nada verdadero; el pensamiento todo lo oye y lo 
ve en sí mismo; lo demás aparece, ante él, ciego e inmóvil. 
Para conseguir el fin que se propone, Pitágoras se vale de lo 
matemático, ya que esto ocupa el lugar intermedio entre lo sen¬ 
sible y el pensamiento, como una forma de adiestramiento 
previo para lo que es en y para sí.” Y, a continuación (48- 
53), Maleo reproduce un pasaje tomado de un autor anterior, 
de Moderato: “Como los pitagóricos no podían expresar clara¬ 
mente lo absoluto y los primeros principios por medio de 
pensamientos, dieron en hacerlo por medio de números, de lo 
matemático; ya que de este modo es fácil indicar las determi¬ 
naciones”; por ejemplo, la igualdad como el principio de la 
unidad y la desigualdad como el principio de la dualidad. “Este 
sistema de enseñanza por medio de los números, por tratarse 
de la primera filosofía, acabó desapareciendo por los misterios 
que encierra; más tarde. Platón, Espeusipo, Aristóteles y otros 
arrebataron sus frutos a los pitagóricos por medio de aplicacio¬ 
nes más fáciles.” En todos estos pasajes transcritos se encierra 
una conciencia clara y perfecta acerca de lo que es el número. 

El carácter misterioso de la determinación por medio del 
número es lo fundamental. Los números aritméticos correspon¬ 
den a determinaciones del pensamiento, ya que el número tie¬ 
ne por elemento y principio la unidad, y ésta es una categoría 
del ser para sí, de lo que es, por tanto, idéntico consigo mismo 
y que, por ello, excluye de su seno a todo lo demás y es indi¬ 
ferente ante ello. Las demás determinaciones del número son 
solamente agrupaciones o repeticiones de la unidad, la cual es 
siempre, en ellas, un algo fijo y exterior. El número es, pues, 
la continuidad más muerta, más carente de concepto, un pro¬ 
ceso mecánico puramente externo, que se desarrolla sin ir 
movido por ninguna necesidad. El número no es, por tanto, 
un concepto inmediato, sino solamente un comienzo de pensa¬ 
miento, pero en el peor de los modos: el concepto en su más 
alta exterioridad, en la modalidad de lo cuantitativo, de la di¬ 
ferencia indiferente; la unidad abriga, en ese sentido, tanto el 
principio del pensamiento como el de la materialidad o la de¬ 
terminación de lo sensible. El que algo presente la forma del 
concepto tiene que referirse inmediatamente a ello mismo, como 



194 LA FILOSOHA GRIEGA 

a algo determinado, y también a su contrario, como, por ejem¬ 
plo, lo positivo y lo negativo; la determinación fundamental, 
en este movimiento simple del concepto, es la idealidad de las 
diferencias, la negación de lo sustantivo. Por el contrario, en 
el número tres, por ejemplo, hay siempre tres unidades, cada 
una de las cuales es independiente con respecto a las otras 
dos; y en esto reside lo defectuoso y lo misterioso. Y, como la 
naturalera del concepto es lo interior, tenemos que los núme¬ 
ros constituyen el medio más ina^decuado para expresar las 
determinaciones de los conceptos. ) 

Pero los pitagóricos no enfocaban los números de este modo 
indiferente, sino como conceptos: “Por lo menos, dicen que los 
fenómenos tienen necesariamente que estar formados por ele¬ 
mentos simples y que sería contrario a la naturaleza de las 
cosas el que el principio del universo formase parte de los fe¬ 
nómenos sensibles. Dicen, por tanto, que los elementos y los 
principios no sólo son invisibles e insensibles, sino, en general, 
incorpóreos.” 

Ahora bien, ¿cómo dieron en la ocurrencia de considerar 
los números como la esencia primigenia o como los conceptos 
absolutos? Nos lo indica con cierta precisión lo que Aristóteles 
dice acerca de esto en su Metafísica (I, 5), si bien se expresa 
aquí de un modo resumido, remitiéndose a lo que acerca de 
esto dice en otro lugar (Metaf. I, 9; v. ín/m, p. 196): 

“Creían ver en los números una semejanza mayor con lo 
que es y lo que acaece que en el fuego, el agua y la tierra, 
ya que la justicia constituye una cierta cualidad de los números 
(toiovSI ná^og), y lo mismo (toiovSí) el alma, el entendimien¬ 
to, otra la oportunidad, y así sucesivamente. Y como, además, 
veían en los números las cualidades y las proporciones de las 
cosas, lo armónico, y los consideraban como lo primordial en 
todas las cosas de la naturaleza, acabaron considerándolos como 
los elementos de todo y al cielo, en su conjunto, como armonía 
y número.” 

En los pitagóricos se manifiesta la necesidad de una idea 
general y permanente como determinación del pensamiento. 
Por eso, dice Aristóteles (Metaf. XIII, 4), hablando de las 
ideas: “Según Heráclito, todo lo sensible fluye, razón por la 
cual no puede haber una ciencia de lo sensible; de esta con¬ 
vicción nació la teoría de las ideas. Sócrates fué el primero 
que determinó lo general por medio de inducciones; antes, los 

28 Sexto, Pyrrh. Hyp. III, 18, § 152; Adv. Math. X, §§ 250-251. 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 195 

pitagóricos tocaron solamente unas cuantas cosas, reduciendo 
sus conceptos a números: por ejemplo, el concepto de la opor¬ 
tunidad, el del derecho, el del matrimonio, etc.”. Claro está 
que no es posible comprender, a la luz de este contenido mis¬ 
mo, qué interés puede encerrar; lo único que importa, en lo 
que a los pitagóricos se refiere, es descubrir las huellas de 
la idea, en las que se contiene un progreso. 

En esto se cifra lo absolutamente general de la filosofía pi¬ 
tagórica; examinemos ahora algo más concreto, a saber: las 
determinaciones o la significación general. En el sistema pita¬ 
górico, los números llevan, a veces, aparejadas ciertas catego¬ 
rías, tales como son, en primer término, las determinaciones 
intelectivas de la unidad, de la contraposición y de la síntesis 
de ambos momentos; y, en parte, trazan ya desde el primer 
momento determinaciones ideales generales con carácter de 
principios y reconocen, según observa Aristóteles (Metaf. I, 5), 
como principios absolutos de las cosas, no tanto los números 
inmediatos en su diferencia aritmética como más bien los prin¬ 
cipios del número, es decir, sus diferencias conceptuales. 

La primera determinación es-la unidad en general, la segun¬ 
da la dualidad o la contraposición. Es extraordinariamente 
importante reducir la infinita variedad de las formas y deter¬ 
minaciones de lo finito a sus pensamientos generales como a 
los principios más simples de toda determinación; no se trata, 
aquí, de diferencias de las cosas entre si, sino de diferencias 
esenciales y generales de suyo. Los objetos empíricos se distin¬ 
guen por su forma externa: este trozo de papel se distingue por 
ella de otro trozo de papel, los colores por sus matices, los hom¬ 
bres por sus diferencias de temperamento, de individualidad. 
Pero estas determinaciones no representan diferencias esenciales; 
podrán ser esenciales en cuanto a determinadas particularidades 
de estas cosas, pero estas particularidades absolutamente deter¬ 
minadas no representan una existencia esencial en y para sí; 
solamente lo general es lo sustancial, lo que se mantiene a si 
mismo. 

Pitágoras dió el primer paso encaminado a descubrir estas 
determinaciones primordiales, la unidad, la pluralidad, la con¬ 
traposición, etc., que él contibe, casi siempre, como números. 
Pero los pitagóricos no se detuvieron ahí, sino que añadieron 
determinaciones más concretas, aunque éstas fuesen aportadas, 
principalmente, por autores de una época posterior. No debe¬ 
mos buscar aquí la necesidad del proceso ni nada que se refiera 
a la prueba de tales determinaciones; no encontraremos, en 



196 LA HLOSOFIA GRIEGA 

esta filosofía, nada que se refiera a la comprensión, al desarro¬ 
llo de la dualidad partiendo de la unidad. Las determina¬ 
ciones generales se descubren y establecen solamente a base de 
un procedimiento totalmente dogmático; son, por ello, deter¬ 
minaciones secas, desligadas de todo proceso, no dialécticas, 
sino inertes. 

a) Los pitagóricos dicen que el primer concepto simple es 
el de la unidad (povág): no el de la unidad discreta, plural, 
aritmética, sino el de la identidad, como lo coñtinuo y lo po¬ 
sitivo, el de la esencia absolutamente general. Dicen, además, 
según Sexto fAdv. Math. X, 260-261): “Todos los números 
entran de suyo en el concepto de la unidad, pues la dualidad 
es una dualidad, la trinidad una trinidad y el número diez un 
grupo de números. Esto movió a Pitágoras a ver en la unidad 
el principio de todas las cosas, viendo en cada una de ellas, 
por participar de este concepto, una unidad.” 

Es decir, la pura consideración del ser en sí de una cosa es 
la unidad, este ser igual a sí mismo; desde todos los demás 
puntos de vista, no es un ser en sí, sino una relación con otras 
cosas. Pero la función de las cosas no se reduce, en modo al¬ 
guno, a ser solamente esta unidad escueta y seca. Esta curiosa 
relación de la unidad totalmente abstracta con la existencia 
concreta de las cosas es lo que los pitagóricos expresan con el 
término de “imitación” (pí^Tjoig). La misma dificultad con 
que aquí tropiezan los pitagóricos la encontramos en las ideas 
de Platón; al enfrentarse como géneros a lo concreto, la rela¬ 
ción de lo concreto con lo general constituye, naturalmente, 
un punto importante. Aristóteles (Metaf. I, 6) atribuye la 
palabra “participación” (pedslig) a Platón, quien cambia por 
ella el término de “imitación”, empleado por los pitagóricos. 
La palabra “imitación” es una expresión figurada, infantil, no 
desarrollada, para expresar el concepto de relación; la palabra 
“participación” es ya, indudablemente, más concreta. Pero 
Aristóteles dice, con razón, que ambas expresiones son insufi¬ 
cientes, y que Platón no ha desarrollado, en este punto, el 
concepto, sino que se ha limitado a sustituir un nombre por 
otro: “Decir que las ideas son los modelos y que las demás 
cosas participan de ellas no pasa de ser una manera vacua de 
expresarse y una metáfora poética, pues ¿qué es ese algo activd 
que mira a las ideas?” (Metaf. I, 9). “Imitación” y “participa¬ 
ción” no son más que nombres distintos que se dan al concepto 
de relación; poner nombres es fácil; lo difícil es comprender lo 
que hay detrás de ellos. 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 197 

b) Viene en seguida la contraposición, la dualidad (bvig), 
la diferencia, lo especial; estas determinaciones rigen todavía 
en la filosofía de hoy, pero fue -Pitágoras el primero que las 
reveló a la conciencia. Ahora bien, ¿cómo se comporta esta 
unidad con respecto a la pluralidad, o esta identidad consigo 
mismo con respecto a la alteridad? Caben, acerca de esto, di¬ 
ferentes posibilidades, y los pitagóricos se expresan también de 
diferentes modos respecto a las formas que esta primera contra¬ 
posición reviste. 

a) Los pitagóricos dicen, según Aristóteles (Metaf. I, 5): 
“Los elementos del número son lo par y lo impar, esto como 
lo limitado [o como el principio de la limitación], aquello 
como lo ilimitado, de tal modo que la unidad misma procede 
de ambos y de ello sale también el número”. Los elemen¬ 
tos del número inmediato no son todavía, de suyo, números: 
la contraposición entre estos elementos se presenta más bien, 
en primer término, bajo forma aritmética y luego como pensa¬ 
miento; la unidad no es todavía un número porque no es aún 
una cantidad, pero tanto la unidad como la cantidad pertene¬ 
cen al número. Teo Esmirneo^^ dice, a este propósito: “Aris¬ 
tóteles aduce en su obra sobre los pitagóricos la razón de por 
qué, según ellos, la unidad comparte por igual la naturaleza 
de lo par y lo impar; en efecto, la unidad, añadida a lo par, 
forma lo impar y, añadida a lo impar, da lo par. No podría ser 
así, evidentemente, si no compartiera la naturaleza de ambos; 
por eso la llamaba lo par-impar (apxioreépiTTOv). 

P) Si seguimos analizando la idea absoluta de este primer 
modo, vemos que la contraposición recibe también el nombre 
de dtudidad indeterminada (dópiaxos Suá?). Sexto (Adv. Math. 
X, 261-262) precisa así este pensamiento: “La unidad, conce¬ 
bida con arreglo a su identidad consigo misma (xar’ aurÓTTiTa 
ÉauT%), es unidad; cuando ésta se añade a sí misma como 
algo distinto (xad’ ÉtSQÓTTiTa), se convierte en la dualidad in¬ 
determinada, ya que ninguno de los números determinados o 
limitados del modo que sea es esta dualidad, pero todos ellos 
son reconocidos por su participación en ella, como hemos di¬ 
cho de la unidad. Existen, pues, según esto, dos principios de 
las cosas: uno es la unidad, por participar de la cual todas las 
unidades-números son unidades; otro, la dualidad indetermi¬ 
nada, por participar de la cual todas las dualidades determina¬ 
das son dualidades.” 

2“* Mathem. c. 5 p. 30, ed. Bulliaidi (cfr. Aristoxeno, apud Stobeo, 
Ecl. Phys. 2, p. 16). * 



198 LA FILOSOFIA GRIEGA 

La dualidad es un momento tan esencial del concepto como 
la unidad: comparados ambos entre sí, no es posible concebir la 
unidad como la forma y la dualidad como la materia, o a la in¬ 
versa, pues ambas cosas se dan en las diferentes manifestaciones. 

aa) La unidad como lo igual a sí mismo es lo carente de 
forma; el desdoblamiento o la forma se da en la dualidad, 
como lo desigual. 

PP) En cambio, si tomamos la forma como la actividad sim¬ 
ple de la forma absoluta, tenemos que la unidad es lo deter¬ 
minante, y la dualidad, cqmo posibilidad de la pluralidad, 
como pluralidad aún no^'realizada, la materia. Aristóteles- 
(Metaf. I, 6) dice que fue Platón quien “hizo mucho a partir 
de la materia, pero que la forma, en él, sólo puede engendrar 
una vez, puesto que de una materia sólo sale una mesa; en 
cambio, quien impone la forma a la materia, a pesar de ser 
uno, puede hacer muchas mesas”. Y atribuye también a Pla¬ 
tón, como algo propio y peculiar de él, “en vez de establecer 
lo indeterminado como algo simple (ávti tou áneípou (ó; 
évóg), el haber hecho de ello una dualidad, lo grande y lo pe¬ 
queño”. 

y) La ulterior determinación de esta contraposición en que 
los pitagóricos discrepan los unos de los otros la revelan los 
comienzos imperfectos de una tabla de las categorías estable¬ 
cida tempranamente por ellos, como más tarde por Aristóteles; 
algunos autores toman pie de esto para reprochar a Aristóte¬ 
les el haber tomado de aquéllos sus determinaciones concep¬ 
tuales, debiendo reconocerse que la aceptación de la contrapo¬ 
sición como un momento esencial de lo absoluto arranca, en 
efecto, de los pitagóricos. Fueron ellos quienes determinaron 
y precisaron, aunque de un modo inadecuado, los conceptos 
abstractos y simples, ofreciendo en su tabla de las categorías una 
mezcla de contraposiciones de la representación y del concepto, 
sin ninguna deducción ulterior. Aristóteles (Metaf. I, 5) atri¬ 
buye estas determinaciones bien al propio Pitágoras, bien a 
Alcmeón, “cuyo florecimiento coincide con los años de vejez 
de Pitágoras”, de tal modo que “o las tomó Alcmeón de los 
pitagóricos, o éstos las tomaron de él”. En esta tabla se señalan 
diez contraposiciones de éstas a las que cabe reducir todas las 
cosas, y es sabido que el número diez era uno de los que los pi¬ 
tagóricos reconocían como especialmente importantes: 

1) Límite e infinito. 3) Unidad y pluralidad. 

2) Impar y par. 4) Derecha e izquierda. 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 199 

5) Masculino y femenino. 8) Luz y sombra. 

6) Quieto y en movimiento 9) Bueno y malo. 

7) Recto y curvo. 10) Cuadrado y paralelogramo^ 

Trátase, evidentemente, de un intento de desarrollo de la 
idea de la filosofía especulativa dentro de sí misma, es decir,, 
en conceptos; pero este intento no parece haber ido más allá 
de esta simple enumeración. Es muy importante el que, por el 
momento, sólo se recoja una colección de los criterios genera- 
Ies del pensamiento, tal y como lo hace también Aristóteles; lo 
que aquí nos ofrecen los pitagóricos no es, en rigor, más que un 
tosco inicio de una determinación más precisa de las contra¬ 
posiciones sin orden ni sentido, parecida a las enumeraciones 
de principios y sustancias con que nos encontrábamos entre 
los hindúes. 

8) El desarrollo ulterior de estas determinaciones lo encon¬ 
tramos en Sexto (Adv. Math. X, lól'!!!), quien habla contra 
una exposición procedente de los pitagóricos posteriores; trᬠ
tase de una enumeración muy buena y ya más desarrollada 
de las determinaciones pitagóricas, que cae ya más bien den¬ 
tro del campo del pensamiento. Esta exposición presenta la 
siguiente trayectoria: “Los pitagóricos muestran de diversos mo¬ 
dos que aquellos dos principios de la totalidad son los verda¬ 
deros principios.” 

A) “Hay tres maneras distintas de pensar las cosas, la pri¬ 
mera con arreglo a la diversidad, la segunda con arreglo a la 
c(mtraposicicn, la tercera con arreglo a la relación. 

aa) “Lo que se considera con arreglo a la simple diversidad, 
se considera por sí mismo; son los sujetos, cada uno de los cua¬ 
les se refiere solamente a sí mismo, por ejemplo el caballo, la 
planta, la tierra, el aire, el agua, el fuego. Se piensan por sepa¬ 
rado, y no en relación con otras cosas”; tal es la determinación 
de la identidad consigo mismo o de la independencia. 

PP) “Con arreglo a la contraposición, lo uno se determina 
como sencillamente opuesto a lo otro, por ejemplo lo bueno y 
lo malo, lo justo y lo injusto, lo piadoso y lo impío, la quietud 
y el movimiento, etc. 

Yy) “Con arreglo a la relación (jigóg ti), se determina el 
objeto por la posición indiferente que ocupa con respecto a 
otro, como a la derecha o a la izquierda, arriba o abajo, el doble 
o la mitad. Lo uno sólo es comprendido a base de lo otro, 
pues no puedo representarme a la izquierda sin imaginarme, al 
mismo tiempo, a la derecha.” 



200 LA FILOSOFIA GRIEGA 

Cada una de estas determinaciones relativas se establece, 
al mismo tiempo, en su contraposición, como algo indepen¬ 
diente por sí mismo. “La diferencia entre la relación y la con¬ 
traposición estriba en que en la contraposición el surgimiento 
de una cosa supone la desaparición de la otra, y viceversa. 
Así, cuando desaparece el movimiento aparece la quietud y, a 
la inversa, cuando el movimiento surge, la quietud termina; al 
desaparecer la salud aparece la enfermedad, y viceversa. En 
cambio, cuando se trata de la relación ambas cosas surgen y 
terminan al mismo tientoo: si se suprime algo a la derecha, 
también a la izquierda; jo doble desaparece al ser destruida la 
mitad.” Lo que aquí se destruye no se destruye solamente como 
contrapuesto, sino también como ente. “La segunda diferencia 
consiste en lo siguiente: en la contraposición no existe término 
medio; por ejemplo, entre la enfermedad y la salud, la vida y 
la muerte, la quietud y el movimiento no hay nada interme¬ 
dio. En cambio, en la relación sí hay un término medio: entre 
lo grande y lo pequeño, por ejemplo, cabe lo igual, entre lo de¬ 
masiado grande y lo demasiado pequeño, lo suficiente.” Lo 
puramente contrapuesto pasa, al llegar a cero, al lado contra¬ 
rio; los extremos opuestos coexisten en un tercer término, en 
un término intermedio, pero ya no como extremos contrapues¬ 
tos. Esta exposición se muestra atenta, como se ve, a deter¬ 
minaciones lógicas absolutamente generales que son de la más 
grande importancia ahora y siempre y que aparecen como mo¬ 
mentos en todas las representaciones, en todo lo que existe. Es 
cierto que aún no se examina aquí el verdadero carácter de 
estas contraposiciones; pero es importante que, por lo menos, 
se revelen a la conciencia. 

B) “Ahora bien, como se trata de tres géneros, de los su¬ 
jetos y la doble contraposición, necesariamente tiene que existir 
por encima de cada uno de ellos un género superior que sea 
lo primero, cómo el género con respecto a las especies que den¬ 
tro de él se distinguen. Al suprimirse lo general se suprime 
también la especie; en cambio, si se suprime la especie no se 
suprime el género, pues si aquélla depende de éste, éste no de¬ 
pende de aquélla.” 

aa) “Como el género supremo de aquello que se considera 
como existente en y para sí [en los distintos sujetos] establ&’ 
cen los pitagóricos la unidúd", lo cual no es, en rigor, otra cosa 
que el traducir a números las determinaciones de los conceptos. 

PP) “Lo que se halla en contraposición tiene con respecto 
al género, nos dicen los pitagóricos, lo igual y lo desigual; así, la 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 201 

quietud es lo igual, pues no es susceptible de más ni de me¬ 
nos; el movimiento, en cambio, es lo desigual. Así, lo que con 
arreglo a la naturaleza es igual a sí mismo, por ejemplo una 
punta no susceptible de intensificación (áveitítaTos); en cam¬ 
bio, lo contrario a ella es desigual; la salud es lo igual, la en¬ 
fermedad lo desigual.” 

Yy) “El género de lo que se considera en una relación in¬ 
diferente es la abundancia y la escasez, el más y el menos”; es 
decir, una diferencia cuantitativa, así como la anterior era una 
diferencia cualitativa. 

C) Es ahora cuando aparecen las dos contraposiciones. 
“Estos tres géneros de lo que es para si, en contraposición a otra 
cosa o en relación con ella tienen que entrar ahora, necesaria¬ 
mente” en “géneros” [es decir, en determinaciones de pen¬ 
samiento] más simples y más altos. “La igualdad se reduce a 
la determinación de la unidad"; el género de los sujetos es esto 
ya por sí mismo. “La desigualdad, en cambio, consiste en la 
abundancia y en la escasez, conceptos ambos que caen dentro 
del género de la dualidad indeterminada”; son la contraposi¬ 
ción indeterminada, la contraposición en general. “De todas 
estas relaciones brota, pues, la primera unidad y la dualidad 
indeterminada”; los pitagóricos decían y nosotros encontramos 
que son éstas las modalidades generales de las cosas. 

“De éstas sale la unidad del número y la dualidad del nú¬ 
mero; de la primera unidad el número uno, de la unidad y la 
dualidad indeterminada el número dos, pues dos veces uno 
es dos. Así nacen también los demás números, al irse desarro¬ 
llando la unidad y engendrar la dualidad indeterminada el 
número dos.” Este tránsito de la contraposición cualitativa a 
la cuantitativa no es claro. “De aquí que bajo estos princi¬ 
pios la unidad sea el principio activo [la forma]: la dualidad, 
en cambio, es la materia pasiva; y, del mismo modo que gene¬ 
ran de ellas los números, generan también el sistema del uni¬ 
verso y todo lo que encierra.” En esto precisamente consiste la 
naturaleza propia de estas determinaciones: en pasar de un es¬ 
tado a otro, en moverse. Lo más formado de esta reflexión 
estriba en combinar las determinaciones generales del pensa¬ 
miento con los números aritméticos, subordinando a éstos y 
convirtiendo, en cambio, en lo primario al género general. 

Antes de decir nada acerca del significado ulterior de estos 
números, observaremos que, tal y como los vemos representa¬ 
dos, son conceptos puros. 

«) La esencia simple y absoluta se desdobla en la unidad 



202 LA HLOSOFIA GRIEGA 

y la pluralidad, de las cuales la una levanta a la otra y, al 
mismo tiempo, tiene su esencia en esta contraposición; 

P) se mantiene en pie, asimismo, la contraposición dife¬ 
rente, dentro de la que cae la pluralidad de las cosas indi¬ 
ferentes; 

y) el retorno de la esencia absoluta a sí misma es la uni¬ 
dad negativa del sujeto individual y de lo general o lo positivo. 

Tal es, en realidad, la idea especulativa pura de la esencia 
absoluta: este movimiento; en Platón, la idea no es otra cosa 
que esto. Lo especujaítivo se manifiesta, aquí, como especula¬ 
tivo; quien no conozca lo especulativo jamás podrá comprender 
que mediante la expresión de conceptos tan simples se procla¬ 
me la esencia absoluta. Lo uno, lo múltiple, lo igual, lo des¬ 
igual, el más, el menos, son momentos triviales, vacíos, secos; a 
quien se halle habituado a verlo todo a través de representa¬ 
ciones, a quien no sepa remontarse de la esencia sensible al 
pensamiento, no le parecerá- que en sus relaciones se hallen 
comprendidas la esencia absoluta, la riqueza y la organización 
tanto del mundo de la naturaleza como del mundo del espí¬ 
ritu; no le parecerá que con ello se exprese a Dios en el sentido 
especulativo, que se exprese lo más sublime en estas palabras 
vulgares, que en este algo tan conocido vaya envuelto lo más 
profundo, que lo más rico de todo se esconda en la pobreza de 
estas abstracciones. 

Esta idea de la realidad como pluralidad de la esencia sim¬ 
ple encuentra, en primer lugar, en ella misma su contraposi¬ 
ción y la existencia de ésta en la contraposición con la realidad 
común. Este concepto simple y esencial de la realidad es la 
exaltación al plano del pensamiento, pero no como una eva¬ 
sión de lo real, sino expresando lo real mismo en su esencia. 
Nos encontramos aquí con la razón que expresa su esencia; y 
la realidad absoluta es, inmediatamente, la unidad misma. 
Ahora bien, es principalmente en relación con esta realidad 
que la dificultad de quien piensa de un modo no especulativo 
se corre mucho más al margen. IQué relación tiene con la 
realidad común? Ocurre con esto como con las ideas platóni¬ 
cas, muy parecidas a estos números o, mejor dicho, a estos 
conceptos puros. 

La primera pregunta que se ocurre es, en efecto, éstá: 
“¿Dónde están los números? ¿Separados por el espacio, insta¬ 
lados por sí mismos en el cielo de las ideas? Los números no 
son, inmediatamente, las cosas mismas; pues una cosa, una 
sustancia es, evidentemente, algo distinto a un número: un 



PITÁGORAS Y LOS PITAGORICOS 203 

cuerpo no presenta la menor semejanza con él.” A esto hay 
que contestar que los pitagóricos no querían referirse, en modo 
alguno, a los llamados arquetipos, como si las ideas existiesen, 
como leyes y relaciones de las cosas, en una conciencia crea¬ 
dora o como pensamientos en la inteligencia divina, separados 
de las cosas, como los pensamientos de un artista viven sepa¬ 
rados de su obra. Y, mucho menos aún, querían referirse con 
ello simplemente a los pensamientos subjetivos que existen en 
nuestra conciencia, ya que presentamos los absolutamente con¬ 
trapuestos como fundamentos explicativos de las cualidades de 
las cosas, sino, concretamente, a la sustancia real de lo que es, 
de tal modo que cada cosa sólo es, esencialmente, eso, la uni¬ 
dad y la dualidad, a la par que su contraposición y su relación. 

Aristóteles (Memf. I, 5-6) lo dice expresamente: “Lo pecu¬ 
liar de los pitagóricos es que lo limitado y lo infinito y lo uno 
no son, como el fuego, la tierra, etc., naturalezas distintas ni 
tienen otra realidad que la de las cosas, sino que, por el con¬ 
trario, conciben lo infinito y lo uno mismo como la sustancia 
de las cosas de las que son predicados. Por eso precisamente 
dicen que el número es la esencia de todo. No separan, pues, 
los números de las cosas, sino que los consideran como las cosas 
mismas. El número es, para ellos, el principio y la materia de 
las cosas, a la par que sus cualidades y fuerzas”: por tanto, el 
pensamiento como sustancia o la cosa, lo que es en la esencia 
del pensamiento. 

Estas determinaciones abstractas se concretan más tarde, so¬ 
bre todo en las especulaciones de una época posterior acerca de 
Dios, por ejemplo en las de Jámblico, en el escrito '&Eo), 0 Y 0 'úpEva 
áeid|xi]Tixfii;, que se le atribuye, en las de Porfirio y Nicómaco; 
estos pensadores se esfuerzan por elevar el nivel de la religión 
popular atribuyendo a las representaciones religiosas estas deter¬ 
minaciones del pensamiento. Por unidad entienden ellos, pura 
y simplemente, a Dios; lo llaman también el Espíritu, el Hei- 
mafrodita (es decir, el que contiene y encierra las dos determi¬ 
naciones, la de lo par y la de lo impar), la Sustancia, la Razón, 
el Caos (por ser indeterminado). Tártaro, Júpiter, la Forma. Y 
dan, asimismo, a la dualidad nombres como éstos: la Materia, el 
Principio de lo Desigual, la Disputa, el Procreador, Isis, etc. 

c) La trinidad (teiái;) es, para los pitagóricos, un número 
muy importante, sobre todo porque en él cobra realidad y per¬ 
fección la unidad. La unidad avanza y progresa a través de la 
dualidad; y unida, a su vez, bajo la unidad, con esta plurali¬ 
dad indeterminada es la trinidad. La unidad y la pluralidad 



204 LA HLOSOFIA GRIEGA 

existen del peor modo en la trinidad como una combinación 
puramente externa; y, por muy absoluto que se considere esto, 
no cabe duda de que la trinidad es, a pesar de todo, una for¬ 
ma profunda. El número tres es considerado, en general, como 
el primer número perfecto. Así lo proclama, en términos muy 
concretos, Aristóteles (De coeio, I, 1): “Lo corpóreo no tiene, 
fuera del número tres, ninguna otra magnitud; por eso los pita¬ 
góricos dicen que todo se determina por medio de la trinidad”, 
es decir, que todo^ncuentra en ella su fotma absoluta. “Pues 
el principio, el meqio y el fin son el número del todo, que es el 
número tres.” 

Sin embargo, es algo superficial el pretender reducirlo todo a 
esto, como son superficiales los esquemas de la moderna filosofía 
de la naturaleza. “Por eso —continúa Aristóteles —, toman¬ 
do este criterio de la naturaleza, lo trasladamos al culto divino, 
y consideramos que no hemos invocado debidamente a los dio¬ 
ses hasta que no los invocamos tres veces en nuestras oraciones. 
De dos decimos que son ambos, pero no todos; para que poda¬ 
mos decir todos, tiene que haber tres. Sólo lo determinado por 
el número tres tiene carácter de totalidad (jtav); lo que se 
divide por tres aparece perfectamente dividido: lo uno es sola¬ 
mente algo, en dos se contiene ya lo otro, en tres está ya todo.” 
Lo que es perfecto o tiene realidad es identidad, contraposi¬ 
ción y unidad de lo uno y lo otro, como el número en general; 
en la trinidad es esto real, puesto que tiene comienzo, medio y 
fin. Toda cosa es simple como comienzo, otra cosa o algo múl¬ 
tiple como medio y, como fin, retorno de su alteridad a la uni¬ 
dad o espíritu; si a una cosa le quitamos esta trinidad la destrui¬ 
mos y hacemos de ella una cosa abstracta y pensada. 

Se comprende, pues, que los cristianos buscaran y encon¬ 
traran en el número tres su Trinidad. De un modo superficial, 
se les ha querido tomar a mal esto, como si esta Trinidad 
fuese, como la de los antiguos, un misterio situado por encima 
de la razón, es decir, algo demasiado alto, o bien algo caren¬ 
te de todo sentido, absurdo; y, por un motivo o por otro, no 
se ha querido dar a este principio una interpretación racional. 
Sin embargo, si en esta Trinidad hay algún sentido, es necesario 
entenderlo. Sería bien extraño que no hubiese sentido alguno 
en algo que por espacio de dos mil años vienen considerando 
los cristianos como la más sagrada de sus representaciones, que 
fuese algo demasiado sagrado para hacerlo descender al te¬ 
rreno de la razón o tan sublime que hubiera de considerarse 
como de mal gusto empeñarse en encontrarle un sentido ra- 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 205 

cional. Por otra parte, sólo puede tratarse del concepto de esta 
Trinidad, y no de las representaciones de un Padre y un Hijo, 
pues estas relaciones naturales no nos interesan en lo más 
mínimo. 

l d) El número cuatro (xetgág) es el número tres, pero ya 
más desarrollado; de aquí que los pitagóricos le confirieran tan 
elevado rango. La perfección del número cuatro nos recuerda 
los cuatro elementos de la física y la química, los cuatro puntos 
cardinales, etc.; en la naturaleza hay muchas cosas agrupadas 
de cuatro en cuatro, por eso este número sigue teniendo pres¬ 
tigio en la filosofía natural. Como el cuadrado de dos, el nú¬ 
mero cuatro representa la perfección o consumación de la 
dualidad, en cuanto que ésta, determinándose solamente a sí 
misma, es decir, multiplicándose por sí misma, retorna a la iden¬ 
tidad consigo misma. Además, el número cuatro se halla con¬ 
tenido en el tres en cuanto que aquél es unidad y alteridad 
y, a la par, la unidad de estos dos momentos; y, como la dife¬ 
rencia, al establecerse, es algo doble, al sumar esto resultan los 
cuatro momentos. El número cuatro se concibe, más concreta¬ 
mente, como xéxgmxvi;, es decir, como el cuatro activo (de 
TéTTttQa y ayo), y éste llegó a ser más tarde, entre los pitagó¬ 
ricos posteriores, el más famoso de los números. En el frag¬ 
mento que se ha conservado de un poema de Empédocles, que 
empezó siendo pitagórico, vemos cuán grande era el prestigio 
de este tetruilctis, establecido ya por el propio Pitágoras: 

. . . , .. Si así lo hctaeSf 

Te guiará por la senda de la virtud divina. Lo juro 
Por Aquel que ha infundido a nuestro espíritu el tetraktis 
En cuyo seno se hallan las fuentes y las raíces de la eterna 

naturaleTfl 

le) Del número cuatro, pasan los pitagóricos inmediatamente 
al número diez, que es otra forma de aquél. Del mismo modo 
que el cuatro es el tres acabado y perfecto, este número cua¬ 
tro se desarrolla y consuma cuando todos los momentos que 
encierra se toman como diferencias reales, y surge así el nú¬ 
mero diez (ÓExág), el cuatro real. Sexto Empírico fAdv. Math. 
IV, 3; VII, 94-95) dice: “Tetraktis se llama el número que, 
conteniendo los cuatro primeros, forma el más perfecto de to¬ 
dos, que es el número diez, pues uno más dos más tres más 

Gnomicorum poetarum opera: vol. I. “Pythagoreorum aureum car¬ 
men”, ed. Glandorf, fragm. I, v. 45-48; Sexto Empírico, Adv. Math. IV, § 2, 
y Fabricio, ad. h. l. 




206 LA FILOSOFIA GRIEGA 

cuatro da diez. Al llegar a diez, lo consideramos de nuevo 
como unidad y empezamos otra vez por el principio. El tetnflJc- 
tis, se dice, tiene dentro de sí la fuente y la raíz de la eterna 
naturaleza, ya que es el logos del universo, de lo espiritual y de 
lo corporal.” Es una idea grandiosa ésta de no establecer los 
momentos simplemente como cuatro unidades, sino como nú¬ 
meros enteros; pero la realidad en que se toman las determi¬ 
naciones sólo es, aquí, la realidad externa y superficial del 
número, y no ún concepto, a pesar de que el tetmktis se propo¬ 
ne ser más biep una idea que un número. Y un autor posterior, 
Proclo fin Timaeum, p. 269), dice, citando versos de un himno 
pitagórico: “El número divino sigue desarrollándose. 

Hastia <jue de la santidad rto cans'Ognííici del Uno 
Llega al divino Cuatro, tjue engendra a la madre de Todo, 
A la 4ue ooncñje el Todo, la antigua frontera del Todo, 
Infatigable e inagotnAle; a ésta se la llama el sagrado Diez.” 

Lo que se nos dice acerca del desarrollo ulterior de los de¬ 
más números es ya algo vago e insuficiente, y el concepto se 
pierde en su laberinto; hasta el número cinco es posible que 
todavía se contenga en los números algún pensamiento, pero 
del seis en adelante, todo es arbitrario. 

2. Aplicación de los números al universo 

Veamos ahora cómo se desarrollan esta idea simple y la 
realidad simple que en ella se condene para llegar a la reali¬ 
dad compleja, desarrollada. Se trata de ver cómo se las arre¬ 
glaban los pitagóricos para pasar de las determinaciones lógicas 
abstractas a las formas que representan ya una aplicación con¬ 
creta de los números. En el espacio y en la música, las deter¬ 
minaciones de ios objetos por los números, tal como los pitagó¬ 
ricos las establecen, ofrecen todavía alguna relación cercana 
con la cosa misma; pero, cuando se trata de pasar a lo más con¬ 
creto de la naturaleza y del espíritu, los números se convierten 
ya en algo puramente formal y vacío. 

a) Un ejemplo de cómo los pitagóricos construyen el orga¬ 
nismo del universo a base de números nos lo ofrece Sexto Em¬ 
pírico f Adv. Math. X, m'1%3) al hablar de las relaciones del 
espacio, que, por otra parte, son un campo muy adecuado para 
la proyección de estos principios ideales, ya que los números 
son, en realidad, determinaciones acabadas del espacio abstrac¬ 
to. En efecto, si comenzamos en el espacio por el punto, que 



PITAGORAS y LOS PITAGÓRICOS 207 

es la primera negación del vacio, vemos que “el punto corres¬ 
ponde a la unidad; es algo indivisible y el principio de las 
líneas, como la unidad lo es de los números. Mientras que el 
punto viene a ser el uno, la línea expresa el dos, pues ambos 
se hallan unidos por el nexo de la transición, en cuanto que la 
línea es la simple relación entre dos puntos y carece de anchu¬ 
ra. La superficie corresponde al número tres, la figura sólida, 
el cuerpo, al número cuatro, y en él se dan las tres dimensiones. 
Otros dicen que el cuerpo se halla formado por un punto [es 
decir, que su esencia es un punto], pues el punto, al fluir, for¬ 
ma la línea, la línea, al fluir, la superficie y ésta el cuerpo. 
Estos se diferencian de los primeros en que aquéllos hacen 
nacer los números, primeramente, del uno y del dos indeter¬ 
minado, y luego de los números los puntos y las líneas, los 
planos y las figuras corporales; éstos, en cambio, construyen a 
base de un punto todo lo demás”. Para los unos, la diferencia 
es la contraposición establecida, la forma sentada, como dua¬ 
lidad; los otros parten de la forma como actividad. “Es así, 
pues, como se forma lo corporal bajo la dirección de los nú¬ 
meros y como de éstos nacen los cuerpos determinados, el 
agua, el aire, el fuego y, en general, el universo todo, del que 
los pitagóricos dicen que es un organismo armónico; armonía 
que, a su vez, se halla formada por relaciones numéricas que 
constituyen las diversas consonancias de la armonía absoluta.” 

A propósito de esto hay que advertir que el desarrollo del 
punto hasta llegar al espacio real tiene, al mismo tiempo, la 
significación de llenar el espacio. Pues, “ateniéndose a lo que 
enseñan y toman por base —^los pitagóricos, dice Aristóteles 
CMetaf. I, 8 )—, hablan de los cuerpos perceptibles a través 
de los sentidos ni más ni menos que como de los cuerpos ma¬ 
temáticos”. Como las líneas y las superficies no son sino 
momentos abstractos del espacio, la construcción externa sigue 
desarrollándose aquí sin tropiezos. En cambio, cuando se pasa 
del acto de llenar el espacio en general al de llenarlo de un 
modo determinado, cuando se pasa al agua, a la tierra, etc., la 
cosa cambia y comienzan las dificultades. Mejor dicho, los pita¬ 
góricos no dan este paso, sino que el universo conserva, según 
ellos, esta forma simple y especulativa que consiste en ser, pu¬ 
ramente, un sistema de relaciones numéricas; con lo cual lo 
físico no puede darse por determinado, ni mucho menos. 

b) Otra aplicación de la determinación numérica como lo 
esencial es la musiml; es en este campo, principalmente, don¬ 
de el número se impone como lo determinante. Las diferen- 



208 LA FILOSOFIA GRIEGA 

das se revelan, aquí, como diversas relaciones numéricas, y no 
existe otro modo de determinar lo musical, fuera de éste. La 
relación de unos sonidos con otros se basa en diferencias cuan¬ 
titativas que pueden formar armonías, mientras que otras hacen 
nacer desarmonías. Por lo tanto, los pitagóricos tratan la mú¬ 
sica, según Porfirio (De vita Pyth., 30), como algo psicagógico 
y pedagógico. Pitágoras fué el primero que comprendió que 
las relaciones musicales, estas diferencias audibles, son suscep¬ 
tibles de ser determinadas matemáticamente, que cuando oímos 
los acordes y las disonancias establecemos comparaciones ma¬ 
temáticas. Pitágoras reivindica para la inteligencia y conquista 
para ella mediante determinaciones fijas el sentimiento subje¬ 
tivo Fsimple del que oye música, sujeto, sin embargo, a ciertas 
y determinadas relaciones; a él se le atribuye la invención de 
los scmidos fundamentales de la armonía, basados, a su vez, 
en las más simples relaciones numéricas. 

Cuenta Jámblico (De vita Pyth., XXVI, 115) que, pasando 
un día Pitágoras por delante del taller de un herrero, se de¬ 
tuvo a escuchar los golpes del martillo sobre el yunque por 
parecerle que había cierta armonía en ellos; luego^ calculó la 
proporción entre los pesos de los distintos martillos cuyos golpes 
parecían armonizarse y determinó matemáticamente, de acuer¬ 
do con esto, la relación entre los diferentes sonidos; finalmente, 
sacó las consecuencias de este cálculo y las aplicó a las cuerdas 
de los instrumentos musicales, encontrando primeramente tres 
relaciones: el diapasón, el diapente y el diatesarón. 

Es sabido que el tono de una cuerda musical (o, lo que es 
lo mismo, de la columna de aire en un tubo- de un instrumento 
de viento) depende de tres factores: de su longitud, de su es¬ 
pesor y de su tensión. Tomando dos cuerdas de la misma lon¬ 
gitud y el mismo espesor, se ve cómo el diferente grado de 
tensión hace variar el sonido. Por consiguiente, si queremos 
saber qué tono da cada cuerda, partiendo de los dos datos fijos, 
nos basta con comparar la tensión respectiva, la cual puede me¬ 
dirse por el peso colgado de cada cuerda y que la pone en 
tensión. Pitágoras descubrió, en sus experiencias, que colgando 
a una cuerda un peso de doce libras y a otra uno de seis (Xóyoi; 
biaidoiog, 1 : 2) se obtenía la armonía musical de la octava 
(8iá jtaaSv); que la proporción de 8 : 12 o 2 : 3 (lóyog 
fifxióAiog) daba la armonía de la quinta (Siót névrs) y la de 
9 : 12 o 3 : 4 (Xóyog EirÍTQiTog) la de la cuarta (8ia TBoaápcov) 

Sexto Empírico, Pyrrh. Hyp. III, 18, § 155; Adv. Math. IV, §§ 6-7; 
VII, 95-97; X, § 283. 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 209 

Un número distinto de vibraciones en el mismo tiempo deter¬ 
mina la altura o la profundidad del tono; y este número de 
vibraciones guarda también relación con el peso, partiendo 
de cuerdas de espesor y longitud iguales. En la primera pro¬ 
porción, la cuerda más tensa experimenta el mismo número 
de vibraciones que la otra: en la segunda, tres vibraciones por 
dos, y así sucesivamente. 

El número es, aquí, lo verdadero, lo determinante de las 
diferencias, pues el tono, como vibración de un cuerpo, no es 
sino un movimiento cuantitativamente determinado, es decir, 
una determinación en el espacio y el tiempo. No puede exis¬ 
tir, en estos casos, otra determinación de las diferencias que la 
del número, es decir, la cantidad de vibraciones producidas en 
un cierto tiempo; por consiguiente, si la determinación por el 
número está plenamente indicada en algún caso, es en éste. Es 
cierto que existen también diferencias cualitativas, por ejemplo 
entre los tonos del metal y las cuerdas de tripa, entre las voces 
humanas y los instrumentos de viento; pero la verdadera rela¬ 
ción nuisical entre los diversos tonos de un mismo instrumento, 
sobre lo que descansa la armonía, es, indudablemente, una 
relación numérica. 

Partiendo de aquí, los pitagóricos entran en ulteriores des¬ 
arrollos de la teoría musical, en los que no hemos de seguirlos. 
La ley apriorística del desarrollo y la necesidad del movimiento 
en las relaciones numéricas es algo que permanece completa¬ 
mente en la sombra y en lo que sólo pueden andar a tientas 
los cerebros turbios: por todas partes se vislumbran los concep¬ 
tos y las consonancias superficiales entre ellos, pero para esfu¬ 
marse de nuevo. 

Por lo que se refiere al ulterior desarrollo del universo como 
un sistema formado por números, vemos cómo se manifiestan 
aquí a sus anchas toda la confusión y turbiedad de pensa¬ 
mientos de los pitagóricos posteriores. Son indecibles sus es¬ 
fuerzos tanto por expresar pensamientos filosóficos en un siste¬ 
ma numérico como por comprender las expresiones empleadas 
por otros, atribuyéndoles todo el sentido posible. Cuando se 
empeñan en determinar por medio de números lo físico y lo 
moral, todo se convierte en relaciones vagas, caóticas y absur¬ 
das, a las que escapa el concepto. 

Por lo que a los pitagóricos antiguos se refiere, sólo conoce¬ 
mos acerca de esto los momentos fundamentales. Platón nos 
ofrece un ejemplo de esta representación del universo como 
un sistema de números; pero Cicerón y los autores antiguos 



210 LA RLOSOFIA GRIEGA 

llaman siempre a estos números los platónicos, sin que los atri¬ 
buyeran nunca, al parecer, a los pitagóricos. Por eso hablare¬ 
mos de ellos más adelanta ya en tiempo de Cicerón se habían 
convertido en algo proverbial por su oscuridad, y es muy poco 
lo que en ellos podamos considerar como verdaderamente an¬ 
tiguo. 

c) Los pitagóricos construyen también por medio de núme¬ 
ros los cuerpos celestes del universo visible, y es aquí donde 
mejor resaltan la pobreza y, a la par, la abstracción de los nú¬ 
meros como criterio determinante. Dice Aristóteles (Metaf. 
I, 5): “Al determinar [le» pitagóricos] los números como los 
principios de la naturaleza toda, colocaban bajo los números y 
sus relaciones todas las determinaciones y partes del cielo y de 
la naturaleza toda; y allí donde había algo que no cuadraba 
en esta explicación, procuraban corregir esta falta hasta obtener 
una coincidencia. Así, por ejemplo, como consideraban el nú¬ 
mero diez como el número perfecto, como la suma y compen¬ 
dio de toda la naturaleza de los números, decían que eran 
también diez las esferas que se movían en el cielo, y no siendo 
visibles más que nueve, inventaban, para que fueran diez, la 
llamada antitierra (ávríx’^ova).” Estas diez esferas de que ha¬ 
bla Aristóteles son: la Vía Láctea o las estrellas fijas, los siete 
astros conocidos entone^, todos ellos, como planetas: Saturno, 
Júpiter, Marte, Venus, Mercurio, el sol y la luna y, por último, 
en noveno lugar, la tierra; la décima era, pues, la “antitierra”, 
sin que sea posible saber qué entendían los pitagóricos por tal, si 
la otra cara de la tierra o un planeta completamente distinto. 

Acerca de la determinación física más precisa de estas es¬ 
feras, dice Aristóteles (De coélo, II, 13 y 9): “Los pitagóricos 
colocaban en el centro el fuego y veían en la tierra una estrella 
que se movía circularmente en torno a aquel fuego central”; 
este círculo en que la tierra se movía era una esfera que, por 
ser la más perfecta de las figuras, correspondía al número diez. 
Esta concepción no deja de presentar cierta semejanza con 
nuestras representaciones del sistema solar; sin embargo, aquel 
fuego central no era precisamente el sol. Los pitagóricos, dice 
Aristóteles, “no se atienen, en este punto, a las apariencias 
de los sentidos, sino a los fundamentos de las cosas”; también 
nosotros invocamos razones fundamentales para inferir en con¬ 
tra de las apariencias sensibles, y además suele ser éste el pri^- 
mer ejemplo que invocamos para demostrar que las cosas en sí 
no son aquello que parecen ser. “Llamaban a este fuego colo¬ 
cado en el centro del universo la guardia de Zeus. Cada una 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 211 

de estas diez esferas produce, como todo lo que se mueve, un 
ruido, pero distinto en cada una de ellas según su magnitud y 
su velocidad de movimiento. Ésta, la velocidad, se determina 
por las diversas distancias, las cuales guardan entre sí una rela¬ 
ción armónica, con arreglo a los intervalos musicales; y esto 
produce, a su vez, un conjunto armónico de las esferas en mo¬ 
vimiento”, la armonía de las esferas, que es como un gran 
coral armónico del universo. 

No tenemos más remedio que reconocer todo lo que hay de 
grandioso en esta idea, que tiende a determinar cuanto forma 
el sistema de las esferas celestes por medio de proporciones 
numéricas vinculadas entre sí por relaciones necesarias y que 
deben concebirse también bajo una ley de necesidad; sistema 
de proporciones que constituye también la base y la esencia en 
el mundo de lo audible, de la música. Se apunta aquí la idea 
de un sistema del universo; para nosotros, sólo el sistema solar 
es racional, mientras que a las demás estrellas no se les puede 
reconocer dignidad alguna. Ahora bien, el que las esferas can¬ 
ten, el que sus movimientos sean música, puede parecer algo 
tan asequible al entendimiento como la quietud del sol y el 
movimiento de la tierra, aunque ambas cosas contradigan al tes¬ 
timonio de los sentidos, pues del mismo modo que no vemos 
estos movimientos, puede muy bien ocurrir que no escuche¬ 
mos esos sonidos. Sería una objeción harto superficial dar por 
supuesto un silencio general en los espacios, por la sencilla ra¬ 
zón de que nuestros oídos no perciben en ellos música alguna; 
más difícil sería aducir la razón de por qué no la escuchamos. 
Los pitagóricos dicen, según las palabras de Aristóteles en el 
lugar últimamente citado, que no la oímos porque vivimos 
dentro de ella, habituados a sus sones como el herrero a su 
martilleo, porque esa música forma parte de nuestra sustancia 
y es idéntica a nosotros y, por tanto, no se enfrenta a nosotros 
otra cosa, el silencio, por la que podamos reconocerla, ya que 
estamos comprendidos por entero dentro de este movimiento. 
Sin embargo, este movimiento no se convierte ni puede conver¬ 
tirse en sonidos, de una parte porque el espacio puro y el tiem¬ 
po puro, que son los momentos del movimiento, sólo cobran 
voz propia y viva en el cuerpo animado y sólo en el verdadero 
animal alcanza el movimiento esta individualidad fija y pecu¬ 
liar; y, en segundo lugar, porque los cuerpos celestes no se 
comportan los unos con respecto a los otros como cuerpos 
cuyo sonido requiere un contacto y un frotamiento externos 
en el que, perdiendo momentáneamente su particularidad, su 



212 LA HLOSOFIA GRIEGA 

individualidad resuena como elasticidad, sino que se mueven 
libremente los unos con respecto a los otros y tienen solamente 
un movimiento libre general y no individual. 

Podemos, pues, dejar a un lado esto del sonido; la música 
de las esferas de los pitagóricos es, sin duda, una gran concep¬ 
ción de la fantasía, pero carece de verdadero interés para nos¬ 
otros. Sólo queda en pie, como lo único racional, la idea según 
la cual el movimiento, en cuanto medida, es un sistema nece¬ 
sario de números, y debemos reconocer que, hasta el día de 
hoy, no se ha pasado de aquí. En cierto sentido, no cabe duda 
de que hemos llegado más allá que Pitágoras: conocemos, a 
través de Keplero, las leyes, la excentricidad y cómo se rela¬ 
cionan entre sí las distancias y los tiempos de la rotación; pero 
todavía las matemáticas no han sido capaces de determinar la 
ley de desarrollo con arreglo a la cual se determinan estos 
intervalos. Los números empíricos se conocen exactamente, pero 
todo presenta la apariencia'de lo contingente, no de lo necesa¬ 
rio. Conocemos una regularidad aproximada en cuanto á las 
distancias, y esto nos ha permitido, con un poco de suerte, 
conjeturar la existencia de planetas donde más tarde fueron 
descubiertos Ceres, Vesta, Palas, etc., es decir, entre Marte y 
Júpiter. Pero la astronomía no ha podido descubrir todavía en 
ello una serie consecuente, racional; lejos de ello, mira con 
desprecio a la exposición regular de esa serie, que es por sí 
misma un punto extraordinariamente importante, que no debe 
ser abandonado. 

d) Los pitagóricos aplicaron también su principio al alma, 
determinando lo espiritual a través del número. Aristóteles 
fDe anima, I, 2) refiere, asimismo, que, para ellos, el alma era 
el polvillo del sol o, según otros, lo que lo movía; habían dado 
en esta idea viendo que este polvillo se mueve sin cesar, aun en 
los momentos de completa quietud del aire, lo que quería de¬ 
cir evidentemente que estaba dotado de movimiento propio. 
Esto no tendría gran importancia si de ello no se dedujese que 
buscaban en el alma la determinación de lo que se mueve a 
sí mismo. 

La aplicación más concreta de los conceptos numéricos al 
alma la hacían del siguiente modo, con arreglo a otra exposi¬ 
ción que el propio Aristóteles cita, en el lugar señalado: “El 
pensamiento es el Uno; el conocimiento o la ciencia el Dos, 
pues tiende solamente hacia el Uno. El número de la superfi¬ 
cie es la representación, la opinión; la percepción de los sen¬ 
tidos es el número de lo corporal. Todas las cosas son enjuicia- 



PITÁGORAS Y LOS PITAGORICOS 213 

das, bien por el pensamiento o por la ciencia, bien por medio 
de la opinión o la sensación.” En estos criterios, que proba¬ 
blemente pueden ser atribuidos a pitagóricos de una época pos¬ 
terior, puede descubrirse, indudablemente, alguna congruencia, 
ya que el pensamiento es la generalidad pura, mientras que el 
conocimiento se refiere más bien a otra cosa, asignándose una 
determinación y un contenido, y la sensación, por su parte, es 
lo más desarrollado en cuanto a su determinabilidad. “Y como 
[según los pitagóricos] el alma, al mismo tiempo, se mueve a 
sí misma, es el número que se mueve por su propia virtud”, 
aunque esto no aparezca, sin embargo, expresado en relación 
alguna con la unidad. 

Lo anterior es una relación simple con las determinaciones 
numéricas. Más complicada es la que Aristóteles (De anima, 
I, 3) cita con referencia a Timeo: según éste, “el alma se mue¬ 
ve a sí misma y mueve también, por tanto, al cuerpo, ya que 
se halla entrelazada con él; está formada por elementos y di¬ 
vidida con arreglo a los números armónicos, para que esté 
dotada de sensación y de una armonía inmediatamente inhe¬ 
rente (aúpcptJTov) a ella. Para que todo tenga impulsos armó¬ 
nicos, Timeo rodea la línea recta de la armonía (eúflDcopíav) de 
un círculo, dividiendo éste en otros dos, entre los que exis¬ 
te una doble cohesión; uno de estos dos círculos se divide, a su 
vez, en otros siete, para que los movimientos del alma sean 
como los del cielo”. 

Desgraciadamente, Aristóteles no entra a examinar más de 
cerca la interpretación o el sentido de estas ideas; no cabe duda 
de que encierran una profunda conciencia de la armonía del 
todo, pero son formas oscuras ix>r si mismas, por ser torpes e 
inadecuadas. Asistimos, en ellas, a una pugna violenta, a una 
lucha con el material de la representación, como en las formas 
míticas un poco caricaturizadas; nada presenta aquí la flexibili¬ 
dad del pensamiento, fuera del pensamiento mismo. Pero es 
curioso que los pitagóricos conciban el alma como un sistema 
que no es sino la contraimagen del sistema celeste. Es la misma 
idea con que nos encontramos, desarrollada, en el Tñneio de 
Platón: también éste indica las proporciones numéricas, con 
todo detalle, pero sin detenerse a explicar su significado; hasta 
hoy, no ha sido posible encontrarles ningún sentido. El arre¬ 
glar así los números es relativamente fácil; lo difícil es eñcon- 
trarles un sentido, una significación; aquí, sí que no será posible 
salir nunca del terreno de lo arbitrario. 

Otro criterio curioso de los pitagóricos en lo tocante al alma 



214 LA RLOSOnA GRIEGA 

es el de la metempsicosis. Cicerón (Tuse. Quaest.. I, 16) dice: 
“Ferécides, el maestro de Pitágoras, fue el primero que dijo que 
las almas de los hombres son inmortales.” La teoría de la 
transmigración de las almas se extiende hasta adentrarse en 
la India, y no cabe duda de que Pitágoras la tomó de los egip¬ 
cios; Herodoto lo dice expresamente (II, 123). Después de 
hablar de las concepciones míticas de los egipcios con relación 
a su manera de representarse el averno, añade: “Los egipcios 
fueron los primeros que afirmaron que el alma del hombre es 
inmortal y pasa, al morir el cuerpo, a otro ser vivo, y que, des¬ 
pués de pasar por todos los animales que pueblan la tierra y 
el mar y por las aves, se alberga de nuevo en el cuerpo del 
hombre; este período se recorre al cabo de unos tres mil años.” 

Diógenes Laerciodice (VIII, 14), expresando la misma idea, 
que el alma, según Pitágoras, recorre un ciclo. “Estas nocio¬ 
nes —prosigue Herodoto —, se dan también entre los helenos: 
hay algunos que se han valido, antes o después, de esta teoría 
y que hablan de ella como si Ies fuera propia y peculiar; conoz¬ 
co sus nombres, pero no quiero señalarlos.” No cabe duda de 
que el historiador se refiere a Pitágoras y a sus discípulos. Más 
adelante, habrían de circular muchas fábulas acerca de esto: 
“El propio Pitágoras aseguraba, según se dice, que sabía quién 
había sido antes, pues Hermes le había infundido la cohciencia 
de su estado antes de nacer. Según él, antes de ser Pitágoras 
había vivido como Etálides, hijo de Hermes; durante la guerra 
de Troya, había sido Euforbo, hijo de Pantoo, el que diera 
muerte a Patroclo, siendo muerto, a su ver, por Menelao; más 
tarde, había sido Hermótimo, después un tal Pirro, pescador 
de Délos, habiendo vivido, en conjunto, más de 207 años. El 
escudo de Euforbo había sido ofrendado a Apolo por Menelao 
y Pitágoras, sabiéndolo, se dirigió al templo, donde dió señas 
del apolillado escudo que antes eran desconocidas y que sir¬ 
vieron para reconocerlo.”^ No es necesario que sigamos ocu¬ 
pándonos de todas estas absurdas historias, muy abundantes. 

Lo mismo que la Liga pitagórica, imitada de los egipcios, de 
ellos está tomada también esta concepción oriental, no griega, 
de la transmigración de las almas; ambas cosas se hallan muy 
distantes del espíritu helénico para que pudieran llegar a con¬ 
solidarse y desarrollarse en Grecia. La conciencia de la indivi- ' 
dualidad libre y superior hallábase ya muy acentuada entre los 

^ Diógenes Laercio, VHI, §§ 4-5, 14; Porfirio, §§ 26-27; Jámblico, c. 
XIV, § 63 (Homero, Uiada, XVI, w. 806-808; XVII, vv. 45 ss.). 



PITAGORAS Y LOS PITAGORICOS 215 

griegos y no podía permitir que tomase vuelos esta idea de la 
metempsicosis, según la cual el hombre libre, este ser en y para 
sí, se convierte, al morir, en la modalidad propia de una bestia. 
Es cierto que también encontramos en Grecia la representación 
de hombres convertidos en fuentes, en árboles, en animales, 
etc.; pero estas representaciones responden a un criterio de 
degradación como castigo por ciertas faltas. 

Lo más concreto acerca de esta manera de pensar de los pi' 
tagóricos lo encontramos en Aristóteles fDe mima, I, 3), quien 
la destruye en pocas palabras, con su manera peculiar: “No 
determinan por qué causa el alma mora en el cuerpo ni cómo 
se comporta éste hacia ella. Esta comunidad hace que la una 
obre y el otro padezca: el alma mueve y el cuerpo es movido; 
pero nada de esto sucede cuando se trata de factores unidos 
entre sí de un modo contingente. Según los mitos pitagóricos, 
un alma cualquiera adopta, al azar, un cuerpo cualquiera; es 
algo así como si dijeran que la arquitectura usa flautas. Pues así 
como el arte tiene que emplear sus instrumentos, el alma em' 
plea el cuerpo; y todo instrumento tiene que tener necesaria¬ 
mente la forma y estructura que le corresponden.” 

La teoría de la transmigración de las almas viene a sostener 
que la organización del cuerpo es algo contingente para el alma 
humana; las anteriores palabras de Aristóteles son suficientes 
como refutación de tal manera de ver. Sólo podría tener un 
interés filosófico la idea eterna de la metempsicosis, como el 
concepto interior que se percibe a través de todas estas formas, 
la unidad oriental que se plasma en todo; pero aquí no encon¬ 
tramos este sentido o, a lo sumo, encontramos solamente un 
vago atisbo de él. Se trata de presentar al alma determinada 
como una cosa que peregrina a través de todo; pero, en primer 
lugar, el alma no es semejante cosa, algo así como la mónada 
leibniziana que, como la burbuja de la taza de café, está lla¬ 
mada a convertirse en un alma sensible y pensante; y, en se¬ 
gundo lugar, esta vacua identidad de la cosa-alma no tendría 
interés alguno desde el punto de vista de la inmortalidad. 

3. La filosofía práctica de los pitagóricos 

Por lo que se refiere, por último, a la filosofía práctica de 
Pitágoras, tal como nos la sugieren estas observaciones, es poco 
lo que conocemos de sus ideas filosóficas, en lo que con esto se 
relaciona. Aristóteles f'Mttgn. Moral. I, 1) dice, refiriéndose a 



216 LA FILOSOFIA GRIEGA 

él, que “fué el primero que intentó hablar de la virtud, pero 
no de un modo acertado, pues mientras redujera las virtudes 
a los números, no podía formar una teoría peculiar de ellas”. 
Los pitagóricos conocen diez virtudes, paralelas a las diez esfe¬ 
ras celestes. Describen la justicia, entre otras cosas, como el 
mismo (íaaxig ícrog) número que es a sí mismo del mismo 
modo: un número par que, multiplicado por sí mismo, sigue 
siendo siempre par. Y no cabe duda de que la justicia es lo 
que permanece siempre idéntico; pero esto no pasa de ser una 
determinación muy abstracta, que se ajusta a muchas cosas y 
no agota lo concreto que permanece, por tanto, como algo to¬ 
talmente indeterminado. 

Bajo el nombre de Himno áureo, ha llegado a nosotros 
un grupo de hexámetros que contienen una serie de senten¬ 
cias morales, pero que se atribuyen, con razón, a los pitagóricos 
posteriores; son antiguas reglas de moral, generalmente cono¬ 
cidas, expresadas de un modo simple y muy digno, pero que, a 
pesar de ello, no dicen nada importante. Empiezan aconsejan¬ 
do “honrar a los dioses inmortales, tal como son según la ley”; 
otra de estas reglas dice: “honra al juramento y a los brillantes 
héroes”; otra: “debe honrarse a los padres y a los parientes de 
la sangre”, y así sucesivamente.^ No es posible considerar tales 
manifestaciones como filosóficas, aunque no pueda negarse su 
importancia en la trayectoria de la cultura. 

Más importante es la transición de la forma de lo moral 
a lo ético en su existencia. Así como en tiempo de Tales los 
legisladores y organizadores de los Estados profesaban, princi¬ 
palmente, la filosofía física, en Pitágoras encontramos también 
una filosofía práctica, como organización de una vida moral. 
Allí, la idea especulativa, la esencia absoluta se cifra, con arre¬ 
glo a su realidad, en una determinada esencia sensible: del 
mismo modo, la vida moral se sume en la realidad, como el es¬ 
píritu general de un pueblo, como las leyes y el gobierno del 
mismo. En Pitágoras, por el contrario, vemos la realidad de 
la esencia absoluta en la especulación, colocada por encima 
de la realidad sensible y proclamada como esencia del pensa¬ 
miento, pero aún no completa: vemos también la esencia moral, 
en parte, desprendida ya de la realidad general consciente. 
Trátase, evidentemente, de una organización moral de toda la* 
realidad, pero no como vida de un pueblo, sino de una sociedad. 

2® Gnomicorum, t>oetamtii opera, vol. 1. “Pyth. aureum carmen”, ed. 
Glandorf, fragm. 1, vv. 1-4. 



PITAGORAS Y LOS PITAGÓRICOS 217 

La Liga pitagórica es una existencia voluntaria de quienes la 
componen, no una parte de la constitución del pueblo, recono¬ 
cida por la sanción pública; y también en lo tocante a su per¬ 
sona vemos que Pitágoras, como maestro, se aísla, al igual que 
los sabios. 

La conciencia general, el espíritu de un pueblo es la sustan¬ 
cia, de la que la conciencia particular, individual, es el acci¬ 
dente: lo especulativo consiste, por tanto, en que la ley pura 
y general sea conciencia individual absolutamente, de tal ma¬ 
nera que ésta, al sacar de aquélla la savia para su nutrición y 
desarrollo, se convierte en la conciencia general de sí misma. 
Pero estos dos lados no se aparecen ante nosotros bajo la forma 
de una contraposición; sólo en la ética se da, propiamente, este 
concepto de la individualidad absoluta de la conciencia que 
lo hace todo para sí. 

Ahora bien, para Pitágoras esto era, esencialmente, anterior 
al espíritu; la sustancia de la moralidad era, para él, lo general, 
y de ello tenemos un ejemplo en Diógenes Laercio (VIH, 1) 
cuando nos dice que “un pitagórico a quien un padre pregun¬ 
tara cuál era la mejor educación que podía dar a su hijo, le 
contestó: hacerlo digno de ser ciudadano de un Estado bien 
gobernado”. He aquí una respuesta grande y verdadera; a este 
gran principio de vivir en el espíritu de su pueblo se subordinan 
todas las demás circunstancias. Hoy se pretende, por el con¬ 
trario, mantener la educación libre del espíritu de la época; 
pero el hombre no puede sustraerse a este supremo poder del 
Estado, sino que se halla, por mucho que trate de aislarse, 
sometido inconscientemente a esto general. 

Precisamente en este sentido, podemos decir que lo que 
hay de especulativo en la filosofía práctica de Pitágoras consis¬ 
te, cabalmente, en que la conciencia individual adquiera reali¬ 
dad moral dentro de esta Liga. Pero, así como el número ocu¬ 
pa una posición intermedia entre lo sensible y el concepto, la 
sociedad pitagórica ocupa, a su vez, un lugar intermedio entre 
la moralidad* real general y el que el individuo, como tal, debe 
velar en el ethos por su propia moralidad y que ésta ha des¬ 
aparecido como espíritu general. Cuando veamos surgir de 
nuevo una filosofía práctica, volveremos a encontrarla de este 
mismo modo; pero, en general, no nos encontramos con ella 

* Hemos traducido, siguiendo a los krausistas, Sittlichkeit por moralidad 
y Moralitat por ethos, lo que no es tan simétrico como la traducción, pro¬ 
puesta por Croce, por eticidad y moralidad, pero es más fiel [T.]. 



218 LA FILOSOFIA GRIEGA 

como una filosofía verdaderamente especulativa, hasta llegar 

a los tiempos más .recientes. 

Creemos que basta con lo dicho para formarnos una idea 
del sistema pitagórico. Queremos, sin embargo, antes de ter¬ 
minar, recoger, en pocas palabras, los momentos más salientes 
de la arítiax de Aristóteles (Metaf. I, 8) sobre la forma pitagó¬ 
rica del número. Dice, y con razón, en primer lugar: “Toman¬ 
do como base simplemente el limite y lo ilimitado, lo par y lo 
impar, los pitagóricos no dicen cómo nace el movimiento y 
cómo, sin moviníiento y sin cambio, hay generación y corrup¬ 
ción, o los estados y las actividades de las cosas celestes”. Y 
no cabe duda de que este defecto es importante; los números 
aritméticos son formas secas y principios pobres y escuetos, ca¬ 
rentes de vida y movimiento. 

En segundo lugar, dice Aristóteles: “Partiendo de los nú¬ 
meros, no pueden comprenderse otras determinaciones de los 
cuerpos, tales como las de la gravedad y la ingravidez”, lo que 
vale tanto como decir que el número no puede transformarse, 
de este modo, en algo concreto. “Dicen que no existe más 
número que el de las esferas celestes”, por ejemplo, se determi¬ 
nan en consecuencia una esfera celeste y una virtud o los fe¬ 
nómenos naturales de la tierra como uno y el mismo número. 
En cada cosa o cualidad puede ponerse de manifiesto cada uno 
de los primeros números; pero, en cuanto que el número se 
propone expresar una determinación más precisa, vemos que 
esta diferencia cuantitativa totalmente abstracta se convierte 
en algo puramente formal: algo así como si la planta fuese cin¬ 
co simplemente por tener cinco pistilos. Trátase de un criterio 
tan superficial como las determinaciones por medio de las ma¬ 
terias o los puntos cardinales; un formalismo parecido, en cierto 
modo, a los esquemas de la electricidad, el magnetismo, el 
galvanismo, la condensación y la expansión, lo masculino y 
lo femenino, en que algunos quieren basarlo, hoy, todo: una 
determinabilidad puramente vacua, cuando de lo que se tra¬ 
ta o debe tratarse es de lo real. 

A Pitágoras y a sus discípulos se les atribuyen, además, mu¬ 
chos pensamientos ciemífícos y muchos descuhrimienws, que 
aquí no nos interesan. Así, Diógenes Laercio (VIH, 14, 27) nos 
dice que descubrió que la estrella de la mañana y la estrella 
de la tarde eran una y la misma y que la luna toma su luz del 
sol. De sus descubrimientos en lo tocante a la música ya he¬ 
mos hablado. Pero su descubrimiento más famoso es el llama¬ 
do teorema de Pitágoras, que constituye, en realidad, el princi- 



LA ESCUELA DE ELEA 219 

pió fundamental de la geometría y que no debe ser considerado 
como un principio cualquiera. Diógenes (VIII, 12) nos dice 
que, para celebrar el descubrimiento de este principio, Pitá- 
goras ofrendó a los dioses una hecatombe: tanta era la impor¬ 
tancia que daba a su descubrimiento; y no deja de ser intere¬ 
sante el dato de que otro tanto hicieron sus amigos, celebrando 
con este motivo una gran fiesta, a la que invitaron a los ricos 
y a todo el pueblo. Y no cabe duda de que la cosa valía la 
pena: nada más grato que una fiesta motivada por un gran 
progreso en el camino del conocimiento del espíritu, aunque 
sea a costa de los bueyes. 

Otras ideas que se atribuyen a los pitagóricos de un modo 
bastante casual y sin cohesión alguna no ofrecen ningún interés 
filosófico y sólo merece la pena citarlas a título de curiosidad. 
Así, por ejemplo, Aristóteles (Física IV, 6) señala que “los 
pitagóricos admitían la existencia de un espacio vacío que as¬ 
piraba el cielo y otro que separaba entre sí las naturalezas, sir¬ 
viendo de separación en lo continuo y lo discreto; según su 
modo de concebir, este espacio se cifraba en los números y 
separaba la naturaleza de éstos”. Y Diógenes Laercio (VIII, 
26-28) —con esa sequedad con que los autores de una época 
posterior se limitan a recoger lo puramente externo y desnudo 
de espíritu— cita muchas cosas más por el estilo: “El aire que 
circunda a la tierra era —según los pitagóricos—, inmóvil 
[oíasiOTov, lo que quiere decir, probablemente, por sí mismo] 
y enfermizo, y todo lo que hay en él se halla condenado a mo¬ 
rir; en cambio, el aire de las capas superiores se hallaba en 
eterno movimiento, era puro y sano y cuanto en él vivía era 
divino e inmortal. El sol, la luna y las demás estrellas eran 
considerados [por ellos] como dioses, pues en ellos prevalecía 
el calor, la causa de la vida. Consideraban al hombre empa¬ 
rentado con los dioses, por el hecho de participar de lo caliente; 
y a ello se debía el que Dios velase por nosotros. Del sol par¬ 
tía un rayo que atraviesa el éter denso y frío y lo animaba todo; 
llamaban al aire el éter frío, al mar y a las aguas el éter denso. 
El alma era [para ellos] una esquirla del éter.” 

C) LA ESCUELA ELEATICA 

La filosofía pitagórica no había sabido encontrar aún la for¬ 
ma especulativa de expresión propia del concepto; los números 
no son el concepto puro, sino el concepto en la modalidad de 
la representación o de la intuición, es decir, una mezcla de am- 



220 LA FILOSOFIA GRIEGA 

bas cosas. La expresión de la Esencia absoluta en un algo que 

es un concepto puro, un algo pensado, y el movimiento propio 

del concepto o del pensamiento constituye la etapa siguiente 

en la historia de la filosofía, etapa- que se produce por modo 

necesario y con la que nos encontramos en la escuela de los 

eléatas. 

Al llegar aquí, vemos ya al pensamiento convertirse en un 
pensamiento libre y para sí: en lo que los eléatas expresan como 
la Esencia absoluta, el pensamiento se capta a sí mismo en toda 
su pureza y el movimiento del pensamiento se plasma en con¬ 
ceptos. 

En la filosofía física, vimos al movimiento representado 
como un movimiento objetivo, como un nacer y un morir. Los 
pitagóricos no se paraban tampoco a reflexionar acerca de 
los conceptos, sino que para ellos su esencia, el número, era 
también algo flúido. Ahora, al concebirse el cambio en su su¬ 
prema abstracción como la nada, este movimiento objetivo se 
transforma en un movimiento subjetivo, pasa a estar al lado 
de la conciencia y la esencia se convierte en lo inmóvil. En¬ 
contramos aquí el punto de arranque de la dialéctica, o sea 
de lo que constituye precisarnente el movimiento puro del pen¬ 
samiento en conceptos; y, con ello, el comienzo de la contra¬ 
posición del pensamiento frente al fenómeno o al ser sensible, 
de lo que es en sí frente al ser para otro de este en sí: y en la 
esencia objetiva, la contradicción que en sí mismo entraña y 
que es la verdadera dialéctica. Si nos paramos a reflexionar 
de antemano cómo debe desarrollarse el pensamiento puro, ve¬ 
mos lo siguiente: 

a) que el pensamiento puro (el ser puro, lo uno) se esta¬ 
blece inmediatamente a sí mismo en su rígida sencillez e iden¬ 
tidad consigo mismo y que todo lo demás es, para él, la nada; 

|3) que el pensamiento, primeramente tan tímido —el cual, 
después de sentirse fortalecido, reconoce la existencia de lo otro 
y se atiene a ello—, declara que luego reconoce también a lo 
otro en su propia sencillez y muestra en ello mismo su nulidad; 

y) finalmente, el pensamiento establece lo otro en la di¬ 
versidad de sus determinaciones en general. 

Es así cómo veremos la evolución de los eléatas en la his¬ 
toria. Por eso, los principios eleáticos interesan todavía hoy 
a la filosofía y constituyen momentos necesarios que deben 
darse en ella. 

Figuran en esta escuela Jenófímes, Parménides, Meliso y 
Zenón. Jenófanes debe ser considerado como el fundador de 



LA ESCUELA DE ELEA 221 

ella; Parménides figura en la historia como su discípulo, y Me- 
liso y principalmente Zenón son discípulos de Parménides. 
Estas cuatro figuras deben agruparse, en realidad, como una 
verdadera escuela, la escuela de los eléatas; más tarde, pierde 
su nombre, los pertenecientes a ella son llamados sofistas y su 
sede se traslada a la verdadera Grecia. 

La obra iniciada por Jenófanes fué desarrollada después por 
Parménides y Meliso, del mismo modo que Zenón llevó ade¬ 
lante y perfeccionó las enseñanzas de aquellos dos. 

Aristóteles CMetaf. I, 5) caracteriza así a los tres primeros: 
“Parménides parece fijarse principalmente en lo uno según la 
definición (xatd tóv Xóyov) y Meliso en lo uno según la materia 
(uara ttiv ü^tiv); por eso el primero dice que es algo limitado 
(jtETOQaajrévov) y el segundo que es algo ilimitado (ajtetgov). 
En cambio, Jenófanes, el primero de ellos que proclama el 
principio de lo Uno, no se detiene a determinar (5iEaaqpr|vi0Ev) 
ni toca ninguna de estas dos determinaciones ((púcEíoi;), sino 
que dice, mirando el cielo en su conjunto —al cielo azul, como 
nosotros diríamos—, que Dios es lo Uno. Jenófanes y Meliso 
son, en general, un poco más simplistas (pixQÓv (XYeoixÓTepoi)» 
pero Parménides cala ya más hondo (po^ov pXérecov) 

De Jenófanes y Meliso es poco, en general, lo que hay que 
decir; sobre todo lo que a nosotros ha llegado del segundo, en 
forma de fragmentos y noticias de otros, aparece todavía tur¬ 
bio y en estado de fermentación, y sus conceptos no han sido 
comprendidos. El lenguaje y los conceptos filosóficos eran 
todavía, en aquel tiempo, muy pobres; hasta llegar a Zenón, 
no empieza la filosofía a cobrar una expresión un poco más 
pura de sí misma. 

1. Jenófanes 

La época a que corresponde la vida de este pensador es 
perfectamente definida, y esto es suficiente, sin que debamos 
preocuparnos por el hecho de que el año de su nacimiento y 
el de su muerte no hayan podido concretarse; sabemos, por Dió- 
genes Laercio (IX, 18) que fué contemporáneo de Anaximandro 
y Pitágoras, En cuanto a las vicisitudes de su vida, sólo se nos 
dice, aunque sin señalar el por qué, que huyó de su ciudad 
natal. Colofón, en el Asia Menor, a la Magna Grecia, habien¬ 
do residido principalmente en Zancla (actualmente, Mesina) y 
en Catana (hoy, Catania), ciudades ambas de Sicilia. 

En ninguno de los autores antiguos se encuentra el dato de 



222 LA FILOSOFIA GRIEGA 

que residiera en Elea, a pesar de que todos los modernos histo¬ 
riadores de la filosofía lo aseguran, copiándose unos a otros. 
Tennemann (t. I, pp. 151 y 414) dice que se trasladó de Co¬ 
lofón a Elea allá por la 61’ Olimpíada. Pero lo único que dice 
Diógenes Laercio es que floreció hacia la 60’ Olimpíada y que, 
al morir, dejó mil versos sobre la colonización de Elea; segu¬ 
ramente es de esta noticia de donde se toma pie para afirmar 
que vivió en esta ciudad. Estrabón, al comienzo del libro sexto 
de su obra, a propósito de la descripción que hace de la ciu¬ 
dad de Elea, habla de que vivieron en ella Parménides y Zenón, 
a quienes llama pitagóricos; es, pues, de estos dos de donde, en 
Cicerón (Aoad. Quaest. IV, 42), toma su nombre la escuela 
eleática. Jenófanes vivió cerca de cien años y asistió todavía a 
las guerras médicas; era, a lo que parece, tan pobre que, no 
disponiendo siquiera de recursos para enterrar a sus hijos, hubo 
de cavar su sepultura por su propia mano. Según algunos, no 
tuvo ningún maestro; otros citan a Arquelao, pero esto va 
en contra del orden cronológico. 

Jenófanes compuso un libro Sobre la ruitu.vcde¡:a, tema y títu¬ 
lo generales de la filosofía de aquel tiempo; de este libro han 
llegado a nosotros algunos versos que no denotan aún razona¬ 
miento alguno. Los fragmentos que de él y de Meliso se han 
conservado han sido reunidos por el profesor Brandis, de la uni¬ 
versidad de Bonn, con el título de Comrrim.tationum Eleatiat- 
rum, P. I, Altonae, 1813.* Los filósofos de aquel tiempo escri¬ 
bían en verso; la prosa no aparece hasta mucho más tarde. 
Cicerón (Acad. Quaest. IV, 23) llama a la poesía de Jenófanes 
minus boni versus, por el lenguaje torpe y desmañado en que 
están escritos. 

Por lo que a su filosofía se refiere, hay que decir que Jenó¬ 
fanes fué el primero que determinó la Esencia absoluta como 
lo Uno, llamándolo también Dios: “El Todo es Uno, y Dios 
ha sido inculcado a todo; es inmutable y carece de principio, 
medio y fin.”^ En algunos versos de Jenófanes, conservados 
en Clemente de Alejandría (Strom. V, 14, p. 714, ed. Potter), 
leemos: 

Entre los Dioses hay un Dios máximo' 

y es máxÍTnio también entre los hombres. 

* La traducción castellana de los fragmentos de Jenófanes está tomada 
de Los presocráticos; trad. prólogo y notas de J. D. García Bacca, El Cole¬ 
gio de México, 1943, t. 1, pp. 1-10 [E.]. 

29 Sexto Empírico, Pyrrh. Hyp. I, 33, § 225; Simplicio, Ad Phys. Arist. 
pp. 5-6; Plutarco, De plac. philos. II, 4. 



223 


LA ESCUELA DE ELEA 
No íes por su trama, ni su pensaimientio 
a los mortales semejante. 

Y, en Sexto Empírico f Adv. Math. IX, 144): 

Todo Él ve; todo El piesnsa; todo El oye. 

A cuyas palabras añade EHógenes Laercio (IX, 19) la siguiente 
glosa: “Todo es [según él] pensamiento y razón y eterno.” 
Según esto, Jenófanes niega la verdad a las representaciones de 
todo lo que es nacimiento y muerte, cambio, movimiento, etc., 
como algo que pertenece solamente a la intuición sensible; “para 
él —dice Tennemann (t. I, p. 156 )—, toda generación es in¬ 
concebible”. Lo Uno, como el producto inmediato del pensa¬ 
miento puro es, en su inmediaticidad, el ser. 

La determinación del ser es, para nosotros, algo conocido y 
trivial; pero el concepto del ser y de lo Uno, lo ponemos como 
una determinación especial al lado de las otras. En cambio, 
aquí esta determinación tiene un sentido distinto: el de que 
todo lo demás carece de realidad, es simple apariencia. Para 
comprender esto, debemos olvidar nuestra propia manera de 
pensar, nuestro conocimiento de Dios como espíritu; los griegos, 
en cambio, que sólo tenían ante sí el mundo sensible, estos dio¬ 
ses hijos de la fantasía y no encontraban en ello la satisfacción 
a sus afanes, rechazaban todo esto como algo falso, llegando por 
este camino al pensamiento puro. 

Es esto, indudablemente, un progreso extraordinario, y en 
realidad, podemos decir que con la escuela eleática el pensa¬ 
miento se hace en verdad libre por vez primera. El Ser, el Uno 
de los eléatas no es sino este sumirse en el abismo de la iden¬ 
tidad abstracta del entendimiento. Y, por ser lo primero, esto 
es también lo último a que el entendimiento retorna: así lo 
demuestran los tiempos más recientes, en que Dios es conce¬ 
bido solamente como la suprema Esencia o el Ser supremo. 
Cuando decimos de Dios que esta suprema Esencia está fuera 
de nosotros y sobre nosotros, que lo único que de Él podemos 
saber es que es, lo concebimos como algo indeterminado, pues 
si conociéramos algún criterio para determinarlo, sería esto un 
conocer. Así, pues, la única verdad reside en que Dios es lo 
Uno, no en el sentido de que haya un solo Dios (pues esto es ya 
otro criterio determinante), sino en el sentido de que Dios sólo 
es lo igual a sí mismo; en lo cual no se encierra, por tanto, otra 
determinación que en la fórmula de la escuela eleática. Es 
cierto que, para llegar a este resultado, la reflexión moderna 



224 LA FILOSOFIA GRIEGA 

ha tenido que recorrer un largo camino, no sólo a través de lo 
sensible, sino también a través de representaciones y predica¬ 
dos filosóficos de Dios, para llegar por fin a esta abstracción 
en que todo se anula; pero el contenido, el resultado, es el 
mismo. 

Cuadra con esto del modo más exacto el razonamiento dia¬ 
léctico de los eléatas, quienes demuestran, en efecto, con toda 
precisión, que nada nace ni muere. Este desenvolvimiento lo 
encontramos en la obra de Aristóteles titulada De Xenophane, 
Zenane et Gorgüa, c. 3: “Es imposible —dice Aristóteles®®—, 
que algo que es se genere (y, al decir esto, se refiere a la di¬ 
vinidad) , pues, de ser así, necesariamente tendría que generarse 
de lo igual o lo desigual. Y ambas cosas son imposibles, pues 
lo igual no puede ser engendrado por lo igual, como tampoco 
puede engendrarlo, ya que cosas iguales tienen que responder 
necesariamente a las mismas determinaciones mutuas.” 

Y, con la hipótesis de la igualdad, se viene también a tierra 
la diferencia entre lo que engendra y lo engendrado. “Tam¬ 
poco lo desigual puede generar lo desigual, pues si de lo débil 
se generase lo fuerte o de lo pequeño lo grande o de lo malo lo 
bueno, o, a la inversa, lo bueno de lo malo, ello querría decir 
que podía generarse lo que no es de lo que es, lo cual es impo¬ 
sible; luego Dios es eterno!” 

Esto mismo lo expresaron más adelante el panteísmo y Spi- 
noza en el principio de ex ntíiíLo fít nihit. Más adelante, Jenó- 
fanes prueba la unidad de Dios: “Si Dios es lo más poderoso 
de todo, tiene que ser necesariamente Uno; pues si existiesen 
dos o más iguales a él, no tendría poder sobre ellos, y si no 
estuviese dotado de poder sobre los otros, no sería Dios. Por 
tanto, si hubiese varios, serían más poderosos o más débiles los 
unos con respecto a los otros, es decir, no serían dioses, pues 
es propio de la naturaleza de Dios que no haya sobre él algo 
más poderoso. Y si fuesen iguales, no sería ya propio de la na¬ 
turaleza de Dios el ser, necesariamente, el más poderoso de 
todos, pues lo igual no es nunca ni mejor ni peor que lo igual”, 
es decir, no se diferencia en nada de ello. 

Que Aristóteles alude aquí a Jenófanes se desprende de los títulos 
de todos los manuscritos de Decker, asi como también del cotejo de estg 
pasaje con los fragmentos de Jenófanes que han llegado a nosotros y que 
primeramente fueron atribuidos a Zenón, como también lo hacia Hegel, 
aunque aquí no englobe las doctrinas de los eléatas en un todo, como hizo 
en otros cursos. Por eso, el editor se ha creído autorizado a colocarlos en 
el lugar que les corresponde [M.], [El titulo actual de la obra es: De Me- 
lisso, Xenophane, Oorgia. E.] 



LA ESCUELA DE ELEA 225 

“Por tanto, si Dios es Dios, sólo puede ser Uno; no podría 
todo lo que quisiera si hubiese varios. Y, por ser Uno, es siem¬ 
pre el mismo, oye, ve y tiene siempre las demás sensaciones; 
pues, si no fuese así, las partes de Dios tendrían poder las unas 
sobre las otras, lo cual es imposible. Y como Dios es siempre 
y por doquier igual, tiene forma esférica, pues no es en unos 
sitios de un modo y en otros de otro, sino dondequiera el mis¬ 
mo. Y, siendo como es eterno y Uno y de forma esférica, no es 
ni ilimitado ni limitado. Ilimitado es, en efecto, lo que no es, 
pues esto no tiene medio ni principio ni fin, ni partes, y esto 
es precisamente lo ilimitado. Pero, como es lo que no es, no es 
lo que es. Existiría una limitación mutua si hubiese varios; 
pero, como sólo hay Uno, no es limitado. Lo Uno no se mue¬ 
ve ni es inmóvil. Inmóvil es lo que no es, pues en ello no se 
da otra cosa alguna, ni se convierte tampoco en ninguna otra 
cosa; sólo lo vario es móvil, pues para ello hace falta que lo 
uno se mueva hacia lo otro. Por tanto, lo Uno ni se está quieto 
ni se mueve, pues no es igual ni a lo que no es ni a lo vario. 
En todos estos aspectos se comporta Ehos así, pues es eterno 
y Uno, igual a sí mismo y de forma esférica, ni ilimitado ni 
limitado, ni se está quieto ni se mueve”. Y del principio de 
que nada puede generarse de lo igual o de lo desigual saca 
Aristóteles ('De Xenopkatne, Zeinone et Gorgia, c. 4) esta con¬ 
secuencia: “que o no hay nada fuera de Dios o bien todo lo 
demás es eterno”. 

Es ésta una dialéctica que podríamos llamar razonamiento 
metafísico y que descansa sobre el principio de la identidad: 
“La nada es igual a la nada, no puede tornarse ser, ni a la 
inversa; de lo igual no puede, por tanto, generarse nada.” 

Esta manera antiquísima de argumentar sigue rigiendo has¬ 
ta hoy, por ejemplo en las llamadas pruebas de la unidad de 
Dios. Este método consiste en sentar premisas, por ejemplo 
la del poder de Dios, para llegar, partiendo de, ellas, a con¬ 
clusiones y a la negación de predicados; tal es la manera 
corriente de nuestro razonar. En cuanto a las determinaciones, 
hay que advertir que todas ellas, como algo negativo, se man¬ 
tienen alejadas del ser positivo, puramente real. Para llegar a 
esta abstracción, nosotros seguimos un caminó más trivial y no 
empleamos la dialéctica que emplea la escuela eleática. Deci¬ 
mos que Dios es inmutable, pues- la mutabilidad sólo es atributo 
de las cosas finitas (afirmación que hacemos, en cierto modo, 
como un principio basado en la experiencia); de una parte, 
identificamos las cosas finitas con la mudanza y, de otra, la 



226 LA HLOSOFIA GRIEGA 

inmutabilidad con esta unidad abstracta y absoluta. Establece¬ 
mos la misma separación que los eléatas, con la diferencia de 
que nosotros consid’eramos también lo finito como ser, cosa que 
los eléatas no hacían, sino que negaban. O bien vamos pasan¬ 
do de las cosas finitas a los géneros y prescindiendo, poco a 
poco, de lo negativo; llegamos así, como supremo género, a Dios, 
el cual, como Esencia suprema, es solamente algo afirmativo, 
pero sin ninguna determinación. O bien pasamc« de lo finito 
a lo infinito, en cuanto que decimos que lo finito, como algo 
limitado, debe necesariamente tener su fundamento en lo in¬ 
finito. 

En todas estas formas, con las que estamos perfectamente 
familiarizados, se encierra la misma dificultad del problema 
que se plantea en lo tocante al pensamiento eleático; ¿dónde 
encontrar la determinación y cómo concebirla, tanto en lo Uno 
mismo, dejando a un lado lo finito?, y también ¿cómo se des¬ 
prende lo infinito de lo finito? El pensamiento de los eléatas 
se distingue de este nuestro pensamiento corriente y reflexivo 
en que ellos abordan el problema especulativamente —lo espe¬ 
culativo en ellos es, concretamente, la inexistencia absoluta de 
todo cambio—, demostrando así que, según la premisa del ser 
de que se parte, el cambio es, en sí, contradicción, algo incon¬ 
cebible, pues lo Uno, el ser, excluye la determinación de lo 
negativo, de la pluralidad. Así, pues, mientras que nosotros, 
en nuestro modo de concebir, reconocemos también la realidad 
del mundo finito, los eléatas eran más consecuentes, puesto que 
llegaban hasta la concepción de que sólo es lo Uno y de que lo 
negativo no es en absoluto; concepción que, aun debiendo ad¬ 
mirarla, no por ello deja de ser una completa abstracción. 

Los escépticos veían en ello la concepción de la incerti¬ 
dumbre de todas las cosas, y en Sexto®^ aparecen citados, y no 
una sola vez, sino varias, versos inspirados en este sentido, como 
los siguientes: 

lamas nació ni ncuxrá vcerón alguno 
{jue conozca de vista cierM lo que yo digo 
sobre los dioses y sobre las cosas todas; 
porque, aunque acierte a declarar las coisas 
de la más perfecta 'manera, 
él, en verdad, nada sebe de vista. 

Todas las cosas ya por el contrario 
Con Opinión están prendidas. 

31 Adv. Math. VII, 47-52; 110-111; VIII, 326; Pyrrh. Hyp. II, 4, § 18. 



LA ESCUELA DE ELEA 227 

Sexto, generalizando, explica estos versos, en el primero de 
los pasajes citados, del siguiente modo: “Es como si nos ima> 
ginásemos que, en una casa en que se guardan muchas cosas de 
valor, entrasen varios ladrones por la noche: todos ellos cree¬ 
rían haberse apoderado del oro, pero ninguno de ellos podría 
asegurar haberlo encontrado realmente. Lo mismo les ocurre 
a los filósofos, que entran en este mundo, como en una gran 
casa, en busca de la verdad; aunque consiguieran alcanzarla, 
ni ellos mismos sabrían que la habían alcanzado.” 

Lo que hay de vago en las expresiones de Jenófanes podría 
significar también, simplemente, que nadie sabe lo que él [Je- 
nófanes] quiere decir con ellas. En el segundo pasaje. Sexto lo 
interpreta diciendo que “Jenófanes no niega todo conocer, sino 
solamente el conocer científico e infalible, dejando en pie el 
saber que consiste en opiniones. Todas las cosOs con Opinión 
están prendidas,, dice en los versos citados. Por tanto, según 
él, el criterio es la opinión, es decir, lo probable, no lo fijo y 
seguro; Parménides, en cambio, condenaba las opiniones”. Sin 
embargo, lo único consecuente, lo único a tono con su Uno, 
es el levantamiento de las representaciones, desarrollado dia¬ 
lécticamente en la parte anterior: la de que es evidente que 
nadie sabe que dice la verdad, aunque la diga; aunque a al¬ 
guien se le pase por las mientes este pensamiento, no sabrá que 
es la verdad, sino que será también, para él, una opinión como 
otra cualquiera. 

Vemos aquí, en Jenófanes, una doble conciencia: una con¬ 
ciencia pura, conciencia del ser, y una conciencia de la opinión; 
aquella era, para él, la conciencia de lo divino, y es la dialéc¬ 
tica pura la que se comporta negativamente frente a todo lo 
determinante, y lo levanta. Por tanto, al pronunciarse contra 
el mundo sensible y las determinaciones finitas del pensamien¬ 
to, se declara también con la mayor de las energías contra las 
representaciones mitológicas griegas de los dioses. Así, dice, en¬ 
tre otras cosas, según Brandis (Oomment. Eleat. P. L, p. 68): 

Pero si bueyes o ieemnes 
manos tuviemn 
y el pintar con ellas, 

y hacer las obras que los hombres hacen, 
caballos a cthcálos, bueyes a bueyes, 
pintaran parecidas ideas de los dioses; 
y darían a cuerpos de dioses formas tales 
que alas ‘da ellos cobraran semejanza. 



228 LA FILOSOFIA GRIEGA 

Y vemos también cómo, en versos que nos han sido conser¬ 
vados por Sexto (Adv. Math. IX, 193), se burla de las concep¬ 
ciones expresadas acerca de los dioses por Homero y Hesíodo: 

Homem, Hesíodo 
atribuyeran a los dioses 
todo lo efue entre los hurmtnos 
es repretnsible y sin deooro; 
y aantaron sus lances nejiarios infinitos: 
robar, ddultetrar y el recfptmao eingaño. 

Así como, por una parte, Jenófanes determina la Esencia 
absoluta como lo simple, pero como un algo simple que pene¬ 
tra cuanto es y se halla directamente presente en ello, por otra 
parte filosofa acerca de los fenómenos; pero de esta filosofía 
sólo han llegado a nosotros algunos fragmentos y, además, sus 
opiniones sobre problemas de física no tienen gran interés; no 
se les puede atribuir tampoco ningún sentido especulativo, al 
igual que ocurre con las de nuestros físicos. Así, cuando dice 
Jenófanes: 

De Agua nos engendrarotn ifl todos, y de Tierra. 

Y Tierra y Agua son todas las cosos que nooen y se engendranJ^ 

estas palabras no pretenden expresar la esencia, los principios 
físicos, al modo del agua de Tales de Mileto, pues Aristóteles 
dice expresamente que nadie veía en la tierra el principio ab¬ 
soluto. 

2. Parménides 

Parménides es una figura destacada de la escuela eleática, y 
sus conceptos son más precisos que los de Jenófanes. Pertene¬ 
cía, según Diógenes (XI, 21), a un linaje prestigiado y rico de 
la ciudad de Elea. Poco es, sin embargo, lo que sabemos acerca 
de su vida; ni siquiera podemos asegurar que fuese discípulo de 
Jenófanes, pues Aristóteles fMetaf. I, 5) sólo recoge esta especie 
como una fábula. Sexto Empírico (Adv. Math. VII, 111) lo 
llama amigo (yvcópipog) de Jenófanes. Diógenes Laercio dice, 
concretando más, que “escuchó las enseñanzas de Anaximan- 
dro y las de Jenófanes, pero que no siguió a éste [lo que sólo 
parece referirse, sin embargo, a la residencia geográfica], sino 

Sexto Empírico, Adv. Math. X, 313-314; Simplicio, In Phys. Arist. 
p. 41. [Trad. cit., p. 5.] 



LA ESCUELA DE ELEA 229 

que vivió con Aminias y Dióquetes, el pitagórico, siguiendo 
más bien a éste y dejándose guiar también por aquél, y no por 
Jenófanes, a una vida tranquila”. 

Puede considerarse como establecido que su vida discurrió 
entre las de Jenófanes y Zenón, siendo contemporáneo de am¬ 
bos, aunque más joven que el primero y más viejo que el 
segundo. Según Diógenes (IX, 23), floreció alrededor de la 69- 
Olimpíada (504-501 a. c.). Uno de los datos más importantes 
que de su vida conocemos es el viaje que hizo con Zenón a 
Atenas, donde Platón los presenta, en uno de sus diálogos, con¬ 
versando con Sócrates. En general, puede aceptarse esto como 
cierto, aunque no sea posible averiguar lo que haya en ello de 
histórico. En el Teetetes, invitado Sócrates a examinar el sis¬ 
tema de los eléatas. Platón pone en sus labios estas palabras: 
“Siento cierto respeto por Meliso y por los que ven el universo 
como lo Uno inmóvil, y más todavía por Parménides. Pues 
éste me parece, para decirlo con Homero, a un tiempo vene¬ 
rable e imponente; he tenido ocasión de tratar con este hombre 
y le escuché bellos discursos, cuando yo era todavía muy jo¬ 
ven y él ya muy viejo.” 

Y en el diálogo platónico que lleva su nombre fPiOtrménides 
de Platón, p. 127 Steph., p. 4 Bekk.) y cuyos interlocutores 
son, como es sabido, Parménides y Sócrates, se precisan toda¬ 
vía más las circunstancias históricas de este conocimiento: “Par¬ 
ménides era ya un hombre muy viejo, con todo el pelo blanco, 
bello de figura, contaría, aproximadamente, sesenta y cinco 
años y Zenón unos cuarenta.” 

Tennemann (t. I, p. 415) sitúa este viaje en la 80^ Olim¬ 
píada (460-457 a. c.). Como Sócrates había nacido en la OI. 
77,4 (469 a. c.), debía de ser todavía, por aquel entonces, de¬ 
masiado joven para tomar parte en diálogos como éstos, en los 
que Platón le asigna un papel de interlocutor; por lo demás, la 
parte principal del diálogo Parménides, inspirado en el espíritu 
de la escuela eleática, es también de la propia cosecha de 
Platón. 

Fuera de esto, lo único que saberhos de la vida de Parmé¬ 
nides es que go 2 aba también de un gran prestigio entre sus 
conciudadanos de Elea, cuyo bienestar debe atribuirse principal¬ 
mente a las leyes que Parménides supo darles.®^ En el siíva^ 
de Cebes (al comienzo) se habla de “una vida parmenidiana”, 

® Platón, Teetetes, p. 183, ed. Steph. (p. 263, ed. Bekk.); Sofista, 
217 (p. 127, respectivam.). 

Diógenes Laercio, IX, 23; Casaubonus ad. h. l. 



230 LA HLOSOnA GRIEGA 

empleando esta expresión como proverbial de una vida moral¬ 
mente ejemplar. 

Conviene advertir que Platón, cuando habla concretamen¬ 
te de la escuela de los eléatas, no se refiere nunca a Jenófanes, 
sino solamente a Meliso y Parménides. Por lo demás, al asig¬ 
nar a Parménides el papel principal del diálogo que lleva por 
título su nombre, poniendo en boca de este pensador eleático 
la más sublime dialéctica, Platón obra movido por considera¬ 
ciones que no son de este lugar. Así como Jenófanes, con su 
proposición de que de la nada no se genera nada, niega en ab¬ 
soluto la generación y'cuanto con ella se halla relacionado o 
puede atribuirse a ella, en Parménides se manifiesta de un modo 
más preciso, aunque sin elevarse todavía a conciencia, la contra¬ 
posición entre el ser y el no ser. 

Sexto Empírico y Simplicio nos han conservado los frag¬ 
mentos más importantes de la poesía de Parménides, pues tam¬ 
bién este pensador expuso su filosofía en verso. El primer frag- 
mentQ largo que encontramos en Sexto (Adiv. Mrttk. VII, 111) 
es una introducción alegórica a su poesía sobre la naturaleza. 
Esta introducción tiene un tono mayestático, nos revela la ma¬ 
nera literaria de aquel tiempo y denota, en su conjunto, un 
alma enérgica y violenta, que lucha con la esencia, en un for¬ 
midable esfuerzo por captarla y proclamarla. 

Podemos reproducir la filosofía de Parménides, en casi todos 
sus aspectos, con sus propias palabras.* La introducción dice 
así: 

I 

Los caballos que me llemn 

—y que, íicm lejos ciMnto el ánimo puede llegar, me condujeron —, 

apenas pusierPn los pasos cerberos 

de la Demonio en el camino renombrado 

que, en todo, por sí misma 

guía al mortal vidente, 

por tal camino me llenaban; 

que tatn resabidos caballos por él me llevaron, 

tendido el aoirrio tín m tensión tirante. 

II 

Doncellas, 
doncellas solares, 

* La traducción del poema de Parménides está tomada de Los presocrci- 
ticos; trad., prólogo y notas de J. D. García Bacca, El Colegio de México, 
1943, t. 1, pp. 11-35 [E.]. 



231 


LA ESCUELA DE ELEA 
íéandonados de la Noche los palacios 
clon sus mWnios el uelo a sus océems hurtando, 
moistraban él camino hacia la Luz. 

Estas doncellas son, según la interpretación de Sexto (Adv. 
Math, VII, 112-113), los sentidos y las doncellas solares los 
ojos, concretamente. 


IV 

Están allí las puertas de la Noche 
allí también las puertas de las siandias del Día; 
y, enrnarcárídolas, 
pétreo dintel, pétreo umbral; 
y se cierran, etéreas, con las ingentes hojas; 
sólo la Justicia, 
la de los múltiples castigos, 
guarda las llaves ¡de uso ambiguo. 

V 

Con blandas palabras 

dirigiéndose a ella las doncellas 

la persuadieron con sabiduría 

de (juie, para ellaé, apartase de las puertas, volando, 

de férrea piña el travesano. 


VI 

Abrenlas ellas entonces 

y, hacie.nldo revolver sobre sus quicios 

ejes multíbroncíneos, 

ambiguos, 

de bisagras labrados y de pernos, 

en fauces inmensas trocaron las puertas 

y a través de ellas, 

veloz y holgadamente, 

carro y caballos las donaellos ^dirigieron. 

VII 

Recibióme la Diosa propicia; 
y con su díestíid mioinio 
tomiando la mía, 

a mí se dirigió y habtói de esta ■manera: 



232 


LA FILOSOFIA GRIEGA 


VIII 

Doncel, 

de guías inmortales compañero, 
que, por tales ctíhallos, coruiucído, 
a nuestro propio alcáz/xr llegas, 

¡Salve! 

que mal hado no ha sido 

quien a seguir te indufo este camino 

tan otro de las seMidios trilladas donde pasan los rrwrtdles. 

La Firmeza fue más bien, y La Justicia. 

IX 


Preciso es, pues, ahora 
que canio^oas todas las iCtosios: 

de la Vetdidd, tan belLomence círcMLar, la inconmovible entraña 
tanto como opinilones de montaíes 
en quien fe ‘Verdadera no descansa. 

Has de aprender, con todo, aun éstas, 
porque el que todo debe investigair 
y de toda .‘maniewi 

preciso íes que conozca aun la propia apariencia en pareceres. 

A continuación la diosa desarrolla toda la doctrina: la doc¬ 
trina del doble conocimiento: a) el del pensamiento, de la 
verdad, y P) el de la opinión, que son las partes de que consta 
el poema. 

En otro fragmento, conservado en los comentarios de Sim¬ 
plicio a la Física de Aristóteles (p. 25; 19 a) y en los de Proclo 
al Timieo (p. 29 b) se contiene la parte principal de esta en¬ 
señanza. 

Atención, pues; 

que yo seré quien hable; 

Pan atención tú, por tu parte, en escuchar el mito: 
cuáles serán las únicas senidos investigables del Pensar. 

Esta: 

del Ente ¡es ser; del Ente no es ser. 

Es senda de confianza, 
pues la Verdad la sigue. 

Estotra: 

del Ente ino es ser; y del Ente es no ser, por necesidad. 



233 


LA escuela de ELEA 
Ce ke de decir que es seirudíi impmctiadble 
y dH todo insegum, 

porque ni el propiamente no-einte conocieras, 
que a él no húiy cosa que tiendd, 
ni nada de^ él dirías . 

La nada se convierte realmente en algo, desde el momento en 
que se piensa o se dice; decimos algo o pensamos algo cuando 
queremos pensar y decir la nada. 

Menester es 

al Decir, y al Pensiar, y al Ente ser; 
porque del Ente es ser 
y no ser del nonartte. 

Tal es la concisa determinación, y en esta nada se cifra la ne¬ 
gación en general y, bajo una forma más concreta, el límite, lo 
finito, la limitación; determinatio est rvegatio: he aquí la gran 
proposición de Spinoza. Parménides dice que, cualquiera que 
sea la forma que lo negativo pueda revestir, no es en absoluto. 
Considerar la nada como la verdad es abrazar 

.. aquel otro camino pmr donde los mortales 
de nada sah idores, 
bicéfalos, 
yerrwin perdidos; 

que el desconcierto en sus pechos dirige la mente erradiza 
mientwís que elloS, 
sordos, ciegos, estupefactos, 
raza- demente, 

son de acá para céllá llevados. 

Para ellos, 

la misma cosict ^ no la misma cosict parece el ser y el no ser. 

El error consiste precisamente en confundirlos, en atribuir a 
uno y a otro el mismo valor, o en distinguirlos, pero viendo en 
el no ser lo limitado en general. 

Mets éste es, entre todos los sendems, 
como ninguno retorcido y revertiente . 

es un movimiento que choca continuamente consigo mismo, 
sin encauzarse jamás: la representación humana tan pronto con¬ 
sidera como la esencia esto como lo contrario de ello, o bien 
una mezcla de ambas cosas. 

Simplicio, en sus comentarios a la Física de Aristóteles 






234 LA FILOSOFIA GRIEGA 

(p. 17 a, 31, 19), añade a lo anterior: “Pero la verdad sólo es el 
ser, el cual es ingénito e imperecedero, íntegro, de un solo 
género ([xouvoysvés), inmóvil y sin fin; no ha sido ni será, sino 
que es, y lo es todo a un tiempo. Pues, Iqué nacimiento bus¬ 
carías tú para él? ¿Cómo y de dónde se le podría incrementar? 
Del no ser, no se te toleraría ni que lo dijeras ni que lo pen¬ 
saras, pues no puede decirse ni pensarse que el ser no sea: ¿Qué 
necesidad lo haría comenzar más tarde o más temprano por la 
nada? Por tanto, tiene que ser necesariamente así, o no ser. 
Y, por muy fuerte que sea la convicción, jamás sacará del no 
ser otra cosa que éste. El nacimiento se esfuma, pues, y la 
desaparición es inconcebible. Y el ser no es tampoco separable, 
pues es totalmente idéntico a sí mismo; no es nunca ni en 
parte alguna más, pues de otro modo no formaría una unidad, 
ni menos, sino que todo se halla pleno de ser. El todo forma 
una cohesión, pues lo que es se funde con lo que es; es inmu¬ 
table y descansa firmemente sobre sí mismo: la vigorosa ne¬ 
cesidad lo sujeta dentro de los vínculos del límite. Por eso no 
puede decirse que sea algo inacabado, pues carece de defectos, 
mientras que si fuese el no ser carecería de todo”.* 

Este ser no es lo indeterminado (S^ieiqov), puesto que se 
mantiene dentro de los límites de la necesidad, y no en vano 
Aristóteles atribuye a Parménides el concepto de límite. El 
límite es una expresión con respecto a la cual no se sabe en qué 
sentido ha de tomarse; pero en Parménides este límite absoluto 
es la 8ÍXT) y, como tal, una necesidad absoluta determinada de 
suyo, siendo importante que Parménides haya ido más allá del 
desolado concepto de lo finito. 

Lo mismo es el pensar y aquello por lo que “es” el pensamiento; 

que sin el ente en quiOn se expresa (év S> n£q>aTia,p.évov eorív) 

no haMarás el Pensar; 

que cosa alguna es algo o lo será 

a no ser que ende sea. 

Las palabras anteriores encierran el pensamiento funda¬ 
mental de Parménides. El pensamiento se produce; y lo que se 
produce es un pensamiento. El pensamiento es, pues, idéntico 
a su ser, pues nada es fuera del ser, de esta gran afirmación. 
Plotino, al citar este último fragmento (V. Eroiieiad, I, 8), dice 
que “Parménides captó este en sí al no poner el ser en las cosas 
sensibles, pues, idenrificando el ser con el pensar, lo afirmó 

* Véase el texto de Parménides, trad. cit., pp. 23-26 [E.]. 



LA ESCUELA DE ELEA 235 

como algo inmutable”. Los sofistas llegaron, partiendo de aquí, 
a la siguiente conclusión: “Todo es verdad, no existe el error, 
pues el error es el no ser, el cual no puede pensarse.” 

Aquí es donde ha de buscarse la exaltación al reino de lo 
ideal; por eso, la verdadera filosofía comienza, en rigor, con 
Parménides. Aparece un hombre que se libera de todas las opi¬ 
niones y representaciones, que les niega todo valor de verdad y 
afirma que sólo la necesidad, el ser, es lo verdadero. Cierto que 
se trata todavía de un comienzo turbio y vago, sin que sea posi¬ 
ble explicar qué es, más concretamente, lo que lleva dentro; 
pero en esta explicación reside precisamente el desarrollo de la 
filosofía misma, que aún no se da aquí. A. esto va unida la dia¬ 
léctica de que lo mudable no encierra ninguna verdad, pues 
aceptando estas determinaciones tal y como rigen, se llega siem¬ 
pre a contradicciones. 

En Simplicio (In Arist. Phys. p. 27 b; 31b) nos encontra¬ 
mos también con ciertas representaciones figuradas del pensa¬ 
miento de Parménides: “Como el límite extremo del ser es 
perfecto, es por todos sus lados igual a la masa de una esfera 
bien redondeada, que por todas partes se mantiene en equi¬ 
librio desde su centro, sin poder ser más grande ni más pe¬ 
queña en un lado ni en otro. Pues no es ningún no ser el que 
le veda penetrar en lo igual [en la unidad consigo mismo]; ni 
es tampoco un ser vacío de ser, en unos sitios más que en otros. 
Como el todo carece de defectos, en todas partes es, de este 
modo, igual en sus determinaciones.” * Y Plotino dice, en el 
lugar citado: “Compara el ser a la forma de la esfera, porque 
lo abarca todo dentro de sí, y porque el pensamiento no se con¬ 
tiene fuera de él, sino dentro de él.” Y Simplicio: “No hay 
que asombrarse, pues su actitud poética le lleva a atenerse a 
una ficción (a:Xá 0 |j,aTog) mitol^ca.” Inmediatamente salta 
a nuestra vista que la esfera es algo limitado, algo que, además, 
se halla en el espacio y que, por tanto, debe necesariamente 
tener algo sobre ella: pero, al mismo tiempo, el concepto de la 
esfera es la igualdad del comportamiento de lo distinto, razón 
por la cual debe expresar indiferentemente lo indistinto; se 
trata pues, de una imagen poco consecuente. 

A esta teoría de la verdad añade Parménides la teoría de las 
opiniones humanas, el sistema engañoso del mundo. Dice, se¬ 
gún Simplicio en sus comentarios a la Física de Aristóteles 
(p. 7 b; 39 a): 

* Véase el texto de Parménides, trad. cit., pp. 27-28 [E.]. 



236 


LA FILOSOFIA GRIEGA 
A dar se decidiemn los rnartjales 
nombre de formas de conocimiento 
a dos 

—qtie con una no basta 
(que en esto se extrm/iaron 
los que pusieron una sola )—; 
opuestamente construidas las juzgaron 
y atribuyeron signos a las dos 
en cada cual diversos. 

La una: 

Fuego es, etéreo de llama, 
ente benigno, 
sutil en gnaitlo sumo, 
por todo modo idéntico consigo; 
can la otra, por ninguno. 

La otra, por el contrario, 
es, como tal, lo opuesto: 

Noche oscura, 
pesada y densa ooncextMm. 

Pues que todas las cosas 
Noche y Luz c^al con nombre se apellidan, 
y ya que todo lo de todas ellas 
de ambas potencias se hace a la medida, 
todo, de vez, está de Luz colmado 
y no luciente Noche, 
que ninguna otra cosa 
entre ambas, Luz y Noche, se interpone. 

Y Aristóteles (Metaf. I, 3 y 5) y los otros historiadores atri¬ 
buyen unánimemente a Parménides el haber proclamado para 
el sistema de las cosas, tal como se manifiestan, dos principios, el 
del calor y el del frío, cuya unión hace el todo. La luz, el fue¬ 
go, aparece determinada como lo activo, lo animador; la noche, 
lo frío, como lo pasivo. 

Parménides se expresa también de un modo pitagórico —no 
en vano Estrabón le llamó un avfjp IIufl'aYOQelog— en la si¬ 
guiente representación, asimismo mitológica: “Son coronal 
trenzadas la una sobre la otra, uiiá de las cuales está hecha 
siempre de lo etéreo y la otra de lo denso y entre las cuales se 
encuentran otras en las que se mezclan la luz y las tinieblas. 
Las más estrechas están hechas de fuego impuro y las que apa- 



LA ESCUELA DE ELBA 237 

recen sobre ellas de las sombras de la noche, por las que átra- 
viesa la fuerza de la llama. Y lo que las mantiene a todas en 
cohesión es algo sólido como una muralla, debajo de la cual 
hay una corona de fuego, y de fuego es también la más inter¬ 
media de las etéreas. La más intermedia entre las hechas de 
mezcla es la diosa que todo lo gobierna, la que todo lo reparte 
(x^TiQovxog), Dicea y la necesidad. Ella es el principio de toda 
procreación y de toda mezcla terrenales, la que empuja a lo 
masculino a unirse con lo femenino, y viceversa; esta diosa ha 
tomado al Amor como auxiliar suyo y lo ha engendrado como 
el primero de todos los dioses. La luz es una eliminación 
(avajtvofi) de la tierra, el hálito del fuego el sol y la Vía Láctea, 
mezcla de aire y de fuego la luna”,* etc. 

Sólo resta indicar de qué modo explica Parménides las setu 
sackmes y el pensaimiento, explicación que, a primera vista, po¬ 
dría ser considerada, ciertamente; como materialista. En efecto, 
Teofrastd^^ observa, a este propósito: “Parménides no dice nada 
concreto acerca de esto, sino solamente que, puesto que existen 
dos elementos, el conocimiento está determinado por la pre¬ 
ponderancia de uno de los dos; pues según que predomine el 
calor o el frío, el pensamiento difiere: es mejor y más puro 
cuando lo determina el calor, pero también el pensamiento 
necesita cierto equilibrio. 

Pero tal como fuere en cada uno 

la mezcla dominante de las partes 

multiflexMes, 

tal es la mente 

cpte a los hombres adviene; 

{jue en cualquier hombre y en los hombres todos 

lo que de las partes naciere 

conoce; 

que es lo pleno 
pensamiento. 

Así, pues, las sensaciones y el pensamiento son, para Par¬ 
ménides, una y la misma cosa, y, según él, la memoria y el 
olvido nacen de la mezcla de uno y otras, aunque no nos dice 
si entran por partes iguales en la mezcla ni si ésto es o no el 

Plutarco, De plac. phil. II, 7; Eusebio, XV, 38; Estobeo, Ecl. Phys. 
c. 23, pp. 482-484; Simplicio, In. Phys. Arist., p. 9 a, 7 b; Aristóteles, 
Metafísica, I, 4; Brandis, Comment. Eleat., p. 162. 

* Cf. trad. cit., p. 33 [E.] 

De sensu_ p. 1, ed. Steph. 1557 (citante Fülleborn, p. 92). 



238 LA FILOSOFIA GRIEGA 

pensamiento, y en qué estado lo es. Pero es evidente que tam¬ 
bién atribuye capacidad de sensaciones a lo opuesto, ya que 
declara; lo muerto no recibe la luz, el calor ni la voz, porque le 
falta el fuego; pero sí recibe el frío, el silencio y lo opuesto, y, 
en general, hay que decir que todo lo que es goza de cierto 
conocimiento”. Pero este punto de vista de Parménides es, en 
realidad, lo contrario al materialismo, ya que éste consiste 
en concebir el alma como formada por partes, por fuerzas in¬ 
dependientes (el caballo de madera de los sentidos). 

3. Meliso 

Poco es lo que podemos decir acerca de la vida de Meliso. 
Diógenes Laercio (IX, 24) lo llama discípulo de Parménides, 
pero esto no pasa de ser algo vago; también se dice de él que 
tuvo trato con Heráclito. Era de la isla de Samos, como Pi- 
tágoras, y adquirió fama de estadista entre su pueblo; Plutarco 
Cln Feríele, 26) dice de él que, siendo almirante de la flota de 
Samos, consiguió una victoria sobre los atenienses en una ba¬ 
talla naval. Floreció por la 84’ Olimpíada (444 a. c.). 

Tampoco es mucho lo que hay que registrar en lo tocante 
a su filosofía; Aristóteles, cuando lo cita, une siempre su nom¬ 
bre al de Parménides, como si ambos apareciesen emparejados 
en sus pensamientos. De su obra en prosa sobre la naturaleza 
se han conservado varios fragmentos en los comentarios de Sim¬ 
plicio a la Física de Aristóteles (pp. 7 ss.), en los que nos en¬ 
contramos con los mismos pensamientos y argumentaciones que 
en los de Parménides, aunque, a veces, algo más desarrollados. 
Habría que saber si el razonamiento en que se desarrolla la 
tesis de que el cambio no es o se contradice, que Aristóteles, en 
su obra llena de lagunas y en algunos pasajes muy corrompida 
sobre Jenófanes, Zenón y Gorgias (c. 1), atribuye a Jenófanes, 
no procede, en realidad, del propio Meliso.®'^ 

Como falta el comienzo, en que se decía quién era el autor 
de este razonamiento, sólo pueden apuntarse conjeturas en fa¬ 
vor de Jenófanes. La obra comienza con la palabra: “Dice”, 
sin mencionar nombre alguno. El único indicio para saber si 

En realidad, como el cotejo de este razonamiento con los fragmeij- 
tos de Meliso que nos han sido transmitidos por Simplicio (en sus comen¬ 
tarios a la Física de Aristóteles y al De codo) pone fuera de toda duda 
esta conjetura, el editor se ha creido obligado a tener esto en cuenta aquí, 
si bien Hegel, cuando exponía por separado la doctrina de los eléatas, lo 
decía al referirse a Jenófanes [M.]. 



LA ESCUELA DE ELEA 239 

Aristóteles quiere exponer aquí la filosofía de Jenófanes u otra 
nos lo da, pues, el epígrafe de esta parte de la obra, pero nos 
encontramos con que otros manuscritos ostentan epígrafes dis¬ 
tintos. Más aún, en esta obra a que nos referimos (c. 2) se 
expone una opinión de Jenófanes en términos que tal parece 
como si, suponiendo que la parte anterior atribuyese a Jenó¬ 
fanes lo que Aristóteles dice, debiera expresarse de otro modo. 
Es posible que Aristóteles quiera referirse a Zenón, nombre que, 
en efecto, aparece citado con frecuencia en los epígrafes. Trᬠ
tase de una dialéctica más perfilada en cuanto a la forma y 
que denota mayor reflexión que la que podía esperarse de los 
versos, no sólo de los de Jenófanes, sino incluso de los de Par- 
ménides. Y como Aristóteles dice expresamente que Jenófanes 
aún no ha concretado nada, no cabe duda de que no puede 
atribuirse a este pensador el razonamiento más desarrollado que 
Aristóteles recoge; por lo menos, podemos asegurar que Jenó¬ 
fanes jamás habría expresado sus pensamientos de un modo 
tan ordenado y preciso como éste. He aquí el pasaje de refe¬ 
rencia: 

“Si algo es, es eterno” (áíSiov). La expresión “eterno” es 
bastante torpe, pues nos hace pensar en el tiempo, en una 
mezcla de pasado y futuro, en un tiempo infinitamente largo; 
se nos dice, sin embargo, que este áíSiov es lo igual a sí mismo, 
lo no sensible, lo inmutable, lo puramente presente, sin que en 
ello entre representación de tiempo alguna. Las nociones de 
generación y cambio se hallan excluidas aquí, pues si ese algo 
de que se trata se generara, se generaría de la nada o del ser. 
“Es imposible que algo se genere de la nada. Si todo se generara 
o si todo no fuera eterno, en ambos casos se generaría de la 
nada. Pues si se generase todo, sería previamente nada. Y si 
sólo algo fuese ente, de lo qué surgiera lo demás, lo uno sería 
más y mayor. Pero, lo más y la mayor se generaría, así, de la 
nada de sí mismo, pues en lo menos no puede contenerse su 
más, ni en lo más pequeño su algo mayor.” 

Y Simplicio,* en sus comentarios a la Física de Aristóteles 
(p. 22 b), añade: “Si según esto, no vino a ser, es ya y desde 
siempre era y para siempre será, no tiene principio ni tendrá 
final, sino que será infinito”... “Pero así como es desde siem¬ 
pre y para siempre, de parecida manera es necesario que sea 
infinito en grandeza. Si hubiese más de uno, uno limitaría a 

* La traducción de los fragmentos conservados por Simplicio está to¬ 
mada de Los presocráticos, t. 2, pp. 73-75 [E.]. 



240 LA FILOSOFIA GRIEGA 

otro. De darse el infinito, se daría solo; porque, si hubiese dos 
seres, no podrían los dos ser infinitos, puesto que se harían 
mutuamente de límites el uno para el otro”, es decir, tendrían 
un comienzo y un fin; lo uno seria la nada del otro y procedería 
de esta nada. “Así que es eterno e infinito, uno y enteramente 
homogéneo... Ni se mueve el Ser, pues no tiene ya lugar a 
dónde ir, puesto que hay lleno; que, si se diera un vacío, a tal 
lugar vacío pudiera trasladarse; mas, no habiendo tal vacío, no 
tiene a dónde ir... Ni se duele, porque el Todo no puede es¬ 
tar doliente; pues no puede haber cosa que esté eternamente 
doliente, ni lo doliente posee la misma fuerza que lo sano, de 
manera que no sería homogéneo si algo le doliese; ni sería tam¬ 
poco homogéneo si se doliera porque se le quita algo o porque 
algo le viene. Ni estando el Todo sano puede dolerle algo, por¬ 
que habría de perecer lo sano y el ser mismo de lo sano; y, por 
el contrario, el ser no vendría a ser.” Por tanto, también aquí 
se revela la contradicción, cuando se habla de generación y 
corrupción. 

Pues bien, a este algo verdadero y a esta verdad opone Me- 
liso la opinión. El cambio y la pluralidad, descartados de la 
esencia, aparecen en el otro lado, en la conciencia, como la opi¬ 
nión; es necesario decir esto, cuando sólo se retiene el lado 
negativo, el levantamiento de estos momentos, lo absoluto sin 
predicado alguno. “En la intuición sensible existe para nosotros, 
lo contrario, a saber: una multitud de cosas, su cambio, su ge¬ 
neración y su corrupción, su mezcla. Aparece así aquel primer 
saber al lado de este segundo, el cual encierra para la concien¬ 
cia común tanta certeza como el primero.” Meliso no se deci¬ 
de, al parecer, en favor de lo uno ni de lo otro, sino que, 
oscilando entre ambas cosas, parece limitar el conocimiento de 
la verdad a la tesis de que, entre dos conocimientos contra¬ 
puestos, hay que preferir siempre la opinión más verosímil, pero 
sin ver en este conocimiento preferido más que una opinión 
más poderosa, y no la verdad. Así se expresa Aristóteles de él. 

Aristóteles, tratando de buscar lo concreto de la diferencia 
entre su filosofía y la de Parménides, indica que, en primer 
lugar, Parménides parece concebir lo uno como la esencia del 
pensamiento, mientras que Meliso parece concebirlo como ma¬ 
teria, a lo cual hay que observar que esta diferencia desaparece,' 
precisamente, dentro de la esencia pura, del ser o de lo uno. 
Para Parménides, como para Meliso, no existe esta diferencia, 
sino que, por el contrario, es levantada tanto como materia 
pura como en cuanto pensamiento (cuando hablamos de esta 




LA ESCUELA DE ELEA 241 

diferencia) y es, sin duda, simplemente una modalidad de ex¬ 
presión la que hace que uno parezca expresarse más bien así, 
por razón de su manera más tosca de tratar (¡xaW,ov (popTixóg) 
el asunto, según la expresión de Aristóteles (Física I, 2). En 
segundo lugar, la diferencia entre ambos filósofos consiste 
en que Parménides determina lo uno como limitado, mientras 
que Meliso lo determina como ilimitado: por tanto, este ser 
limitado de lo uno contradiría directamente, en realidad, a la 
filosofía de Parménides, ya que, siendo el límite el no ser del 
ser, supondría el no ser. Sin embargo, cuando Parménides ha¬ 
bla de límite, vemos siempre que su lenguaje poético no brilla 
nunca por su precisión; además, el límite, como límite puro, 
es, a su vez, ser simple y absoluta negatividad, en que se levanta 
todo lo demás que pueda decirse y establecerse. La necesidad, 
como esta negatividad y este movimiento puros de suyo, se 
halla, aunque pensamiento inmóvil, vinculada de un modo ab¬ 
soluto a lo contrario de ella. En tercer lugar, podríamos decir 
que Parménides establece, al mismo tiempo, una ciencia de la 
opinión y de la realidad, que se contrapone, por tanto, al ser 
como esencia para el pensamiento, más que en la doctrina de 
Meliso. 

4. Zenón 

Lo propio y peculiar de Zenón es la dialéctica, que, en rigor, 
comienza con él. Zenón es el maestro de la escuela eleática, la 
figura en la que el pensamiento puro de esta escuela se con¬ 
vierte en el movimiento del concepto mismo, en el alma pura 
de la ciencia. En efecto, así como en los eléatas anteriores nos 
encontramos con la tesis: “la nada no tiene realidad alguna, no 
es en absoluto, razón por la cual desaparece todo lo que es ge¬ 
neración y corrupción”, en Zenón, aunque siga admitiendo la 
existencia de lo uno y el levantamiento de lo que halla en 
contradicción con ello, no se comienza ya por esta afirmación, 
sino que es la razón la que sirve de punto de partida y, descan¬ 
sando tranquilamente sobre sí misma, pone de manifiesto sU 
anulación a la luz de aquello que se establece como ente. 

Parménides afirmaba: “El todo es inmutable, pues la mu¬ 
danza llevaría consigo el no ser de lo que es; pero es solamente 
el ser, pues en la proposición: el no ser es, el sujeto contra¬ 
dice al predicado.” Zenón, por el contrario, dice: “Estableced 
vuestra mudanza, pues en ella, como tal mudanza, va envuelta 



242 LA FILOSOFIA GRIEGA 

SU nada, o es ella la nada.” Tal era, para él, el cambio: un 

movimiento determinado, cumplido. 

Zenón se manifestaba en contra del movimiento como tal, 
en contra del movimiento puro: “El ser puro no es movimiento, 
sino que es más bien la nada del movimiento.” En Zenón nos 
encontramos, de un modo especialmente notable, con la alta 
conciencia de que una determinación es negada, de que esta ne¬ 
gación es, a su ve 2 , una determinación y de que en la negación 
absoluta no debe negarse una determinación solamente, sino 
que deben negarse ambas determinaciones contrapuestas. Ze¬ 
nón se da cuenta de esto; y, como preveía que el ser es lo 
contrario de la nada, niega en lo Uno lo que necesariamente 
debía predicarse de la nada. Pero, lo mismo debía suceder, en 
rigor, con lo demás. Encontramos también esta dialéctica supe¬ 
rior en el Parménides de Platón, si bien aquí sólo la vemos 
surgir de algunas determinaciones y no de las determinaciones 
de lo Uno y del ser. La conciencia superior es la conciencia de 
la nulidad del ser, como la de un algo determinado frente a la 
nada, tal como se revela en parte en Heráclito y, en parte, en 
los sofistas; por este camino, no queda en pie verdad alguna, 
ningún ser en sí, sino solamente el ser para otro o la certeza 
de la conciencia individual, y la certeza como refutación, es de¬ 
cir, el lado negativo de la dialéctica. 

Según Diógenes Laercio (IX, 25), Zenón figuraba también 
entre los eléatas; era el más joven de los pensadores de esta 
escuela y tuvo, principalmente, trato con Parménides. Éste le 
tomó gran cariño y lo adoptó como hijo; su padre por los víncu¬ 
los de la sangre se llamaba Teleutágoras. No sólo gozaba, por 
su vida, del respeto de las gentes de su Estado, sino también 
de fama, principalmente como maestro; Platón dice de él que 
acudían gentes de Atenas y de otros lugares para recibir sus 
enseñanzas.*® Diógenes (XI, 28) pondera la orguHosa sobrie¬ 
dad de este hombre, diciendo que (aparte del viaje que hizo a 
Atenas) residía constantemente en Elea y no quiso vivir en la 
grande y poderosa Atenas el tiempo necesario para cosechar allí 
fama y gloria. 

Su muerte hizo especialmente famosa la fortaleza de su 
alma, en los muy variados relatos que acerca de ella circula¬ 
ron, todos los cuales coinciden, en que se sacrificó para librar 
a un Estado (no se sabe si a su propia patria, Elea, o a otra 
ciudad de Sicilia) del tirano que la avasallaba (cuyo nombre 

Cfr. Platón, Parménides, pp. 126 S5. ed. Steph. (pp. 3-5 ed. Bekk.). 



LA ESCUELA DE ELEA 243 

varía según las diversas versiones de los hechos, sin que conoz» 
camos tampoco, más en concreto, la conexión histórica de lo 
sucedido). 

Lo ocurrido, según los relatos de referencia, fué, sobre poco 
más o menos, lo siguiente. Zenón había entrado en una con¬ 
jura para derrocar al tirano, siendo descubierta la conspira¬ 
ción. Sometido a tortura por el tirano, en presencia del pueblo, 
para que denunciara los nombres de las demás personas com¬ 
prometidas, al preguntársele quiénes eran los enemigos del 
Estado, dice la tradición que Zenón dió, en primer lugar, los 
nombres de todos los amigos del tirano, denunciando en se¬ 
guida a éste como la peste que asolaba al Estado. Aquellas 
formidables intimaciones, unidas a los espantosos martirios y a 
la muerte del filósofo, sigue narrando la tradición, encendie¬ 
ron la ira de los ciudadanos, levantaron su ánimo y los mo¬ 
vieron a lanzarse contra el tirano, dándole muerte y liberando 
con ello a la ciudad. Las circunstancias de la conducta final 
del filósofo, que fueron las de una violenta y colérica reac¬ 
ción de los sentidos, aparecen relatadas de diversos modos. Se 
dice que, haciendo ademán de querer decir algo al oído al 
tirano, le mordió en la oreja, sin soltarlo, hasta que los demás 
le dieron muerte. Según otras versiones, le clavó los dientes 
en la nariz. Otros relatos dan la versión de que, al ser someti¬ 
do a los más espantosos martirios después de aquella respuesta, 
se amputó la lengua de una dentellada y se la escupió a la cara 
al tirano, como para decirle que no conseguiría arrancarle una 
sola palabra, después de lo cual se dice que su cuerpo fué aplas¬ 
tado en un mortero.^® 

Ya hemos dicho que entre los méritos de Zenón hay que 
destacar como uno de los más importantes el de haber sido el 
creador de la verdadera dialéctica objetiva. Por tanto, Jenófa- 
nes, Parménides y Meliso toman como base la afirmación de 
“la nada es la nada, no es en absoluto, o lo igual es la esencia”; 
es decir, establecen como esencia uno de ios predicados contra¬ 
puestos. Por eso, allí donde encuentran en una determinación 
lo contrapuesto, levantan con ello esta determinación; pero, 
con ello, ésta sólo es levantada por otra cosa, por lo que yo 
estatuyo, por la distinción que yo establezco de que un lado 
es la verdad y otro lado lo nulo. Se parte de una determinada 
proposición; la nulidad de lo contrapuesto no se manifiesta 

Diógenes Laercio, IX, 26 s.; Menag. ad h. l.; Valerio Máximo, III, 
3 ext. 2'3. 



244 J-A FILOSOFIA GRIEGA 

en esto mismo, no es que se levante a sí mismo, es decir, que 
encierre dentro de sí una contradicción. Establezco, por ejem¬ 
plo, que algo es lo nulo y luego, partiendo de esta premisa, 
pongo de manifiesto esto en el movimiento, de donde se sigue, 
por tanto, que eso es lo nulo. 

Pero otra conciencia no establece aquello; yo declaro aquello 
como lo inmediatamente verdadero, pero el otro tiene perfecto 
derecho a establecer como lo inmediatamente verdadero otra 
cosa, a saber: el movimiento. Cuando un sistema filosófico 
refuta a otro suele ocurrir, en efecto, que se tome por base el 
primero para luchar, partiendo de él, contra el otro. La cosa 
se hace fácil y llana, cuando se dice, sencillamente: “El otro no 
encierra verdad alguna, porque no coincide con el mío”; pero, 
lo malo es que el otro tiene el mismo derecho a afirmar otro 
tanto. Y de nada sirve que yo pruebe mi sistema o mi propo¬ 
sición, y arguya: por tanto, el sistema o la proposición contra¬ 
rios son falsos, pues para éstos lo extraño, lo falso serán, en 
cambio, los míos. Por eso, lo falso no debe demostrarse como 
falto de verdad por medio de lo otro, porque lo contrario sea 
la verdad, sino en sí mismo. Y este criterio racional lo encon¬ 
tramos sostenido ya por Zenón. 

Esta dialéctica aparece muy bien descrita en el Parménides 
de Platón (pp. 127-128, Steph.; pp. 6-7, Bekk.), allí donde 
Platón hace decir a Sócrates a este propósito: “Zenón, en su 
obra, afirma en el fondo lo mismo que Parménides, a saber: 
que todo es uno, si bien trata de engañarnos por medio de un 
giro en que parece decir algo nuevo. En efecto, Parménides 
muestra, en sus poesías, que todo es uno; Zenón, por el contra¬ 
rio, enseña que lo múltiple no existe.” A lo que replica Zenón 
“que él ha escrito esto más bien contra quienes trataban de 
ridiculizar la tesis de Parménides, poniendo de manifiesto qué 
ridículos y contradicciones se desprendían contra ellos mismos 
de su afirmación; combatía, por tanto, a aquellos que predi¬ 
caban el ser de lo múltiple, para demostrar que, partiendo 
de aquí, se llegaba a consecuencias mucho- más disparatadas 
que arrancando de la proposición de Parménides”. 

Tal es la determinación más precisa de la dialéctica objetiva, 
en la que ya no vemos al pensamiento simple establecerse 
por sí mismo, sino que lo vemos ya fortalecido, llevando la*' 
guerra al campo mismo del enemigo. La dialéctica en la con¬ 
ciencia de Zenón presenta este lado negativo; pero debe ser en¬ 
focada también por su lado positivo. 

Según la concepción corriente de la ciencia, en que las pro 



LA ESCUELA DE ELEA 245 

posiciones son el resultado de las pruebas, la prueba es el 
movimiento de la convicción, una unión lograda por la media¬ 
ción. La dialéctica, en términos generales, es: a) dialéctica ex¬ 
terna, en la que es necesario distinguir este movimiento de la 
condensación de este movimiento; P) no un movimiento de nues¬ 
tra convicción solamente, sino una prueba basada en la esencia 
de la cosa misma, es decir, en el concepto puro del contenido. 
Aquélla es un modo de considerar los objetos poniendo de 
manifiesto los fundamentos y los aspectos de ellos, de tal modo 
que se haga vacilar lo que hasta ahora se creía inconmovible; 
estos fundamentos pueden ser puramente externos y, al tratar 
de los sofistas, tendremos ocasión de hablar más de esta clase de 
dialéctica. La otra consiste en la consideración inmanente del 
objeto: éste es tomado por sí mismo, sin partir de ninguna pre¬ 
misa, idea o deber ser, sin fijarse en las condiciones, leyes o 
fundamentos externos; se adentra uno totalmente en la cosa, 
se considera el objeto por sí mismo y con arreglo a las determi¬ 
naciones que en él se encierran. Así considerado, él mismo se 
encarga de revelar que contiene determinaciones contrapuestas, 
es decir, que se levanta a sí mismo; esta dialéctica es, princi¬ 
palmente, la que encontramos en los pensadores antiguos. 

La dialécrica subjetiva, la que razona partiendo de fun¬ 
damentos externos, está ya en buen camino, en cuanto que 
concede: “Lo certero lleva consigo lo erróneo, y lo falso lo 
verdadero.” La verdadera dialéctica no deja nada fuera de su 
objeto, como si éste sólo fuese defectuoso en uno de sus aspec¬ 
tos; el objeto se disuelve, en ella, con arreglo a su naturaleza 
toda. El resultado de esta dialéctica es cero, lo negatívo; lo 
afirmativo no se revela todavía, en ella. A esta verdadera dia¬ 
léctica puede asignarse, en rigor, la obra de los eléatas. Sin 
embargo, en ellos no vemos que prosperen todavía gran cosa la 
determinación y la esencia de la concepción; estos pensadores 
no pasan del criterio de que la contradicción anula el objeto. 

La dialéctica de la rrutteria de Zenón no ha podido ser 
refutada hasta el día de hoy; no ha sido posible pasar por 
encima de ella, y se deja que la cosa flote en lo indetermina¬ 
do. Simplicio, en sus comentarios a la Física de Aristóteles 
(p. 30), la expone así: “Zenón demuestra que, cuando hay 
muchas cosas, habrán de ser de vez pequeñas y grandes; en lo 
grande, lo múltiple es infinito en cuanto a la cantidad [de 
lo múltiple, como límite indiferente, hay que remontarse a lo 
infinito; ahora bien, lo que es infinito ya no es grande, ya no 
es múltiple, sino lo negativo de lo múltiple], lo pequeño aque- 



246 LA FILOSOFIA GRIEGA 

lio que no tiene ya magnitud”, como los átomos. “Aquí, de¬ 
muestra que lo que no tiene magnitud, ni grosor, ni masa, 
tampoco existe. En efecto, si se añadiese a otra cosa, no la 
aumentaría; no teniendo magnitud alguna, mal podría aumen¬ 
tar la magnitud de otra cosa a la que se añadiera, lo que quiere 
decir que lo añadido es tanto como nada. Y lo mismo si se re¬ 
tirara: no disminuiría para nada lo otro; es, por tanto, igual 
a nada. Si, pues, por el contrario, hay Ser, por necesidad, 
cada ser habrá de tener una cierta magnitud y grosor y en cada 
ser distar una de otra dos partes diversas; y esta misma razón 
valdrá para las dos partes, pues habrán de tener magnitud y 
en ello es distinto lo uno con respecto a lo otro (npcÉisi aurou 
Ti). Y, dicho esto de una vez, queda dicho por parecido mo¬ 
tivo para todas, porque ninguna parte de un ser podrá ser la 
última y no tener ya una parte en relación alguna con otra. 
De esta manera, si hay muchas cosas habrán de ser de vez 
pequeñas y grandes; pequeñas hasta no tener ya magnitud; 
grandes hasta no tener ya límites.” * 

El sentido preciso de esta dialéctica aparece expuesto por 
Aristóteles (Física, VI, 9); Zenón enfoca el movimiento, princi¬ 
palmente, de un modo objetivamente dialéctico. Sin embargo, 
el detalle con el que aparece expuesta su doctrina en el Par- 
ménides de Platón no procede del propio Zenón, sino que es 
obra del autor del diálogo. Vemos cómo en la conciencia 
de Zenón desaparece el pensamiento simple e inmóvil, pero 
convirtiéndose en movimiento pensante; al combatir el movi¬ 
miento sensible, se entrega a él. La razón primordial de que la 
dialéctica recaiga en el movimiento está en que la dialéctica 
misma es este movimiento o en que el movimiento mismo es la 
dialéctica de todo el ser. La cosa tiene, al moverse, su dialécti¬ 
ca en sí misma, y el movimiento es el convertirse a sí misma en 
otra cosa, el levantarse. Cuando Aristóteles dice que Zenón 
negaba el movimiento porque éste encerraba una contradicción 
interna, no debe interpretarse esto en el sentido de que el movi¬ 
miento no sea en absoluto. No se habla para nada de que haya 
movimiento y de que sea un fenómeno: el movimiento tiene 
certeza sensible, tan cierto como que hay elefantes: en este 
sentido, no podía ocurrírsele a Zenón negar el movimiento. 
El problema que se plantea es otro: el de su verdad. Y el 
movimiento, según Zenón, carece de verdad, pues su represen¬ 
tación encierra una contradicción; con lo cual quiere decir que 
no tiene verdadero ser. 

• Traducción española de J. D. García Bacca, op. cit., t. 2, p. 65 [E.]. 



LA ISCUELA DE ELEA 247 

Desde este punto de visto deben interpretarse las proposi¬ 
ciones de Zenón, y no como tágeciones contra la realidad del 
movimiento, aunque a primera visto parezcan eso, sino como 
una manera necesaria de determinar ^1 movimiento y cómo 
se debe proceder para ello. Zenón indica cuatro maneras de 
refutar el movimiento; y las pruebas descansan sobre la infinita 
división del espacio y el tiempo. 

a) La primera forma es aquella en que dice: “El movimien¬ 
to no encierra verdad alguna, ya que lo movido tendría que 
llegar primeramente a mitad de camino, antes de poder llegar 
a la meta.” Aristóteles puede expresar esto en tan pocas pala¬ 
bras porque antes ha tratado amplia y detalladamente del 
problema. Estas palabras deben comprenderse, de un modo 
general, en el sentido de que se da por supuesta la continuidad 
del espacio. Lo que se mueve tiene que alcanzar una cierta 
meta; este camino forma un todo. Para recorrer el todo, lo que 
se mueve tiene que recorrer antes, necesariamente, la mitad: el 
final de esta mitad es ahora la meta, pero esta mitad del espa¬ 
cio forma, a su vez, un todo, el cual tiene, por tanto, su mitad; 
por consiguiente, lo que se mueve tiene que llegar antes a la 
mitad de esta mitad, y así sucesivamente, hasta el infinito. 

Zenón se apoya aquí en la infinita divisibilidad del espacio: 
siendo el espacio y el tiempo absolutamente continuos, no es 
posible detenerse en parte alguna con la división. Toda magni¬ 
tud (y todo tiempo y todo espacio tiene siempre una magnitud) 
es divisible, a su vez, en dos mitades, que deben ser recorridas, 
y, por pequeño que sea el espacio en que nos fijemos, siempre 
nos encontraremos con la misma proporción. El movimiento 
es el recorrido de estos momentos infinitos, razón por la cual no 
cesa jamás; por consiguiente, lo que se mueve no puede llegar 
a su meta. 

Es sabido con qué sencillez refutaba estas pruebas de la 
contradicción del movimiento Diógenes de Sinope, el cínico: 
se levantaba sin decir un palabra y se ponía a pasearse silen¬ 
ciosamente de arriba abajo, refutando así semejantes argumenta¬ 
ciones con hechos.*® Pero, cuando se discute con razones, sólo 
pueden aceptarse refutaciones casadas en ellas;-no es posible 
darse por satisfecho con la certeza sensible: es necesario, ade¬ 
más, comprenderla. Refutar las objeciones equivale a poner de 
manifiesto su nulidad, como si hubiesen desaparecido y no 
debieran hacerse en modo alguno; para ello, en este caso de que 
tratamos, no hay más camino que pensar el movimiento tal y 
Diógenes Laercio, VI, 39; Sexto Empírico, Pyrrh. Hyp. III, 8, § 66. 



248 LA FILOSOFIA GRIEGA 

como el propio Zenón lo pensaba, pero llevando este concepto 

del movimiento mismo más adelante. 

Vemos aquí ante nosotros lo infinito malo o la manifesta¬ 
ción pura, cuya esencia simple pone de relieve la filosofía 
como concepto general, manifestarse en primer lugar desarro¬ 
llado en su contradicción, y a su historia adquirir la conciencia 
de esta contradicción; el movimiento, esta misma manifestación 
pura, aparece como algo pensado, puesto con arreglo a su esen¬ 
cia, a saber: en lo que lo diferencia de la pura identidad con¬ 
sigo mismo y de la pura negatividad, del punto frente a la 
continuidad. Para nosotros, no envuelve contradicción alguna 
en la representación el que el aquí del espacio o el ahora del 
tiempo se establezcan como una continuidad y una longitud; 
pero su concepto es algo contradictorio consigo mismo. La iden¬ 
tidad consigo mismo o la continuidad es cohesión absoluta, 
extinción de toda diferencia, de todo lo negativo, del ser para 
sí; el punto es, por el contrario, el puro ser para sí, el distin¬ 
guirse absoluto y la abolición de toda igualdad y de toda cohe¬ 
sión con lo otro. 

Pero estos dos aspectos se establecen, en el tiempo y en el 
espacio, en lo uno; el espacio y el tiempo son, pues, lo contra¬ 
dictorio; nada más fácil que ponerlo de relieve en el movimien¬ 
to, ya que en éste se establece también lo contradictorio como 
algo inseparable para nuestra representación. El movimiento es, 
cabalmente, la realidad del tiempo y del espacio: y, al manifes¬ 
tarse y establecerse ésta, se establece justo la contradicción que 
se manifiesta; esta contradicción, y no otra, es la que Zenón 
trata de poner de relieve. 

El límite que divide el espacio en dos mitades y que se esta¬ 
blece en la continuidad del espacio, no es un límite absoluto, 
sino que lo limitado entraña, a su vez, continuidad: pero esta 
continuidad no es tampoco, a su vez, algo absoluto, sino que 
hay que establecer en ella lo contrario de lo absoluto, que es el 
límite de las dos mitades; pero, con ello, no se establece tampo¬ 
co, a su vez, el límite de la continuidad, pues la mitad sigue 
siendo algo continuo, y así sucesivamente, hasta el infinito. 

Al decir “hasta el infinito”, nos representamos un más allá, 
fuera de nuestra representación, al que no es posible llegar. 
Trátase, indudablemente, de un trascender sin fin, infinito, pero* 
presente en el concepto: un trascender de una determinabilidad 
contrapuesta a otra, de la continuidad a la negatividad, de la 
negatividad a la continuidad, pero ambas se hallan ante nos¬ 
otros. Ahora bien, de estos dos momentos cabe afirmar, en el 



LA ESCUELA DE ELBA 249 

desarrollo, uno de ellos como el esencial; primeramente, Zenón 
establece el desarrollo continuo de tal modo que no sea posible 
llegar a ningún espacio limitado como a lo último, lo que vale 
tanto como decir que Zenón afirma el desarrollo progresivo den¬ 
tro de estos límites. 

La solución general a que Aristóteles reduce esta contra¬ 
dicción es la de que el espacio y el tiempo no se hallan divididos 
hasta el infinito, sino que son, simplemente, divisibles. Ahora 
bien, por el mero hecho de ser divisibles, es decir, en potencia, 
tienen que hallarse también realmente divididos hasta el infi¬ 
nito, pues de otro modo no podrían ser divisibles. Tal es la 
respuesta general a la idea a base de la cual trata Aristóteles 
de refutar el punto de vista dé Zenón. 

Bayle (tomo IV, art. 2énon, nota E), dice, refiriéndose a 
la respuesta de Aristóteles que es pitoyable. “C’est se moqtter 
du monde que de se servir de cette doctrine; car si la matiére 
est divisóle á Vinfini, elle contient un nombre infini de parties. 
Ce n’est done poínt un infini en fmissaince, c'est un infini qui 
existe réellement, actuellement. Mais qtumd-méme on accor- 
derait cet infini en puissanoe, qui deviendrait un infini par la 
división actuelle de ses parties, on ne perdrait pos ses avantages; 
car le mouvement est une chose, aui a la méme vertu, aue la 
división. II touche une paxtie de Vespace sans toucher Vautre, 
et il les touche toutes les unes aprés les autres. N’est^e pos les 
distinguer actuellement? N’estce pos faire ce que ferait un 
géométre sur une tcble en tirant des lignes qui désignassent 
tous les demi'pouces? II ne brise pos la table en demi-pouces, 
mais il y fait néanmoins une división, qui marque la distinction 
actuelle des parties; et je ne crois pos qu’Aristote eut voulu nier 
que si l'on tirak une infinité de lignes sur un pouce de matiére, 
on n’y introduisk une división, qui réduirait en infini actuel ce 
qui n’était selon lui qu'un infini virtuel.” * 

Este si que subrayamos no deja de tener gracia. La divisibi¬ 
lidad es, como posibilidad, lo general; en ella van implícitas 
tanto la continuidad como la negatividad o el punto, pero como 
momentos, no como algo que sea en y para sí. Puedo dividir 
la materia hasta el infinito, pero solamente puedo; ello no 

* “El utilizar esta doctrina es burlarse del mundo; pues si la materia es 
divisible infinitamente, contiene un número infinito de partes. No es pues 
un infinito en potencia, sino un infinito que existe realmente, en acto. Pero 
aun cuando convengamos en que es un infinito en potencia, que se con¬ 
vertirá en un infinito por la división real de sus partes, no perdemos la 
ventaja, pues el movimiento es una cosa que tiene la misma naturaleza 
que la división. Toca una parte del espacio sin tocar la otra, y las toca 



250 LA FILOSOFIA GRIEGA 

quiere decir que realmente la divida hasta el infinito. En 
consiste precisamente lo infinito: en que ninguno de sus mo* 
mentos tiene realidad. Ninguno de ellos llega a ser en sí o 
acaecer realmente, ni el límite absoluto ni la continuidad abso¬ 
luta, de tal modo que el otro momento desaparezca siempre. 
Son dos momentos absolutamente contrapuestos, pero como 
tales momentos, es decir, en el concepto simple o en general, 
en el pensamiento, si se quiere; pues en el pensamiento, en la 
representación en general, lo que se establece es y al mismo 
tiempo no es. Lo representado como tal o en cuanto imagen 
de la representación no es una cosa; no tiene ser alguno, ni es 
tampoco la nada. 

El espacio y el tiempo son una magnitud limitada, que es 
posible, por tanto, recorrer; y, del mismo modo que yo no di¬ 
vido el espacio, actu, hasta el infinito, tampoco puedo dividir 
el cuerpo en movimiento. La división del espacio como ser 
dividido no es absoluta puntualidad, ni la continuidad pura 
lo indiviso e indivisible; del mismo modo, el tiempo no es la ne- 
gatividad o puntualidad pura, sino que es también continuidad. 
Ambas cosas se manifiestan en el movimiento, en el que los 
conceptos cobran realidad ante la representación: la negativi- 
dad pura como tiempo, la continuidad como espacio; el movi¬ 
miento mismo no es otra cosa que esta unidad real en la con¬ 
traposición y el desdoblamiento de ambos momentos en esta 
unidad. Comprender el movimiento vale tanto como expresar 
su esencia en forma de concepto, es decir, como unidad de la 
negatividad y la continuidad; pero, por ello mismo, no es posi¬ 
ble cifrar en ellas ni la continuidad ni la puntualidad como la 
esencia. Si nos representamos el espacio o el tiempo como 
divididos hasta el infinito, obtendremos, evidentemente, una 
infinitud de puntos, pero la continuidad se contendrá también 
en ellos, lo mismo que un espacio que la abarque; sin embar¬ 
go, en cuanto concepto, esta continuidad consiste en que todos 
esos puntos sean iguales, es decir, en realidad, en que sólo 
aparezcan como tales puntos, como lo uno. Pero ambos mo¬ 
mentos se manifiestan como igualmente existentes; y, por ser 

todas, una después de otra. íNo es esto distinguirlas en acto? íNo es hacer 
lo que un geómetra que dibujara sobre una mesa líneas que marcaran to¬ 
das las medias pulgadas? El geómetra no parte la mesa en medias pulgadas, 
pero hace, de cualquier modo, una' división que marca la distinción real 
de las partes; no creo que Aristóteles haya querido negar que si se dibuja 
una infinidad de lineas sobre una pulgada de materia se hace una división, 
que convertiría en infinito en acto lo que según él no era sino un infinito 
virtual.” 



LA. ESCUELA DE ELEA 251 

así indiferentes, no se establece ya su concepto, sino su ser. 
En ellos, como existentes, la negatividad es una magnitud limi¬ 
tada, existen como espacio y tiempo limitados; y el movimiento 
real es el recorrido de un espacio limitado y de un tiempo limi¬ 
tado, no del espacio infinito y del tiempo infinito. 

Cuando se dice que lo que se mueve tiene que recorrer, 
necesariamente, la mitad del camino, se afirma la continuidad, 
es decir, la posibilidad de la división, como simple posibilidad; 
esta posibilidad puede darse, por consiguiente, en cualquier es¬ 
pacio, por pequeño que nos lo representemos. Se concede como 
indiscutible que no hay más remedio que llegar a la mitad; 
pero, con ello, se ha concedido todo lo que se postula, es decir, 
el no llegar, pues una vez dicho aquello, es como si se dijera 
infinidad de veces. Se piensa, por el contrario, que, tratándose 
de un espacio mayor, se puede conceder la mitad, pero se cree 
que, por pequeño que el espacio sea, se tiene que llegar nece¬ 
sariamente a un punto en que ya no sea posible dividir el 
espacio por mitades, es decir, a un espacio pequeñísimo, indi¬ 
visible, no continuo. Pero esto es falso, pues la continuidad 
es una determinación esencial; es cierto que existe lo peque¬ 
ñísimo en el espacio, lo más pequeño de todo, es decir, una 
negación de la continuidad: pero esta negación es algo total¬ 
mente abstracto. Pero no es menos falso el aferrarse de un 
modo abstracto a la división imaginada, es decir, a la división 
continua en mitades llevada hasta el infinito, pues en la hipó¬ 
tesis de la mitad va ya implícita la interrupción de la conti¬ 
nuidad. 

Es necesario decir que no existen mitades en el espacio, 
pues el espacio es continuo; un pedazo de madera puede par¬ 
tirse en dos mitades, pero no así el espacio, y en el movimiento 
no hay sino espacio. Podríamos, pues, afirmar inmediatamente 
que el espacio está formado por una multitud infinita de pun¬ 
tos, es decir, por una multitud infinita de límites, razón por 
la cual no puede ser recorrido. Se cree poder pasar de uno de 
estos puntos indivisibles a otro, pero por este camino no se avan¬ 
za nada, pues esos puntos forman una muchedumbre ilimitada. 
La continuidad se atomiza en lo contrario de ella, en la cantidad 
indeterminada; es decir, no se acepta continuidad alguna ni, 
por tanto, movimiento alguno. Se afirma falsamente que ese 
movimiento es posible cuando se arriba a lo uno, que no es 
continuo, pues el movimiento es cohesión. Por tanto, cuando 
antes se decía que la continuidad servía de base como posibi¬ 
lidad de la división hasta el infinito, la continuidad, allí, no 



252 LA FILOSOFIA GRIEGA 

pasaba de ser una premisa; pero lo que se establece en esta 
continuidad es el ser de límites infinitamente múltiples y abs¬ 
tractamente absolutos. 

b) La segunda prueba, que es tanto la premisa de la con¬ 
tinuidad como el establecimiento de la división, es la que se 
conoce con el nombre de “Aquiles, el de los pies ligeros”. Los 
antiguos gustaban de revestir las aporías con el ropaje de re¬ 
presentación sensible. De dos cuerpos que se mueven en una 
dirección, uno de los cuales va delante, seguido por el otro a 
cierta distancia, nosotros sabemos que, si el segundo se mueve 
más a prisa que el primero, acabará alcanzándolo. Pero Zenón 
dice: “El más lento de los dos jamás será alcanzado por el más 
rápido.” Y demuestra del siguiente modo esta afirmación: “El 
que va detrás necesita una cierta parte del tiempo para llegar 
al sitio de donde el otro arrancó al comenzar este lapso de¬ 
terminado.” Por tanto, durante el tiempo que el segundo tarda 
en llegar al punto donde el primero se encontraba, éste habrá 
recorrido un nuevo trecho, que el segundo necesitará recorrer^ 
a su vez, en una parte de esta parte de tiempo; y así, hasta el 
infinito. 

c d e f g 

B A 

Por ejemplo, B recorre en una hora dos millas (c-d), mien¬ 
tras que A cubre en el mismo tiempo una milla solamente 
(d-e); si sólo se hallan separados el uno del otro por un trecho 
de dos millas (cd), es evidente que B llegará en una hora al 
punto (d) donde A se encontraba al comienzo de ella. Mien¬ 
tras que B, en la media hora siguiente, recorrerá el trecho de 
una milla (d-e) cubierto por A, éste se encontrará ya media 
milla (e-f) más allá, y así sucesivamente, hasta el infinito. 
Quiere decirse que la mayor rapidez de movimiento no ayuda 
para nada al segundo cuerpo a recorrer el espacio intermedio 
que lleva de retraso; el tiempo que para ello necesita lo tiene 
también a su disposición el cuerpo más lento para conservar la 
delantera, aunque ésta vaya reduciéndose, pero sin llegar a des¬ 
aparecer por entero, ya que va dividiéndose continuamente en 
mitades. 

Aristóteles, al tratar este punto, dice, en pocas palabras: 
“Esta prueba representa la misma división hasta el infinito, 
pero es falsa, pues el cuerpo más rápido acabará necesaria- 



LA ESCUELA DE ELEA 253 

mente dando alcance al más lento, siempre y atando que se le 
permita rebasar el límite.” 

Esta respuesta es exacta y lo abarca todo. En efecto, en 
esta concepción van implícitos dos puntos en el tiempo y dos 
espacios, separados el uno del otro, es decir, delimitados entre 
sí; por el contrario, si se admite que el tiempo y el espacio son 
magnitudes continuas, de manera que exista entre dos puntos 
en el tiempo o en el espacio una relación de continuidad, re- 
sultará que, aun siendo dos, no son dos, sino que son idénticos. 
Tal como nos representamos la cosa, resolvemos el problema 
con la mayor facilidad, al decir: “como el segundo corredor es 
más rápido que el primero, recorre un trecho mayor en el mismo 
tiempo que el corredor más lento; puede, por tanto, llegar hasta 
el sitio de donde aquél arranca, y aun más allá.” Después 
que, al cabo de la primera hora, B ha llegado al punto d y A 
al punto e, nos encontramos con que en el mismo tiempo, o sea 
en la segunda hora, A recorre el trecho e-g y B el trecho d-g. 
Pero esta parte del tiempo, al parecer una, es divisible en dos: 
aquella en que B recorre el trecho d-e y la que le sirve para 
recorrer el trecho d-g. La primera la lleva A de delantera para 
cubrir el trecho e-f, por lo cual A llega al punto / en el mismo 
tiempo que B necesita para llegar a punto e. Por tanto, lo limi¬ 
tado, lo que según Aristóteles hay que rebasar, lo que es nece¬ 
sario penetrar, es el tiempo; y como éste es algo continuo, hay 
que decir, para resolver esta aporía, que lo que se distingue 
como dos partes del tiempo debe ser concebido como una uni¬ 
dad de tiempo en la que B hace el recorrido d-e y el de e-g, el 
mismo en que A recorre el trecho e-g. En el movimiento, los 
dos puntos del tiempo, lo mismo que los dos puntos del espa¬ 
cio, pueden formar perfectamente una unidad. 

Cuando queremos comprender claramente el movimiento, 
decimos que el cuerpo que se mueve se halla en un lugar y 
que de él se desplaza a otro: mientras se mueve, no se halla 
ya en el primer lugar, ni se halla todavía en el segundo, pues 
si se encontrara en uno de los dos no se movería, sino que 
estaría quieto. Entonces, Wónde se halla? Si decimos que en¬ 
tre los dos puntos, no diremos, en rigor, nada, pues también, al 
encontrarse entre ambos, se encontraría necesariamente en un 
punto, lo que plantea, por tanto, la misma dificultad. Y el 
moverse quiere decir encontrarse en este lugar y no encontrarse 
en él, es decir, encontrarse en los dos lugares .al mismo tiempo; 
es la continuidad del espacio y del tiempo, sin la cual el movi¬ 
miento no sería posible. Zenón mantiene consecuentemente 



254 LA FILOSOFIA GRIEGA 

estos dos puntos rigurosamente separados el uno del otro. Tam¬ 
bién nosotros reconocemos la discontinuidad del tiempo y el 
espacio; pero, asimismo hay que permitirles rebasar el límite, 
es decir, establecer este límite como si no lo fuera, o puntos 
divididos en el tiempo que no son tales puntos divididos. En 
nuestra manera ordinaria de concebir las cosas se dan las mis¬ 
mas determinaciones sobre las que descansa la dialéctica de 
Zenón; también nosotros decimos, aunque no de buen grado, 
que en un momento de tiempo se recorren dos trechos de espa¬ 
cio; pero no que el corredor más rápido condensa dos momen¬ 
tos de tiempo en uno, sino que establecemos para ello un 
determinado espacio. Pero, para que el más lento pierda su de¬ 
lantera, necesitamos decir que pierde su delantera de un mo¬ 
mento de tiempo y también, indirectamente, el momento del 
espacio. 

¿enón hace valer solamente en toda su determinación el 
límite, la división, el momento de la discontinuidad del espa¬ 
cio y del tiempo; de aquí surge la contradicción. Es la dificul¬ 
tad que supone el superar el pensamiento, pues lo que plantea 
la dificultad es siempre el pensamiento, el cual desdobla, en 
sus distinciones, los momentos de un objeto que en la realidad 
se presentan unidos. El pensamiento produjo el pecado origi¬ 
nal, al morder el hombre el fruto del Arbol de la Ciencia del 
Bien y del Mal; pero, cura este mal, al mismo tiempo que lo 
produjo. 

^ c) La tercera forma es aquella en que Aristóteles hace decir 
a Zenón: “La flecha que vuela está quieta, ya que lo que se 
mueve se halla siempre en el mismo ahora y en el mismo aquí, 
en lo indeferenciable”; se halla aquí, y aquí, y aquí. De la flecha 
podemos decir, por tanto, que es siempre la misma, puesto que 
se encuentra siempre en el mismo espacio y en el mismo tiem¬ 
po: no sale nunca de su espacio, no ocupa otro, es decir, un 
espacio más grande o más pequeño; pero esto es lo que nos¬ 
otros llamamos, no movimiento, sino quietud. En el aquí y en 
el ahora queda levantada la alteridad y, si bien se establece el 
ser limitado, es solamente como momento; como en el aquí y 
en el ahora, como tales, no se encierra diferencia alguna, se im¬ 
pone aquí la continuidad frente a la simple opinión de la dif 
versidad. Cada lugar es un lugar distinto y, por tanto, el mis¬ 
mo; la verdadera diferencia, la diferencia objetiva, no se da en 
estas relaciones sensibles, sino solamente en el campo de lo 
espiritual. 

Esto se da también en la mecánica; de dos cuerpos, se trata 



LA ESCUELA DE ELEA 255 

de saber cuál es el que se mueve. Para determinar cuál se 
mueve, son necesarios más de dos lugares, por lo menos tres. 
Pero podemos asegurar, desde luego, que el movimiento es sen¬ 
cillamente relativo; así, por ejemplo, tanto da que, dentro del 
espacio absoluto, el ojo se mueva o se esté quieto. O, según 
una proposición de Newton, que dos cuerpos giren circular¬ 
mente el uno en torno al otro: cabe preguntar, en estas condi¬ 
ciones, si el uno se está quieto o si ambos se mueven; Newton 
trata de resolver esto por medio de un factor externo, que es 
la tensión de los hilos. Si, a bordo de un barco, me pongo a 
andar en dirección contraria al movimiento del buque, esto 
será movimiento con relación al barco y con relación a lo de¬ 
más quietud. 

En las dos primeras pruebas de Zenón, predomina la con¬ 
tinuidad en el desarrollo: no estamos ante ningún límite abso¬ 
luto, sino ante un trascender todos los límites. Aquí, se retiene 
el criterio contrario, a saber: el criterio de la limitación abso¬ 
luta, de la interrupción de la continuidad, pero sin transición 
a otra cosa; mientras se sienta como premisa la discontinui¬ 
dad, se establece la continuidad. Aristóteles dice, refiriéndose 
a esta tercera prueba, que “surge del hecho de que se supone 
que el tiempo consiste en el ahora, ya que si no se reconoce 
esto, no se producirá la conclusión”. 

d) “La cuarta prueba —prosigue Aristóteles— está tomada 
de varios cuerpos iguales que en el estadio se mueven al lado de 
un cuerpo igual y con la misma velocidad y, en dirección opues¬ 
ta, uno partiendo desde el extremo del estadio y el otro desde 
el centro, para llegar a la conclusión de que la mitad del tiem¬ 
po es igual al doble de él. La falsa conclusión se debe al hecho 
de que Zenón supone que tanto lo que se mueve como lo que se 
está quieto recorren la misma distancia en el mismo tiempo y 
a la misma velocidad, lo cual es falso.” 

El-H-HF 

k i m 

, CI-l-l-l-lD 

g n h 

AH-H-IB- 

Si sobre un determinado espacio, por ejemplo, una tabla 
(AB), dos cuerpos iguales a ésta e iguales entre sí, el uno (CD) 
toca con uno de sus extremos (C) la mitad de la tabla (g), 



256 LA FILOSOFIA GRIEGA 

mientras que el otro (EF), situado en la misma dirección, sólo 
toca con el punto E el final (h) de la tabla, y ambos se mue¬ 
ven en dirección opuesta y aquél (CD) alcanza el extremo de 
la tabla en una hora, supongamos, tendremos que uno de ellos 
(EF) recorrerá en la mitad del tiempo el mismo espacio (ik) 
que el otro recorre en el doble de tiempo (gh), de donde se 
deduce, en este razonamiento, que la mitad es igual al doble. 
Nos encontramos, en efecto, con que este segundo cuerpo pasa 
de largo (por ejemplo, en el punto 1) por delante de todo el 
primero (CD). En la primera media hora, I se desplaza de 
m a i, mientras que k sólo llega de g a n; 

1 

E|-l-(-l-lF 
k o i m 
Cl-I-H-ID 
g n h 
AlH-l-l-lB 

En la segunda media hora, I pasa por delante de o hasta 
llegar a k, lo que hace, en conjunto, un recorrido de m a k, es 
decir, el doble: 


l 

EI-l-l-I-IF 

k o i m 

ci-|-H-|t> 

g n h 
AI-l-l-l-lB 


Esta cuarta forma se refiere a la contradicción en el movi¬ 
miento en sentido opuesto; a uno de los cuerpos le corresponde 
en su totalidad lo común, aun haciendo por sí mismo solamen¬ 
te una parte. La distancia de un cuerpo a otro es, aquí, la 
suma de la distancia de ambos, lo mismo que si yo anduviera 
dos pasos hacia el Este y, desde el mismo punto, otro andu¬ 
viese dos pasos hacia el Oeste, nos alejaríamos cuatro pasos el 
uno del otro; aquí, ambas distancias son cantidades positivas,? 
es decir, pueden sumarse. En cambio, si ando dos pasos hacia 
adelante y dos pasos hacia atrás, aunque haya andado cuatro 
pasos no me habré movido del sitio; mi movimiento será, por 
tanto, nulo, pues los dos pasos hacia adelante y los dos pasos 
hacia atrás son movimientos contrapuestos, que se levantan. 



LA ESCUELA DE ELEA 257 

La dialéctica de Zenón es, por tanto, la siguiente. Este pen¬ 
sador era consciente de las determinaciones que se encierran en 
nuestra representación del espacio y el tiempo y muestra lo que 
hay de contradictorio en ellas; las antinomias de Kant no son 
otra cosa que lo ya expresado aquí por Zenón. El resultado ge¬ 
neral de la dialéctica de los eléatas consiste, pues, en decir: “Lo 
verdadero es solamente lo uno; todo lo otro es falso”, del mismo 
modo que la filosofía kantiana conduce a este resultado: “sólo 
podemos conocer los fenómenos”. Es, en el fondo y en con¬ 
junto, el mismo principio: “el contenido de la conciencia sólo 
es un fenómeno, nada verdadero”; sin embargo, en esto se en¬ 
cierra también una gran diferencia. 

En efecto, Zenón y los eléatas querían expresar, con su pro¬ 
posición, este sentido: “que el mundo sensible, con su infinita 
multiplicidad de formas, no es en sí mismo más que un fenó¬ 
meno y no encierra verdad alguna”. No es esto lo que quiere 
decir Kant, el cual afirma: “Al proyectar sobre el mundo ex¬ 
terior la actividad de nuestro pensamiento, lo convertimos en 
un fenómeno; el mundo exterior se convierte en algo falso al 
proyectar nosotros sobre él una masa de determinaciones. Así, 
pues, sólo nuestro conocimiento, lo espiritual, es un fenóme¬ 
no, pues el mundo es en sí lo absolutamente verdadero; es 
nuestra conducta lo que lo echa a perder, pues nuestros ama¬ 
ños no sirven de nada.” Es una prueba extraordinaria de 
humildad la que da el espíritu al no atenerse al conocimiento; 
pero cuando Cristo dice: “¿Acaso no valéis vosotros más que 
los gorriones?”, hay que reconocer que tan buenos o tan malos 
como los gorriones son los hombres en cuanto seres pensantes 
o sensibles. El sentido de la dialéctica de Zenón encierra ma¬ 
yor objetividad que el de esta dialéctica moderna. 

La. dialéctica de Zenón se circunscribía aún al campo de 
la metafísica; más tarde, entre los sofistas, adquiere carácter 
general. Abandonamos aquí la escuela eleática, que se conti¬ 
núa en Leucipo y, de otra parte, con los sofistas, quienes hacen 
extensivos a toda la realidad los conceptos de los eléatas y seña¬ 
lan la actitud que la conciencia adopta ante ella, mientras que 
aquél, como continuador tardío del concepto en su abstrac¬ 
ción, adopta una actitud física frente a la conciencia. Se nos 
habla, además, de algunos otros eléatas, que aquí no nos inte¬ 
resan, con cierto asombro por parte de Tennemann; “por mes- 
perada que parezca —4ice este autor (t. I, p. 190)—, que el 
sistema eleático encontrase partidarios, Sexto cita todavía a un 
tal Jerúades". 



258 


LA RLOSOFIA GRIEGA 


D) LA FILOSOFIA DE HERACLITO 

Dejando a un lado a los jonios, quienes aún no concebían 
lo absoluto como pensamiento, y a los pitagóricos, nos encon¬ 
tramos con el ser puro de los eléatas y con la dialéctica, que 
destruye y supera todas las relaciones finitas: para los eléatas, 
el pensamiento es el proceso de tales fenómenos, el mundo en 
sí mismo lo que se manifiesta y sólo el ser puro lo verdadero. 
La dialéctica de Zenón capta, pues, las determinaciones que 
van implícitas en el mismo contenido; pero puede ser llamada 
también dialéctica subjetiva en cuanto que corre a cargo del 
sujeto pensante y en cuanto que lo uno, sin este movimiento 
de la dialéctica, no es más que intensidad abstracta. 

El paso ulterior, el de que la dialéctica como movimiento 
resida en el sujeto, es el de que se convierta necesariamente en 
una dialéctica objetiva. Aristóteles censura a Tales por supri¬ 
mir el movimiento, por cuanto que el cambio no puede com¬ 
prenderse a base del ser y echa también de menos lo activo en 
los números pitagóricos y en las ideas platónicas, como sustan¬ 
cias de las cosas que en ellos participan; Heráclito, por su 
parte, concibe lo absoluto mismo como este proceso de la dia¬ 
léctica. 

La dialéctica es, pues, de tres clases: a) la dialéctica exter¬ 
na, que consiste en un razonar en uno y otro sentido, sin que 
el alma de la cosa misma se disuelva a sT misma; P) en la dia¬ 
léctica inmanente del objeto, pero proyectada desde el punto de 
vista del sujeto; y) en la objetividad de Heráclito, el cual con¬ 
cibe la dialéctica misma como principio. El progreso necesario 
realizado por Heráclito consiste en haber pasado del ser como 
primer pensamiento inmediato a la determinación del devenir, 
como el segundo; es lo primero concreto, lo absoluto, como la 
unidad de lo contrapuesto que en él se plasma. Por consi¬ 
guiente, Heráclito es el primer pensador en quien nos encoíitra- 
mos con la idea filosófica en su forma especulativa, pues el 
razonamiento de Parménides y Zenón es todavía entendimiento 
abstracto; por eso Heráclito es considerado en todas partes, e 
incluso denostado, como un filósofo de pensamiento nnuy pro¬ 
fundo. Divisamos, por fin, tierra; no hay, en Heráclito, una*' 
sola proposición que nosotros no hayamos procurado recoger 
en nuestra Lógica. 

Heráclito, que, según Diógenes Laercio (IX, 1), floreció ha¬ 
cia de 69^ Olimpíada (5(X) a. c.), era de fifeso y contemporá- 



HERACXITO 259 

neo, en parte al menos, de Parménides; con él comienza la 
separación y el retraimiento del filósofo de los negocios pú¬ 
blicos y los intereses de la patria, para entregarse por entero, 
en una vida de soledad, a la filosofía. Podemos destacar, pues, 
desde este punto de vista, tres fases: a) la de los Siete Sabios, 
en que los filósofos son estadistas, gobernantes, legisladores; 
P) la de la aristocracia de la Liga pitagórica; y) aquella en que 
prevalecen los intereses peculiares de la ciencia, como tal. 

De la vida de Heráclito apenas sabemos otra cosa que su 
actitud con respecto a sus conciudadanos, los vecinos de Éfeso, 
la cual era, principalmente, según los datos de Diógenes Laer- 
cio (IX, 15, 3), la de un mutuo desprecio, más profundo toda¬ 
vía por parte del filósofo con respecto a sus convecinos; actitud 
muy parecida, por cierto, a la que suele reinar en nuestro mun¬ 
do de hoy, en que cada cual vive para sí y desprecia a los 
otros. Este desprecio de la masa y este aislamiento con respecto? 
a ella nacía, en este noble espíritu, del profundo sentimiento 
de lo erróneas que eran las creencias y la manera común de 
vivir de sus conciudadanos; acerca de esto se han conservado 
algunas frases y expresiones muy significativas, pronunciadas 
por el filósofo en distintas ocasiones. 

Cicerón (Tuse. Quaest. V, 36) y Diógenes Laercio (IX, 2) 
cuentan que Heráclito dijo: “Bien merecido les estaría a los efe- 
sios en la edad adulta ahorcarse y abandonar a los niños la ciu¬ 
dad [lo mismo que ahora se sostiene que sólo la juventud sabe 
gobernar], a ellos que han expulsado a Hermodoro, el varón 
más eficaz de los suyos, diciendo: ‘no haya entre nosotros ningu¬ 
no más eficaz; si lo hay, que sea en otra parte y entre otros’ 

Es el mismo motivo que llevaba a la democracia ateniense a 
desterrar a los grandes hombres. Diógenes añade a lo anterior 
las siguientes palabras: “Sus conciudadanos lo invitaron a par¬ 
ticipar en los negocios públicos de la ciudad, pero él se negó 
a hacerlo, por no aprobar su constitución, sus leyes ni su go¬ 
bierno.” 

Proclo (t. III, pp. 115 s., ed. Cousin) dice: “El noble Herᬠ
clito se burlaba del pueblo, por considerarlo necio y falto de 
capacidad para pensar. ¿Cuál es, se decía, su mente o su pen¬ 
samiento? Los más son malos, pocos son buenos.” Y Diógenes 
Laercio (IX, 6) dice, más adelante: “Antístenes aduce como 
prueba de la grandeza de alma de Heráclito el que cediera la 
monarquía a su hermano.” Pero donde más resalta el despre- 

* La traducción de los fragmentos de Heráclito está tomada de la Anto¬ 
logía filosófica de José Gaos, La Casa de España en México, 1940, pp. 



260 LA HLOSOFIA GRIEGA 

cío del filósofo por lo que los hombres tenían por verdad y 
por justicia es en la carta, transmitida por Diógenes (IX, 13-14), 
en que Herá'clito contestó, al parecer, a la invitación de Darío 
Histaspis de “iniciarle en la sabiduría griega, ya que su obra 
sobre la naturaleza encerraba una gran fuerza en la teoría del 
universo, pero era oscura en muchos pasajes, por lo cual le 
pedía que se acercase a él y le explicara lo que requería expli¬ 
cación” (lo cual no es, por cierto, muy verosímil, aunque es 
cierto que Heráclito se expresaba en un tono un poco oriental), 
en los siguientes términos: “Mientras vivan, los mortales no ten¬ 
drán acceso a la verdad ni a la justicia y se atendrán siempre, 
por su maligna falta de entendimiento, a la torpeza y a la vani¬ 
dad de las opiniones. En cambio, yo, por haber logrado olvidar 
toda maldad y huir de los excesos de la envidia, que me per¬ 
sigue, y de la arrogancia de la alta sociedad, no iré a Persia, 
pues me doy por contento con poco y no me aturdo.” 

La única obra compuesta por este filósofo y que, según nos 
informa Diógenes (IX, 12 y 6), llevaba por título, según unos. 
Las musas y, según otros, Sobre la naturaleza, fué depositada 
por él en el templo de la Diana de Éfeso. Parece que esta obra 
existía aún en tiempos posteriores; los fragmentos que han 
llegado a nosotros aperecen reunidos en la Poésis philosophica 
de Stephanus (pp. 129 js.). También Schleiermacher reunió 
estos fragmentos y los ordenó con arreglo a un plan bastante 
original: “Heráclito el Oscuro, de Éfeso, visto a través de las 
ruinas de su obra y de los testimonios de los autores antiguos”, 
en el Museum der Alterthumswissenschaft de Wolf y Buttmann, 
tomo I (Berlín, 1807), pp. 315-533; en total, se recogen aquí 73 
pasajes. Creuzer nos había hecho concebir la esperanza de es¬ 
tudiar a este filósofo con mayor sentido crítico y un conoci¬ 
miento más a fondo de su lenguaje, a base de una colección 
de textos más completa, tomada principalmente de los gramᬠ
ticos; pero, habiendo encomendado este trabajo, por falta de 
tiempo, a un erudito joven, que fué sorprendido por la muerte, 
el estudio proyectado no ha llegado al público. Semejantes 
colecciones suelen ser demasiado prolijas; contienen una gran 
masa de erudición, y es más fácil, por lo general, escribirlas que 
leerlas. 

Heráclito pasaba por ser un pensador oscuro y su fama ha" 
llegado a nosotros envuelta en este velo y el nombre de He¬ 
ráclito acompañado del predicado de oxoteivó; [oscuro]. Cice¬ 
rón (De nat. deor. I, 26; III, 14; De finib. II, 5) tiene, a este 
propósito, una mala ocurrencia, como con tanta frecuencia le 



HERACLITO 261 

sucede: a su juicio, Heráclito escribía de un modo oscuro inten¬ 
cionadamente. Pero esto de escribir oscuro deliberadamente no 
seria más que una necedad; es, sin embargo, simplemente la 
necedad del propio Cicerón, que trata de imputarla al filósofo 
de Éfeso. La oscuridad con que Heráclito se expresa obedece 
más bien, evidentemente, a su descuido en cuanto al modo de 
enlazar las palabras y a su lenguaje poco desarrollado; así pien¬ 
sa también Aristóteles (Ret. III, 5), quien apunta como la 
causa de ello una mala puntuación: “No hay manera de saber 
cuándo una palabra pertenece a la oración anterior o a la pos¬ 
terior.” Lo mismo opina Etemetrio fDe elocutione, § 192, p. 78, 
ed. Schneider). Sócrates, en Diógenes Laercio (II, 22; IX, 11- 
12), dice, refiriéndose a esta obra: “Lo que ha entendido de 
ella es magnífico y cree que lo mismo ocurrirá con lo que no 
ha logrado entender; pero hay que ser muy experto (AiiAíoii) 
nadador para salir a flote en estas aguas." Sin embargo, lo que 
hay de oscuro en esta filosofía se debe, principalmente, a 
que se expresa en ella un pensamiento profundo, especulativo; 
el concepto, la idea, se escapan al entendimiento, no pueden 
ser captadas por él; en cambio, la matemática la comprende 
con gran facilidad. 

Platón estudió con gran aplicación la filosofía de Heráclito, 
y en sus obras encontramos muchas citas de ella; no cabe 
duda de que su primera formación filosófica pasó por la es¬ 
cuela de Heráclito, por lo cual no faltaremos a la verdad si 
decimos que el filósofo de Éfeso fué maestro de Platón. Tam¬ 
bién Hipócrates es un filósofo de la escuela de Heráclito. 

Lo que la tradición nos cuenta de la filosofía heracliteana 
aparece, a primera vista, como algo muy contradictorio; sin em¬ 
bargo, a la luz del concepto es posible llegar a comprenderla y 
descubrir detrás de ella a un hombre de profundo pensamiento. 
Zenón empieza superando los predicados contrapuestos y mues¬ 
tra en el movimiento lo contrapuesto, un estatuir el límite y 
un levantamiento de este límite; pero Zenón sólo expresa lo in¬ 
finito desde su aspecto negativo, desde el punto de vista de 
su contradicción, como lo no verdadero. En Heráclito, en cam¬ 
bio, vemos ahora la consumación de la conciencia anterior, el 
perfeccionamiento de la idea hasta la totalidad, que es el co¬ 
mienzo de la filosofía, en cuanto que este comienzo proclama 
la esencia de la . idea, el concepto de lo infinito, del ser en y 
para sí, como lo que es, a saber: como la unidad de lo contra¬ 
puesto. De Heráclito data la idea permanente, que es la mis- 



262 LA FILOSOFIA GRIEGA 

ma en todos los filósofos hasta nuestros días, del mismo modo- 

que fué también la idea de Platón y de Aristóteles. 

1. El principio lógkdo 

Por lo que se refiere al principio general, este intrépido eS' 
piritu fué, según Aristóteles (Metaf. IV, 3 y 7), el primero que 
pronunció estas profundas palabras: “El ser y el no ser es uno 
y lo mismo; todo es y no es.” La verdad no es sino la unidad 
de lo contrapuesto, y, concretamente, de la pura contraposi¬ 
ción del ser y el no ser; entre los eléatas, por el contrario, nos 
encontrábamos con la concepción abstracta de que sólo el ser 
es la verdad. La frase de Heráclito la interpretamos nosotros 
así: lo absoluto es la unidad del ser y del no ser. Cuando es¬ 
cuchamos aquella proposición heracliteana: “el ser es y no es”, 
parece que estas palabras no encerrasen un gran sentido, sino 
solamente un contrasentido, una ausencia total de pensamien¬ 
to. Pero, ha llegado a nosotros, además, otra expresión, que 
precisa más el sentido de este principio. Heráclito dice, en 
efecto: “Todo fluye, nada permanece ni persiste nunca lo mis¬ 
mo.” Y Platón dice, por su parte, refiriéndose a Heráclito: este 
pensador “compara las cosas a la corriente de un río, en cuya 
corriente no es posible entrar dos veces’V^ cada vez que entra¬ 
mos en ella, son otras las aguas. Y sus sucesores llegaron in¬ 
cluso a decir, según Aristóteles (Metaf. IV, 5): “no es posible 
entrar en ella ni siquiera una vez”, ya que cambia instantᬠ
neamente; lo que es es también, inmediatamente, otra cosa. 
Aristóteles (De coelo, III, 1), dice, además, que Heráclito ha¬ 
bía afirmado lo siguiente: “sólo permanece lo uno, y de ello 
sale por transformación todo lo demás; todo lo demás, fuera 
de este uno, es algo no permanente (jiayícog)”. 

La determinación más precisa de este principio general es el 
devenir, la verdad del ser; en cuánto que todo es y no es, He¬ 
ráclito ha expresado, al mismo tiempo, que el todo es el deve¬ 
nir. De él forma parte no sólo la generación, sino también la 
destrucción; ambas son, no simplemente para sí, sino idénticas. 
Gran pensamiento este de pasar del ser al devenir, aun cuan¬ 
do, por ser la primera unidad de determinaciones opuestas, sea 
todavía un pensamiento abstracto. Aquí, estas determinaciones 
aparecen como algo inquieto y llevan consigo, por tanto, el 
principio de la vida, con lo cual queda superada la falta de 

■*1 Platón, Cratilo, p. 402 ed. Steph. (p. 42 Bekk.); Aristóteles, Meta¬ 
física I, 6; XIII, 4. 



HERACUTO 263 

movimiento que Aristóteles ponía de relieve en las filosofías 
anteriores, y el movimiento mismo se eleva a principio. Por 
tanto, esta filosofía no se proyecta sobre el pasado, su princi¬ 
pio es esencial y por eso figura en nuestra Lógica al comienzo, 
inmediatamente después del ser y de la nada. Es una gran 
conciencia la que se adquiere al comprender que el ser y el 
no ser son, simplemente, abstracciones carentes de verdad y 
que lo primordial verdadero está solamente en el devenir. El 
entendimiento aisla tanto al ser como al no ser como verdade¬ 
ros y válidos; la razón, por el contrario, conoce al uno en el 
otro, ve al otro contenido en el uno. Si no tomamos la repre¬ 
sentación del ente lleno, vemos que el ser puro es el pensa¬ 
miento simple, en el que se niega todo lo determinado, lo 
absolutamente negativo; la nada, en cambio, es lo mismo, pre¬ 
cisamente este algo igual a sí mismo. Estamos ante el tránsito 
absoluto a lo opuesto, al que Zenón no llegó, puesto que se 
detuvo en la tesis de que “de la nada no se genera nada”; en 
cambio, en Heráclito el momento de la negatividad es inma¬ 
nente, y en torno a ello gira el concepto de toda la filosofía. 

En primer lugar, nos encontramos aquí con la abstracción 
del ser y el no ser, en toda su forma inmediatamente general; 
pero Heráclito concibe también las contraposiciones y su unifi¬ 
cación de un modo más preciso y concreto. Heráclito dice: 
“La contratmesto reside en lo mismo, y así, por ejemplo, la miel 
es dulce y amarga.” A lo que observa Sexto (Pyrrh. Hyp., I, 29, 
§§ 210-211; II, 6, § 63): “Heráclito parte, como los escépticos, 
de las nociones comunes de los hombres; nadie negará que los 
hombres sanos dicen de la miel que es dulce y los ictéricos 
que es amarga”. Si fuese solamente dulce, no podría cambiar 
de naturaleza por otro factor, sino que sería dulce para todos, 
incluso para los enfermos de ictericia. Y Aristóteles (De mun¬ 
do, 5) dice, citando a Heráclito: “Juntad el todo y lo que no 
es el todo [el todo se convierte en parte, y la parte tiende a 
convertirse en el todo], lo coherente y lo incoherente, lo armó¬ 
nico y lo disonante, y veréis que del todo sale lo uno y de lo 
uno el todo.” Y esto uno no es lo abstracto, sino la actividad 
encaminada a dirimir lo contrapuesto; lo infinito muerto es 
una abstracción mala, comparada con esta profundidad con 
que nos encontramos en Heráclito. En esta determinación van 
contenidas todas las concepciones concretas de Dios como crea¬ 
dor del universo, como el Ser que se dirime a sí mismo, como 
Padre de un Hijo, etc. 

Sexto Empírico (Adv. Math. IX, 337) señala que Herácli- 



264 LA FILOSOFIA GRIEGA 

to dijo que “la parte es algo distinto del todo y es también lo 
mismo que éste; que la sustancia es el todo y la parte: el todo 
en el universo, y la parte en esta esencia viva”. Y Platón 
dice, en el Banquete (p, 187 ed. Steph.; p. 397 ed. Bekk.), 
refiriéndose al principio de Heráclito: “discuerda él mismo 
consigo mismo, y consigo mismo él concuerda, que, según esta 
misma manera, por el coajuste armónico del arco y la lira, el 
árco y la lira discuerdan y concuerdan”. Y hace que Erixímaco, 
uno de los personajes que aparecen en el diálogo, critique la 
tesis de “que la armonía discuerda y más aún que la armonía 
es y se hace de discordancias. Empero, tal vez quiso decir que 
de preliminares discordancias entre lo grave y lo agudo, redu¬ 
cidos a concordia por el arte musical, se engendró la armonía”. 
Pero esto no es una objeción contra Heráclito, quien pretende, 
cabalmente, lo mismo. 

Lo simple, la repetición de un solo tono, no es tal armo¬ 
nía; para que haya armonía se requiere, sencillamente, una 
diferencia, una determinada contraposición, ya que la armonía 
consiste, precisamente, en el devenir absoluto y no meramente 
en el cambio. Lo esencial es que cada tono especial difiera de 
otro, pero no abstractamente de otro cualquiera, sino del otro 
suyo, de tal modo que, además de diferir, puedan unirse. Lo 
particular, lo concreto, sólo es en cuanto que en su concepto 
va implícito también su contrario en sí. La subjetividad, por 
ejemplo, es lo otro con respecto a la objetividad y no con res¬ 
pecto a un pedazo de papel, supongamos, lo cual sería absurdo; 
y, en cuanto que cada cosa es lo otro de lo otro como de su 
otro, en ello precisamente va implícita su identidad. En esto 
consiste el gran principio de Heráclito, el cual podrá parecer 
oscuro, pero es especulativo; claro está que esto resulta siem¬ 
pre difícil y oscuro para el entendimiento, que tiende a con¬ 
siderar por sí mismo y separadamente el ser y lel no ser, lo 
subjetivo y lo objetivo, lo real y lo ideal. 

2. La filosofía de la naturaleza 

Heráclito, en su exposición, no se detiene en esta expresión 
en conceptos, en lo puramente lógico, sino que, además de esta 
forma general en que expresa su principio, sabe dar a su idea*’ 
una forma más real, más natural; de aquí que, a veces, se le 
incluya todavía entre los pensadores de la escuela jónica de fi¬ 
lósofos de la naturaleza. Sin embargo, los historiadores no están 
acordes en cuanto a este modo de la realidad: la inmensa ma- 



HERACUTO 265 

yoría, incluyendo a Aristóteles (Meutf. I, 3, 8) dicen que He- 
ráclito consideraba como la esencia existente el fuego; otros, 
según Sexto fAdv. Math. IX, 360; X, 233), dicen que esa 
esencia era, para él, el aire; a juicio de otros, su principio no 
era tanto el aire como la evaporación;^* incluso el tiempo apa¬ 
rece señalado en Sexto Empírico (Adv. Math. X, 216) como la 
primera esencia existente reconocida por Heráclito. 

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿cómo concebir esta diver¬ 
sidad de criterios? No debe pensarse, en modo alguno, que 
estas noticias puedan atribuirse a la negligencia de los autores 
a través de los cuales llegan a nosotros; los testigos que las 
acreditan son los mejores que podrían apetecerse, hombres 
como Aristóteles y Sexto Empírico, que no hablan de estas for¬ 
mas de pasada o al buen tuntún, sino de un modo preciso y 
concreto, aunque sin detenerse a analizar a fondo las divergen¬ 
cias y contradicciones que encierran. Una explicación de ellas 
podría encontrarse, tal vez, en la propia oscuridad de la obra 
de Heráclito y en los equívocos o incomprensiones nacidos de 
lo confuso de su expresión. Sin embargo, si miramos la cosa 
de cerca vemos que desaparece esta dificultad, la cual sólo se 
revela ante nosotros cuando enfocamos la cosa superficialmen¬ 
te; en el profundo concepto mantenido por Heráclito encontra¬ 
mos ya la verdadera salida de este embrollo. Bien podemos 
afirmar, en absoluto, que un pensador como Heráclito ya no 
podía, como Tales, proclamar como esencia absoluta el agua, 
el aire o cualquier otro elemento —a la manera de un primer 
elemento del que brota lo otro—, concibiendo el ser como lo 
mismo que el no ser o el concepto infinito; por tanto, la esen¬ 
cia absoluta de lo que es no podía darse, en él, como una 
determinabilidad existente, por ejemplo la del agua, sino que 
tenía necesariamente que ver en este elemento algo cambiante, 
o simplemente el proceso. 

a) Y así, concibiendo el proceso abstracto como el tiempo, 
Heráclito dice, según las palabras con que Sexto f Adv. Math. 
X, 231-232) expresa su pensamiento; “El tiempo es la primera 
esencia corpórea.” Claro está que la palabra “corpórea” es 
una expresión desafortunada; los escépticos gustaban de elegir 
las expresiones más toscas o de hacer los pensamientos toscos, 
para de este modo poder dominarlos mejor. Lo “corpóreo” 
significa, aquí, lo sensible abstracto; el tiempo, como la prime¬ 
ra esencia sensible, es la intuición abstracta del proceso. Pero, 
en cuanto que Heráclito no se detiene en ía expresión lógica 
Juan Filipón, Comentarios a Aristóteles, De anima (1, 2), fol. 4, a. 



266 LA FILOSOnA GRIEGA 

del devenir, sino que da a su principio la forma del ser, nece¬ 
sariamente tenía que ofrecérsele en primer término, para expre¬ 
sar esa idea, el concepto del tiempo, ya que éste es, en el plano 
de lo intuíble, la primera forma del devenir. El tiempo es el 
devenir puro como intuido, el concepto puro, lo simple, la ar¬ 
monía basada en lo absolutamente contrapuesto; su esencia 
consiste en ser y no ser en una unidad, y no encierra más de¬ 
terminación que ésta. No como si el tiempo fuese y no fuese, 
sino en el sentido de que el tiempo es el no ser inmediatamente 
en el ser y el ser inmediatamente en el no ser: este trueque del 
ser en el no ser, este concepto abstracto, pero de un modo 
objetivo, es decir, en cuanto que es para nosotros. En el tiem¬ 
po no es lo pasado ni lo futuro, sino solamente el ahora: y esto 
es precisamente para no ser como algo pasado; y este no ser se 
trueca también en ser, en cuanto futuro. Si tuviéramos que de¬ 
cir cómo, lo que Heráclito reconocía como la esencia, existe 
para la conciencia en esta forma pura en que él lo reconocía, 
no podríamos mencionar otra cosa que el tiempo; por eso se 
halla en certera consonancia con el principio del pensamiento 
de Heráclito la determinación del tiempo como la primera 
forma del devenir. 

b) Pero este concepto objetivo puro debe realizarse, des¬ 
arrollándose; y, así, vemos que Heráclito determina, en efecto, 
el proceso con una mayor precisión física. Los momentos inte¬ 
grantes del tiempo, el ser y el no ser, sólo se establecen como 
momentos llamados a desaparecer de un modo negativo o inme¬ 
diato; si queremos expresar estos dos momentos como una 
totalidad que existe por sí misma, se planteará el problema 
de saber cuál es la esencia física que corresponde a esta deter¬ 
minación. La verdad de Heráclito consiste en haber sabido 
comprender la esencia de la naturaleza, es decir, en haberla 
expuesto como algo infinito en sí, como un proceso en sí misma. 
De este modo, comprendemos en seguida como algo evidente 
que Heráclito no podía afirmar que la esencia fuese el aire, el 
agua o cualquier otro elemento de esta naturaleza. Pues tales 
elementos no son ni pueden ser el proceso y, en cambio, sí lo 
es el fuego; por eso el filósofo de Éfeso ve en el fuego la esen¬ 
cia primera, y ésta es la forma real del principio heracliteano, 
el alma y la sustancia del proceso de la naturaleza. El fuego 
es el tiempo físico, la movilidad absoluta, la disolución abso¬ 
luta de lo existente: la destrucción de lo otro, pero también de 
sí mismo; y así, podemos comprender por qué Heráclito, par- 



HERACUTO 267 

tiendo de su determinación fundamental, afirma con toda con¬ 
secuencia el fuego como el concepto del proceso. 

c) Desarrolla, además, este fuego y lo precisa, como proce¬ 
so real; en cuanto que su realidad es, por sí misma, el proceso 
todo, sus momentos aparecen determinados de un modo más 
concreto. El fuego, como lo metamorfoseador de las cosas cor¬ 
porales, es la transformación y la evaporación de lo determi¬ 
nado; he aquí por qué Heráclito emplea también, para designar 
este proceso, la palabra precisa de evaporación (áva^ixíaai;), 
aunque la expresión más exacta sería la de tránsito. Aristóteles 
(De anima, 1, 2) dice, en este sentido, refiriéndose a Herᬠ
clito, que, tal como él lo expone, “el principio es el alma, por 
ser ésta la evaporación, la emanación de todo, lo más incor¬ 
póreo y lo que siempre fluye”. Y, en efecto, esto cuadra tam¬ 
bién perfectamente al principio fundamental de Heráclito. 

Heráclito sigue determinando y desarrollando también el 
proceso real en sus momentos abstractos, al distinguir en él dos 
lados, “el camino hacia arriba (obbq dvco) y el camino hacia 
ahajo (Ó 8 Ó 5 xátcü)”: el uno, el desdoblamiento como existencia 
de lo contrapuesto, el otro como la unificación o identifica¬ 
ción de estos antagonismos existentes. Para expresar esto, acu¬ 
día, según Diógenes (IX, 8 ), a las determinaciones más precisas 
“de la hostilidad, de la disputa (a:óA.£poi;, sQig), y de la amistad, 
de la armonía (ónoXoyía, elQf|vii); de estos dos conceptos, el de 
la hostilidad, el de la disputa, es aquel en que se cifra el prin¬ 
cipio de la generación de lo distinto; el que conduce a la com¬ 
bustión, el de la armonía y la paz”. Así, pues, en la hostilidad 
entre los hombres se impone uno como independiente frente a 
los demás, o es para sí, se realiza en general; en cambio, la ar¬ 
monía y la paz es el hundirse del ser para sí en la indiferenda- 
bilidad o en la no-realidad. Todo es trinidad y, al mismo tiem¬ 
po, sin embargo, unidad esencial; la naturaleza es este algo 
que nunca descansa, y el todo el tránsito de lo úno a lo otro, 
del desdoblamiento a la unidad, de la unidad al desdobla¬ 
miento. 

Las determinaciones precisas de este proceso real son, en 
parte, defectuosas y contradictorias. Ahora bien, en algunas 
noticias que a nosotros han llegado^ se dice de Heráclito, en 
este respecto, que determinaba ese proceso de este modo: “Vi¬ 
cisitudes del fuego: primeramente, la mar; de la mar, la mitad 
tierra, y mitad borrasca (nprioTTiQ)”, en el fuego que salta. Esto 

Clemente de Alejandría, Stromata, V, 14, p. 712, ed. Pott. (cit. por 
Steph., Poés. phil. p. 131). 



268 LA FILOSOFIA GRIEGA 

es lo general, y muy oscuro, por cierto. Diógenes Laercio (IX, 
9) dice, a este propósito: “El fuego se condensa para formar la 
humedad y, al paralizarse, se convierte en agua; por su parte, 
el agua endurecida se trueca en tierra, y éste es el camino hacia 
abajo. Luego, la tierra cobra de nuevo fluidez y de ella sale, 
así, la humedad, y de ésta la evaporación del mar, de la que 
nace todo; este es el camino hacia arriba. El agua se desdobla 
en la evaporación sombría y se convierte en tierra; en su eva¬ 
poración pura, brillante, se convierte en fuego, se inflama en 
la esfera solar; del fuego salen los meteoros, los planetas y las 
estrellas.” Por eso éstas no son estrellas inertes, muertas, sino 
que se las considera en un proceso de devenir, de eterna crea¬ 
ción. Tenemos, pues, ante nosotros, en general, una metamor¬ 
fosis del fuego. Pero estas expresiones orientales, figuradas, no 
deben tomarse, tal como Heráclito las emplea, en un sentido 
directo, toscamente sensorial, como si estos cambios se mani¬ 
festasen a la percepción externa, sino que forman la natura¬ 
leza de estos elementos, con arreglo a la cual la tierra crea 
eternamente su sol y sus cometas. 

Lá tierra es, pues, este ciclo. En este sentido, vemos a He- 
ráclko decir, según Clemente de Alejandría (Strom. V, 14, 
p. 711): “Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno 
de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente 
y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende se¬ 
gún medidas y se apaga según medidas (pérQcp)”. Comprende¬ 
mos ahora lo que Aristóteles quiere decir al sostener que el 
principio es el alma, por ser la evaporación; el fuego es, en efec¬ 
to, el alma, como este proceso del mundo que se mueve a sí 
mismo. Y con esto se enlaza otra expresión que encontramos 
también en Clemente Alejandrino fStrom. VI, 2, p. 746): “Para 
las almas, muerte hacerse agua; para el agua, muerte hacerse 
tierra. Pero de la tierra se hace el agua, del agua el alma.” 
Es, por tanto, un proceso continuo de extinción, de retorno de 
la contraposición a la unidad y de resucitar de la misma, resur¬ 
giendo de lo uno. 

La extinción del alma, del fuego en el agua, la combustión 
que se convierte en producto aparece falsamente explicada por 
algunos, por ejemplo por Diógenes Laercio (IX, 8), por Euse-, 
bio (Praep. emng. XIV, 3) y por Tennemann (t. I, p. 218), 
como una combustión del universo. Pero nos parece que es 
más bien una figura de la fantasía lo que Heráclito dice, según 
se nos cuenta, de un incendio del universo, de que el mundo 
habrá de convertirse en fuego al cabo de cierto tiempo, que 



HERACLITO 269 

nosotros nos imaginamos que será precisamente al final del 
mundo. A la luz de los pasajes más concretos,podemos afir¬ 
mar que Heráclito no se refiere, en realidad, a este incendio 
del universo, sino más bien a esta continua combustión como 
el proceso del devenir de la amistad, la vida general y el pro¬ 
ceso general del universo. En lo tocante a que, según Heráclito, 
el fuego sea lo animador, el alma, encontramos en Plutarco 
CDe esu cam. I, p. 995, ed. Xyl.) una expresión que puede 
parecer un tanto extraña, a saber: la de “el alma seca es la 
más sabia y la mejor”. Es cierto que nosotros no consideramos 
como la mejor de las almas la más húmeda precisamente, sino, 
por el contrario, la más viva; pero, aquí, seca quiere decir fo¬ 
gosa, por donde el alma más seca es el fuego puro, el cual no 
es lo carente de vida, sino la vida misma. 

Tales son los momentos fundamentales del proceso real de 
vida. Nos detendremos un momento en este punto, ya que 
con esto se expresa, de un modo general, todo concepto de la 
consideración especulativa de la naturaleza. En este concepto, 
vemos que un momento, un elemento, se trueca y convierte 
en el otro; el fuego se convierte en agua, el agua en tierra y en 
fuego. 

Existe una vieja disputa en torno a la transformación y 
contra la inmutabilidad de los elementos; en este concepto se 
bifurcan la investigación corriente de la natualeza basada en 
los datos de los sentidos y la filosofía de la naturaleza. En sí, 
en la concepción especulativa, que es también la de Heráclito, 
la sustancia simple se convierte en fuego y los demás elemen¬ 
tos son metamorfoseados; en la otra concepción, se levanta todo 
tránsito y se establece solamente una separación externa de lo 
ya existente: el agua es simplemente agua, el fuego es fuego, etc. 
Mientras que aquella concepción afirma la transformación, ésta 
cree poder mostrar la contrario; es cierto que no afirma ya el 
agua, el fuego, etc. como esencias simples, sino que las analiza 
y descompone en hidrógeno y oxígeno, etc., p^ro, a pesar de 
ello, sigue sosteniendo su inmutabilidad. Afirma así, y con 
razón, que lo que debiera ser en sí en la concepción especulati¬ 
va debiera ser también, de suyo, la verdad de lá realidad, ya que 
si lo especulativo consiste en ser la naturaleza y la esencia de 
sus momentos, necesariamente, hay que considerar también 
esto como existente. 

Es falso ver en lo especulativo algo que sólo existe en el 
pensamiento o en el interior de nosotros, no se sabe dónde. 

** Cfr. Estobeo, Ecl. Phys. 22, p. 454. 



270 LA FILOSOFIA GRIEGA 

También esto existe; lo que ocurre es que los investigadores 
de la naturaleza no lo ven, porque su limitado concepto les 
impide verlo. Nos dicen que ellos se limitan a observar y a 
exponer lo que ven; pero esto no es verdad, pues lo que hacen 
es transformar inmediatamente, de un modo inconsciente, lo 
que ven por el concepto limitado que de ello se forman, por 
donde la disputa no gira en torno a la oposición de lo obser- 
vado y el concepto absoluto, sino en torno a la oposición entre 
este concepto y lo observado. Estos investigadores nos mues¬ 
tran las transformaciones, por ejemplo la del agua en tierra, 
como inexistentes. Es cierto que tal transformación ha sido 
afirmada hasta en estos últimos tiempos, como se ve, por ejem¬ 
plo, cuando, al destilar el agua, deja un sedimento terroso; pero 
Lavoisier se ha encargado de destruir el resultado de los expe¬ 
rimentos anteriores, haciendo una serie de investigaciones exac¬ 
tas, pesando todos los vasos y llegando así a la conclusión de 
que aquel sedimento procedía de los recipientes. 

Existe un proceso superficial, que no es la superación de 
la determinabilidad de la sustancia; estos investigadores dicen, 
refiriéndose a él: “el agua no se convierte en aire, sino simple¬ 
mente en vapor, y el vapor, al condensarse, se convierte siem¬ 
pre nuevamente en agua”. Pero, tanto en un caso como en 
otro, se limitan a fijar un proceso unilateral y defectuoso, que¬ 
riendo hacerlo pasar por el proceso absoluto. En el proceso real 
de la naturaleza observan, sin embargo, que el cristal, al disol¬ 
verse, produce agua y que en el cristal el agua se pierde y 
endurece, al convertirse en agua cristalizada, y que la evapora¬ 
ción de la tierra no puede encontrarse en forma de vapor de 
agua, en estado externo, en el aire, sino que el aire permanece 
absolutamente puro o que el hidrógeno desaparece por com¬ 
pleto en la pureza del aire; se han esforzado en vano por encon¬ 
trar hidrógeno en el aire atmosférico. Y observan, asimismo, 
gracias a sus experimentos, que el aire perfectamente seco, en 
el que no pueden descubrir ni humedad ni hidrógeno, se con¬ 
vierte en vapores y en lluvia, etc. 

Tales son, en efecto, los resultados de la observación, pero 
estos investigadores echan a perder toda percepción en cuanto 
a los cambios que se operan por el concepto de la existencia 
de estas partes, concepto que les lleva a considerar como algo 
ya existente lo que se revela en proceso de generación. Cuando 
el cristal, al disolverse, produce agua, dicen: “El agua no se 
genera, sino que existía ya antes.” Y cuando el agua, al des¬ 
doblarse en un proceso, se presenta bajo forma de hidrógeno y 



HERACLITO 271 

oxígeno, dicen: “Estos elementos no se generan ahora, sino que 
existían ya antes como tales, como las partes de que está for¬ 
mada el agua.” Sin embargo, no pueden señalarnos ni la exis¬ 
tencia del agua en el cristal ni la del hidrógeno y el oxígeno 
en el agua; y otro tanto acontece con “el calor latente”. 

Como ocurre siempre que se expresan los resultados de la 
percepción y la experiencia, cuando el hombre los proclama, 
hay en ellos un concepto; concepto que no es posible descartar, 
sino que se mantiene siempre en la conciencia, con un tinte 
de generalidad y de verdad. La esencia no es, precisamente, 
otra cosa que el concepto; pero este concepto sólo se revela 
como concepto absoluto a la razón formada, y no cuando, como 
aquí sucede, permanece prisionero dentro de una determina- 
bilidad. Por eso esta clase de investigaciones llegan siempre, 
necesariamente, a un límite: su cruz consiste en no descubrir 
el hidrógeno en el aire; los higrómetros, botellas llenas de aire 
que se hacen descender de las regiones altas por medio de un 
globo, no lo revelan como existente. Y, del mismo modo, el 
agua cristalizada no se les manifiesta como agua, sino ya con¬ 
vertida, transformada en tierra, 

Volviendo a Heráclko, lo único que falta en el proceso es 
que su esencia simple sea reconocida como concepto general. 
Podría echarse de menos aquel algo permanente y quieto que 
Aristóteles señala. Es cierto que Heráclito dice que todo fluye, 
que nada persiste, que sólo lo uno permanece; pero esto no es 
sino el concepto de la unidad que solamente existe en la con¬ 
traposición, no de la que se refleja en sí misma. Este uno, en 
su unidad con el movimiento de los individuos, es el género o 
el concepto simple en su infinitud como pensamiento; como 
tal, habrá de determinarse aún la idea, tal como volveremos a 
encontrarla en el voíg de Anaxágoras. Lo general es la unidad 
simple inmediata en la contraposición, que retorna a sí misma 
como proceso de lo diferenciado; pero también esto se encuen¬ 
tra en Heráclito: esta unidad en la contraposición es lo que 
él llama destmo (eliAagjjiÉvii) o necesidad.^® Y el concepto de la 
necesidad consiste precisamente en esto: en que la determina- 
bilidad constituye la esencia de lo que es como algo individual, 
pero refiriéndose cabalmente, a través de ello, a lo opuesto: la 
absoluta “relación (Lóyog) que pasa a través del ser del todo”. 
Heráclito llama a esto “el cuerpo etéreo, la simiente del deve- 

■^5 Diógenes Laercio, IX, 7; Simplicio, Comentarios a la "Física" de 
Aristóteles, p. 6; Estobeo, Eclog. Phys. c. 3, pp. 58-60. 



272 LA FILOSOFIA GRIEGA 

nir del todo’V® esto es, para él, la idea, lo general como la 

esencia, como el proceso ya aquietado. 

3. La relación del principio con la conciencia 

Sólo nos resta, ahora, examinar qué relación guarda, según 
Heráclito, esta esencia con la conciencia. La filosofía heracli- 
teana presenta, en su conjunto, la modalidad de una filosofía 
natural, en cuanto que el principio, aunque lógico, es concebido 
como el proceso general de la naturaleza. ¿Cómo se revela 
aquel Áóyog a la conciencia? ¿Cómo se relaciona con el alma 
individual? 

Procuraremos exponer esto detalladamente. Es un modo 
hermoso, espontáneo, infantil, de expresar la verdad en tér¬ 
minos verdaderos. Se presenta aquí por vez primera lo general 
y la unidad de la esencia de la conciencia y del objeto, y la 
necesidad de la objetividad. Ahora bien, por lo que se refiere 
a los predicados del conocer se han conservado diversos pasa¬ 
jes de la obra de Heráclito. De su principio de que todo lo que 
es es y, al mismo tiempo, no es, se deriva como consecuencia 
directa su declaración de que la certeza sensible no encierra 
ninguna verdad, pues esa certeza es cabalmente aquella para la 
que existe como ser algo que; en realidad, es también un no ser. 
El verdadero ser no es este ser inmediato, sino la mediación 
absoluta, el ser concebido, el pensamiento. 

Heráclito dice, según Clemente de Alejandría CStrom. III, 3, 
p. 520), acerca de la percepción sensible, desde este punto de 
vista: “Muerte es cuanto despiertos vemos; cuanto dormidos, 
sueño.” Y en Sexto (Adv. Math. VII, 126 s.); “Malos testigos 
los ojos y los oídos para los hombres que tienen almas de bár¬ 
baros. La razón (Aóyog) es el juez de la verdad, pero no cual¬ 
quier alma, sino solamente el alma divina, el alma general”, 
la medida, el ritmo que se percibe a través de la esencia del 
todo. Es, en efecto, una necesidad absoluta descubrir la ver¬ 
dad en la conciencia; pero la verdad que buscamos no es cual¬ 
quier pensamiento en general que recae sobre lo individual, 
cualquier relación en que sólo hay forma y que tiene por 
contenido una representación, sino el entendimiento general, 4 
la conciencia desarrollada de la necesidad, la identidad de lo 
subjetivo y lo objetivo. En este sentido, dice Heráclito, según 
EKógenes (IX, 1): “La mucha ciencia (jtoAuixu'&íri) no instruye 
la mente, pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, como 
Plutarco, De plac. phil. I, 28. 



HERACLITO 273 

a Jenófanes y a Hecateo. Una sola cosa es lo sabio: conocer la 
verdad que lo pilota todo a través de todo.” 

Sexto (Adv. M\ath. Vil, 127'133) expone más de cerca la 
relación de la conciencia subjetiva, de la razón particular, con 
la general, con este proceso de la naturaleza. Esta relación pre¬ 
senta aún una forma muy física, y es así, sobre poco más o me¬ 
nos, como concebimos nosotros la mesura frente al hombre 
soñador o demente. El hombre despierto se comporta con res¬ 
pecto a las cosas de un modo general adecuado a la relación 
de las cosas, como los otros se comportan también con respec¬ 
to a ellas y es en ello, sin embargo, un ser para sí. Si yo soy 
y en la medida en que soy dentro de la conexión objetivo- 
racional de esta mesura, soy al mismo tiempo, evidentemente, 
en la finitud por razón de esta exterioridad; pero, despierto, 
tengo la conciencia de la necesidad de esta conexión bajo la 
forma de la objetividad, poseo el conocimiento del ser general 
y, por tanto, la idea de la finitud. 

Sexto aduce en los siguientes términos la determinación de 
este criterio: “Todo lo que nos rodea es, de suyo (a juicio 
de Heráclito), lógico y racional”, pero no por ello dotado de 
conciencia. “Cuando nos asimilamos por la inspiración esa 
esencia general, nos convertimos en seres racionales; pero sólo 
despiertos lo somos, pues cuando estamos dormidos eso queda 
sepultado en el olvido.” 

La conciencia despierta del mundo exterior, sin la cual nada 
racional puede haber, es más bien un estado; sin embargo, aquí 
se toma como el todo de la conciencia racional. “Pues en sue¬ 
ños, los caminos del sentimiento están cerrados y el entendi¬ 
miento, que vive dentro de nosotros, se ve aislado de su unión 
(ouixcpvtag) con lo que le rodea; y sólo se mantiene en pie la 
conexión (jtQÓgcpvaig) de la respiración, algo así como si fuera 
una raíz”; por tanto, esta respiración no puede confundirse con 
la respiración general, es decir, con el ser de un otro para nos¬ 
otros. 

La razón es este proceso con lo objetivo; cuando no nos man¬ 
tenemos en conexión con el todo, no hacemos más que soñar. 
“Así aislado, el entendimiento pierde la fuerza de la conciencia 
(fivrifxovix'fiv Súvajuv) que antes tenía”; el espíritu considerado 
simplemente como algo individual y aislado pierde la objetivi¬ 
dad, no es algo general en su individualidad, no es el pensa¬ 
miento que se tiene a sí mismo por objeto. “En el hombre des¬ 
pierto, en cambio, el entendimiento, mirando hacia más allá 



274 LA FILOSOFIA GRIEGA 

por los caminos del sentimiento como por ventanas y entrelaza¬ 
do con lo que lo rodea, se halla sostenido por una fuerza lógica.” 

Vemos aquí el idealismo en toda su ingenuidad. “Así como 
los carbones prójdmos al fuego se convierten en carbones ígneos, 
mientras que separados de él se apagan, así aquella parte de 
nuestro cuerpo separada de lo que la rodea se vuelve casi irra¬ 
cional por efecto de esa separación”: es todo lo contrario de 
lo que piensan quienes creen que Dios da al hombre la sabi¬ 
duría en sueños, en un estado de sonambulismo. “En cambio, 
entrelazada a los muchos caminos, adquiere la misma natura¬ 
leza que el todo. Este todo, el entendimiento general y divino, 
unidos al cual somos seres lógicos, es, en Heráclito, la esencia 
de la verdad. De aquí que lo que se revela a todos como algo 
general tenga fuerza de convicción, puesto que participa del 
logas general y divino; en cambio, lo que se le ocurre a cada 
cual no tiene de suyo fuerza de convicción, por la causa opues¬ 
ta. Al comienzo de su libro Soibre la naturales dice Heráclito: 
como lo que nos rodea es la razón, el hombre es irracional 
cuando, en vez de escuchar a lo demás, se escucha a sí mismo. 
Puesto que lo que acaece acaece conforme a esta razón, el hom¬ 
bre es un ser inexperto cuando se limita a experimentar los dis¬ 
cursos y las obras que yo analizo, distinguiendo todos y cada 
uno de los elementos con arreglo a la naturaleza y diciendo 
cómo se comportan. Los otros hombres, en cambio, no saben 
lo que hacen despiertos, del mismo modo que olvidan lo que 
hacen en sueños. Heráclito dice, además: lo hacemos y lo pen¬ 
samos todo con arreglo a nuestra participación en el entendi¬ 
miento (Wyog) divino. Por eso, debemos seguir a este enten¬ 
dimiento. Pero muchos viven como si tuviesen su propio 
entendimiento (cpQÓvqaiv); sin embargo, el entendimiento no 
es otra cqsa que la interpretación (la conciencia), el modo de la 
ordenación del todo. Por eso, en la medida en que participa¬ 
mos del conocimiento (p.vTinTig) de él, estamos en el camino 
de la verdad; en cambio, cuando sólo sabemos lo propio y pe¬ 
culiar (ISidacopsv), estamos en el error.” 

Grandes e importantes palabras son éstas. No cabe expre¬ 
sarse en términos más verdaderos y más espontáneos hablando 
de la verdad. Sólo la conciencia en cuanto conciencia de lo 
general es la conciencia de la verdad; en cambio, la concien¬ 
cia de lo individual y la conducta individual, la originalidad 
como peculiaridad del contenido o de la forma, es lo falso y lo 
malo. Por tanto, la maldad y el error consisten, exclusivamente, 
en el aislamiento del pensar: en el hecho de que éste se aislé 



HERACUTO 275 

de lo general. El hombre suele inclinarse a creer que, cuando 
piensa algo, debe ser algo especial, propio; pero esto es un error. 

'Con la misma fuerza con que Heráclito afirma que en el 
conocimiento sensible no se encierra verdad alguna, ya que todo 
lo que es fluye y el ser de la certeza sensible no es, en cuanto 
que es, con la misma fuerza establece como necesario, en el 
saber, el modo objetivo. Lo racional, lo verdadero que yo sé se 
remonta, indudablemente, a lo objetivo como a lo sensible, a lo 
concreto, a lo determinado, a lo que es: pero lo que la razón 
sabe de suyo es, igualmente, la necesidad o lo general del ser; 
es la esencia del pensamiento, del mismo modo que es la esen¬ 
cia del universo. 

Es la misma concepción de la verdad que Spinoza, en su 
Btica (parte II, propos. XLIV, corol. II, p. 118, ed. Paul.) llama 
“la consideración de las cosas bajo la forma de la eternidad”. 
El ser para sí de la razón no es una conciencia carente de 
objeto, un soñar, sino un saber que es para sí: pero de tal 
modo, que este ser para sí se halla despierto o es objetivo y 
general, es decir, el mismo para todos. El soñar es un saber 
de algo de lo que sólo yo' sé; el imaginarse algo y las represen¬ 
taciones por el estilo son tales sueños. También el sentimiento 
es algo que sólo existe para mí, que sólo yo, como sujeto, llevo 
dentro de mí; por muy sublimes que los sentimientos se con¬ 
sideren, siempre es esencial a ellos el que lo que yo siento 
exista solamente para mí, como sujéto en quien el sentimiento 
se da, y no como un objeto libre. En cambio, en la verdad el 
objeto existe para mí como algo libre que es por sí mismo, y 
yo carezco para mí de subjetividad; y este objeto no es tampoco 
algo imaginario, que sólo yo convierta en objeto, sino algo que 
es en sí y de un modo general. 

Se han conservado, además, muchos otros fragmentos de 
Heráclito, sentencias sueltas, etc., por ejemplo ésta: “Inmor¬ 
tales los mortales, y mortales los inmortales, viviendo su muer¬ 
te, muriendo su vida.” La muerte de los dioses es la vida, el 
morir el vivir de los dioses; lo divino es la exaltación por me¬ 
dio del pensamiento sobre la simple naturalidad que lleva apa¬ 
rejada la muerte. Por eso dice también Heráclito', según Sexto 
(Axk>. Math. VII, 349), que “la capacidad de pensar se halla 
fuera del cuiSrpo”, frase que Tennemann (t. I, p. 233), modifi¬ 
ca, extrañamente, así: “fuera del hambre”. Y en Sexto (Pyrrh. 
Hyp. III, 24, § 230) leemos, además: “Heráclito dice que en 
nuestra vida y en nuestra muerte se unen el vivir y el morir, 
47 Heráclides, AHegoríae Homericae, pp. 442 s., ed. Gale. 



276 LA FILOSOFIA GRIEGA 

pues cuando vivimos nuestras almas están muertas y enterra¬ 
das en nosotros, y cuando morimos, nuestras almas resucitan 
y viven.” 

Podemos decir de Heráclito algo parecido a lo que se cuen¬ 
ta que dijo Sócrates: lo que de él se ha conservado es magní¬ 
fico; en cuanto a lo que no ha llegado a nosotros, hay que 
suponer que nos parecería igualmente magnífico, si lo cono¬ 
ciéramos. O bien, si queremos considerar al destino tan justi¬ 
ciero que hace pasar a la posteridad solamente lo mejor, debe¬ 
mos decir, por lo menos, que lo que de Heráclito conocemos 
es realmente digno de que el destino nos lo haya conservado. 

E) EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMÓCRITO 

A la par con Empédocles, estudiaremos las figuras de Leu- 
cipo y Demócrito, en las que se revelaja idealidad de lo sensi¬ 
ble y, al mismo tiempo, la determinabilidad general o la tran¬ 
sición a lo general. 

Empédocles es un italo pitagórico, que se inclina a los jo- 
nios; más interesantes que él son Leucipo y Demócrito, quienes 
se inclinan a los Ítalos, continuando la escuela de los eléatas. 
Estos dos filósofos pertenecen al mismo sistema filosófico; por 
sus pensamientos filosóficos, deben figurar y ser estudiados 
juntos.^* Leucipo es anterior a Demócrito, y éste no hace sino 
continuar y perfeccionar la obra iniciada por aquél, pero sin 
que sea fácil discernir históricamente su parte original dentro 
de ella. Las fuentes nos dicen, ciertamente, que se limitó a 
desarrollar los pensamientos de Leucipo, y algo se ha conser¬ 
vado de su obra, pero sin que nos sea posible hacer ninguna 
cita literal o precisa de pasajes suyos. 

En Empédocles vemos manifestarse la determinabilidad y 
la separación de los principios. El que la distinción se revele 
a la conciencia es un momento esencial; pero los principios pre¬ 
sentan aquí, en parte, el carácter del ser físico y,_ en parte, el 
carácter del ser ideal, ciertamente, pero de tal modo que esta 
forma no es todavía la forma propia del pensamiento. En cam¬ 
bio, en Leucipo y Demócrito vemos ya principios más ideales, 
el del átomo y el de la nada, y una penetración más a fondo 
de la determinación del pensamiento en lo objetivo, es decir, “ 
el comienzo de una metafísica de los cuerpos; o, dicho en 

■í® En su exposición, Hegel establece rara vez, como lo hace por ejemplo 
en sus cuadernos de los cursos de la universidad de Jena, una separación 
entre estos dos filósofos [M.]. 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMÓCRITO 277 

otros términos, vemos a los conceptos puros conservar el sen¬ 
tido de la corporeidad y, con ello, al pensamiento pasar a su 
forma objetiva; sin embargo, esta teoría aparece todavía, en 
su conjunto, sin desarrollar y sin que, por tanto, pueda sa¬ 
tisfacer. 

1. LEuapo Y Demócrito 

Nada concreto sabemos acerca de la vida de heucipo, ni si¬ 
quiera dónde nació. Algunos, como Diógenes Laercio (IX, 30) 
nos lo presentan como natural de Elea, otros nos dicen que 
nació en Abdera (simplemente por su unión con Demócrito), 
otros lo hacen oriundo de Melos (isla situada cerca de las cos¬ 
tas del Peloponeso) o bien, como Simplicio, en sus Com0nmrios 
a la “Física” de Aristóteles (p. 7), le atribuyen como cuna la 
ciudad de Mileto. Que escuchó las enseñanzas de Zenón, siendo 
amigo suyo, es un dato confirmado por las fuentes; parece, sin 
embargo, haber sido casi contemporáneo de este filósofo y tam¬ 
bién de Heráclito. 

Demócrito nació, casi con toda seguridad, en Abdera, ciu¬ 
dad de Tracia, junto al Mar Egeo, tan mal afamada en tiempos 
posteriores por la simpleza de sus habitantes. El año de su na¬ 
cimiento cayó, al parecer, en la 80 Olimpíada (460 a. c.) o en 
la OI. 77,3 (470 a. c): el primer dato procede, según Diógenes 
Laercio (IX, 41), de Apolodoro, el segundo de Trasilo; Tenne- 
mann (t. I, p. 415) indica la 71* Olimpíada (494 a. c.). Era, 
según Diógenes Laercio (IX, 34), cuarenta años más joven que 
Anaxágoras y vivió en tiempo de Sócrates; incluso sería más 
joven que éste, suponiendo que hubiese nacido, como aquél 
dice, no en la 01. 71, sino en la OI. 80. 

Mucho se ha hablado de sus relaciones con los abderitas, y 
Diógenes Laercio refiere acerca de esto una serie de anécdotas 
de mal gusto. Valerio Máximo (VIII, 7, ext. 4) sostiene que 
era muy rico, basándose para pensar así en los relatos según los 
cuales su padre alojó a todo el ejército de Jerjes cuando pasó 
por la ciudad en su expedición de guerra a Grecia. Diógenes 
(IX, 35 s.) dice que gastó su crecida fortuna en sus viajes a 
Egipto y a los países del interior del Orienté; pero esto es 
bastante inverosímil. Su patrimonio aparece tasado en unos 100 
talentos, y si suponemos que un talento ático valía de 1,000 
a 1,200 táleros, es evidente que, con aquella fortuna, habría 
podido pasarse la vida viajando. 

Todas las fuentes, principalmente Aristóteles (Metaf. I, 4), 



278 LA FILOSOFIA GRIEGA 

están acordes en señalar que Demócrito era amigo y discípulo 
de Leucipo; lo qqe no se nos dice es dónde se reunieron. Dio- 
genes (IX, 39) prosigue así su relato: “Después de reintegrarse 
a su patria de vuelta de sus viajes, vivió muy retraído, pues 
había gastado todos sus bienes; pero fué acogido en casa de su 
hermano y alcanzó gran fama y veneración entre sus conciu¬ 
dadanos”, no por su filosofía precisamente, sino gracias “a al¬ 
gunas predicciones. Regía una ley por virtud de la cual nadie 
que hubiese dilapidado sus bienes podía ser enterrado en la 
sepultura de sus padres. Para salir al paso de la calumnia y 
de las malas lenguas —que le atribuían la dilapidación de su 
patrimonio en el libertinaje —, leyó a los abderitas su obra 
Aiáxoafxo? y sus conciudadanos se la premiaron con una dona¬ 
ción de 500 talentos y decretaron, además, que fuese erigida 
en su lugar público una columna con su busto y que se le ente¬ 
rrase con gran pompa cuando murió, en edad de cerca de cien 
años”. Por lo menos, los autores que han hecho llegar a nos¬ 
otros este relato no pensaban que esto fuese, simplemente, una 
de las muchas jugarretas de los abderitas. 

Leucipo es el creador del célebre sistema atomístico, que, 
redescubierto en los tiempos modernos, ha pasado por ser el 
principio de la investigación racional de la naturaleza. Pero, si 
examinamos este sistema por sí mismo, vemos que es bastante 
pobre y que no deben buscarse en él grandes cosas; sin em¬ 
bargo, debe reconocerse a Leucipo el gran mérito de haber 
sabido distinguir, como en nuestra física corriente se expresa, 
las propiedades generales y sensibles de los cuerpos, las prima¬ 
rias y las secundarias o las esenciales o accidentales. La cuali¬ 
dad general significa, especulativamente, que lo físico se halla 
determinado por el concepto o que la esencia de un cuerpo 
responde, en efecto, a una determinación general. Leucipo no 
concibe la determinabilidad del ser de un modo superficial, 
sino de un modo especulativo. Cuando se dice que el cuerpo 
tiene esta cualidad general, por ejemplo, la de la forma, la de 
la impenetrabilidad, la de la gravedad, se parte de la represen¬ 
tación de que da concepción indeterminada del cuerpo es la 
esencia, y su esencia algo distinto de estas cualidades. Pero, 
especulativamente, la esencia consiste, precisamente, en estas, 
determinaciones generales, las cuales son en sí o constituyen 
el contenido abstracto y la realidad de la esencia. Lo único 
que le queda al cuerpo como tal, para la determinación de la 
esencia, es la pura individualidad; pero el cuerpo es la unidad 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 279 

de lo opuesto, y la unidad de estos predicados constituye su 
esencia. 

Recordemos que, en la filosofía de los eléatas, el ser y el 
no ser se enfrentaban antagónicamente: para ellos, sólo el ser 
es, mientras que el no ser, con todo lo que lleva consigo, el mo¬ 
vimiento, el cambio, etc., no es. El ser no es aún, así concebido, 
la unidad que retorna a sí misma, como el movimiento de He- 
ráclito y lo general. Del lado que mira a la percepción sensible 
inmediata buscando en ella las diferencias, el cambio, el movi¬ 
miento, etc., podemos decir que la afirmación de que sólo eso 
es el ser contradice tanto a la certeza visual como al pensa¬ 
miento, pues esta nada de la que los eléatas prescindían es. 

En la idea heracliteana, el ser y el no ser es uno y lo mis¬ 
mo: el ser es, pero también es el no ser, como idéntico con el 
ser; el ser, para Heráclito, es tanto predicado del ser como del 
no ser. Ahora bien, el ser y el no ser, enfocados ambos con 
el criterio determinante de lo objetivo o tal como existen para la 
intuición sensible, se presentan ante nosotros en la contrapo¬ 
sición de lo lleno y lo vacío. Así lo proclama Leucipo, con lo 
cual manifiesta como algo que es lo que, en realidad, se daba 
ya en los eléatas. Aristóteles (Memf. I, 4) dice: “Leucipo y su 
amigo Demócrito afirman que lo lleno y lo vacío son los ele¬ 
mentos, viendo en lo uno lo que es y en lo otro lo que no es: lo 
lleno y lo denso es, para ellos, en efecto, el ser y lo vacío y 
diluido el no ser. Por eso dicen también que el ser no es más 
que el no ser, ya que el vacío es tanto como el cuerpo, y que 
tales son las causas materiales de todas las cosas.” 

Lo lleno tiene como principio el átomo: lo absoluto, lo que 
es en y para sí es, pues, el átomo y lo vacío (ra atopa xal t6 
uevóv); es ésta una determinación de gran importancia, sin 
duda, pero insuficiente. No es en los átomos, por ejemplo en 
los que nos representamos flotantes en el aire, donde reside, 
exclusivamente, el principio, sino que es igualmente necesaria 
la nada que entre ellos existe; tal es, pues, la primera manifes¬ 
tación del sistema atomístico. Veamos ahora cuáles son, más 
de cerca, los significados y determinaciones de este principio 
mismo. 

a) Lo fundamental es lo uno, el ser pam sí; esta determina¬ 
ción constituye un gran principio, con el que hasta ahora no 
contábamos. Parménides establecía el ser o lo general abstracto, 
Heráclito el proceso; es Leucipo quien introduce la determina¬ 
ción del ser para sí. Parménides afirma que la nada carece en 
absoluto de ser; Heráclito sólo reconoce el devenir, el trueque 



280 LA FILOSOFIA GRIEGA 

del ser en la nada, en que todo es negado; es Leucipo quien 
comprende y convierte en determinación absoluta que ambas 
cosas son simplemente cabe sí: lo positivo, como lo uno que es 
para sí, lo negativo como vacío. 

Así concebido, el principio atomístico no ha sido superado, 
ni puede serlo, sino que permanece para siempre; el ser para sí 
tiene que presentarse necesariamente en toda filosofía lógkxé^ 
como un momento esencial, aunque no como momento último. 
En el proceso lógico que lleva del ser y el deyenir a esta deter¬ 
minación del pensamiento aparece primeramente, es cierto, la 
existencia;®® pero ésta pertenece a la esfera de la finitud, por 
lo cual no puede ser elevada a principio de la filosofía. Por 
consiguiente, si el desarrollo de la filosofía en la historia ha de 
corresponder al desarrollo de la lógica, necesariamente tendrá 
que haber en ésta pasajes que en el desarrollo histórico desapa¬ 
rezcan. Si, por ejemplo, quisiéramos erigir la existencia en 
principio, esa existencia sería lo que nosotros tenemos en la 
conciencia: existen cosas, estas cosas son finitas y se hallan 
relacionadas entre sí; pero esto no pasa de ser una categoría de 
nuestra conciencia sin pensamiento, de la apariencia. Por el 
contrario, el ser para sí es, como ser, la simple relación consigo 
mismo, pero vista a través de la negación de la alteridad. Cuan¬ 
do digo que yo soy para mí, no sólo soy, sino que niego en mí 
todo lo otro, lo excluyo de mí, en tanto aparece como algo 
externo. Como negación de la alteridad, que es, a su vez, nega¬ 
ción contra mí, el ser para sí es negación de la negación y, por 
tanto, afirmación; y ésta es, según la llamo yo, la negatividad 
absoluta, en la que se contiene, sin duda, cierta mediación, 
pero una mediación que está ya también levantada. 

El principio de lo uno es un principio totalmente ideal, per¬ 
tenece por entero al mundo del pensamiento, y así sería aun¬ 
que quisiera afirmarse que los átomos existen. El átomo puede 
concebirse en un sentido material, pero es, a pesar de ello, algo 
no sensible, puramente intelectual. Esta noción de los átomos 
ha sido renovada en los tiempos modernos, principalmente por 
obra de Gassendi. Pero los átomos de Leucipo no son las mou 
lécules, las partículas de que nos habla lá física. Es cierto que 
en Leucipo nos encontramos, según Aristóteles (De gen. et corr. 
I, 8), con la concepción según la cual “los átomos son invisi¬ 
bles, por la pequeñez de su corporeidad”, como se dice actual¬ 
mente de las moléculas; pero esto no pasa de ser un subterfugio. 

V. Hegel, Werice, t. III, pp. 181 ss. 

50 V. Hegel, Werke, t. III, p. 112. 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 281 

Lo uno no puede verse ni apreciarse por medio de retortas ni 
de aparatos de medición, ya que se trata de una abstracción del 
pensamiento; lo que se muestra es siempre materia condensada. 
Y asimismo es un esfuerzo vano el de los que, hoy, con ayuda 
del microscopio, tratan de escrutar el interior de lo orgánico, 
el alma, y de descubrirlo por medio de la vista y. el tacto. El 
principio de lo uno es, pues, un principio totalmente ideal, pero 
no en el sentido de que sólo exista en el pensamiento, en la 
cabeza, sino en el sentido de que el pensamiento es la verda¬ 
dera esencia de las cosas. Así lo entendía también Leucipo; por 
eso su filosofía no tiene absolutamente nada de empírica. Ten- 
nemann (t. I, p. 261) dice, muy torcidamente, sin comprender 
esto: “El sistema de Leucipo es lo opuesto al de los eléatas; este 
filósofo reconoce el mundo de la experiencia como el único 
objetivo y real, y los cuerpos como el único tipo de entes.” Sin 
embargo, ni el átomo ni el vacío son cosas de la experiencia; y 
Leucipo dice que no son los sentidos los que nos llevan a la 
conciencia de la verdad, con lo cual profesa un idealismo en 
el sentido elevado de la palabra, y no un idealismo puramente 
subjetivo. 

b) Por muy abstracto que siga siendo este principio en 
Leucipo, éste aspiraba, sin ningún género de duda, a hacer 
de él algo concreto. La traducción de la palabra griega “áto¬ 
mo” es el individuo, lo indivisible; bajo otra forma, lo uno es, 
pues, lo individual, la determinación de la subjetividad. Lo 
general y, frente a ello, lo individual son grandes determinacio¬ 
nes que intervienen en todas las cosas; y, para saber lo que 
estas determinaciones abstractas entrañan, lo primero es reco¬ 
nocer en lo concreto que las tales determinaciones son también 
lo fundamental. En Leucipo y Demócrito, este principio con 
que más tarde nos encontraremos en Epicuro sigue siendo un 
principio puramente físico; pero se da también en lo espiritual. 

Es cierto que también el espíritu es átomo, unidad; pero, 
como unidad en sí mismo, es, al mismo tiempo, algo infinita¬ 
mente lleno. En los problemas de la libertad, el derecho y la 
ley, de la voluntad, todo gira en torno a este antagonismo entre 
lo general y lo individual. Dentro de la esfera del Estado, pue¬ 
de manifestarse el punto de vista de que la voluntad indivi¬ 
dual, en cuanto átomo, es ío absoluto; tales son, en el fondo, las 
nuevas teorías sobre el Estado, que se hacen valer también 
prácticamente. El Estado debe basarse en la voluntad general, 
es decir, en la voluntad que es en y para sí; cuando se basa 
en la voluntad individual, se atomiza, se concibe con arreglo 



282 LA HLOSOFIA GRIEGA 

a la determinación del pensamiento de lo uno, como en el 
contrat social de Rousseau. 

Ahora bien, la ulterior representación de todo lo concreto 
y lo real es, en Leucipo, según Aristóteles, en el último pasaje 
citado, ésta: “Lo lleno no es simple, sino que es algo infinita¬ 
mente múltiple. Esta multiplioidad infinita se mueve en el va¬ 
cío, pues el vacío es; al combinarse, produce la generación [es 
decir, la de una cosa existente, que es para los sentidos]; el 
separarse y disolverse, produce la destrucción.” Todas las de¬ 
más categorías entran en ésta. “La actividad y la pasividad 
consisten en que esos elementos múltiples entren en contacto; 
pero su contacto no consiste en que se unifiquen, pues de lo 
que es verdaderamente uno [abstracto] no se genera nunca 
la multiplicidad, ni de lo verdaderamente múltiple se genera lo 
uno.” O bien no son, en realidad, ni algo activo ni algo pasivo, 
“pues padecen simplemente por el vacío”, sin que su esencia 
sea el proceso. 

Por tanto, los átomos, incluso cuando aparecen unidos en 
lo que llamamos cosas, se hallan separados entre sí por el vacío, 
que es, para ellos, algo puramente negativo y extraño; es de¬ 
cir, que su relación no se da en ellos mismos, sino que es algo 
distinto de lo que ellos son. Este vacío, lo negativo frente a lo 
afirmativo, es también el principio del movimiento.de los áto¬ 
mos; éstos se ven solicitados, digámoslo así, por el vacío, para 
que lo llenen y lo nieguen. 

Tales son las tesis de los atomistas. Hemos llegado directa¬ 
mente, como vemos, al límite mismo de estos pensamientos, 
pues desde el momento en que se habla de relación, nos sali¬ 
mos del marco de ellos. El ser y el no ser como algo pensado, 
como algo representado ante la conciencia en el sentido de 
cosas distintas relacionadas entre sí, como lo lleno y lo vacío, 
no acusan diferencia alguna, pues también lo lleno entraña, 
evidentemente, la negatividad en sí mismo, es un ser para sí que 
excluye todo lo otro, es lo uno y una multiplicidad infinita de 
unos, mientras que lo vacío no es lo excluyente, sino la con¬ 
tinuidad pura. Ahora bien, una vez fijados así estos dos anta¬ 
gonismos, el de lo uno y el de la continuidad, nada más acep¬ 
table para nuestra representación que el hacer que, en la 
continuidad del ser, los átomos floten y aparezcan unas veces 
separados y otras veces unidos, de tal modo que su unión no 
sea sino una relación superficial, una síntesis, no determinada 
por la naturaleza de la unión, sino en la que, en el fondo, estos 
elementos que son en y para sí permanezcan todavía separados. 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRTTO 283 

Pero esto es una relación totalmente externa; elementos pura¬ 
mente independientes aparecen unidos a otros igualmente inde¬ 
pendientes, sin perder su independencia, lo que quiere decir 
que se trata de una unión simplemente mecánica. De este modo, 
todo lo vivo, lo espiritual, etc, es algo yuxtapuesto, y el cam¬ 
bio, la creación, el nacimiento una simple unión. 

No cabe duda de que estos principios representan un gran 
progreso; no obstante, esto mismo revela también toda su po¬ 
breza, tan pronto como se trata de proyectarlos sobre ulteriores 
determinaciones concretas. Sin embargo, no nos es lícito aña¬ 
dir a esto lo que la imaginación de los tiempos modernos añade 
a veces, a saber: que el universo fué, en tiempos remotos, algo 
así como un caos, un vacío lleno de átomos, que luego se unie¬ 
ron y ordenaron para dar nacimiento a este mundo en que 
vivimos, sino que, todavía hoy y siempre, el ser en sí es y sigue 
siendo lo vacío y lo lleno. El lado satisfactorio que la investi¬ 
gación de la naturaleza ha descubierto en tales pensamientos 
consiste, precisamente, en que el ser aparece aquí en su anta¬ 
gonismo de lo pensado y lo contrapuestamente pensado y, por 
tanto, como algo que es en y para sí. 

Por eso la atomística es, en absoluto, opuesta a la noción 
de una creación y de un mantenimiento del universo por un 
ser extraño. La atomística es la primera filosofía que libera a la 
investigación natural del deber de buscar un fundamento al uni¬ 
verso. En efecto, si concebimos la naturaleza como creada y 
mantenida por otro que no sea ella, la concebiremos, por ello 
mismo, como algo que no es en sí, que, por tanto, tiene su 
concepto fuera de ella, es decir, como algo que descansa sobre 
un fundamento extraño, ajeno y que, como tal, carece de fun¬ 
damento, que sólo es concebible por obra de la voluntad de 
otro; tal como es, es, así concebida, algo puramente contin¬ 
gente, que no responde a una necesidad ni tiene un concepto 
en sí misma. 

Pero la concepción de los atomistas lleva consigo la concep¬ 
ción del ser en sí de la naturaleza, es decir, que el pensamiento 
se encuentra a sí mismo en ella, o, lo que es lo mismo, que su 
esencia es en sí algo pensado; y esto es lo gozoso para el con¬ 
cepto: el concebirla a ella misma, el establecerla como tal 
concepto. En las sustancias abstractas, la naturaleza lleva el 
fundamento en sí misma, es, simplemente, algo para sí; el áto¬ 
mo y el vacío no son sino esos conceptos simples. No hay para 
qué buscar aquí, ni se encontraría aunque se buscase, más que 
este aspecto puramente formal, en que se establecen principios 



284 LA FILOSOFIA GRIEGA 

simples absolutamente generales, la contraposición entre lo uno 

y la continuidad. 

Si partimos de una concepción más amplia y más rica de 
la naturaleza y exigimos que también ella sea comprendida a 
base de la atomística, inmediatamente desaparecerá la solución 
satisfactoria y se comprenderá la imposibilidad de avanzar por 
este camino. Por eso, no tenemos más remedio que remontar¬ 
nos inmediatamente sobre estos pensamientos puros de la con¬ 
tinuidad y la no continuidad. Pues estos elementos negativos, 
estas unidades, no son en y para sí; los átomos son indiferen- 
ciables en sí, o su esencia se establece como continuidad pura, de 
tal modo que más bien forman, directamente, un montón in¬ 
distinto. Es cierto que en la representación adquieren una 
existencia propia e independiente, sensible; pero, siendo igua¬ 
les, son, como pura continuidad, lo mismo que es el vacío. 

Ahora bien, lo que es, es algo concreto, determinado. íCómo 
concebir la diferenciabilidad partiéndo de estos principios? ¿De 
dónde proviene la determinabilidad de la planta, del color, 
de la forma, etc.? Lo fundamental es que, si bien se admite la 
existencia independiente de estos átomos en cuanto partículas, 
sólo se unan formando un todo complejo puramente externo 
y contingente. Se echa de menos la diferencia determinada; lo 
uno, como lo que es para sí; pierde toda determinabilidad. Si 
admitimos diferentes materias, una materia eléctrica, otra mag¬ 
nética, otra luminosa, etc., y además un girar mecánico de las 
moléculas, sucede que, de una parte, no se concede la menor 
importancia a la unidad y, de otra parte, jamás se dice una pa¬ 
labra racional acerca del tránsito de los fenómenos, sino sola¬ 
mente tautologías. 

Leucipo y Demócrito pretendían ir más allá, y esto plantea’ 
la necesidad de una diferencia más determinada que esta dife¬ 
rencia superficial entre la unión y la separación, diferencia que 
dichos pensadores intentaron establecer al concebir los átomos 
como desiguales, considerando además como infinita la dife¬ 
rencia entre ellos. Aristóteles (Metaf. I, 4) dice, a propósito de 
esto; “Intentan determinar esta diferencia de tres modos. Dicen 
que los átomos son distintos por su forma, como A con res¬ 
pecto a N; por el orden [es decir, el lugar], como AN coq. 
respecto a NA; por la posición [según que aparezcan derechos 
o acostados], como con respecto a H. Y de aquí se derivan, 
según ellos, todas las demás diferencias”. 

La forma, el orden y la posición son, como vemos, otras 
tantas relaciones puramente externas e indiferentes como de- 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 285 

terminaciones, es decir, relaciones no esenciales, que no afectan 
a la naturaleza de la cosa en sí misma ni a su determinabilidad 
inmanente, sino que cifran su unidad, siempre, en otra cosa. 
Esta diferencia es ya, de suyo, algo inconsecuente; considerados 
como lo uno totalmente simple, los átomos son absolutamente 
iguales entre sí, razón por la cual no puede hablarse tampoco 
de semejante diferencia. 

Observamos, aquí, la aspiración a reducir lo sensible a unas 
cuantas determinaciones. Aristóteles fDe gen. et corr. 1, 8) 
dice, en este sentido, refiriéndose a Leucipo: “Trataba de acla¬ 
rar el pensamiento del fenómeno y de la percepción sensible, y 
presentaba para ello el movimiento, la generación y la corrup¬ 
ción como algo que es en sí.” Lo único que cabe ver en ello 
es que la realidad conserva aquí su derecho, mientras que 
otros hablan solamente de ilusiones. Pero cuando Leucipo, 
animado por este propósito, se representa el átomo como do¬ 
tado de forma en sí, hace que la esencia cobre mayor relieve 
ante la intuición sensible, pero no asi ante el concepto; es ne¬ 
cesario, indudablemente, seguir avanzando por el camino de la 
formación, pero para llegar a esa meta, partiendo de la deter¬ 
minación de la continuidad y la discontinuidad, hay todavía 
un largo trecho que recorrer. 

Por eso Aristóteles (De sesnsu, 4), dice, a propósito de esto: 
“Demócrito y la mayoría de los filósofos antiguos son muy 
torpes cuando hablan de lo sensible, ya que tratan de conver¬ 
tir en algo tangible todo lo susceptible de ser percibido; en 
efecto, todo lo reducen al sentido del tacto: lo negro es, para 
ellos, lo áspero, lo blanco lo suave, etc.”. Todas las cualidades 
sensibles se reducen, de este modo, a la forma, a diversas com¬ 
binaciones de moléculas perceptibles para el gusto o el olfato; 
intento que ha vuelto a hacerse en la atomística de los tiempos 
modernos. Los franceses sobre todo, a partir de Descartes, se 
orientan en este sentido. La razón tiende siempre a compren¬ 
der los fenómenos, las percepciones; lo falso es el modo, el cual 
consiste, aquí, en una generalidad vaga, indeterminada, que 
nada dice. Como la figura, el orden, la posición y, en general, 
la forma son la única determinación de lo que es en sí, con 
ello nada se dice acerca del modo como esos momentos son 
percibidos en cuanto color, y concretamente, en cuanto color 
distinto de otros, etc.; no se da el paso hacia determinaciones 
no mecánicas, o se trata, simplemente, de un paso vacuo y 
carente de sentido. 

Acerca del modo como Leucipo intenta sacar de estos po- 



286 LA FILOSOFIA GRIEGA 

bres principios del átomo y el vacío, sobre los cuales no se 
remonta, considerándolos como los principios absolutos, una 
construcción del universo en su conjunto, construcción que hoy 
puede antojársenos tan extraña como vacía, nos transmite Dio- 
genes Laercio (IX, 31-33) una información bastante pobre de 
espíritu, por cierto; pero la naturaleza de la cosa no consentía 
nada mejor, y lo único que hoy podemos hacer es darnos cuen¬ 
ta, de este modo, de la pobreza de esta concepción a que nos 
estamos refiriendo. “Los átomos —nos dice Diógenes Laercio, 
en el lugar citado—, empujados por la discontinuidad de lo 
infinito, se lanzan, diferentes en cuanto a la forma, al gran 
vacío”; —a lo que Demócrito añade:— “mediante la resisten¬ 
cia de unos contra otros (ávriTiOTÍa) y un movimiento (reoApó?) 
que los estremece y agita”;®’^ amontonándose aquí, producen un 
torbellino (8ívtiv) en el que, chocando unos contra otros y 
girando de diversos modos, se seleccionan y se juntan los mis¬ 
mos con los mismos. Pero como, si se mantuviesen en equili¬ 
brio, no podrían moverse en dirección alguna por razón de su 
masa, resulta que los más ligeros saltan, como si dijéramos, al 
vacío exterior, mientras que los otros permanecen revueltos y 
mezclados entre sí, formando el primer sistema redondo. Es 
como una especie de envoltura que rodea toda clase de cuer¬ 
pos, ya que éstos, pugnando hacia el centro, describen un mo¬ 
vimiento de torbellino: esta piel que los rodea se hace, así, 
cada vez más fina, pues, arrastrados por la fuerza del torbelli¬ 
no, los átomos continuos tienden a concentrarse. De este modo, 
nace la tierra, pues los átomos concentados en el centro per¬ 
manecen aglutinados y unidos. La envoltura externa, que es 
como una piel, se ve aumentada luego por la afluencia de los 
cuerpos exteriores; y como se mueve en forma de torbellino, 
arrastra todo lo que se pone en contacto con ella. La combi¬ 
nación de algunos crea de nuevo un sistema, primero el húmedo 
y el lodoso, luego el seco y giratorio, dentro del torbellino del 
conjunto; al encenderse más tarde, se completa la naturaleza 
de los astros. El círculo más externo es el sol, el interior la 
luna...”. Es, como se ve, una exposición totalmente vacua; 
no interesa en lo más mínimo seguir examinando estas turbias 
y confusas representaciones del movimiento circular ni lo qp.e 
más tarde se llamará atracción y repulsión, considerándolo 
como un movimiento diferente de la esencia de la materia, 
c) Finalmente, por lo que se refiere al alma, Aristóteles 

Plutarco, De plac. phil. I, 26; Estóbeo, Ecl. Phys., 20, p. 394 (Tenne- 
mann, t. I, p. 278). 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 287 

(De I, 2) nos cuenta que Leucipo y Demócrito sostenían 

que era “un átomo de forma circular”. Vemos también por 
Plutarco (De plac. phü. IV, 8) que Demócrito entró a estudiar 
también la relación de la conciencia y a explicar, entre otras 
cosas, el origen de las percepciones, siendo en él en quien co¬ 
mienza la concepción de que se suceden y turnan, por decirlo 
así, las superficies de las cosas que se derraman en los ojos y 
en los oídos, etc. 

Por lo que podemos apreciar, Demócrito llegó a proclamar 
de un modo más concreto la diferencia que existe entre los mo¬ 
mentos del ser en sí y del ser para otro. Dice, en efecto, según 
Sexto (Adv. Math. VII, 135): “Según la opinión (véjicp) existe 
el calor y existe el frío, existen el color, lo dulce y lo amargo; 
pero, según la verdad (érefí), sólo existen lo indivisible y el 
vacío.” Es decir, en sí sólo existen el vacío y lo indivisible y 
sus determinaciones, mientras que para otro es un ser indife¬ 
rente y distinto, él calor, etc. Pero, con ello, se abren también 
de par en par las puertas al mal idealismo, al que cree llegar a 
comprender lo objetivo por el mero hecho de referirlo a la con¬ 
ciencia y de decir de ello: es lo que yo percibo. Con ello se 
levanta, sin duda, lo individual sensible bajo la forma del ser, 
pero sigue conservando la misma pluralidad sensible que antes; 
se establece así una multiplicidad, sensible y carente de con¬ 
cepto, de la percepción, en la que no se da ninguna razón y 
por la que ya no se preocupa este idealismo. 


2. Empédocles 

Los fragmentos de Empédocles han sido reunidos varias ve¬ 
ces. Sturz, en Leipzig, ha compilado más de cuatrocientos versos 
süyos;®^^ también Peyron ha reunido una colección de frag¬ 
mentos de Empédocles y Parménides,® editada en Leipzig 
en 1810. Y en los Analecta de Wolf encontramos un estudio de 
Ritter sobre Empédocles. 

Este filósofo nació en Agrigento (Sicilia), mientras que He- 
ráclito había nacido en el Asia Menor. Retornamos así a Italia, 
ya que la historia gira entre estos dos polos geográficos: la Gre¬ 
cia en sentido estricto, la Grecia metropolitana, no produce 

Empédocles Agrigenrínus. De vita et philosophia ejus exposuit, car- 
minum reliquias ex antiquis scriptoribus collegit, recensuit, illusttmiit, praefO" 
tionem et Índices adjecit Magister Frid. Cuil. Sturz, Leipzig, 1805. 

Empedodis et Parmenidis fragmenta etc. restituía et illustrata ab 
Amadeo Peyron. 



288 LA HLOSOFIA GRIEGA 

todavía filósofos. Empédocles floreció, según Tennemann (t. I, 
p. 415) hacia la 80^ Olimpíada (460 a. c.). Sturz (pp. 9 s.) cita 
las palabras de Dodwell (De loernte Pythag,, p. 220), según las 
cuales Empédocles nació en la OI. 77,1 (472 a. c.): “En el se¬ 
gundo año de la 85» Olimpíada, Parménideá tenía 65 años y 
Zenón había nacido en el segundo año de la 77» Olimpíada,®^ 
es decir, era seis años mayor que su condiscípulo Empédocles, 
pues éste no tenía más que un año cuando Pitágoras murió, 
en el primero o segundo año de la 77» Olimpíada.” Aristóteles 
(Metaf. I, 3) dice: “Empédocles es, por su edad, posterior a 
Anaxágoras, pero anterior a él por sus obras.” Pero no sólo 
filosofó antes que Anaxágoras en el tiempo, es decir, cuando 
tenía menos años, sino que su filosofía es también anterior y 
menos madura que la de aquél en lo tocante al grado de ma¬ 
durez del concepto. 

Por lo demás, en el relato que de su vida hace Diógenes 
(VIH, 59, 63-73), este filósofo es presentado también como un 
hombre portentoso y una especie de mago, a la manera de Pi¬ 
tágoras. Gozó, en vida, de gran prestigio entre sus conciudada¬ 
nos y, al morir, le fué erigida una estatua en su ciudad natal; 
su fama estaba muy extendida. No llevó una vida de retrai¬ 
miento como Heráclito, sino que llegó a obtener una gran 
influencia sobre la marcha de los asuntos públicos en su ciu¬ 
dad, Agrigento, como Parménides en Elea. A la muerte de 
Metón, regente de Agrigento, tuvo el mérito de dar a la ciudad 
una constitución libre y derechos iguales a todos sus vecinos; 
dió, asimismo, al traste con los intentos hechos por varios ciu¬ 
dadanos de Agrigento para instaurar un poder personal sobre 
su dudad patria; y cuando sus conciudadanos, llevados de su 
veneración por él, le ofrecieron la corona, la rechazó, para 
seguir viviendo a su lado como uno de tantos, aunque enalte¬ 
cido por el prestigio que lo rodeaba. 

También acerca de su muerte, lo mismo que acerca de su 
vida, circulaban toda suerte de fábulas. Este hombre, tan fa¬ 
moso en vida, no quiso, según se cuenta de él, morir de una 
muerte vulgar y corriente, como un hombre mortal cualquiera, 
sino dejando pruebas de que su aparente muerte no era más 
que un tránsito. Dícese que desapareció súbitamente despué^s, 
de un banquete; otra versión refiere que subió al Etna con 
sus amigos y que, de pronto, éstos lo perdieron de vista y ya 
no volvieron a saber de él. No se tuvo noticia de lo ocurrido 
con él hasta que el volcán arrojó uno de sus zapatos, que fué 
Cfr. Platón, Parménides, p. 127 (p. 4). 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 289 

encontrado por uno de sus amigc»; se comprendió, entonces, 
que el filósofo se había arrojado al Etna, para sustraerse así a 
las miradas de los hombres y hacer creer que, en rigor, no ha¬ 
bía muerto, sino que se había retirado a vivir entre los dioses. 

El origen y el motivo de esta fábula parecen encontrarse en 
un poema en el que figuran varios versos que, si se los consi¬ 
dera por sí solos, traslucen una gran arrogancia. Dice Empédo- 
cles, según Sturz (p. 530, Rdiquúxe tcóv xa’&aQ|X(ov, vs. 364- 
376): 

¡Amigos 4ue moráis m la ciudadela junto ál amarillo 

Acrogos, 

Dedicados a excelentes obras y magníficos hechos, os saludo! 

En adelante, seré para vosotros un dios inmortal y no un hombre 

mortal. 

¿No veis, acaso, cómo me paseo entre vosotros, de todos vC' 

neraldo. 

Ceñida la cabem de diademas y de verdes cororws? 

Cuando, así adornado, me presento en las ciudades florecientes. 
Hombres y mujeres me elevan sus preces. Miles de seres 
Siguen mis pasos para 4 ue yo les muestre él camino de la saU 

loción. 

Otros, me (jiden profedas. Otros, a su vez, 

Recaban de mí las palabras que curen sus múltiples males. 
Pero, ¿qué me importa a mí todo eso, como si hubiese hecho 

algo grande 

Al haber triunfado, con el arte, de la corrupción del hombre? 

Pero el verdadero sentido de esta aparente jactancia es otro. 
Me siento cargado de honores, viene a decir Empédocles, pero 
¿qué valor tiene todo esto, para mí? Estos versos expresan, en 
realidad, por boca del filósofo, la vanidad de los honores hu¬ 
manos. 

Empédocles tuvo por maestros a los pitagóricos y mantuvo 
tratos con ellos; por eso se le incluye, a veces, en la escuela 
de Pitágoras, como a Parménides y Zenón, pero sin que exista, 
realmente, razón alguna para hacerlo. No es fácil que este pen- 
sadbr hubiese llegado a pertenecer a la liga pitagórica; su /iío- 
sofía no presenta, desde luego, ningún rasgo de semejanza con 
ésta. Diógenes Laercio (VIH, 56) lo llama también condiscí¬ 
pulo de Zenón. Y es cierto que se han conservado de él algunos 
pensamientos sobre física y ciertas expresiones parenéticas y 
que la penetración del pensamiento en la realidad y el conoci- 



290 LA FILOSOFIA GRIEGA 

miento de la naturaleza parecen haber cobrado, en él, mayor 
volumen y extensión; sin embargo, encontramos en Empédocles 
menos profundidad especulativa que en Heráclito y un con¬ 
cepto que parece entregarse más bien a la concepción real de 
las cosas, un desarrollo más amplio de la filosofía natural o 
de la consideración de la naturaleza. Empédocles tiene más de 
poeta que de filósofo; sus pensamientos no ofrecen gran inte¬ 
rés, ni su filosofía nos permite llegar a grandes conclusiones. 

El concepto concreto que parece dominar su filosofía y que 
empieza a manifestarse esencialmente en ella es el de la mezcla 
o la síntesis. Según él, la unidad de los contrarios se ofrece, 
primeramente, bajo la forma de mezcla; este concepto, que 
empieza a revelarse en Heráclito, aparece, en su quietud, como 
el concepto de la mezcla, antes de que el pensamiento capte en 
Anaxágoras lo general. La síntesis de Empédocles es, pues, com¬ 
pletándolo, una continuación del pensamiento de Heráclito, 
cuya idea especulativa se revela también en la realidad, cierta¬ 
mente, como un proceso en términos generales, pero sin que 
los distintos momentos se revelen, en la realidad, como con¬ 
ceptos enfrentados entre sí. El concepto de la síntesis de Em¬ 
pédocles se hace valer todavía hoy. Empédocles es, además, 
el autor de la noción corriente que ha llegado hasta nosotros 
que considera los cuatro conocidos elementos físicos, el fuego, 
el aire, el agua y la tierra, como esencias fundamentales; cierto 
es que los químicos no ven ya en ellos tales elementos, puesto 
que entienden por elementos sustancias químicas simples. In¬ 
tentaremos resumir brevemente el pensamiento de Empédocles, 
agrupando en un todo coherente los muchos detalles que acer¬ 
ca de él se nos refieren. 

Aristóteles®® resume así, en pocas palabras, el pensamiento 
general de este filósofo: “Empédocles añade a los tres elemen¬ 
tos físioos, el fuego, el aire y el agua, que los pensadores ante¬ 
riores habían proclamado como principio, unos el uno y otros 
el otro, un cuarto elemento, la tierra, y dice que estos elementos 
son los que permanecen siempre y no se generan, sino que se 
unen o separan según el más o el menos, se agrupan para for¬ 
mar una unidad y brotan de ella.” El carbono, los metales, etc., 
no son en y para sí, lo que permanece y no deviene; no se»- 
persigue, pues, con ellos, nada metafísico. Pero sí es esto, cier¬ 
tamente, lo que hace Empédocles: según él, todas las cosas 
se generan mediante un tipo cualquiera de combinación de 
aquellos cuatro elementos. Estos cuatro elementos, tal y como 
®® Metafísica I, 3 y 8; De gen. et corr. I, 1. 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMOCRITO 291 

nosotros los concebimos, en nuestra representación común y co¬ 
rriente, no son aquellas cosas sensibles, cuando las considera¬ 
mos como elementos generales, pues, desde el punto de vista 
de los sentidos, existen, además, otras distintas cosas sensibles. 
Todo lo orgánico, por ejemplo, es de otra clase; tampoco existe 
la tierra como unidad, es decir, como la tierra simple y pura, 
sino que la tierra es una determinabilidad múltiple. Por tanto, 
en la r^resentación de los cuatro elementos va implícita la 
exaltación de una representación puramente sensible al plano 
del pensamiento. 

Refiriéndose al concepto abstracto de las relaciones de estos 
elementos entre sí, sigue diciendo Aristóteles (Metaf. I, 4) que 
Empédocles no invocaba como principios solamente los cuatro 
elementos, sino también el amor y la discordia, con los que nos 
encontramos ya en Heráclito; de donde se deduce directamente 
que aquí estos conceptos presentan un carácter distinto, en 
cuanto que son, propiamente, algo general. Los cuatro elemen¬ 
tos de la naturaleza son, para Empédocles, elementos reales y 
el amor y el odio principios ideaiies; por eso aparecen en los 
versos transmitidos por Aristóteles fMetaf. III, 4) y por Sexto 
(Adv. Mach. VII, 92) los seis elementos de que con frecuencia 
nos habla Sexto:®® 

Con tierra <xmioagm>os la Tierra; con agua conocemos el Agua; 
Con, éter conocemos el divino Éter; con fuego conocemos el 

devorante Fuego; 

Con amor conoctaniois el Amor; con discordia conocemos la 

Discordia funesta* 

Mediante nuestra participación en ellos, devienen algo para 
nosotros. Va implícita en ello la representación de que el es¬ 
píritu, el alma misma es la unidad, la misma totalidad de los 
elementos, tal y como se comporta con arreglo al principio de 
la tierra con respecto a la Tierra, del agua con respecto al 
Agua, del amor con respecto al Amor, etc.®"^ Cuando vemos 
fuego, es el fuego que hay en nosotros para el que existe el 
Fuego objetivo, etc. 

Empédocles señala también el proceso de estos elementos, 
pero sin haber sabido tampoco comprenderlo, pues lo que lo 

Adv. Math. VII, 120; IX, 10; X, 317. 

* Trad. de J. D. García Bacca, op. cit, t. 1, p. 78 [E.]. 

Aristóteles, De anima I, 2; Fabricio, Ai Sext. adv. Math. VII, 92, 
p. 389, nota T; Sexto, Adv. Math. I, 303; VII, 121. 



292 LA FILOSOFIA GRIEGA 

caracteriza es el hecho de que conciba su unidad como una 
mezcla. En esta combinación sintética, que es una relación 
superficial y no conceptual, en parte ser referido y en parte 
no ser referido, se presenta necesariamente la contradicción que 
consiste en que, de una parte, se establezca la unidad de los 
elementos y, de otra parte y al mismo tiempo, su separación: 
no la unidad general, en la que aquéllas son, simplemente, 
momentos que forman inmediatamente una unidad en su di¬ 
versidad, a la par que son inmediatamente distintas en su 
unidad, sino una combinación en la que estos dos momentos, 
la unidad y la diversidad, se desintegran y en que la unión 
y la separación son relaciones completamente indeterminadas. 

Dice Empédocles, en el libro primero de su poema sobre la 
naturaleza, ed. de Sturz (p. 517 vs. 106-109): “Nada es de 
una naturaleza, sino solamente una mezcla y separación de lo 
mezclado; es el hombre quien la llama naturaleza.” En efecto, 
aquello de que nace algo como de sus elementos o partes no lo 
llamamos todavía naturaleza, sino la unidad determinada de 
ellos; por ejemplo, la naturaleza de un animal es su determi- 
nabilidad esencial permanente, su género, su generalidad, que 
es un algo simple. Sólo la naturaleza así concebida es lo 
que Empédocles supera, pues toda cosa es, según él, la mezcla 
de elementos simples y no,; por tanto, lo general, lo simple, lo 
vardadero en sí: lo que nosotros queremos expresar cuando 
lo llamamos naturaleza. Ahora bien, esta naturaleza con arre¬ 
glo a la cual algo se mueve con dirección a su fin propio, es 
lo que Aristóteles (De gen. et corr. II, 6) echa de menos en 
Empédocles; es cierto que, más tarde, esta representación ha¬ 
bría de llegar a perderse. Por tanto, en cuanto que los elementos 
son, simplemente, algo en sí, esto no quiere decir que se esta¬ 
blezca un proceso de ellos, pues precisamente en el proceso 
aparecen estos elementos, al mismo tiempo, como momentos 
llamados a desaparecer, y no como algo que es en sí. Como 
algo en sí serían, por el contrario, inmutables; o no podrían 
constituirse en unidad, pues cabalmente en la unidad desapa¬ 
rece su ser en sí. Empédocles, al afirmar que las cosas consisten 
en esos elementos, establece, al mismo tiempo, su unidad. 

Tales son los momentos fundamentales de la filosofía de 
Empédocles. Señalado esto, recogeremos, simplemente, las ob¬ 
servaciones de Aristóteles (Metaf. I, 4) acerca de ello. 

a) “Si queremos aceptar esto de un modo consecuente y 
con arreglo al entendimiento, y no simplemente según los bal¬ 
buceos de Empédocles, diremos que la amistad es el principio 



EMPÉDOCLES, LEUCIPO Y DEMÓCRITO 293 

del bien y la discordia el principio del mal; así, podremos afir¬ 
mar, en cierto modo, que Empédocles establece en primer tér¬ 
mino el mal y el bien como principios absolutos, ya que lo 
bueno es el principio de todo bien y lo malo el principio de 
todo mal.” Aristóteles revela en ello la huella de lo general; 
lo que a él le interesa es, en efecto, el concepto del principio, lo 
que es en y para sí. Y esto sólo puede ser el concepto o el pen¬ 
samiento que inmediatamente, en sí mismo, es para sí; este 
principio no lo hemos descubierto aún, pues sólo se revela, con 
estas características, en Anaxágoras. Si Aristóteles cree haber 
encontrado en el devenir de Heráclito el principio del movi¬ 
miento que echa de menos en los filósofos antiguos, echa de 
menos en Heráclito, a su vez, el principio, todavía más pro¬ 
fundo, del bien, y esto le lleva a descubrirlo en Empédocles. 
Por bien hay que entender, aquí, aquello en gracia a lo que 
se obra, el fin en y para sí, lo absolutamente firme de suyo, 
lo que existe por mor de sí mismo y a través de lo cual existe 
todo lo demás; el fin tiene por determinación la actividad en¬ 
caminada a producirse a sí misma, siendo, por tanto, en cuanto 
fin de sí mismo, la idea, el concepto que se objetiva y que 
es, en su objetividad, idéntico consigo mismo. De este modo, 
Aristóteles polemiza vigorosamente contra Heráclito, ya que el 
principio de este filósofo consiste solamente en el cambio, sin 
que haya en él nada de permanecer igual a sí mismo, de con¬ 
servarse y retornar a sí. 

P) Aristóteles dice, además, censurando la relación precisa 
y la determinación de estos dos principios generales de la amis¬ 
tad y la discordia, considerados como los principios de la unión 
y la separación, que “Empédocles no los emplea a fondo ni 
retiene tampoco en ellos su determinabilidad (s^E'UQÍaxEi ró 
ópoXoyoúp.evov), pues ocurre frecuentemente que la amistad 
determine, en él, la separación y que, por el contrario, la dis¬ 
cordia una. En efecto, cuando el todo se descompone en sus 
elementos por obra de la discordia, el fuego se aglutina en uni¬ 
dad, y otro tanto acontece con los demás elementos”. La se¬ 
paración de los elementos unidos en el todo es también, necesa¬ 
riamente, unión de las partes de cada elemento entre sí; lo que 
aparece de un lado es también algo unido de suyo como in¬ 
dependiente. 

“Pero, cuando todo se aglutina de nuevo en unidad por 
la amistad, es necesario que de cada elemento se eliminen, a 
su vez, las partes que lo forman.” La unificación misma es una 
multiplicidad, una relación distinta de los cuatro elementos 



294 LA HLOSOFIA GRIEGA 

disociados; por donde la agrupación es, al mismo tiempo, una 
separación. Y esto mismo ocurre, en términos generales, con 
toda determinabilidad: tiene que ser necesariamente lo contra¬ 
rio de lo que es en sí misma y mostrarse como tal. Es una 
profunda observación esta de que no existe nunca unión sin 
separación, ni separación sin unión; identidad y no identidad 
son determinaciones del pensamiento que jamás pueden sepa¬ 
rarse. Es ésta una censura de Aristóteles que va implícita en 
la naturaleza misma de la cosa. Más adelante, dice Aristóteles 
que Empédocles, aunque más joven que Heráclito, fué, sin 
embargo, “el primero que expresó estos principios, en cuanto 
que estableció el principio del movimiento, no como una uni¬ 
dad, sino como algo distinto y contrapuesto”: estas palabras se 
refieren, probablemente, al hecho de que cree haber descubierto 
en Empédocles, por vez primera, la causa-fin, aunque el filó¬ 
sofo de Agrigento balbucee al expresar este pensamiento. 

y) Acerca de los momentos reales en que este algo ideal 
se realiza, dice Aristóteles, más adelante: “No aparecen en él 
como cuatro [elementos indiferentes entre sí] sino como dos 
campos antagónicos; en uno de ellos aparece el fuego y en el 
otro los otros tres, como una sola naturaleza: la tierra, el aire 
y el agua.” Lo más interesante de todo sería la determinación 
de su relación. 

6) Por lo que se refiere a la relación entre los dos momen¬ 
tos ideales, el de la amistad y el de la discordia, y entre los 
cuatro elementos reales, no se trata de una relación racional, 
ya que Empédocles, según Aristóteles fMemf. XII, 10), no los 
distingue, como fuera menester, sino que los coordina, de tal 
modo que los encontramos frecuentemente enumerados unos 
junto a otros como si tuviesen todos el mismo rango; pero de 
suyo se comprende que Empédocles distinguía también entre 
ambos modos, el real y el ideal, y expresaba el pensamiento 
como la relación que existe entre ellos. 

e) Con razón dice Aristóteles (Dú gen. et. oorr. I, 1) que 
“Empédocles se contradice a sí mismo y al fenómeno. Por una 
parte, afirma que ninguno de los elementos se genera del otro, 
sino todo lo demás de ellos; pero, al mismo tiempo, hace que 
entren a formar parte de un todo por medio de la amistadj V 
que salgan, a su vez, de este todo único por la discordia. Así, 
y como resultado de determinadas diferencias, el uno pasa a 
ser el agua, el otro el fuego, etc. Ahora bien, si se hacen des¬ 
aparecer estas determinadas diferencias [que pueden, natural¬ 
mente, llegar a desaparecer, puesto que han surgido], es evi- 



ANAXAGORAS 295 

dente que el agua se genera de la tierra, y viceversa. El todo 
no era aún fuego, tierra, agua y aire cuando éstos formaban 
todavía una unidad; por lo que no es muy claro si este filósofo 
considera como la esencia lo uno o lo múltiple”. 

En cuanto que los elementos se conjugan en unidad, su 
determinabilidad, aquello por medio de lo cual el agua es agua, 
no es nada en sí, es decir, que todos los elementos son la tran- 
sición a otros; y esto contradice a la afirmación de que son los 
elementos absolutos o de que son en sí. Empédocles considera, 
pues, las cosas reales como una mezcla de elementos, pero de 
tal modo que, frente a su originariedad, vuelve a concebirlo 
todo como nacido de lo uno por medio de la amistad y la dis¬ 
cordia. Esta ausencia corriente de pensamiento es la naturaleza 
propia de las representaciones obtenidas por vía de síntesis: se 
retiene ahora la unidad y más tarde la pluralidad, sin llegar a 
unificar ambos pensamientos; lo uno es, en cuanto levantado, 
al mismo tiempo, lo no uno.®® 

F) LA FILOSOFIA DE ANAXAGORAS 

Con Anaxágoras®* empieza a brillar, aunque sea débilmen¬ 
te, una luz, al reconocerse como principio el entendimiento. 
Aristóteles (Memf. I, 3) dice de Anaxágoras: “Pero el que 
dijo que la razón (vot3?) es la causa del universo y de todo el 
orden establecido, lo mismo en la naturaleza que entre los se¬ 
res vivientes, aparece como un hombre sobrio en comparación 
de quienes antes habían hablado en la ceguera (elxfj)”. Los 
filósofos anteriores pueden compararse, según dice Aristóteles 
f'Meea/. I, 4), “a los púgiles a quienes llamamos naturalistas. 
Del mismo modo que éstos descargan con frecuencia buenos 
golpes al buen tuntún, pero no conforme a las reglas del arte, 

■5* Hegel, en sus cursos, solía seguir el orden corriente y tratar a Emfié' 
docles antes de los atomistas. Pero como, en el transcurso de su exposición, 
enlazaba siempre los atomistas a los eléatas y a Empédocles, en cuanto 
que, siguiendo a Aristóteles, ve en la causa final la precursora de Anaxágo¬ 
ras, esto justifica suficientemente, a nuestro juicio, la presente trasposición. 
Si tenemos en cuenta, además, que Empédocles vacila entre lo Uno de 
Heráclito y lo múltiple de Leucipo, sin atenerse, como éstos, a uno de los 
dos criterios unilaterales, llegamos a la conclusión dé que ambos momentos 
son sus premisas y que por medio de su cambio allana el camino al con¬ 
cepto de fin de Anaxágoras, el cual, como su síntesis, es aquella unidad 
esencial de la que brota, como de su causa inmanente, la multiplicidad 
de los fenómenos [M.]. 

•59 Anaxagorae Clazomenii fragmenta, cíuae supersunt omnia, edita ah 
E. Schaubach. Leipzig, 1827. 



296 LA FILOSOFIA GRIEGA 

tampoco estos filósofos parecen tener conciencia de lo que di¬ 
cen”. Ahora bien, aunque Anaxágoras, apareciendo como un 
hombre sobrio entre borrachos, tenga por vez primera esta con¬ 
ciencia al decir que el pensamiento puro es lo general y lo 
verdadero que es en y para sí, tampoco su golpe puede decirse 
que dé en el blanco. 

El nexo entre su filosofía y la de los pensadores que lo pre¬ 
ceden es el siguiente. En la idea de Heráclito como movimien¬ 
to todos los momentos tienden a desaparecer en absoluto; la 
idea de Empédocles es la condensación de este movimiento 
en la unidad, pero una condensación sintética, lo mismo que 
la de Leucipo y Demócrito, pero de tal modo que mientras en 
Empédocles los momentos de esta unidad son los elementos que 
existen, el fuego, el agua, etc., en estos otros dos filósofos son 
puras abstracciones, esencias que son en sí, pensamientos. Aho¬ 
ra bien, con ello se establece inmediatamente la generalidad, 
pues los contrarios, aquí, no tienen ya ningún punto de apoyo 
sensible. Hemos visto aparecer como principios el ser, el deve¬ 
nir, lo uno; son, todos ellos, pensamientos generales, nada sen¬ 
sible, ni tampoco representaciones de la fantasía; sin embargo, 
el contenido y las partes de estos conceptos están tomadas de lo 
sensible, son pensamientos que están sujetos a una u otra de¬ 
terminación. 

Pues bien, Anaxágoras nos dice ahora que lo general no 
son dioses, ni principios sensibles, ni elementos, ni pensamien¬ 
tos, todos ellos, esencialmente determinaciones nacidas de la 
reflexión, sino que el pensamiento mismo, el pensamiento en 
y para sí, sin contraposición, abarcándolo todo, es la sustancia 
o el principio. La unidad retorna a sí misma, como algo gene¬ 
ral, de la contraposición; al contrario de lo que ocurre en la 
síntesis de Empédocles, en que lo contrapuesto todavía separado 
y para sí, y no el pensamiento mismo, es el ser; aquí, en cam¬ 
bio, el pensamiento es, como proceso puro y libre de suyo, lo 
general que se determina a sí mismo, sin distinguirse del pen¬ 
samiento consciente. De este modo, se abre con Anaxágoras 
un reino completamente distinto y nuevo. 

Anaxágoras pone fin a este período y con él se abre otro 
nuevo. Siguiendo el consabido punto de vista del tránsito ge¬ 
nealógico de los principios de los maestros a los discípulos, se 
le suele considerar como un continuador de la escuela jónica, 
como un filósofo jonio, por ser natural de Jonia y por haber 
tenido como maestro a Hermótimo de Clazomene. Diógenes 
Laercio (II, 6) le hace, con la misma mira, discípulo de Anaxí- 



ANAXAGORAS 297 

menes, situando el nacimiento de este filósofo entre la OI. 55-58, 
es decir, como unos sesenta años antes del de Anaxágoras. 

Aristóteles (Memf. I, 3) dice que Anaxágoras fué el pri¬ 
mero que expresó la determinación de la esencia absoluta como 
entendimiento. Aristóteles y con él otros autores, por ejemplo 
Sexto f Adv. Math. IX, 7) aducen el hecho escueto de que fué 
Hermótimo quien dió pie para ello; pero la clara expresión de 
este pensamiento no debe buscarse en nadie antes de Anaxᬠ
goras. El dato a que nos referimos nos sirve de muy poco, 
pues eso es todo lo que sabemos de la filosofía de Hermótimo, 
la cual no debió de ser, realmente, gran cosa. Otros investiga¬ 
dores se han entretenido en grandes indagaciones históricas 
sobre la obra de este pensador. Ya hemos tenido ocasión de 
mencionar su nombre en la lista de las personalidades en quie¬ 
nes se decía que Pitágoras había encarnado antes de ser Pi- 
tágoras. Poseemos, además, un relato acerca de Hermótimo en 
el que se nos dice que también él tenía el don de abandonar su 
cuerpo en forma de alma. Pero esto acabó, según la historia 
de referencia, redundando en detrimento suyo, ya que su mu¬ 
jer, con la que no se llevaba bien y que sabía, sin duda, lo que 
había de verdad en todo eso, mostró a sus amigos el cuerpo 
de su marido, abandonado por el alma, dándolo por muerto, 
lo que le valió el ser quemado antes de darle tiempo al alma a 
reintegrarse a él —la que desde luego debe haberse asombrado 
mucho.*^’ No creemos que valga la pena detenernos a inves¬ 
tigar lo que haya en el fondo de esta antigua historia, es decir, 
el modo como deba ser interpretada; tal vez se tratase de un 
caso de arrobamiento. 

Antes de entrar a exponer la filosofía de Anaxágoras, de¬ 
bemos decir algo acerca de su vida. Anaxágoras nació, según 
Diógenes (11, 7) en la OI. 70 (500 a. c.); era, por tanto, anterior 
a Demócrito y también, por su edad, a Empédocles, aunque 
fué contemporáneo de éste y de Parménides; tenía, sobre poco 
más o menos, la edad de Zenón y vivió algo antes que Sócrates, 
aunque todavía se conocieron. Nació en la ciudad de Clazo- 
mene, en Lidia, no muy lejos de Colofón y de Éfeso, en una 
lengua de tierra que une el continente y una gran penínsu¬ 
la. Su vida puede resumirse en pocas palabras: vivió entre¬ 
gado al estudio de las ciencias, retraído de los asuntos públicos; 
según Valerio Máximo (VIII, 7, ^xtr. 6), viajó mucho, hasta 
que, según Tennemann (t. I, pp. 3(X), 415), a los cuarenta y 

Plinio, Hist. nat., VII, 53) Brucker, t. I, pp. 493 s., nota. 



298 LA FILOSOFIA GRIEGA 

cinco años, en la 81’ Olimpíada (456 a. c.), en el período más 

favorable, se trasladó a Atenas. 

Con él vemos a la filosofía instalada en la verdadera Gre¬ 
cia, que hasta entonces no había tenido filosofía alguna, y, 
concretamente, en Atenas; anteriormente, la sede de la filoso¬ 
fía había sido el Asia Menor o Italia, hasta que, al caer el Asia 
Menor bajo el yugo de Persia, perdió su filosofía al perder su 
libertad. 

Anaxágoras, nacido también en el Asia Menor, vivió en el 
gran período que media entre las guerras médicas y la era de 
Pericles, principalmente en Atenas, que había alcanzado ahora 
el punto culminante de su bella grandeza, al convertirse en ca¬ 
beza del poderío griego y en sede y centro de las artes y las 
ciencias. Después de las guerras persas, Atenas sometió a su 
poder la mayor parte de las islas del archipiélago de Grecia, 
así como también gran número de ciudades marítimas de la 
Tracia y de las bañadas por el Mar Negro, hasta muy adentro 
de él. Durante este período fijan su residencia en Atenas los 
artistas más prestigiosos y los más famosos filósofos y sofistas, 
una pléyade de luminarias de las artes y las ciencias, como Es¬ 
quilo, Sófocles, Aristófanes, Tucídides, Diógenes de Apolonia, 
Protágoras, Anaxágoras y otros talentos oriundos del Asia Me¬ 
nor. Estaba por aquel entonces al frente del estado ateniense 
Pericles, quien lo elevó a su máximo esplendor. Anaxágoras, 
aunque vivió todavía en este período de máximo florecimiento 
de la vida ateniense y griega, toca ya a los años de decadencia 
o, por mejor decir, de tránsito a la decadencia, a la muerte 
de la hermosa vida de Atenas. 

Es especialmente interesante, durante este período, el anta¬ 
gonismo entre Atenas y Lacedemonia, las dos naciones griegas 
que rivalizaban entre sí por llegar a ocupar el primer lugar de 
Grecia; por eso, no estará de más que mencionemos aquí, si¬ 
quiera sea brevemente, los principios en que se inspiraban estos 
dos famosos Estados. Mientras que entre los lacedemonios no 
existían el arte ni la ciencia, Atenas tenía que agradecer a las 
particularidades de su constitución política y de todo su espí¬ 
ritu el haber llegado a ser la sede de las ciencias y las bellas 
artes. Sin embargo, también Lacedemonia merece ser tenida ,en 
alta estima por su constitución, que supo ordenar consecuente¬ 
mente el severo espíritu de le» dorios y cuyo rango fundamental 
consistía en supeditar, mejor dicho, en sacrificar todas las par¬ 
ticularidades personales a los fines generales de la vida del 
Estado, haciendo que el individuo cifrase la conciencia de su 



ANAXAGORaS 299 

honor y de su valor solamente en la actividad desarrollada por 
él para el Estado. 

Un pueblo en que imperaba una unidad tan recia y tan fir¬ 
me, en el que la voluntad del individuo había desaparecido 
totalmente en rigor, representaba por fuerza una cohesión in¬ 
superable; así se explica que Lacedemonia se pusiera a la cabeza 
de los griegos y conquistase la hegemonía de Grecia, como lle¬ 
garon a alcanzarla los argivos eh tiempo de Troya. Es éste, sin 
duda, un gran principio, sin el que no puede existir ningún 
verdadero Estado, pero que entre los lacedemonios no llegó a 
perder nunca su unilateralidad. 

Esta unilateralidad fué la que los atenienses supieron evi¬ 
tar, y a ello precisamente debieron su grandeza. En Lacede¬ 
monia, la personalidad propia y peculiar llegó a pasar a tal 
punto a segundo plano, que el individuo no podía vivir, bajo 
ningún concepto, entregado a su libre desarrollo ni a las mani¬ 
festaciones de su personalidad; allí no se reconocía la indivi¬ 
dualidad ni, por tanto, se la coordinaba o armonizaba con los 
fines generales del Estado. Esta abolición del derecho de la 
subjetividad, que a su modo proclama también ha República 
de Platón, llegaba muy lejos entre los lacedemonios. 

Pero lo general sólo es espíritu vivo siempre y cuando la 
conciencia individual se encuentre en ello como tal, siempre 
y cuando que no constituya solamente la vida y el ser inme¬ 
diatos del individuo, su sustancia, sino también su vida cons¬ 
ciente. Así como la individualidad que se separa de lo general 
cae en la impotencia y perece, tampoco puede mantenerse en pie 
lo unilateralmente general, la costumbre de la individualidad. 
Por eso el espíritu lacedemonio, que no tomaba en considera¬ 
ción la libertad de la conciencia y cuyo lado general se había 
aislado de ella, tenía necesariamente que acabar revelándose 
como lo opuesto a lo verdaderamente general. Y asi, aunque 
los espartanos empiecen presentándose como los que libertan a 
Grecia de sus tiranos y a quienes la propia Atenas debe la ex¬ 
pulsión de los descendientes de Pisístrato, su actitud ante 
sus aliados no tarda en presentar el carácter de una vil y 
baja opresión, mientras que en el seno de su propio Estado 
triunfa una dura aristocracia y la igualdad patrimonial esta¬ 
tuida (según la cual cada familia conservaba inalienablemente 
sus bienes hereditarios, y la prohibición de toda clase de dinero 
pn sentido estricto y de cambios y negocios cerraba el paso a la 
posibilidad de las desigualdades de la riqueza) abrió las puer- 



300 LA FILOSOFIA GRIEGA 

tas a una codicia que, negando lo general, acabó convirtiéndose 

en una fuerza brutal y vil. 

Este momento esencial de lo particular, cuando no se incor¬ 
pora al Estado, cuando no se convierte, por tanto, en un factor 
legal, moral, aparece como un vicio. En una organización ra¬ 
cional, se dan todos los momentos de la idea; si el hígado se 
aislase como bilis, no funcionaría por ello ni más ni menos que 
antes, pero, en cambio, se aislaría como un órgano hostil a la 
economía vital del organismo. 

En cambio, a los atenienses les había dado Solón una cons¬ 
titución política basada, no sólo en la igualdad de derechos, 
sino también en la unidad de espíritu, y el régimen de Ate¬ 
nas era una democracia más pura que la de los espartanos; 
además, cada ciudadano ateniense, pese a su espíritu individual, 
tenía su conciencia sustancial en la unidad con las leyes del 
Estado y gozaba de un margen de libertad para manifestarse y 
exteriorizarse. Al pueblo y no a los éforos confió Solón el poder 
del Estado, que el pueblo hizo suyo después de arrojar a los tira¬ 
nos, convirtiéndose con ello en un pueblo verdaderamente libre; 
el individuo llevaba en sí mismo el todo, la colectividad, como 
su espíritu y sus actos se encerraban en la colectividad. 

En este principio vemos manifestarse, pues, en toda su mag¬ 
nitud, el desarrollo de la libre conciencia y la libertad de la 
individualidad. Pero el principio de la libertad subjetiva apa¬ 
rece todavía, primordialmente, unido a la base general de la 
moralidad griega, como a una base legal, e incluso a la mitolo¬ 
gía. Gracias a ello, pudo alumbrar, al plasmar el genio libre¬ 
mente sus concepciones, las grandes obras de arte de las artes 
plásticas y las obras inmortales de la poesía y la historia. El 
principio de la subjetividad no había revestido aún, por tanto, 
la forma en que lo particular, como tal, queda en libertad y 
confiado a su propio albedrío y en que también su contenido 
adquiere una particularidad subjetiva y propia, por lo menos 
a diferencia de la base general, de la moralidad general, de la 
religión general y de las leyes generales. No asistimos, pues, 
a ocurrencias especialmente modificadas, sino que en estas obras 
se convierte en objeto para la conciencia y se eleva a concien¬ 
cia, de un modo general, el gran contenido moral, sólidamente 
divino. Más adelante, veremos cómo la forma de la subjetividad 
cobra una libertad para sí y entra en antagonismo con ló sus¬ 
tancial, con la costumbre, la religión y la ley. 

Pues bien, la base de este principio de la subjerividad, aunque 
sea una base todavía completamente general, la encontramos en 



ANAXAGORAS 301 

Anaxágoras. Pero fué Pendes quien tuvo la dicha de ser el 
primero dentro del Estado, en este pueblo noble, libre y culto 
de los atenienses; y esta circunstancia le confiere en la valora¬ 
ción de la individualidad un rango tan alto como pocos hom¬ 
bres han llegado a alcanzar. De cuanto hay de grande entre los 
hombres, nada más grande que el poder sobre la voluntad de 
los hombres que tienen una voluntad, pues la individuali¬ 
dad que disfruta de este poder tiene que ser necesariamente, 
para llegar a alcanzarlo, la más general y la más viva de todas; 
pocos mortales hay ya, suponiendo que haya alguno, dignos 
de gozar esta suerte. 

La grandeza de la individualidad de Pericles era, según Plu¬ 
tarco fin Feríele, 5), tan profunda como desarrollada, tan seria 
(jamás se vió la risa en su rostro) como enérgica y serena; to¬ 
das las horas del día vivía para Atenas. Tucídides nos ha 
transmitido algunos discursos de Pericles a su pueblo con los 
que muy pocas obras resistirían, indudablemente, la compara¬ 
ción. Bajo Pericles, llega a su apogeo el desarrollo de la comu¬ 
nidad moral, el punto culminante en que la individualidad se 
mantiene todavía dentro de los marcos de lo general. Poco 
después, la individualidad se desmanda, su vitalidad se deja 
arrastrar al extremo, pues el Estado no se halla aún organizado 
como tal, independientemente y de suyo. Como la esencia del 
estado ateniense era el espíritu general y la fe religiosa de los 
individuos en él su propia esencia, al desaparecer esta fe des¬ 
aparece también la esencia interior del pueblo, en que el espíri¬ 
tu no vive en cuanto concepto, como en nuestros Estados. El 
punto de transición hacia este estado de cosas lo tenemos en 
el voüg, en la subjetividad, como esencia y como reflexión. 

Cuando Anaxágoras se trasladó a Atenas, en aquella época 
cuyo principio acabamos de señalar, recibió la visita de Pe¬ 
ricles, se hizo amigo de él y trabó relaciones de gran intimidad 
con el futuro estadista, pues por aquel entonces todavía .Peri¬ 
cles no intervenía en el gobierno de la ciudad. Pero Plutarco 
fin Feríele, 4, 16) nos cuenta también que el filósofo cayó en 
la pobreza porque Pericles no se cuidó de procurarle medios 
de vida, de alimentar con aceite la lámpara que le alumbraba. 

Más importante que esto es el dato de que, más tarde, 
Anaxágoras, como ocurriría, andando el tiempo, a Sócrates y 
a muchos otros filósofos, fué acusado de despreciar a los dioses 
adorados por el pueblo; es el antagonismo de la prosa del en¬ 
tendimiento contra la concepción poético-religiosa de la vida. 
Diógenes Laercio (II, 12) refiere, muy concretamente, que Ana- 



302 LA FILOSOFIA GRIEGA 

xágoras veía en el sol y las estrellas piedras incandescentes. Se 
le acusaba también, según Plutarco fin Pericle, 6), del delito 
de tratar de explicar por vías naturales algo que los profetas 
habían señalado como un maravilloso signo del cielo; tal vez 
guardara cierta relación con esto el hecho de que predijera que 
caería una piedra del cielo el día de la batalla naval de Egos 
Potamos, en que los atenienses perdieron su última flota en 
el combate contra Lisandro.*^ Por lo demás, ya Tales, Anaxi- 
mandro y otros pensadores veían en el sol, la luna, la tierra 
y las estrellas, bien perceptiblemente, simples cosas, es decir, 
objetos exteriores al espíritu, dejando de considerarlos como 
dioses vivos, para representárselos de diversos modos, aunque 
estas representaciones no merezcan, por lo demás, gran aten¬ 
ción, ya que este aspecto corresponde, en rigor, a la cultura. 

Las cosas pueden derivarse del pensamiento; este pensamien¬ 
to hace, esencialmente, que objetos que pueden llamarse divi¬ 
nos y ciertas maneras de concebirlos que pueden ser conside¬ 
radas como poéticas sean desalojados con todo el volumen de la 
superstición y se vean degradados al plano de lo que llamamos 
cosas naturales. En el pensamiento, en cuanto la identidad del 
pensar y del ser, el espíritu tiene la conciencia de ser lo verda¬ 
deramente real, por donde para el espíritu, en el pensamiento, 
lo no espiritual, lo material, se convierte en meras cosas, en lo 
negativo del espíritu. Nota común a todas las representaciones 
de aquellos filósofos acerca de tales objetos es que despojan a 
la naturaleza de su carácter divino; degradan la concepción 
poética de la naturaleza a una visión prosaica y dan al traste 
con esta manera poética de concebir el mundo que infundía 
a todo lo que hoy consideramos como inanimado una verda¬ 
dera vida, tal vez también una sensibilidad y, si se quiere, 
incluso un ser a la manera de la conciencia. No es cosa de 
lamentar la pérdida de esta concepción del mundo como si 
con ella se perdiera la unidad con la naturaleza, la belleza de 
la fe, la inocente pureza y el candor del espíritu. No hay por 
qué dudar de que esa concepción fuese, en efecto, inocente y 
p.ueril; pero la razón consiste, precisamente, en sobreponerse a 
esa inocencia y a esa unidad con la naturaleza. 

Tan pronto como el espíritu se capta a sí mismo, tan prcta- 
to como es para sí, tiene que oponer, necesariamente, a sí 
mismo lo demás como un algo negativo de la conciencia, es de¬ 
cir, ver en ello algo sin espíritu, simples cosas inconscientes e 
inanimadas, para llegar a sí partiendo de este objeto. Es esto 
Diógenes Laercio, II, 10; Plutarco, In Lysandro, 12. 



ANAXAGORAS 303 

algo así como una solidificación de las cosas en movimiento, tal 
como lo encontramos en los mitos de los antiguos, los cuales 
refieren, por ejemplo, cómo los argonautas vieron ya inmovili¬ 
zadas y firmes las rocas del Helesponto, que antes se movían 
como tijeras. La cultura, a medida que fué progresando, se en¬ 
cargó de solidificar también cosas que antes parecían estar dota¬ 
das, de suyo, de movimiento y vida propios, convirtiéndolas en 
cosas quietas. Esta transición de la primitiva concepción mís¬ 
tica a una concepción prosaica se revela aquí a la conciencia 
de los atenienses. Semejante concepción prosaica presupone 
la aparición ante el hombre, interiormente, de postulados com¬ 
pletamente distintos de los que antes le guiaban; es aquí, pues, 
donde hay que buscar las huellas de la importante y necesaria 
conversión introducida en las ideas de los hombres al forta¬ 
lecerse su pensamiento, al adquirir conciencia de sí mismo, en 
una palabra, al aparecer la filosofía. 

Estas acusaciones de ateísmo, de las que tendremos ocasión 
de hablar más por extenso cuando tratemos de Sócrates, son, 
además, explicables en Anaxágoras exteriormente por otra ra¬ 
zón, y es que los atenienses envidiosos de la fama de Pericles 
—que rivalizaban con él en la lucha por alcanzar el primer 
puesto en el Estado y que no se atrevían a atacarlo pública¬ 
mente—, empleaban el recurso de acusar judicialmente a sus 
favoritos, procurando herirlo de este modo indirectamente, en 
la persona de sus amigos. Esto es lo que explica también la 
persecución judicial desatada contra su amiga Aspasia; para 
salvarla, el noble Pericles tuvo que suplicar a los ciudadanos 
de Atenas, con lágrimas en los ojos, según cuenta Plutarco (In 
Feríele, 32), que fuese absuelta de sus cargos. Y es que el pue¬ 
blo ateniense, en uso de su libertad, imponía a sus gobernantes, 
revestidos por él de grandes poderes, actos de esta naturaleza, 
mediante los cuales los poderosos adquirían, por su parte, la 
conciencia de su humillación ante el pueblo. El pueblo se ven¬ 
gaba así de la prepotencia otorgada a los grandes hombres, 
demostrándoles que podía tanto como ellos y manteniendo de 
este modo el equilibrio de poder; los grandes hombres, a su 
vez, daban con ello muestras de su sentimiento de supeditación, 
humildad e impotencia para con el pueblo. 

Las noticias que poseemos acerca del resultado de la acusa¬ 
ción de impiedad presentada contra Anaxágoras son absoluta¬ 
mente contradictorias y dudosas; por lo menos, Pericles lo libró 
del peligro de ser condenado a muerte. Según algunos, fué 
condenado solamente al destierro, después que Pericles lo hubo 



304 LA FILOSOFIA GRIEGA 

presentado ante el pueblo, abogando en su favor y moviendo a 
aquél a compasión mediante las elocuentes palabras en las que 
pintó ante sus conciudadanos la vejez, las fatigas y la debilidad 
del filósofo. Otros dicen que Pendes lo ayudó a huir de Atenas, 
siendo condenado a muerte en ausencia, sin que el fallo llegara 
a ejecutarse. Otros, finalmente, afirman que fué absuelto, pero 
que la amargura de aquella acusación y el temor de que pu¬ 
diera repetirse lo determinaron a abandonar voluntariamente 
la ciudad. Y que poco después, a los sesenta o setenta años, 
murió en Lampsaco, en la 88’ Olimpíada (428 a. c.).®^ 


1. El principio general del pensamiento 

El principio lógico de Anaxágoras estriba en el reconoci¬ 
miento del voí? como la esencia simple y absoluta del universo. 
La simplicidad del voíg no es un ser, sino una generalidad dis¬ 
tinta de sí misma; pero de tal modo que la distinción es levan¬ 
tada inmediatamente, estableciéndose con ello la identidad para 
sí. Esta generalidad para sí, separada, sólo existe en su pureza 
como pensamiento; existe también en la naturaleza, cierto 
es, como esencia objetiva, pero no de un modo puro y para sí, 
sino llevando consigo como inmediato un algo particular. El 
espacio y el tiempo son, poir ejemplo, lo más ideal, lo más ge¬ 
neral de la naturaleza como tal; pero no existe un espacio puro, 
ni un tiempo y un movimiento puros, del mismo modo que no 
existe una materia pura, pues este algo general es siempre, di¬ 
rectamente, un espacio, un aire, una tierra, etc., determinados. 

En el pensamiento de yo soy yo o yo = yo, es evidente que 
distingo también algo de mí, pero permanece la misma unidad 
pura; no se trata de un movimiento, sino de una diferencia no 
diferenciada, o del ser para mí. Y en todo lo que yo pienso, si 
el pensamiento tiene un determinado contenido, es siempre mi 
pensamiento; en este objeto tengo, al mismo tiempo, la con¬ 
ciencia de mí mismo. Pero este algo general, que es para sí, se 
enfrenta también, de un modo determinado, al individuo, o el 
pensamiento se enfrenta al ser. En este punto, habría que in¬ 
vestigar la unidad especulativa de este algo general con lo indi¬ 
vidual, cómo se establece esta unidad como unidad absoluA* 
pero esto no lo encontraremos jamás entre los antiguos, quienes 
no llegaron a comprender el concepto mismo. No debemos 
esperar de ellos este concepto puro que consiste en que el en- 

Diógenes Laercio, II, 12-14; Plutarco, In. Feríele, c. 32. 



ANAXAGORAS 305 

tendimiento se plasme y realice en un sistema, se organice como 
universo. 

Aristóteles (De ítnima, I, 2) expone con bastante precisión 
cómo explica Anaxágoras el concepto del vovg: “Anaxágoras 
dice que el alma es el principio del movimiento. Sin embar¬ 
go, no siempre se expresa claramente acerca del alma y el vovg, 
y a veces parece distinguir el vovg del alma; no obstante, emplea 
estos dos conceptos como si encerrasen la misma esencia, si bien 
preferentemente establece el vovg como el principio de todas 
las cosas. Por eso suele hablar del voüg como de la causa de lo 
bello y lo justo, pero otras veces menciona el alma. Pues el vovg 
se da en todos los animales, tanto en los grandes como en los 
pequeños, en los mejores y en los peores; sólo ella entre todas 
las esencias es simple, sin mezcla y pura, sin máculas ni pade¬ 
cimientos y libre de toda contaminación con cualquiera otra.” 

Por tanto, para encontrar el principio del movimiento, es 
necesario demostrar que es lo que se mueve por sí mismo, y 
que esto no es otra cosa que el pensamiento como algo que existe 
para sí. Como alma, lo que se mueve a sí mismo es sólo algo 
inmediatamente individual, mientras que el vovg, como algo sim¬ 
ple, es lo general. El pensamiento mueve en función a algo: el 
fin es el primer algo simple, que se convierte en resultado; este 
principio es, en los antiguos, el bien y el mal, es decir, precisa¬ 
mente el fin, concebido como algo positivo y negativo. 

Esta determinación es importantísima; pero Anaxágoras no 
llegó a desarrollarla en gran medida. Mientras que los prin¬ 
cipios anteriores empezaron siendo principios materiales, y Aris¬ 
tóteles distinguió en ellos la determinabilidad y la forma y des¬ 
cubrió, en tercer lugar, en el proceso de Heráclito el principio 
del movimiento, con el vovg aparece, en cuarto lugar, el para 
qué, la determinación del fin; y esto es lo concreto de suyo. 
Aristóteles añade, después del pasaje citado más arriba f'Meta/. 
I, 3): “Después de éstos [los jonios y otros] y después de tales 
causas [el agua, el fuego, etc.], como no bastan para engendrar 
la naturaleza de las cosas, los filósofos viéronse obligados por la 
verdad misma, como ya queda dicho, a seguir investigando, para 
descubrir el siguiente (lxo¡j,évT;v) principio. Pues para explicar 
que por una parte todo se comporta de un modo bueno y bello, 
pero que por otra parte es engendrado, no basta ni la tierra ni 
otro principio cualquiera, ni, por otra parte, parece, que aquéllos 
pensaban así, ni es tampoco una solución el atribuir semejante 
obra a lo espontáneo (avTO(tá-wp) y al azar”. Lo bueno y lo 
®® Cfr. Aristóteles, Física VIII, 5; Metafísica XII, 10. 



306 LA HLOSOFIA GRIEGA 

bello expresan el concepto simple, inmóvil; el cambio, expresa 

el concepto en su movimiento. 

Ahora bien, con este principio aparece la determinación de 
un entendimiento, como actividad que se determina a sí misma; 
esta determinación faltaba hasta ahora, ya que el devenir de 
Heráclito, que es solamente proceso, no es todavía, en cuanto 
destino, lo que se determina a sí mismo de un modo indepen¬ 
diente. En este sentido, no debemos representarnos el pensa¬ 
miento subjetivo; cuando pensamos, pensamos inmediatamente 
en nuestro pensamiento, tal, como se halla en nuestra con¬ 
ciencia. Aquí, se trata, por el contrario, del pensamiento com¬ 
pletamente objetivo, del entendimiento activo; como nosotros 
diríamos, es la razón en el universo, del mismo modo que ha¬ 
blamos de géneros en la naturaleza, que son lo general. El 
género animal es lo sustancial del perro, el cual es esto; las 
propias leyes de la naturaleza son su esencia inmanente. La na¬ 
turaleza no es algo formado de fuera adentro, hecho como los 
hombres hacen, por ejemplo, una mesa; también ésta es obra 
del entendimiento, pero de un entendimiento exterior a la ma¬ 
dera de que se hace. Esta forma externa que pretende ser el 
entendimiento se nos ocurre inmediatamente cuando hablamos 
de él; pero aquí, nos referimos a lo general, que es la naturaleza 
inmanente del objeto mismo. 

El voüg no es, por tanto, una esencia pensante exterior que 
organice el universo; concebirlo así, equivaldría a echar a per¬ 
der por completo el pensamiento de Anaxágoras y privarlo de 
todo interés filosófico. En efecto, un algo individual y externo 
cae ya de lleno dentro de la representación y de su dualismo; 
una llamada esancííi pensante ha dejado de ser un pensamiento, 
para convertirse en un sujeto. Y lo verdaderamente general no 
es aún algo abstracto, por el mero hecho de serlo, sino que lo 
general consiste, precisamente, en esto: en determinar dentro 
de sí mismo y partiendo de sí mismo lo particular en sí y para 
sí. En esta actividad que se determina a sí misma y de un 
modo independiente va implícito, al mismo tiempo, el hecho 
de que la actividad, por ser el proceso, se mantenga como lo 
general, como lo igual a sí mismo. El fuego, que era el pro¬ 
ceso, según Heráclito, se extingue para convertirse sin indepeq-, 
dencia alguna simplemente en lo contrario de lo que es; encie¬ 
rra también, evidentemente, un ciclo y un retorno al fuego, 
pero el principio, aquí, no se mantiene en sus determinaciones 
como lo general, sino que asistimos solamente a un tránsito a 
lo contrario. Pero esta relación consigo mismo, con la determi- 



ANAXAGORAS 307 

nabilidad con que la vemos manifestarse en Anaxágoras, en¬ 
traña la determinación de lo general, aun cuando no lo exprese 
formalmente; y en ello se encierra el fin o lo buéno. 

Ya más arriba (a propósito de Empédocles, p. 293) hemos 
llamado la atención al concepto del fin; sin embargo, no de¬ 
bemos pensar, a este propósito, solamente en la forma del fin 
tal y como se halla en nosotros, en lo consciente. El fin em¬ 
pieza siendo, en cuanto yo lo tengo, mi propia representación, 
la cual es para sí y cuya realización depende de mi voluntad; 
cuando lo pongo en práctica, debo procurar, si no soy muy 
torpe, que el objeto producido sea conforme al fin y no con¬ 
tenga otra cosa que no sea él. Es el tránsito de la subjetividad 
a la objetividad, por medio del cual se levanta continuamente 
este antagonismo. Descontento con que mi fin sea puramen¬ 
te subjetivo, mi actividad consiste en curarlo de este defecto, 
convirtiéndolo en un fin objetivo. En la objetividad se mantie¬ 
ne el fin; si me propongo como fin, por ejemplo, construir una 
casa y actúo en consecuencia, se producirá la casa en la que 
encontrará su realización mi fin. 

Pero no debemos, como comúnmente hacemos, detenernos 
en la representación de este fin subjetivo, en la cual existimos 
independientemente y enfrentados externamente el uno al otro 
los dos, yo y el fin. Así, por ejemplo, en la idea de que Dios, 
por su sabiduría, gobierna el universo con arreglo a fines, el 
fin se establece para sí en una esencia representativa, sabia. Pero 
lo general del fin consiste en que, siendo una determinación 
fija para sí, que domina la existencia, el fin sea lo verdadero, el 
alma de una cosa. Lo bueno encuentra su contenido en el fin 
mismo, de tal modo que, actuando con este contenido y des¬ 
pués de manifestarse al exterior, no brote ningún otro conte¬ 
nido sino el que ya existía con anterioridad. 

El ejemplo más importante de esto nos lo ofrece la vida 
misma. La vida es movida por impulsos, y estos impulsos son 
sus fines; pero, en cuanto algo vivo simplemente, no tiene la 
menor noción de estos fines, los cuales son, simplemente, deter¬ 
minaciones primarias e inmediatas, fijas. El animal labora para 
satisfacer estos impulsos, es decir, para cumplir el fin; se com¬ 
porta ante las cosas exteriores mecánicamente, unas veces, y 
otras veces químicamente. Pero la relación de su actividad no 
es algo puramente mecánico o químico; el producto es más 
bien el animal mismo, el cual sólo se produce a sí mismo como 
fin de sí mismo en su actividad en cuanto que destruye e in¬ 
vierte aquellas relaciones mecánicas o químicas. Por el contra- 



308 LA HLOSOFIA GRIEGA 

rio, en el proceso mecánico y químico el resultado es otra cosa, 
en la que el sujeto no se mantiene; en cambio, en el fin se 
identifican el principio y el final, en cuanto que establecemos 
lo subjetivo como objetivo, para retirarlo de nuevo. La propia 
conservación es un producir constante, en el que no nace nada 
nuevo, sino que sólo renace, continuamente, lo viejo; es un cons¬ 
tante retorno de la actividad a sí misma, encaminada a su pro¬ 
pia producción. 

Por tanto, esta actividad que se determina a sí misma y que 
luego actúa sobre otra cosa, manifestándose en la contraposi¬ 
ción, pero para destruirla de nuevo, dominándola y reflejándose 
a sí misma en ella, es el fin, el pensamiento, como aquello que 
se mantiene y conserva en su propia determinación. El des¬ 
arrollo de estos momentos es lo que, a partir de ahora, ocupa 
a la filosofía. 

Ahora bien, si observamos con precisión hasta dónde llegó 
Anaxágoras en el desarrollo de este pensamiento, sólo descu¬ 
briremos esto: la actividad que, determinándose a sí misma, 
establece una medida; el desarrollo no va más allá de esta 
determinación de la medida. Anaxágoras no nos ofrece una de¬ 
terminación concreta del voíg, y esto es, cabalmente, lo que 
interesa; sólo poseemos, pues, hasta ahora, la determinación 
abstracta de lo que es de suyo concreto. Los predicados seña¬ 
lados más arriba que Anaxágoras atribuye al voíg son, por 
tanto, indudablemente, predicados que pueden enunciarse, pero 
que, por sí mismos, no pasan tampoco de ser simples predica¬ 
dos unilaterales. 

2. Las homeomerías 

Tal es uno de los aspectos del principio de Anaxágoras; 
hemos de estudiar ahora la manifestación del vovg en ulteriores 
determinaciones. Ahora bien, estos otros aspectos de la filosofía 
de Anaxágoras parecen, por el momento, menoscabar bastante 
la esperanza que semejante principio pudiera justificar. Frente 
a este principio o lo general aparece, del otro lado, el ser, la 
materia, lo múltiple en general, la posibilidad enfrentada con 
aquello como realidad. Pues si lo bueno o el fin se determina 
también como posibilidad, no cabe duda de que lo general, 
como lo que se mueve a sí mismo, mejor dicho, como lo real 
en sí, como el ser para sí, se contrapone al ser en sí, a la posi¬ 
bilidad, a lo pasivo. Aristóteles dice, en el pasaje principal 
(Memf. I, 8): “Si alguien dijese de Anaxágoras que admitía 



ANAXAGORAS 309 

dos principios, se apoyaría en una razón acerca de la cual no 
se explica claramente este filósofo, pero que necesariamente 
tendría que reconocer a quienes la aducen. Anaxágoras dice, 
en efecto, que originariamente todo aparece mezclado. Ahora 
bien, donde aún no se halla nada separado, no existe todavía 
nada distinto; semejante sustancia no es aún ni blanco, ni negro, 
ni gris, ni ningún otro color, sino incoloro: carece de cualidad, 
de cantidad y de determinabilidad (tí). Todo aparece, según 
él, mezclado, salvo vovg, el cual es algo puro y ajeno a toda 
mezcla. Esto le lleva, por tanto, a establecer como principios 
lo uno, pues sólo esto es simple y ajeno a toda mezcla, y el 
otro (Oáregov), lo que nosotros llamamos lo indeterminado, 
antes de llegar a determinarse y a compartir forma alguna.” 

Este otro principio se hizo célebre bajo la palabra de horneo 
merías (óixoioiteQfi), las partes iguales según la exposición de 
Aristóteles (Metaf. 1,3, 7); Riemer traduce f) ópoiojteQeia por “la 
semejanza de las distintas partes con el todo”, y al ó[iOio[J,ép£iai 
por “las materias primeras”, sin bien esta última expresión pa¬ 
rece ser de origen posterior.®^ Aristóteles dice: “Anaxágoras 
establece [con respecto a lo material] una variedad infinita 
de principios, pues como en Empédocles el agua y el fuego, decía 
que casi todo lo formado por partes iguales se genera solamen¬ 
te por la unión y se destruye por la separación, y que no existía 
otra generación ni otra destrucción, sino que las mismas par¬ 
tículas permanecían eternamente”. Es decir, que lo existente, la 
materia individual, como los huesos, los metales, la carne, etc., 
consiste de suyo en partes iguales a sí mismas: la carne en par¬ 
tículas de carne, el oro en partículas de oro, etc. Y así, dice, al 
comienzo de su obra: “Todo fué al mismo tiempo [es decir, 
informe e indistinto, como en el caos], y descansó durante un 
tiempo infinito; hasta que vino el voüg, introdujo en ello el 
movimiento, lo separó y ordenó las formaciones ( 6 iE)tóop,ii 08 v) 
distintas, juntando lo igual con igual.” 

Las homeomerías aparecen más claramente cuando las com¬ 
paramos con las ideas de Leucipo, Demócrito y otros filósofos. 
Esta materia o lo absoluto como esencia objetiva lo encontra¬ 
mos ya en Leucipo y en Demócrito, lo mismo que en Empédo¬ 
cles, con tal claridad que los átomos simples —en Empédocles 
los cuatro elementos, en aquellos otros dos pensadores un 
número infinito de ellos— sólo se concebían como distintos 

Cf. Sexto Empírico, Pyrrh. Hyp. 4, § 33, 

65 Diógenes Laercio, II> 6; Sexto Empírico, Adv. Math. IX, 6; Aristó¬ 
teles, Física VIII, 1. 



310 LA RLOSOFIA GRIEGA 

en cuanto a la forma, y de su síntesis, de sus combinaciones, 

surgían las cosas existentes. 

Aristóteles (De cáelo, III, 3) dice, acerca de esto: “Anaxá- 
goras afirma con respecto a los elementos lo contrario de Em- 
pédocles. Éste establece como primer principio el fuego, el aire, 
la tierra y el agua, de cuyas combinaciones nacen todas las 
cosas. Anaxágoras, por el contrario, establece como materias 
simples lo formado por partes iguales, por ejemplo la carne, los 
huesos, etc.; en cambio, las cosas como el agua y el fuego son 
una mezcla de estos elementos originarios. Pues cada uno de 
estos cuatro elementos está formado, según él, por la mezcla 
infinita de todas las cosas invisibles que existen integradas por 
las mismas partículas y que, por tanto, surgen también de aqué¬ 
llos.” El principio era, para Anaxágoras, el mismo que para los 
eléatas: “Lo igual se genera solamente de lo igual; no es posible 
un tránsito a lo opuesto, ni es posible tampoco la unión de los 
contrarios.” 

Por eso, todo cambio es, para Anaxágoras, solamente una 
separación y una unión de lo igual, pues el cambio como ver¬ 
dadero cambio sería, en realidad, un devenir partiendo de la 
nada de sí mismo. “En efecto, como Anaxágoras —dice Aris¬ 
tóteles (Física. I, 4)—, compartía el punto de vista de todos los 
físicos de que de la nada es imposible que se genere algo, no 
tenía más remedio que admitir que lo que deviene existía ya 
previamente como un ser, aunque fuese imperceptible para 
nosotros por razón de su pequeñez.” 

Y esta concepción difiere totalmente de la de Tales y He- 
ráclito, la cual se basa no solamente en la posibilidad, sino 
también en la realidad de la transformación de estas diferencias 
cualitativas iguales entre sí. Pero, en Anaxágoras, donde los 
elementos son una mezcla caótica y sólo presentan una apa¬ 
rente uniformidad, las cosas concretas surgen mediante la eli¬ 
minación de aquellos principios infinitamente numerosos de este 
caos, al unirse lo igual a lo igual. Y también las siguientes pa¬ 
labras de Aristóteles, en el mismo pasaje citado, guardan rela¬ 
ción con la diferencia entre la concepción de Empédocles y la 
de Anaxágoras: “El primero admite un cambio (toqíoSov) de 
estos estados, el segundo solamente una aparición que sólo se 
da una vez.” 

La concepción de Anaxágoras se asemeja a la de Demócrito 
en cuanto que también él entiende que lo originario fué un 
algo infinitamente múltiple. Lo que ocurre es que, en Anaxᬠ
goras, la determinación de los principios fundamentales aparece 



ANAXAGORAS 311 

de tal tncxlo que encierra lo que nosotros consideramos como lo 
formado y en modo alguno como lo simple, es decir, como áto¬ 
mos perfectamente individualizados; por ejemplo, las partícu¬ 
las de carne o las partículas de oro forman, al aglutinarse, la 
formación carne o la formación oro. Es ésta una concepción 
fácil de representarse. Los alimentos contienen, se dice, aque¬ 
llas partículas que son homogéneas a la sangre y la carne. De 
aquí que Anaxágoras diga, según Aristóteles (De gen. mim. 
I, 18): “La carne se convierte, mediante la nutrición, en car¬ 
ne.” La digestión no es, desde este punto de vista, otra cosa 
que la absorción de lo homogéneo y la eliminación de lo hete¬ 
rogéneo y, por tanto, toda nutrición y todo crecimiento no son 
verdadera asimilación, sino solamente incremento, desde el mo¬ 
mento en que todas las visceras del animal extraen sus partículas 
de las distintas hierbas, de los distintos cuerpos, etc. de que el 
animal se alimenta. La muerte es, por el contrario, la elimina¬ 
ción de lo igual y la mezcla con lo heterogéneo. La actividad 
del vofjg, considerada como eliminación de lo homogéneo de 
entre el caos y como unión de lo homogéneo, así como la diso¬ 
lución o desintegración de este algo homogéneo, es, ciertamente, 
algo simple y relacionado consigo mismo, pero también algo 
puramente formal y carente, por tanto, de contenido. 

Tal es el punto de vista general en que se sitúa la filosofía 
de Anaxágoras, y exactamente la misma concepción que pre¬ 
valece en los tiempos modernos, por ejemplo, en la química; 
hoy, la carne no se considera ya, evidentemente, como una 
materia simple, pero el gas hidrógeno, etc. sí. Los elementos 
químicos son: el oxígeno, el hidr<^eno, el carbono, los meta¬ 
les, etc. La química dice: para saber lo que son real y verda¬ 
deramente la carne, la madera, la piedra, etc., es necesario 
descomponerlos en sus elementos simples, los cuales son los com¬ 
ponentes últimos a que es posible reducir esos cuerpos. Ade¬ 
más, reconoce que hay muchas cosas que sólo son relativamente 
simples, y así, por ejemplo, el platino está formado por tres y 
hasta por cuatro metales. También el agua y el aire han sidc 
considerados durante mucho tiempo como cuerpos simples, has¬ 
ta que ha venido la química a analizarlos y descomponerlos. 
En esta concepción química, los principios simples de las cosas 
naturales se determinan como principios infinitamente cualita¬ 
tivos, admitiéndose, por tanto, como inmutables, de tal modc 
que todo lo demás consiste solamente en la aglutinación dí 
estos elementos simples. El hombre es, según esto, una compo¬ 
sición de carbono, hidrógeno, algo de tierra, óxido, fósforo, etc 



312 LA HLOSOFIA GRIEGA 

Los físicos gustan de descubrir en el agua o en el aire oxígeno 

y carbono, que existen en ellos y que no hay sino eliminar. 

Es cierto que la concepción de Anaxágoras, a que nos veni¬ 
mos refiriendo, difiere de ésta de la química moderna; lo que 
nosotros consideramos hoy como algo concreto es para él algo 
cualitativamente determinado o lo originario. Sin embargo, con 
respecto a la carne concede ya que las partículas no son todas 
iguales. “Por eso dicen —observa Aristóteles f Física I, 4; Mstaf. 
IV, 5); pero no refiriéndose concreta y exclusivamente a Ana¬ 
xágoras—, que todo se contiene en todo, puesto que, según 
ellos, todo se genera de todo; lo que ocurre es que aparece 
como algo distinto y recibe diferentes nombres, según el nú- 
. mero predominante de la clase de partículas que se mezclan con 
las otras. Pero, en realidad, no puede decirse que el todo sea 
blanco o negro, o dulce, o carne, o huesos; sin embargo, las 
homeomerías acumuladas de un modo predominante en el 
cuerpo de que se trata hacen que el todo aparezca ante nues¬ 
tros ojos como este algo determinado.” Por tanto, así como 
toda cosa contiene las demás cosas, el aire, el agua, los huesos, 
los frutos de las plantas, etc., nos encontramos, a la inversa, 
con que en el agua se contiene carne como tal carne, hue¬ 
sos, etc. Por tanto, Anaxágoras da un paso atrás en esta infi¬ 
nita variedad de los principios; lo sensible no se genera sino 
por medio de la acumulación de todas aquellas partículas, en 
la que predomina siempre una clase de partículas determinada. 

Vemos, pues, que, al determinar la esencia absoluta como 
lo general, Anaxágoras abandona aquí, en la esencia objetiva 
o en la materia, la generalidad y el pensamiento. El en sí no 
es, para él, ciertamente, un verdadero ser sensible; las homeo¬ 
merías son lo no sensible, es decir, lo que no puede verse, 
oirse, etc. Es la máxima exaltación de los físicos vulgares por 
encima del ser sensible hasta el plano de lo no sensible, como 
lo meramente negativo del ser para nosotros; pero lo positivo 
consiste en que la propia esencia que es sea lo general. Lo ob¬ 
jetivo es, para Anaxágoras, evidentemente, el vovg, pero para 
éste el otro ser es una mezcla de elementos simples que no 
son ni carne ni pescado, ni rojos ni azules; y, a su vez, estos 
elementos simples no son simples en sí, sino que están fonda¬ 
dos, en cuanto a su esencia,-por homeomerías, tan diminutas, 
sin embargo, que no pueden percibirse. Por tanto, la pequeñez 
no las anula como existentes, sino que se conservan; pero el ser 
consiste, precisamente, en poseer visibilidad, en revelarse al 
olfato, etc. 



ANAXAGORAS 313 

Es cierto que estas homeomerías infinitamente pequeñas 
desaparecen en una representación precisa; la carne, por ejem¬ 
plo, es carne, pero es también una mezcla de todo, es decir, 
no un cuerpo simple. Y el análisis ulterior revela, al mismo 
tiempo, cómo semejante concepción tiene necesariamente que 
embrollarse, en mayor o menor medida, consigo misma: de un 
lado, toda formación, así considerada, es algo originario en cuan¬ 
to a su elemento principal, y estas partículas, combinadas, for¬ 
man un todo físico; pero, de otro lado, en esto ha de contenerse 
todo. El voijg no es, así, más que lo que une y lo que separa, lo 
diacosmizante. Creemos que basta con lo dicho; por muy fᬠ
cilmente que las homeomerías de Anaxágoras puedan mover 
a confusión, no cabe duda de que debe mantenerse en pie la 
determinación fundamental. Las homeomerías son, indudable¬ 
mente, una concepción muy peregrina, y habría que ver hasta 
qué punto este concepto encaja con el principio proclamado, 
en los demás aspectos de su doctrina, por Anaxágoras. 

3. La relación de ambos aspectos 

Ahora bien, por lo que se refiere a esta relación del vov? 
con aquella materia, nos encontramos con que no se establece 
entre ambas una unidad especulativa, pues ni la relación misma 
se postula como unidad ni el concepto penetra en ella. Los 
conceptos, aquí, aparecen, en parte, como conceptos superficia¬ 
les y, en parte, las concepciones acerca de lo particular son 
más consecuentes de lo que a primera vista parece. En cuanto 
que el entendimiento es lo que se determina a si mismo, el 
contenido es fin y se mantiene en su relación con lo otro; no 
se genera ni destruye, aunque se halle en actividad. La con¬ 
cepción de Anaxágoras según la cual los principios concretos 
existen y se mantienen es, por tanto, consecuente; supera los 
conceptos de la generación y la destrucción y admite solamente 
un cambio exterior, el de la unión y la desintegración de lo 
unido. Los principios son concretos y llenos de contenido, es 
decir, son otros tantos fines; en el cambio que se produce 
se mantienen, más bien, los principios. Lo igual se une sola¬ 
mente a lo igual, aunque la mezcla caótica sea una aglutina¬ 
ción de esas cosas desiguales; pero esto no pasa de ser una 
aglutinación y no llega a ser una formación individual viva 
que se mantenga, uniendo lo igual con lo igual. Por tanto, a 
pesar de lo toscas que son estas representaciones, corresponden 
todavía, en realidad, al concepto del voüg. 



314 


LA FILOSOFIA GRIEGA 

Pero si el voíg de Anaxágoras es también el alma que se 
mueve en todo, no obstante, en lo real, considerado como el 
alma del universo y el sistema orgánico del todo, no pasa de ser 
una mera palabra. Para lo vivo en cuanto tal, considerada 
el alma como principio, no postulaban los antiguos ningún otro 
principio (pues ella, el alma, es lo que se mueve a sí mismo), 
sino que establecían solamente lo general de estas determina- 
bilidades con vistas a la determinabilidad que el animal repre¬ 
senta como un momento dentro del sistema del todo. Anaxágo¬ 
ras aduce como tal principio el entendimiento; y, en realidad, 
debe reconocerse como tal el concepto absoluto, en cuanto 
esencia simple, lo idéntico a sí mismo en sus diferencias, lo 
que se desdobla, lo que sienta realidad. 

Sin embargo, no encontramos la menor huella de que Ana¬ 
xágoras pusiera de manifiesto la inteligencia en el universo o 
lo concibiera como un sistema racional; los antiguos nos dicen 
expresamente, hablando de esto, que no se pnronunciaba acerca 
de tal punto, como si nosotrc» dijésemos que el mundo, la na¬ 
turaleza, forman un gran sistema, que el universo se halla sa¬ 
biamente gobernado o es, en términos generales, racional. Con 
ello, nada afirmamos acerca de la realización de esta razón o 
del carácter intelectivo del universo. El vov? de Anaxágoras 
es, pues, algo puramente formal, aunque se comprenda la iden¬ 
tidad del principio con la realización. Aristóteles (Metaf. I, 4) 
reconoce lo que hay de insuficiente en el principio anaxago- 
riano: “Anaxágoras necesita, evidentemente, del voí; para su 
construcción del sistema universal; en efecto, cuando se ve en 
apuros para señalar el fundamento con arreglo al cual algo 
tiene un ser necesario, recurre al voüg; fuera de estos casos, acu¬ 
de a cualquiera otra explicación menos al pensamiento.” 

En ninguna otra parte se ha explicado con mayor detalle 
que el voñg de Anaxágoras no pasó nunca de ser algo pura¬ 
mente formal que en el conocido pasaje del Feidóri de Platón 
(pp. 97-99 ed. Steph.; pp. 85-89 ed. Bekk.) que tanto interés 
encierra en cuanto a la filosofía de Anaxágoras. En este diᬠ
logo de Platón, Sócrates indica del modo más claro y preciso 
qué es lo importante para ambos, en qué consiste para ellos lo 
absoluto y por qué el principio de Anaxágoras no podía satis¬ 
facerles. Cito esto porque servirá, en general, para introducir¬ 
nos en el concepto fundamental que reconocemos en la con¬ 
ciencia filosófica de los antiguos; al mismo tiempo, tenemos en 
ello un ejemplo de la elocuencia de Sócrates. Sócrates adopta 
una actitud más precisa ante el voüg como fin, y esto nos per- 



ANAXAGORAS 315 

mite ver, asimismo, cuáles son las formas fundamentales que 
se manifiestan en Sócrates. 

Platón presenta a Sócrates en su prisión, una hora antes de 
su muerte, y le hace hablar prolijamente acerca de sus relacio¬ 
nes con Anaxágoras: 

“Oyendo leer a alguien en un libro, que dijo ser de Ana¬ 
xágoras, que la inteligencia es la regla y causa de todos los 
seres, quedé encantado; me pareció admirable que la inteli¬ 
gencia fuera la causa de todo, porque pensé que si ella había 
dispuesto todas las cosas las habría arreglado del mejor modo 
[es decir, con arreglo a un fin]. Si alguien, pues, quiere saber 
la causa de alguna cosa, lo que hace que nazca y perezca, debe 
buscar la mejor manera de que aquélla pueda ser.” Tanto vale 
decir que la inteligencia es la causa del universo como afir¬ 
mar que todo se halla organizado del mejor de los modos po¬ 
sibles; el criterio mejor para comprender esto es el de lo anta¬ 
gónico. Sócrates prosigue: 

“Y me pareció que de este principio se deducía que la única 
cosa que el hombre debe buscar, tanto por él como por los 
otros, es lo mejor y más perfecto, porque en cuanto lo haya 
encontrado conocerá necesariamente lo que es lo peor, ya que 
para lo uno y lo otro no hay más que una ciencia. Reflexio¬ 
nando así, sentía una alegría muy grande por haber encontrado 
en Anaxágoras un maestro que me explicaría, según yo deseaba, 
la causa de cuanto es [del bien] y que, después de haberme 
dicho, por ejemplo, si la tierra es redonda o plana, me expli¬ 
caría la causa y la necesidad de que sea como es y me diría 
qué es aquí lo mejor y por qué lo es. Y también si creía que 
está en el centro del universo, y esperaba me dijera por qué es 
mejor que estuviera allí [se refiere, al decir esto, al fin deter¬ 
minado en y para sí, y no a la utilidad como un fin determinado 
exteriormente]. Y, después de haber recibido de él todas estas 
aclaraciones, estaba dispuesto a no buscar jamás otra clase de 
causa. Me proponía también interrogarle acerca del sol, de la 
luna y de las demás estrellas, a fin de conocer las razones de 
sus revoluciones, de sus movimientos y de todo lo que les su¬ 
cede, y sobre todo, para saber por qué es lo mejor que cada 
uno de ellos haga lo que hace. Porque no podía imaginar que, 
después de haber dicho que la inteligencia había dispuesto las 
cosas, pudiera darme otra causa de su disposición sino ésta: 
que aquello era lo mejor. Y me lisonjeaba de que, después de 
haber asignado esta causa en general y en particular a todo, 
me haría conocer en qué consiste lo bueno de cada cosa en par- 



316 LA FILOSOFIA GRIEGA 

ticular y lo bueno de todas ellas en común [la idea libre, que 
es en y para sí, el fin último absoluto]. Por mucho que me 
hubiesen prometido, no habría dado mis esperanzas a cambio. 
Cogí, pues, estos libros, con el mayor interés y empecé su lec¬ 
tura lo más pronto que me fué posible, para saber cuanto antes 
lo bueno y lo malo de todas las cosas; mas no tardé en perder 
la ilusión de tales esperanzas, porque desde que hube' adelan¬ 
tado un poco en la lectura, vi un hombre que en nada hacía 
intervenir la inteligencia, que no daba razón alguna del orden 
de las cosas, y que, en cambio, sustituía al intelecto por el aire, 
el fuego, el agua y otras cosas igualmente disparatadas.” Ve¬ 
mos aquí cómo se enfrenta a lo mejor, a lo que existe con arre¬ 
glo al intelecto (la relación de fin) lo que nosotros llamamos 
causas naturales, al modo como Leibniz distingue entre causas 
activas y causas finales. 

Sócrates explica todo, en seguida, del modo siguiente: 

“Me hizo el efecto de un hombre que dijera: Sócrates hace 
por la inteligencia todo lo que hace y que, queriendo en segui¬ 
da dar razón de cada cosa que hago, dijera que hoy, por ejem¬ 
plo, estoy aquí sentado en el borde de mi lecho porque mi 
cuerpo está hecho de huesos y músculos, entre los cuales exis¬ 
ten ciertas diferencias (Staqsuúg), pues los músculos, por su 
flexibilidad, pueden estirarse y encogerse y los huesos se ha¬ 
llan recubiertos de carne y de piel, O también como si, para 
explicaros la causa de la conversación que estamos sosteniendo, 
enunciara causas tales como la voz, el aire, el sonido y otras 
mil cosas de este jaez, sin decir ni una palabra acerca de la 
verdadera causa [la libre determinación para sí], que es que 
los atenienses han creído que lo mejor para ellos era conde¬ 
narme a muerte, y que, por la misma razón, yo he creído que 
lo mejor para mí es estarme sentado aquí, esperando tranqui¬ 
lamente que vengan a ejecutar la pena por ellos decretada 
[recordemos que uno de sus amigos lo había preparado todo 
para que Sócrates pudiera fugarse de la prisión, sin lograr que 
éste accediera a ello]. Por el perro os juro que estos huesos 
y estos músculos que aquí están hace ya mucho tiempo que es¬ 
tarían en Megara o en Beocia, si yo creyera que eso era mejor 
para ellos y si no estuviese persuadido de que era mucho» me¬ 
jor y más justo permanecer aquí para someterme a la pena a 
que mi patria me ha condenado, que escaparme y huir.” 

Platón contrapone aquí, certeramente, las dos clases de fun¬ 
damentos y causas, las causas nacidas de fines y las causas pura¬ 
mente externas supeditadas a ellas de la química, la mecánica. 



ANAXAGORAS 317 

etc., para poner de manifiesto lo que hay de torcido en di 
ejemplo de un hombre dotado de conciencia. Anaxágoras se-" 
fiala, al parecer, el fin y parece partir de él; pero, en seguida, 
lo abandona para fijarse en causas puramente externas. Por 
eso, continúa Sócrates: 

“Pero decir que estos huesos y estos músculos son la causa 
de lo que hago, y no la elección de lo que es lo mejor y que 
para esto me sirvo de mi inteligencia, me parece un contrasen¬ 
tido. Que se diga que si no tuviera huesos ni músculos y otras 
cceas parecidas, no podría hacer lo que juzgara a propósito, 
pase; pero decir que estos huesos y estos músculos son la causa 
de lo que hago, y no la elección de lo que es mejor, sirviéndo¬ 
me para ello de mi inteligencia, es el mayor de los absurdos; 
porque es no saber hacer la diferencia de que una cosa es la 
verdadera causa y otra cosa aquello sin lo que la causa no po¬ 
dría obrar”,* es decir, la condición. 

Es éste un buen ejemplo para ilustrar cómo en esta clase 
de explicaciones se echa de menos el fin. Pero, por otra parte, 
no es un buen ejemplo, pues está tomado del reino de la vo¬ 
luntad libre y consciente de sí misma, en la que impera la 
reflexión y no el fin inconsciente. En este enjuiciamiento del 
V 0 U 5 de Anaxágoras vemos proclamado, en general, indudable¬ 
mente, la verdad de que este filósofo no hace aplicación alguna 
de su principio a lo real. Pero lo positivo del enjuiciamiento de 
Sócrates nos parece también igualmente insatisfactorio por el 
otro lado, en cuanto que pasa al extremo opuesto, al exigir 
para la naturaleza causas que no parecen existir en ella, sino 
que se dan fuera de ella, dentro del campo de la conciencia 
en general. 

En efecto, lo bueno y lo bello es, al menos en parte, un 
pensamiento de la conciencia como tal; el fin y la conducta 
con arreglo a fines es, primordialmente, obra de la conciencia, 
y no de la naturaleza. Por otra parte, en tanto se establecen 
fines en la naturaleza, el fin como tal fin sólo fuera de ella 
entra en nuestro enjuiciamiento; el fin, como tal, no se da en 
la naturaleza misma, que sólo conoce lo que nosotros llama¬ 
mos causas naturales; y, para comprenderla, rio tenemos por 
qué buscar ni señalar más que causas inmanentes. Según esto, 
distinguimos en Sócrates, por ejemplo, el fin y el fundamento 
de su conducta como conciencia y las causas de su proceder 

* La versión castellana, que corresponde perfectamente a la de Hegel, 
es la de L. Roig de Lluis, Buenos Aires, 1938 [E.]. 



318 LA FILOSOFIA GRIEGA 

real; estas últimas las buscaríamos, ciertamente, en sus huesos, 

músculos, nervios, etc. 

Al desterrar la consideración de la naturaleza con arreglo 
a fines —como nuestro pensamiento, no como el ser de la na¬ 
turaleza misma—, desterramos también del estudio de la natu¬ 
raleza el punto de vista teleológico, al que tanto suele propen- 
derse, por lo demás. Así, se dice muchas veces, por ejemplo, 
que la hierba crece para que los animales la coman, y que 
éstos existen y comen hierbas para que nosotros podamos ali¬ 
mentarnos de ellos. Que el fin de los árboles es que podamos 
comer sus frutos y darnos leña para calentarnos; que muchos 
animales tienen pieles para que nosotros hagamos de ellas ves¬ 
tidos para defendernos del frío; que el mar, en los climas 
nórdicos, arroja troncos de árboles a las playas para suplir la 
carencia de leña en aquellas regiones, ayudando con ello a los 
habitantes a preservar sus vidas, etc. Así concebido, el fin, 
lo bueno, aparece fuera de la cosa misma; la naturaleza de una 
cosa no se enfoca, así, en y para sí, sino solamente en relación 
con otra u otras cosas que nada tienen que ver con aquélla. 
Se considera a las cosas, de este modo, simplemente como úti¬ 
les para un fin, pero este destino no es suyo propio, sino algo 
ajeno a ellas. El árbol, la hierba son, como seres naturales, co¬ 
sas que existen para sí; la utilidad que hace, por ejemplo, que 
la hierba sea devorada por los animales nada tiene que ver 
con la hierba en cuanto tal, del mismo modo que nada tiene 
que ver con el animal el hecho de que el hombre se abrigue 
con su piel; y esta determinación natural es, en efecto, la 
que Sócrates parece echar de menos en Anaxágoras. 

Sin embargo, este sentido de lo bueno y lo adecuado a un 
fin, tan familiar para nosotros, no es el único ni es el que Pla¬ 
tón profesa; y, por otra parte, este sentido no es tampoco nece¬ 
sario. No debemos representamos lo bueno o el fin de un 
modo tan unilateral que, atribuyéndolo como tal al ser de que 
se trata, lo contrapóngame» a lo que es, sino que debemos en¬ 
focarlo, libre de esta forma y con arreglo a su esencia, como la 
idea de toda la esencia. Es necesario conocer la naturaleza de 
las cosas con arreglo al concepto que es la consideración inde¬ 
pendiente y sustantiva de las cosas mismas; este concepto, por 
cuanto que es lo que las cosas son en y para sí, entorpece la 
relación de las causas naturales. Este concepto es el fin, la cau¬ 
sa verdadera, pero que retorna a sí misma, en cuanto un algo 
primero que es en sí, del que arranca el movimiento y que 
conduce al resultadc^ no solamente un fin que exista previa- 



ANAXAGORAS 319 

mente en nuestra representación antes de su realidad, sino tam¬ 
bién en la realidad misma. El devenir es el movimiento por 
medio del cual nacen una realidad y una totalidad; en el animal 
y en la planta es su naturaleza, como género general, lo que 
inicia su movimiento y lo produce. Pero esta totalidad no es 
el producto de un algo extraño, sino su propio producto, que 
existía ya anteriormente como simiente o como embrión; llᬠ
mase, pues, fin a lo que se produce a si mismo y que ya en su 
devenir es como un ente en sí. 

La idea no es una cosa especial que tenga un contenido 
distinto del de la realidad o que presente una faz completa¬ 
mente distinta. El antagonismo es el de la contraposición pu¬ 
ramente formal entre la posibilidad y la realidad; la sustancia 
activa propulsora y el producto son uno y lo mismo. Esta 
realización se lleva a cabo a través del antagonismo; lo negativo 
en lo general es este mismo proceso. El género se enfrenta a sí 
mismo como lo individual y lo general; de este modo, el gé¬ 
nero se realiza en lo vivo a través del antagonismo entre los 
sexos, cuya esencia es, sin embargo, el género común. Los in¬ 
dividuos tienden a su propia conservación como individuos, para 
lo cual comen, beben, etc.; pero lo que crean, con ello, es el 
género. Los individuos desaparecen, lo único que se crea sin 
cesar es el género; la planta produce siempre la misma planta, 
cuyo fundamento es lo general. 

Partiendo de aquí es como hay que determinar la diferencia 
entre las mal llamadas causas naturales y las causas finales. 
Si aislamos lo individual y sólo nos fijamos en el movimiento 
y en los momentos que lo integran, señalamos lo que son las 
causas naturales. Así, por ejemplo, £de dónde ha surgido esta 
vida? Ha surgido mediante un acto de procreación de este pa¬ 
dre y esta madre suyos. ¿Cuál es la causa de estos frutos? El 
árbol que los da, cuya savia se destila de tal modo que pro¬ 
duce precisamente estos frutos. Respuestas de este tipo señalan 
la causa, es decir, algo individual opuesto a otro algo indivi¬ 
dual; pero su esencia es el género. Ahora bien, la naturaleza 
no puede representar la esencia como tal. El fin de la pro¬ 
creación es el levantamiento de la individualidad del ser; pero 
la naturaleza, que con su existencia conduce al levantamiento 
de esta individualidad, no la sustituye por lo general, sino por 
otra individualidad. Los huesos, los músculos, etc. producen 
un movimiento; son causas, pero producidas, a su vez, por otras 
causas, y así sucesivamente, hasta el infinito. Pero lo general 
las encuadra como momentos que, indudablemente, se dan en 



320 LA HLOSOFIA GRIEGA 

el movimiento como causas, pero de tal modo que el funda¬ 
mento de estas mismas partes no es otro que el todo. No son 
ellas lo primero, sino que lo primero es el resultado en que se 
plasma la savia de la planta, etc., como en el nacimiento sólo 
aparece como producto, en cuanto simiente que hace el co- 
mierizo y el fin, aunque a través de diferentes individuos, todos 
los cuales, aun siendo distintos, participan, sin embargo, de la 
misma esencia. 

Pero semejante género es, a su vez, un determinado género, 
esencialmente referido a otro, por ejemplo la idea de la planta 
a la del animal; lo general se mueve y se desarrolla. Se con¬ 
sidera como la adecuación exterior a un fin el hecho de que 
las plantas sean devoradas por los animales, etc., hecho en el 
que va implícita la limitación de aquéllas en cuanto género. 
El género planta cobra la absoluta totalidad de su realización 
en el animal, el animal en el ser consciente, como la tierra en 
la planta, 'l'al es el sistema del todo, en que cada momento 
es transitorio. El doble punto de vista consiste, pues, en que, de 
una parte, cada idea sea un círculo dentro de sí, la planta o 
el animal lo bueno de su clase; de otra parte, en que cada una 
de ellas represente un momento dentro de lo bueno general. 
Si consideramos el animal simplemente como algo exterior- 
mente adecuado a un fin, como algo creado para algo que no 
es el animal mismo, lo consideraremos unilateralmente, pues se 
trata de una esencia, algo general en y para sí; pero no menos 
unilateral es decir que la planta, por ejemplo, sólo es en y para 
sí, es solamente un fin de sí misma, encerrado dentro de sí 
mismo y a sí mismo referido. Pues toda idea es un círculo ce¬ 
rrado y perfecto, pero cuya perfección es, asimismo, un trán¬ 
sito a otro círculo: un torbellino cuyo centro, al que retoma, se 
encuentra directamente en la periferia de un círculo superior 
que lo devora. Así y sólo así, llegamos a la determinación de 
un fin último del universo, como inmanente a él. 

Estas explicaciones son necesarias aquí; pues, partiendo de 
ellas, vemos la idea especulativa destacarse más en lo general, 
mientras que antes se proclamaba como un ser y los momentos 
y el movimiento de ella como algo ente. Pero, en esta tran¬ 
sición, hay que tener buen cuidado de no caer en la creeneia 
de que con ello se abandona el ser para pasar a la concien¬ 
cia como lo opuesto a él (pues con ello perdería lo general todo 
su sentido especulativo), sino que lo general es inmanente en 
la naturaleza. Este sentido tiene el representarse que el pensa¬ 
miento hace el mundo, lo ordena, etc.: no al modo de lo que 



ANAXAGORAS 321 

hace la conciencia individual, en que el yo aparece de un lado y 
del otro, frente a él, la realidad, la materia formada por mí 
y distribuida y ordenada por mí de tal o cual modo, sino que 
lo general, el pensamiento, debe permanecer en la filosofía sin 
esta contraposición. El ser, el ser puro, es de suyo algo general, 
siempre y cuando recordemos, a este propósito, que el ser es 
abstracción absoluta, pensamiento puro: pero el ser, tal y como 
se establece en cuanto tal ser, tiene el sentido de lo contra¬ 
puesto a este ser reflejado en sí mismo, al pensamiento y a su 
recuerdo; lo general, por el contrario, lleva inmediatamente en 
sí mismo la reflexión. 

Hasta aquí llegaron, propiamente, los pensadores antiguos; 
lo cual no parece, en verdad, ser gran cosa. Lo “general” es 
una determinación bien pobre, por ciertc^ todo el mundo sabe 
de lo general; pero no sabe de ello en cuanto esencia. Hasta 
la invisibilidad de lo sensible llega, evidentemente, el pensa¬ 
miento, pero no hasta la determinabilidad positiva que consiste 
en pensarlo como algo general, sino solamente hasta lo abso¬ 
luto carente de predicados, como lo puramente negativo; es 
hasta aquí y solamente hasta aquí hasta donde llega la con¬ 
cepción común de nuestros días. Con este descubrimiento del 
pensamiento ponemos fin a la sección primera de nuestra his¬ 
toria, y entramos en el segundo período de ella. 

Los resultados del primer período no son muy grandes, 
como se ve. Algunos opinan, ciertamente, que estos resultados 
encierran una sabiduría especial; pero el pensamiento, en esta 
época, es todavía joven, por lo cual las determinaciones son 
aún pobres, abstractas, incipientes. El pensamiento ha descu¬ 
bierto todavía pocas determinaciones, tales como el agua, el 
ser, el número, etc., las cuales no pueden resistir al examen; es 
necesario que lo general se destaque por sí mismo, como aca¬ 
bamos de ver en Anaxágoras, el único en quien, hasta ahora, 
lo encontramos como actividad que se determina a sí misma. 

Aún tenemos que considerar la relación de lo general como 
algo opuesto al ser o la conciencia como tal en su veHadón con 
el ente. Esta relación de la conciencia se determina de este 
modo tal y como Anaxágoras determinaba la esencia. Acerca 
de esto no es posible encontrar nada satisfactorio, ya que este 
pensador reconocía, de una parte, el pensamiento como la esen¬ 
cia, pero sin llegar a proyectar este pensamiento mismo sobre 
la realidad, lo que, de otra parte, hacía que ésta apareciese por 
sí misma como privada de todo pensamiento y como una mu¬ 
chedumbre infinita de homeomerias, es dedr, como una multi- 



322 LA HLOSOFIA GRIEGA 

tud interminable de ser en sí sensible, que no es, como tal, 
otra cosa que ser sensible, pues el ser existente es, simplemen¬ 
te, una acumulación de homeomerías. Y no menos sensible 
puede ser la relación de la conciencia con respecto a la esencia. 

Así, Anaxágoras pudo decir también que sólo en el pensa¬ 
miento y en el conocimiento racional reside la verdad, y asi¬ 
mismo que la verdad es la percepción sensible, pues en ésta 
residen las homeomerías, las cuales tienen, a su vez, un ser en sí. 
De aquí que encontremos estas palabras suyas, en Sexto Empí¬ 
rico (Adv. Math. Vil, 89-91): “El entendimiento (Kóyoz) es el 
criterio de la verdad; los sentidos no pueden enjuiciar la ver¬ 
dad, por ser débiles”, debilidad que no les permite apreciar las 
homeomerías, ya que éstas son infinitamente pequeñas; los sen¬ 
tidos no pueden captarlas, pues no saben que deben ser un 
algo ideal, puramente pensado. Un ejemplo famoso del propio 
Anaxágoras lo encontramos en el mismo Sexto Empírico fPyrrh. 
Hyp. I, 13, § 33), cuando dice que “la nieve es negra, pues es 
agua, y el agua es negra”, ejemplo en el que, como vemos, 
asienta la verdad sobre un fundamento. 

En segundo lugar, Anaxágoras dijo, según Aristóteles (Metaf. 
IV, 7), que “existe algo intermedio entre los términos de una 
contradicción (dvtiqiáacü)?), lo que hace que todo sea falso. 
Pues, en cuanto que los lados de una contradicción se hallan 
mezclados, lo mezclado no es bueno ni malo y no existe, por 
tanto, nada verdadero”. Y, en otro pasaje, Aristóteles (Metaf. 
IV, 5) cita palabras de este mismo pensador según las cuales 
“uno de sus apotegmas contra sus discípulos era que las cosas 
eran para ellos tal y como las tomaban”. Lo cual parece dar 
a entender que, siendo el ser existente una acumulación de 
homeomerías, que forman la esencia que es, la percepción sen¬ 
sible toma las cosas tal y como son en realidad. 

Claro está que por este camino no es posible llegar muy 
lejos. Sin embargo, arranca de aquí una evolución más clara 
de la relación entre la conciencia y el ser, la evolución de la 
naturaleza del conocer como un conocimiento de la verdad. 
El espíritu da un paso más hacia adelante al proclamar la esen¬ 
cia como pensamiento; de este modo, la esencia, como algo 
que es, se halla en la conciencia en cuanto tal: es en sí, paro 
también en la conciencia. Es, simplemente, el ser en cuanto 
la conciencia lo conoce, y la esencia es solamente el conoci¬ 
miento de él. El espíritu no tiene ya por qué buscar la esencia 
fuera de él, sino dentro de sí mismo, pues lo que parecía algo 
extraño se revela ahora como pensamiento, es decir, la con- 



ANAXAGORAS 323 

ciencia tiene esta esencia en sí misma. Pero esta conciencia 
contrapuesta es un algo individual, con lo cual se levanta, en 
realidad, el ser en si; pues el ser en sí es lo no contrapuesto, 
lo no individual, lo general. Es conocido, sin duda; pero lo 
que es solamente es en el conocimiento, lo que vale tanto como 
decir que no existe más ser que el del conocimiento de la con¬ 
ciencia. Esta evolución de lo general, en la que la esencia se 
pasa por entero al lado de la conciencia, la encontraremos en 
la tan- denostada filosofía de los sofistas; podemos enfocar esto 
en el sentido de que es aquí donde se desarrolla la naturaleza 
negativa de lo general. 




INDICE DEL TOMO PRIMERO 


Presentación .... vii 

Advertencia a la presente edición .. k 

Prólogo del editor a la primera edición . xin 

Prólogo del editor a la segunda edición. xix 

LECCIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA FILOSOFIA 

Discurso inaugural . 3 

Introducción a la historia de la filosofía. 8 

A) Concepto de la historia de la filosofía... 14 

1. Nociones corrientes acerca de la historia de la 

filosofía . 17 

aj La historia de la filosofía como un acervo de 

opiniones . 17 

bj Prueba de la vanidad del conocimiento filosó- 
fico a través de la misma historia de la filosofía 21 
cj Explicaciones sobre la diversidad de las filo¬ 
sofías . 23 

2. Criterios para ayudar a esclarecer el concepto de 

la historia de la filosofía . 25 

nj El concepto de la evolución . 25 

bJ El concepto de lo concreto . 28 

c) La filosofía como conocimiento de la evolu¬ 
ción de lo concreto . 32 

3. Resultados para el concepto de historia de la fi¬ 
losofía . 33 

aj Evolución de las múltiples filosofías en el 

tiempo . 36 

bJ Aplicación al modo de tratar la historia de 

la filosofía . 40 

cJ Paralelo más preciso entre la historia de la 
filosofía y la filosofía misma . 42 

B) Relación entre la filosofía y los demás campos. 52 

1. El lado histórico de esta conexión .. 52 

aJ Condición externa, histórica, del filosofar .... 53 
bJ Aparición histórica de la necesidad espiritual 

de filosofar . 53 

cJ La filosofía como pensamiento de su tiempo 55 

2, Deslinde de la filosofía de los campos afines a 

ella . 57 

325 

























326 INDICE 

a) Relación entre la filosofía y la cultura cien¬ 
tífica ... 57 

bj Relación entre la filosofía y la religión .. 62 

a) Diferencia entre la filosofía y la religión 65 
• P) Contenido religioso que debe ser excluido 

de la historia de la filosofía . 80 

y) Filosofemas expresos en la religión . 88 

c) Deslinde entre la filosofía y la filosofía po¬ 
pular . 89 

3. El comienzo de la filosofía y su historia . 90 

a) La libertad de pensamiento como condición 

inicial . 91 

b) Eliminación del Oriente y de su filosofía .... 92 

c) La. filosofía comienza en Grecia .. 95 

C) División, fuentes y métodos de la historia de la 
filosofía... 97 

1. División de la historia de la filosofía . 97 

2. Fuentes de la historia de la filosofía ... 105 

3. Método seguido en esta historia de la filosofía.... 109 

La filosofía oriental ..... 111 

A) La filosofía china .. 113 

B) La filosofía india . 118 


PRIMERA PARTE 

LA nLOSOHA GRIEGA 

Introducción a la filosofía griega . 139 


Sección Prirnem 

Primer período: de Tales a Aristóteles 

Capítulo 1: de Tales a Anaxágoras . 153 

A) La filosofía de los jonios. 157 

1. Tales ...•. 

2. Anaximandro .170 

3. Anaxímenes . 174 

B) Pitágoras y los pitagóricos . 179 

1. El sistema de lo? números . 192 

2. Aplicación de los números al universo... 206 

3. La filosofía práctica de los pitagóricos .. 215 



























INDICE 


327 

C) La escuela eleárica . 219 

1. Jenófanes . 221 

2. Parménides . 228 

3. Meliso . 238 

4. Zenón . 241 

D) La filosofía de Heráclito. 258 

1. El principio lógico. 262 

2. La filosofía de la naturaleza . 264 

3. La relación del principio con la conciencia . 272 

E) Empédocles, Leucipo y Demócrito . 276 

1. Leucipo y Demócrito . 277 

2. Empédocles . 287 

F) La filosofía de Anaxágoras . 295 

1. El principio general del pensamiento . 304 

2. Las homeomerías. 308 

3. La relación de ambos aspectos . 313 




















Este libro se terminó de imprimir y encuadernar 
en el mes de junio de 1995 en los talleres de Im¬ 
presora y Encuadernadora Progreso, S. A. de 
C. V. (iepsa), Calz. de San Lorenzo 244; 09830 
México, D. F. Se tiraron 1 000 ejemplares. 



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I 


LECCIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA FILOSOI i 

Frente a quienes no son capaces de ver en la historia de la filosofía otra 
cosa que una serie de opiniones —que otros, menos benévolos, llaman 
necedad o extravíos—, Hegel levanta su propia concepción de ella 
como la historia de la búsqueda del pensamiento por el pensámiento" 
mismo. Frente a quienes sostienen la vanidad del conocimiento filosófi* 
co, Hegel afirma que todas las filosofías son momentos necesarios en el 
desenvolvimiento del Espíritu. Crea así la primera historia de la filosofía 
que no se limita a exponer el aspecto externo, las vicisitudes de ios filó' 
sofos y de sus filosofías, sino que hace ver cómo su contenido forma 
parte de la filosofía, en la filosofía misma. I 

Este primer tomo contiene, a más de la exposición de su peculia] 
concepto de la historia de la filosofía, el principio de su aplicación a éS'l 
ta. Así, después de una ligera ojeada a la filosofía oriental entra a Iaex4 
posición de la griega, que deja en Anaxágoras, para proseguir con ella f J 
el segundo volumen. 

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